La traición
Elena intentó regresar al túnel, pero Landa disparó contra el muro.
La bala levantó fragmentos de piedra junto a su rostro.
Dos hombres sujetaron a Alcocer y le golpearon la mano herida.
Amelia se colocó delante de Clara. No llevaba arma ni podía pedir ayuda: las casas cercanas estaban abandonadas y la tormenta cubría cualquier grito.
Los hombres no eran empleados del hospital.
Amelia reconoció las lámparas y los impermeables de la compañía minera.
Rivas seguía utilizando trabajadores cuyos salarios dependían de contratos firmados por los Muñoz.
Uno evitaba mirar a Elena; quizá la había saludado durante años como heredera.
El otro mantenía el arma baja y respiraba demasiado rápido.
No eran asesinos profesionales. Eran hombres endeudados a quienes Landa había convencido de que obedecer una noche preservaría su empleo.
—Ella es la propietaria de la mina —dijo Amelia, señalando a Elena—. Si Rivas gana, perderá el apellido; si ella gana, recordará quién la ayudó. Decidan a quién temen de verdad.
La duda duró apenas un segundo, pero permitió a Alcocer liberar un brazo. Landa lo golpeó antes de que alcanzara el revólver. A partir de entonces mantuvo a sus hombres separados, consciente de que la autoridad sólo funcionaba mientras nadie comparara sus miedos.
—Rivas sólo quiere los documentos —dijo Landa—. Entréguenlos y nadie tendrá que caerse de otra torre.
La amenaza confirmó su responsabilidad. Amelia miró a Pilar. La muchacha lloraba en silencio, pero no fingía ignorancia. Había revelado el refugio. El miedo por su madre explicaba la traición; no disminuía sus consecuencias.
Elena sacó del bolsillo un paquete de cartas.
Eran las impares, tal como habían acordado.
Landa se acercó. En el instante en que extendió la mano, Elena le arrojó tierra a los ojos y empujó a Clara hacia Amelia.
Alcocer golpeó a uno de los hombres con el maletín.
Durante unos segundos el callejón se llenó de cuerpos, lluvia y lámparas rotas.
Amelia logró llevar a Clara hasta la trampilla, pero Landa la alcanzó. Con el brazo sano sujetó a la mujer por el cabello. Elena regresó por ella y recibió un golpe en el costado. Los hombres de Landa recuperaron el control. Alcocer quedó de rodillas con una pistola contra la nuca.
Clara no gritó. Se volvió hacia Landa y pronunció el nombre de su padre, Anselmo. Le preguntó si él también encerraba mujeres porque Rivas se lo ordenaba. Eusebio aflojó la mano. Durante un instante dejó de ser el administrador temido y pareció el muchacho que cargaba carbón junto a las cunas.
—Mi padre mantuvo este hospital en pie —respondió.
—Tu padre me llevó a una cárcel sin nombre.
Landa la soltó sólo para empujarla hacia uno de sus hombres. La furia reveló que recordaba más de lo que admitía. Amelia comprendió que su lealtad a Rivas no provenía únicamente del salario; proteger el secreto protegía también la memoria de Anselmo y justificaba toda su vida adulta.
—Las cartas —repitió Landa.
Amelia extrajo el paquete cosido en su abrigo, pero no era la lista. Antes de salir había sustituido las hojas por recetas y copias sin valor. Landa no podía revisarlas bajo la lluvia. Se las entregó. Aun así, él se llevó a Clara.
—El director necesita hablar con la señora Montiel —dijo—. Si mañana recibe lo verdadero, volverá caminando.
Elena se lanzó contra él, pero Amelia la retuvo. Un nuevo disparo mataría a Clara antes de que pudieran acercarse. Vieron alejarse el automóvil por el camino de la mina. Pilar permaneció junto al muro, abandonada por los mismos hombres a quienes había ayudado.
Amelia contó hasta diez antes de moverse.
Después revisó a Alcocer y Elena. La mano del médico sangraba de nuevo, pero conservaba movilidad.
Elena tenía dos costillas dolorosas sin signos de fractura.
El automóvil había dejado una huella profunda en el barro, orientada hacia la ladera y no hacia el hospital.
Rivas podía trasladar a Clara por los túneles sin cruzar la ciudad.
Pilar intentó acercarse para ayudar con las vendas. Elena le ordenó apartarse. La muchacha obedeció y dejó sobre el suelo el silbato que Landa le entregó. Tenía tres muescas, una por cada señal. Amelia lo guardó como prueba. Incluso las traiciones dejaban instrumentos.
—Dijeron que sólo buscarían las cartas —balbuceó—. Dijeron que no tocarían a nadie.
Elena la abofeteó. Pilar no se defendió.
El sonido quedó suspendido en el callejón. Amelia vio cómo Elena miraba su propia mano, sorprendida no por haber golpeado, sino por reconocer en el gesto la misma certeza con que Mercedes imponía decisiones. Pilar mantenía el rostro vuelto y una línea de sangre apareció en su labio.
—No vuelva a tocarla —dijo Amelia.
—Entregó a mi madre.
—Y responderá por eso. No es su prisionera.
Elena quiso replicar, pero Clara ya no estaba para ser utilizada como medida de toda conducta. Amelia limpió el labio de Pilar y le preguntó si podía continuar. La muchacha asintió sin aceptar consuelo.
—Cuando esto termine —dijo Elena—, no espere que la perdone.
—No lo espero.
Pilar no buscaba absolución. Quería una oportunidad de impedir la consecuencia que acababa de provocar. La distinción resultó importante para Amelia: el arrepentimiento que exige perdón sigue colocando las necesidades del culpable en el centro.
Elena pidió disculpas por el golpe, no por la ira. Pilar aceptó la primera y dejó la segunda sin respuesta. La relación entre ellas no se reparó; apenas dejó de deteriorarse durante los minutos necesarios para actuar.
Alcocer observó la escena mientras vendaba su mano.
Dijo que Rivas siempre conseguía que quienes se oponían a él terminaran castigándose entre sí.
Un secreto bien administrado aislaba a las personas, repartía culpas diferentes y luego esperaba a que cada una considerara a la otra demasiado imperfecta para ser aliada.
Amelia recogió el silbato de tres muescas. Si querían derrotar al círculo, tendrían que trabajar con personas que habían fallado, incluida ella misma.
—Mi madre no puede respirar sin el medicamento.
—Clara tampoco —respondió Amelia—. Y ahora está con el hombre que la declaró loca.
Quiso odiarla, pero conocía la precisión con que Rivas elegía las amenazas. La madre de Pilar no era una idea. Era una mujer enferma que podía morir porque su hija se negara a obedecer. El círculo llevaba años utilizando el mismo mecanismo: convertir el amor en una cerradura.
—¿A dónde la llevarán? —preguntó.
Pilar juró que no sabía. Había escuchado a Landa mencionar «la sala antigua» y que todo debía terminar antes de la llegada del abogado. Rivas planeaba obligar a Clara a firmar una retractación o hacerla desaparecer otra vez.
—¿Cuándo hablaste con Landa? —preguntó Amelia.
Pilar contó que la detuvo al salir de la botica.
Le mostró una orden cancelando el tratamiento de su madre y otra despidiendo a su hermano de la mina.
También sabía que el padre de Pilar debía dinero al hospital desde antes de morir.
Si ella cooperaba, las deudas desaparecerían y recibiría el medicamento.
Si se negaba, Rivas haría constar que robó la llave siete y la enviaría a prisión.
—Le dije que no —sollozó—. Entonces me llevó a la sala donde guardan a quienes nadie visita. Había una cama con correas. Dijo que mi madre podía ocuparla y que los certificados de incapacidad eran fáciles de preparar.
Pilar describió el interrogatorio. Landa la hizo esperar junto a una anciana sedada cuyo expediente no tenía nombre.
Cada vez que Pilar se negaba, ajustaba una correa de la cama y explicaba que la medicina podía terminarse en cualquier botica.
Después le mostró la firma de Rivas en la orden de ingreso de su madre.
No necesitaban secuestrarla; podían hacer que la ley llamara tratamiento al encierro.
También le dijeron que Amelia planeaba huir con Elena y dejarla como responsable del robo.
Le enseñaron el expediente que Rivas guardaba sobre ella y varias anotaciones de Matilde.
Algunas eran verdaderas. El círculo había aprendido que una mentira resulta más eficaz cuando se construye alrededor de hechos que la víctima reconoce.
—Pensé que todos ustedes podían irse —dijo—. Yo no tengo una casa en la capital ni un apellido que me abra puertas.
Amelia no negó la desigualdad. Le había pedido a Pilar riesgos que ella podía abandonar subiéndose a un tren. Si continuaban trabajando juntas, la protección de la madre de Pilar debía formar parte del plan, no ser un problema privado que la muchacha resolviera sola.
Amelia sintió el mismo mecanismo que destruyó a Clara cerrarse alrededor de otra familia. Pilar no había cedido por ambición. Rivas le mostró que podía borrar a su madre también.
—Debiste decírnoslo.
—Usted dejó de confiar en mí antes de que pudiera hacerlo.
Era cierto y, al mismo tiempo, injusto. Amelia la apartó de las decisiones para proteger las pruebas, pero el aislamiento facilitó que Landa la controlara. Reconocerlo no convertía la traición en inocencia; impedía que se repitiera el mismo error.
Elena no aceptó la explicación.
—Mi madre estaba a salvo hasta que ella habló.
—Y la suya habría estado a salvo si Mercedes no hubiera querido una hija —respondió Pilar—. El miedo no vuelve bueno lo que hice, pero usted sabe lo que alguien hace por una madre.
Elena levantó la mano otra vez. Clara no estaba allí para detenerla. Amelia se interpuso. No podían combatir un sistema que convertía el afecto en amenaza y después castigar a Pilar exactamente por haber amado.
Elena recogió las cartas que habían caído. Faltaba la número cinco, donde figuraban fechas y donativos. Las demás seguían allí; el paquete entregado a Landa contenía casi todo lo que él esperaba. Cuando descubriera el engaño, volvería.