La paciente de la habitación 8 Las nueve cartas #2
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Las nueve cartas #2

Desde el piso superior llegó un crujido.

Amelia subió con el pisapapeles. El dormitorio de Tomás estaba vacío, aunque una de las tablas del armario había sido levantada.

El intruso conocía el escondite y no tuvo tiempo de revisarlo porque ella llegó al despacho.

Trasladó las evidencias a tres lugares distintos: las cartas bajo el armario, la medalla dentro de la costura del abrigo y el papel secante entre las páginas de un misal.

Si volvían a entrar, no encontrarían todo de una vez.

Un golpe en el zaguán la hizo apagar la luz. No era la llave del intruso, sino tres llamadas breves, una pausa y otras dos. Amelia tomó el pisapapeles y se acercó sin retirar el mueble.

—¿Quién es?

—Pilar. Por favor, señorita Amelia. No puedo quedarme en la calle.

La auxiliar entró empapada, con el cabello pegado a las mejillas y un chal prestado sobre el uniforme. Miró el desorden del despacho y el botón sobre la mesa. Amelia le contó únicamente que alguien había registrado la casa. Pilar se llevó una mano a la boca.

—Salvatierra dijo que usted había salido —murmuró—. El director mandó a Landa a buscarla.

—¿Quién es Landa?

—Eusebio Landa, el administrador. Tiene las llaves de las bodegas, de la botica y de las habitaciones del personal. Cuando falta un camillero, él mismo entra en las salas. Siempre huele a ese jabón fuerte.

Amelia miró el hilo blanco enganchado al botón. No bastaba para acusarlo, pero el intruso había llevado una camisa o una bata de tela clara debajo del abrigo.

—¿Por qué viniste?

Pilar sacó del escote un papel doblado. Lo había encontrado dentro de su casillero, atravesado por un alfiler. En él había una sola frase: «Dígale a Amelia que la campana que no suena conserva la voz de su madre». La letra no era la de Soledad ni la de las notas anteriores.

—¿Quién pudo abrir tu casillero?

—La señorita Salvatierra tiene una llave. Landa tiene otra. A veces sor Candelaria entraba para dejarnos estampas.

Pilar trató de quitarse el chal, pero le temblaban tanto las manos que el broche cayó al suelo.

Amelia lo recogió y la hizo sentarse. La muchacha tenía diecinueve años y sostenía a su madre y a dos hermanos con un salario que apenas alcanzaba para carbón.

No podía pedirle el valor de alguien que no tenía nada que perder; precisamente porque lo tenía todo en riesgo, cada paso que daba hacia aquella casa era una forma de valentía.

—¿Te siguieron?

—Bajé del tranvía dos calles antes. Vi al señor Landa en la botica, pero pudo haberme visto también.

—Pilar se mordió el labio—. Hoy preguntaron cuánto tiempo llevaba trabajando con usted.

Dijeron que una enfermera agotada podía imaginar cosas y que sería una lástima que yo confirmara esas imaginaciones.

Amelia encendió el fogón y puso a hervir agua para preparar café de cebada, la bebida amarga con la que en el hospital sustituían el verdadero café.

Mientras esperaba, le enseño solamente la copia de una de las cartas, la que mencionaba a Clara sin nombres de familias.

Pilar la leyó despacio, moviendo los labios.

Al terminar no preguntó si era auténtica. Preguntó cuántas mujeres había.

—Por lo menos diecisiete.

—En la sala dicen que antes las madres pobres no podían reclamar. Si el médico decía que el niño nació muerto, nadie les permitía verlo.

—¿Quién lo dice?

—Las viejas. Luego se callan cuando entra Matilde.

Cuántas historias habrían sido relegadas a superstición porque quienes las contaban no sabían escribirlas en un formulario.

El hospital guardaba expedientes impecables de hombres importantes y apenas una línea para las mujeres que llegaban sin dinero.

Quizá el secreto había sobrevivido no porque nadie hablara, sino porque sólo hablaron personas a quienes la ciudad había decidido no escuchar.

Pilar bebió dos sorbos y recuperó algo de color.

Antes de marcharse, Amelia le enseñó una señal sencilla: si necesitaba ayuda, dejaría una venda anudada en la baranda de la lavandería.

Si el peligro era inmediato, derribaría una bandeja de metal.

No usarían notas que pudieran encontrarse.

Pilar repitió las instrucciones y después miró la muñeca sobre la mesa.

—Mi madre hacía unas iguales —dijo—. Con retazos de sacos, porque no había tela.

—Ésta la hizo Soledad.

Pilar rozó el vestido sin tocarlo del todo.

—Entonces no dejó solamente cartas.

—Hay cuatro campanas en San Rafael —dijo Pilar—. La pequeña lleva años rota.

Amelia recordó los números: 8, 17, 4. Guardó las cartas dentro de una funda de almohada y las escondió bajo la tabla del armario.

Dejó en el cajón sólo sobres vacíos y papeles de cuentas, por si Landa regresaba.

Después colocó la medalla de sor Candelaria alrededor de su cuello y ocultó la de Tomás en el forro del abrigo.

—Vuelve al hospital —ordenó—. Si preguntan, nunca estuviste aquí.

—No quiero regresar sola.

Amelia miró la lluvia tras los cristales.

Creía oír pasos bajo cada canalón, pero permitir que Pilar se quedara sólo confirmaría ante Rivas que seguían trabajando juntas.

La acompañó hasta la esquina y esperó a que un coche de alquiler la recogiera.

Luego tomó el camino opuesto hacia el templo de San Rafael.

El sacristán tardó en abrir. Amelia dijo que su padre había dejado un objeto en el campanario y mostró la medalla sin darle tiempo de examinarla. El anciano palideció y se apartó. Aquella reacción le reveló que la flor no pertenecía únicamente al hospital.

Subió por una escalera estrecha. La torre olía a piedra mojada, cera y excremento de paloma.

Las tres campanas mayores pendían sobre la ciudad oscura.

La cuarta, mucho más pequeña, estaba retirada en un nicho, con el badajo metálico envuelto en tela para que no golpeara el bronce ni la hiciera sonar.

Amelia desató el lienzo. Dentro encontró una llave fina y una tira de papel escrita por sor Candelaria: «Pasaje de las Ánimas.

Antes del amanecer. Venga sola. La mujer de la habitación 8 conoce el camino hasta Soledad».

Amelia leyó dos veces. Entonces la campana pequeña se movió sobre su cabeza.

No llegó a sonar. Una mano, al otro lado de la oscuridad, sujetaba el badajo.