La paciente de la habitación 8 Misericordia y silencio #2
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Misericordia y silencio #2

Se detuvo frente al escaparate de una relojería.

En el vidrio vio reflejada la calle inclinada, una carreta de leche y una figura con sombrero oscuro que se ocultó bajo un portal.

Amelia continuó sin apresurarse. Doblando dos veces podía llegar a la plaza o, si tomaba el pasaje de las Ánimas, salir frente a su casa.

Eligió el pasaje. Los muros se estrechaban allí hasta dejar una franja de cielo entre los aleros.

A mitad del trayecto dejó la maleta en el suelo y se volvió.

No había nadie.

Sólo escuchó el goteo de una canaleta y, desde algún patio, el golpe de un cuchillo sobre una tabla.

Esperó un minuto. Cuando reanudó la marcha, encontró sobre la piedra húmeda una huella negra, pequeña y estrecha, distinta de las botas de los mineros.

El talón estaba desgastado hacia el lado izquierdo.

Recordó los zapatos polvorientos de la paciente y en la forma en que había protegido una pierna al intentar incorporarse.

La casa de los Valdés ocupaba una esquina detrás del templo de San Rafael.

Era una construcción de dos pisos, con balcones de hierro y un patio interior donde un naranjo se había secado durante la enfermedad de Tomás.

Amelia abrió la puerta y permaneció unos segundos en el zaguán.

La casa conservaba el olor de su padre: papel, alcanfor y el tabaco que fumaba a escondidas junto a la ventana del despacho.

Seis semanas después del entierro, sus guantes seguían sobre una silla y el sombrero colgaba del perchero.

Amelia no había tenido valor para guardarlos.

Cerró con llave, llevó la maleta al dormitorio y ocultó las pruebas debajo de una tabla suelta del armario. Conservó únicamente la medalla en el bolsillo. Después entró al despacho de su padre.

Tomás Valdés había mantenido aquella habitación cerrada durante los últimos años de su vida.

Decía que el polvo le provocaba tos y que los asuntos viejos no mejoraban al ordenarlos.

Amelia abrió las contraventanas. La luz reveló libreros de madera oscura, expedientes sujetos con cintas, sellos de notario y una máquina de escribir cubierta con un paño.

Sobre la pared colgaba su título de abogado.

Debajo, casi oculto por un calendario, estaba el nombramiento como secretario del Patronato de Nuestra Señora de la Misericordia, fechado en enero de 1904.

Amelia retiró el calendario. En el margen inferior del nombramiento reconoció el sello de la flor y las palabras Misericordia y Silencio.

No figuraban como lema oficial del hospital.

Formaban parte de una marca más pequeña, estampada sobre la firma de cinco integrantes del patronato.

Uno de ellos era Benigno Rivas. Otro, el doctor Eduardo Alcocer.

El padre del médico.

La quinta firma estaba cubierta por una mancha de tinta. Amelia acercó el papel a la ventana, pero sólo distinguió la inicial M y un apellido que terminaba en z. Descolgó el marco y separó el cartón trasero. Dentro encontró un recorte de periódico doblado cuatro veces.

El encabezado decía: Incendio en la maternidad de la Misericordia.

La noticia estaba fechada el 19 de octubre de 1907.

Hablaba de una lámpara de petróleo, utilizada durante un apagón, que una enfermera había derribado en plena tormenta, de dos fallecidas y de varios expedientes destruidos.

Elogiaba al joven doctor Benigno Rivas por rescatar a seis pacientes y mencionaba que una empleada llamada Soledad Valdés no había sido localizada después del siniestro.

Alguien había subrayado una frase con lápiz rojo: Las autoridades investigan la desaparición de documentos y dinero pertenecientes al hospital.

Amelia leyó dos veces. Su madre había desaparecido y, además, la habían convertido en sospechosa.

Ahora entendía por qué su padre quemó los vestidos y retiró el retrato de la sala.

No había intentado borrar a una mujer que lo abandonó.

Había tratado de borrar un escándalo que podía perseguir a su hija.

En el reverso del recorte, Tomás había escrito: Mentira publicada por orden del patronato. La frase terminaba con tal presión que la punta del lápiz había rasgado el papel.

Amelia comenzó a revisar los cajones. Los dos superiores contenían cuentas, escrituras y correspondencia reciente.

El tercero estaba cerrado. Probó las llaves del escritorio y luego las de la casa, pero ninguna entró.

Al palpar la parte inferior descubrió un resorte oculto en la moldura.

El frente del cajón cedió con un chasquido.

Dentro había un paquete de cartas atado con una cinta azul. La primera llevaba la caligrafía de Soledad.

Tomás:

Si recibes esto, no vengas al hospital. Clara está viva y su hija también.

Quieren que prepare el registro de defunción, pero me he negado.

El doctor Alcocer dice que es por el bien de la niña y Benigno asegura que nadie comprendería lo que intentamos hacer.

No les creo. Esta noche sacaré una copia de los nombres. Si algo me sucede, busca...

La carta terminaba ahí. La segunda hoja había sido arrancada.

Amelia volvió al principio. El doctor Alcocer.

Eduardo, el padre del hombre que acababa de advertirle que no sacara conclusiones.

Benigno. No Rivas ni el doctor Rivas, sino Benigno, como alguien conocido y quizá cercano.

Soledad había sabido que la niña vivía. También que existía una lista de nombres.

Un golpe suave llegó desde el zaguán.

Amelia dejó la carta sobre el escritorio y escuchó. Alguien introdujo una llave en la puerta principal. El cerrojo giró.

Tomó las cartas, apagó la lámpara y se ocultó detrás de la cortina gruesa que cubría la puerta del archivo. Desde allí podía ver una parte del despacho a través de una abertura. Los pasos atravesaron el corredor sin vacilar. La persona conocía la casa. Entró al despacho y cerró.

Era un hombre alto, vestido con un abrigo oscuro y sombrero de ala ancha.

Llevaba guantes. Amelia no podía verle el rostro, pero percibió el olor penetrante del jabón carbólico utilizado en las salas del hospital.

El intruso abrió los cajones en el mismo orden que ella, con la seguridad de quien sabía qué buscaba.

Al llegar al tercero encontró el resorte en pocos segundos.

Amelia sostuvo la respiración. El hombre retiró el recorte, revisó el compartimento y murmuró una maldición al encontrarlo vacío. Cuando levantó la mano para cerrar, la cadena de su chaleco se deslizó fuera del abrigo. De ella pendía una medalla de cobre.

La flor brilló en la penumbra.

Misericordia y Silencio.

El intruso se volvió de pronto hacia la cortina.

Amelia retrocedió, pero su zapato rozó una caja.

El hombre cruzó la habitación en dos pasos y apartó la tela.

Ella le golpeó la muñeca con un pesado pisapapeles.

La medalla chocó contra el marco de la puerta.

Él trató de sujetarla; Amelia hundió el codo en su pecho y alcanzó a arrancarle un botón antes de que la empujara contra el librero.

Los expedientes cayeron a su alrededor. Cuando recuperó el equilibrio, el hombre ya corría hacia el patio.

Amelia lo siguió. Lo vio saltar la fuente vacía y abrir la puerta de servicio.

Por un instante giró el rostro, pero el sombrero y una bufanda oscura lo cubrían hasta los ojos. Después desapareció en el callejón.

Amelia no salió tras él. Tenía el pulso acelerado y un dolor agudo en el hombro, pero podía mover el brazo.

Regresó al despacho y examinó el botón que conservaba en la mano.

Era de asta negra, común en los abrigos de hombre.

En el borde había quedado enganchado un hilo blanco que olía a desinfectante.

El intruso había buscado las cartas. Sabía que Tomás las escondió y poseía una llave de la casa.

Tal vez la misma persona había entrado en su habitación del hospital.

Tal vez había seguido sus pasos desde la escalinata.

Amelia comprobó el paquete: nueve sobres, todos cerrados y numerados por su padre, pero faltaban el cuatro y el siete. La carta incompleta era la número tres.

Al recoger los expedientes del suelo encontró una caja estrecha que había caído detrás del librero. La madera se abrió al golpear las baldosas. Dentro había un anillo, dos sellos notariales y una medalla idéntica a la que sor Candelaria le había entregado.

Amelia la levantó por la cadena. En el anverso aparecía la flor; en el reverso, las palabras Misericordia y Silencio. Debajo habían grabado dos iniciales y una fecha.

T. V.

17 de octubre de 1907.

La advertencia de sor Candelaria regresó con una claridad terrible: No confíe en quien tenga otra como ésta.

Su padre había tenido una.