20. Toc, toc
Toc, toc
Brett y Guy se las apañaron para conseguir que un buen grupo de gente viniera a ayudar.
Algunos de los chicos trajeron a otros tantos con ellos.
Cuando vi al grupo de cazadores comprometidos a ayudarme a asaltar la mansión de Andy y acabar con él, lo primero que me vino a la mente fue el saldo de mi cuenta bancaria.
Al comentarlo, Hammond —el piromante al que había salvado cortándole el brazo infectado— afirmó que hacían esto pro bono .
—Por pura vocación de servicio a la comunidad —dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿La verdadera razón? —le pregunté a Brett.
—Les salvaste la vida —dijo él—. Puede que a la poli no le caigas bien, pero casi todos los cazadores que han ido de incursión contigo saben que, si necesitaran ayuda, tú estarías allí. Están aquí para devolverte el favor.
—Estamos llevando a cabo un asalto no autorizado en la casa de un Concejal —añadí, a riesgo de desanimar al grupo.
—Nunca me han gustado los Concejales —replicó Hammond. Algunos de sus amigos de Puretide, que ahora vestían equipo de combate negro sin distintivos, asintieron.
—Y si el hijo del Concejal es un hombre lobo, entonces tenemos derecho a realizar un arresto ciudadano —añadió Busani, un operativo de Drakenbane.
—Vamos a matarlo… —respondió Brett, dubitativo.
—Tanto monta, monta tanto. Viene a ser lo mismo —se encogió de hombros Busani.
En total, el grupo para asaltar la mansión lo formábamos Brett, Guy, Cindy, Hammond, otros cinco de Drakenbane y Puretide, y yo. Diez personas en total. ¿Sería suficiente? Eso esperaba, teniendo en cuenta que planeaba hacerlo sola si era necesario.
Salimos del aparcamiento que habíamos usado para la reunión. Hammond me alcanzó en la parte delantera .
—¿Qué pasa con los ojos, jefa?
—Es una larga historia.
—El trayecto también es largo.
—¿Me creerías si te dijera que es el ojo de la Necroseñora?
—No. —Sonrió, encendió un cigarrillo y volvió a su puesto con sus colegas de Puretide.
Noche. La luna brillaba a través de las copas de los árboles, formando puntas de dagas plateadas en la humedad que se adhería a las hojas.
El acceso a la mansión de los Garce estaba defendido por una franja de pinos que bajaban de la montaña.
Cogimos una ruta de senderismo para dar la vuelta por la parte trasera.
Andy vivía en una zona rica. Disfrutaba de un acceso fácil a algunos de los senderos legales que quedaban en Table Mountain y de unas vistas decentes del océano.
En lugar de hacerme lamentar no haber seguido con nuestra relación, su ostentación de riqueza hizo que le odiara más.
Y eso que yo era muy capitalista. Hizo que le odiara porque, aunque no fuera un monstruo, su riqueza resaltaba su debilidad.
Su padre era un político. Ganaba dinero por no hacer prácticamente nada.
Los Garce nunca habían tenido que luchar.
Nunca habían tenido que mirar realmente a la muerte a los ojos.
No se jugaban nada. No asumían riesgos. No. Se limitaban a quitarle a los demás.
Pero ahora nos tocaba a nosotros quitarles a ellos.
Brett hizo una señal para que su flanco avanzara.
Las luces de la mansión estaban encendidas y pude ver el resplandor amarillo reflejado en la plata del hacha de Brett.
El hacha de la que me había enviado una foto meses atrás.
La que me había perturbado. Porque entonces tenía a Colin.
Al pacífico Colin. Capaz, pero amable. El Colin que se había horrorizado ante la idea de tener que matar a alguien.
Pero que lo aceptó de todos modos. Porque yo insistí, cogió la pistola que no había logrado salvarle la vida.
Brett no era amable. No era Colin. Él no vacilaba ante la muerte. Y yo tampoco.
Miré hacia atrás. Cindy cerraba la marcha. Parecía lista. Serena. Se estiraba los dedos y murmuraba encantamientos. Me alegraba tenerla en el equipo. No había nadie más capaz de mantenernos a todos con vida.
Alrededor de la mansión de Andy había un muro con pinchos.
Nada exagerado como una valla eléctrica.
Veníamos desde la montaña. La mayor amenaza, aparte de algún engendro nacido de la grieta, sería un babuino intentando saltar el muro para robar comida.
El flanco de Hammond a la derecha se movió por delante de nosotros, mientras nosotros nos cubríamos tras las rocas y la línea de árboles.
Se acercó con indiferencia al muro, echando un vistazo a la mansión al otro lado.
Buscaba alguna señal de cámaras de seguridad.
Pareció satisfecho e indicó que el flanco de Brett debía avanzar.
Eso dejaba a mi flanco en el centro. Para mi disgusto, el grupo quería protegerme y me puso en el grupo de apoyo con Cindy y un mago de escudo.
Pobre de ellos. En cuanto empezara la pelea, iba a romper filas para buscar a Andy yo sola.
Uno de los compañeros de Hammond lo aupó para que pudiera mirar por encima del muro.
Agarró uno de los pinchos con la mano y vi cómo se ponía al rojo vivo.
Luego lo aplastó con cuidado. Hizo lo mismo con unos cuantos pinchos más y luego hizo un gesto para que lo bajaran al suelo.
Avancé mientras Hammond hacía una reverencia teatral exagerada, permitiendo que Brett tomara la delantera.
Brett obedeció, aun cuando sentí una punzada de miedo al ver que él lideraba el ataque.
Pero no dije nada. Aunque ya hubiera perdido a tanta gente.
Estaba tan cerca. Incluso podía sentir la emoción tanto de Treth como de Candace.
Si Treth supiera lo parecida que era la sensación de tener a Candace en mi cabeza a como lo sentía a él.
Esperaba que, con el tiempo, llegara a aceptarla.
Brett desapareció tras el muro. Guy le siguió. Luego Busani. Uno a uno, el grupo cruzó el muro. Solo se quedó uno de los demoledores de Puretide de Hammond. Volaría el muro si fuera necesario para permitirnos una huida rápida. Me ayudó a saltar antes que a Cindy.
Me alivió encontrar a todos mis camaradas enteros, a cubierto entre el follaje del extenso jardín trasero de Andy. Algunos se escondían tras una caseta de piscina, mientras otros yacían cuerpo a tierra tras los arbustos. Brett estaba agachado, esperándome. Acercó la boca a mi oreja y susurró.
—Deja que nosotros nos encarguemos de los guardias. Tú céntrate en el objetivo.
Apenas registré lo que dijo, ya que su aliento cálido en mi oreja me provocó un escalofrío por la columna vertebral.
Me regañé a mí misma. No era el momento. Me acordé de Colin. Y luego de Andy. La ira reemplazó el escalofrío.
Asentí.
Cindy saltó el muro y aterrizó con algo menos de gracia que el resto, pero manteniendo la compostura.
Brett hizo una señal al grupo y nos dirigimos a la puerta trasera de la mansión.
Todo estaba en silencio en el interior, a pesar de que las luces estaban encendidas.
¿Estaría en casa? Eso esperaba. Imaginar la torpeza de invadir su casa solo para descubrir que no estaba era demasiado vergonzoso. ¡Y frustrante!
El flanco de Hammond tomó posiciones en la esquina de la mansión, vigilando el callejón lateral. El flanco de Brett y el mío avanzaron hacia la puerta trasera corredera de cristal.
Apoyé la oreja en el cristal, incapaz de ver a través de las cortinas. No oí nada.
Casi doy un salto al oír crujir una rama. Me giré hacia atrás. Nadie más parecía haberlo notado. Miré hacia el muro que acabábamos de escalar. Hacia las copas de los árboles al otro lado.
Los demás miraban por las ventanas, intentando hacerse una idea de la distribución interna antes de atacar. Yo seguí mirando hacia atrás.
Cindy notó mi comportamiento y se inclinó para susurrar.
—¿Qué pasa?
Un cadáver cayó a un metro de nosotras justo cuando terminaba de hablar, estrellándose contra el suelo duro. Sentí cómo la sangre me salpicaba. Parte de ella siseó al contacto con mi abrigo. Era el demoledor que habíamos dejado atrás, y su rostro estaba desgarrado en un grito eterno.
El grupo se desplegó, apuntando con sus armas en todas direcciones, mientras el amigo del demoledor se agachaba, sin poder creer que su compañero estuviera muerto.
Todos oímos el gruñido. No sonaba a animal.
Ni a ningún monstruo al que me hubiera enfrentado antes.
Sonaba elemental. Como el viento. Y retumbó desde el tejado, sobre nuestras cabezas.
Dos ojos amarillos brillaron a la luz de la luna y la criatura no se movió cuando las linternas la iluminaron.
Estaba encorvada, a medio camino entre las cuatro patas como una bestia y la postura de acecho de un cazador humano.
Su fauce era claramente canina, pero ningún lobo que hubiera visto jamás tenía tantos dientes ensangrentados.
Y ningún lobo que hubiera visto jamás tenía esa mirada de odio puramente humano en los ojos.
Oímos un grito justo cuando el mago de escudo fue arrastrado al interior de la piscina. El agua se volvió roja y un hombre lobo empapado saltó desde su escondite. Se sacudió el agua de la piscina y los restos de vísceras, y lanzó un gruñido profundo.
El flanco de Hammond había cerrado filas. Su mano brillaba con un naranja ardiente. Sentí el calor que emanaba de ella.
Yo había sacado a Voidshot y mi wakizashi. La hoja de esta última empezó a brillar con un naranja flamígero mientras Hammond recitaba un encantamiento sobre ella. Puede que no tuviera una espada de plata, pero el fuego dolía a los lobos por igual.
—Kat —susurró Brett con fuerza—. Entra con Cindy. Nosotros los mantendremos a raya.
Estaba a punto de responder.
—No me vengas con eso de: « No puedo dejaros atrás ». ¡Vete!
—Iba a decirte gracias —dije.
El grupo cerró filas a mi alrededor. Apuñalé la cerradura de la puerta con mi espada sobrecalentada y luego la obligué a deslizarse para abrirla. Al entrar, mis camaradas desataron una salva de disparos, seguida de rugidos y gritos.