La Oscuridad Llama (Serie Kat Drummond 5) 7. Hablar con los muertos
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7. Hablar con los muertos

Hablar con los muertos

Treth no me dijo abiertamente que matara a Candace desde que nos sacaron de la celda.

Sentía un conflicto interno en mi compañero espiritual y percibía la misma discordancia en mi propia mente.

No hablamos de asesinar a nuestra anfitriona nigromante, aunque ambos lo pensáramos.

Pero si me había costado matar a Jeremiah Cox, y aún sentía las lamentables vibraciones del retroceso al apretar el gatillo contra Cornelius Black, ¿cómo iba a matar a una niña?

—Fácilmente —me dijo mi voz de cazador—. Cuchillos en la cocina. Córtale el cuello. Estampa su cabeza contra la encimera. Estrangúlala. Asfíxiala. Coge el cable de cualquiera de los artilugios de la fortaleza y garrótala. Mátala como ella mató a incontables inocentes con su ejército de no muertos.

Pero no era tan fácil. Y sentía que Treth estaba llegando a la misma conclusión.

Un niño, por muy malvado que fuera, no debía morir.

Y ni siquiera estaba segura de que Candace fuera mala.

Claro, sabía lo que había hecho. Y a veces oía el trastorno en su voz.

Pero también veía a una niña que había perdido a sus padres. Me veía a mí.

Candace me explicó que no podía abandonar el recinto por mi propia protección. No discutí, por miedo a ofenderla y arriesgarme a ver cuán malvada podía llegar a ser, pero ella me dio una justificación de todos modos.

No solo se trataba de que esa mujer vampiro, Charlene Terhoff, siguiera persiguiéndome, sino también del Cónclave.

Candace creía que el Cónclave ahora me consideraba un activo renegado.

O al menos uno agotado. Y si Drake fue lo que les hicieron a los activos que habían pasado su fecha de caducidad, quizá estaba más segura tras estos muros.

Solo esperaba que no descargaran su ira con mis amigos.

Si lo hacían, tendrían que pagarlo caro .

Candace se retiró después de nuestra charla, prometiendo traer algo de ramen.

Vi un atisbo de orgullo en sus ojos al hacer la promesa.

Estaba orgullosa de su capacidad para ir a comprar comida.

¡Orgullosa! Pero si recordaba cómo ganaba su dinero, y quiénes eran sus agentes en el exterior, no veía nada de lo que estar orgullosa.

Curiosamente, sentí una sensación de pérdida cuando Candace salió de la habitación. No sabría decir por qué, pero, sin otra alma cerca, sentí una soledad inquietante que rara vez experimentaba. Y en este momento, con lo que había pasado... no quería estar a solas con mis pensamientos.

—Echemos un vistazo —le dije a Treth, más para incitarlo a hablar. Para llenar el silencio de la sala.

Treth gruñó su asentimiento. Deseaba que dijera algo. Lo que fuera. Necesitaba ruido.

Me dirigí primero a la estantería. Mientras que el pequeño estante de mi celda era una colección variopinta de literatura arbitraria y no tan literatura, este estante era mucho más erudito.

Una balda estaba dedicada a la filosofía, la metafísica y la ética.

Cosas que rara vez leía y que mucho menos habría esperado que leyera una niña de catorce años.

En otra balda había una colección de clásicos.

Tolstói, Homero, Esopo, Dickens, Wu Cheng'en...

Un surtido dispar de los tipos de libros que definen culturas, y sobre los que todo el mundo miente diciendo que los ha leído.

El último segmento de estantería estaba lleno de libros de texto.

Libros escolares. Desde primaria hasta el nivel de instituto, y algunos superiores.

Uno era un curso general de primer año de universidad para el uso de líneas wey.

Ociosamente, retiré el libro del estante y oí el crujido de unos papeles.

Al sacar el libro de texto, quedó a la vista una portada ilustrada y de vivos colores.

Alargué la mano por el hueco que había hecho y saqué lo que parecía ser un cómic.

Un cómic de superhéroes. Parecía muy leído, pero aun así se mantenía en condiciones relativamente buenas.

Había sido disfrutado, no maltratado. Detrás de otros libros de texto, encontré más cómics.

Algunos de superhéroes, otros del oeste, otros de ciencia ficción.

En general, la edad recomendada para cada cómic rondaba los dieciséis años o menos.

—Peculiar —comenté, hojeando una novela gráfica de Warpwars , con la violencia suavizada para un público más joven.

—La maldad puede llevar una máscara blanca, pero alberga un corazón negro —recitó Treth, citando a alguien.

—¿Quién dijo eso? ¿Tu Maestro?

—Gorgo —dijo él, simplemente.

—¿La poltergeist?

—No siempre fue una poltergeist.

—Ah, ya. Lo siento.

Seguí mirando los dibujos del cómic, incluso mientras sentía que la mente de Treth vagaba por lugares oscuros.

—¿Treth? —pregunté. Puede que ahora estuviera callado, pero yo necesitaba la distracción.

—Estoy bien. Solo recordando cosas. No es para tanto.

—Recordar, para nosotros, siempre es para tanto.

Hizo una pausa y luego soltó una risita, sin pizca de humor.

—Eso es verdad —suspiró profundamente—. Pero no sentí que ningún peso se liberara de su alma.

—¿Qué... quién era Gorgo para ti? —pregunté, en parte por conversar y en parte para llenar el vacío. Pero en cuanto hice la pregunta, me arrepentí. No solo porque no quería despertar malos recuerdos a Treth, sino también porque temía su respuesta.

—Ella era... mi amiga —respondió, y sentí una sensación de alivio. ¿Por qué sentía alivio? Pero otra emoción pasó de Treth a mí. Una angustia profunda, terriblemente familiar. Pensé en Colin y se me cortó la respiración. Cerré el cómic y me apoyé contra la estantería, mirando al suelo.

—La viste morir —dije. No era una pregunta. Sabía que lo había hecho. Como si a través de la muerte de Colin, viera la de Gorgo.

Treth se sorprendió, pero asintió.

—Mi hermano —dijo. No tuvo que decir nada más.

—Veamos qué más podemos encontrar en este sitio —dije.

Tanto Treth como yo nos alegramos de dar por terminada esa conversación mientras desandaba mis pasos hacia mi celda.

Candace se había ido por la puerta opuesta y no me apetecía toparme con lo que fuera que estuviera haciendo.

Tampoco me apetecía encontrarme con esa criatura —Petunia— ni con ninguna de las marionetas de carne, pero ¿realmente tenía elección?

Necesitaba reconocer el terreno. Si para ello el requisito era pasar junto a bestias no muertas, que así fuera.

Aunque temía caminar junto a los no muertos y sus miradas indiferentes, todas las marionetas de carne habían desaparecido del pasillo.

Candace debía de haberlas enviado a otra parte.

Había puertas de celdas cerradas como la mía a lo largo del pasaje curvo.

No miré dentro por miedo a lo que pudieran contener, pero intuí que Candace debía de haber alojado allí a sus marionetas de carne.

¿Sería porque yo estaba visiblemente incómoda cerca de ellas? ¿Le importaba?

—Esa criatura en la oscuridad... —dijo Treth.

—Petunia —sugerí.

—Esa criatura —continuó él—. No puede estar viva de verdad. Tiene que ser una no muerta. O algún tipo de mutante moldeado con sangre.

—No somos nigromantes, gracias a Atenea —respondí, echando una mirada al pasillo y de reojo a las puertas cerradas de las celdas.

Sentía las manos frías sin el acero y los muslos incómodamente ligeros sin las fundas—.

No sabemos ni de lejos de qué son capaces.

Estoy de acuerdo contigo, es difícil de imaginar, ¿Pero y si tiene razón? ¿Y si la criatura está viva de verdad?

—Entonces debemos ampliar nuestro odio a algo más que a los muertos.

Fruncí el ceño, pero no pude evitar estar de acuerdo mientras imaginaba unas risitas tenues a lo lejos.

Pasé por delante de mi celda, con la puerta abierta y el contenido intacto, y continué pasillo abajo. Era un espejo del otro lado, curvándose de nuevo, lo que sugería que este pasillo era una media luna y que la estructura en sí era redonda.

—Estructura redonda. ¿Razón? —preguntó Treth, como si me estuviera examinando.

Hacía tiempo que no asumía el papel de mentor.

De alguna manera, lo había echado de menos.

Ambos habíamos estado tan perdidos últimamente que ninguno de los dos enseñaba nada al otro.

Los dos nos habíamos estado ahogando mientras intentábamos aprender a nadar.

—El círculo es ritualístico —respondí—. La mayor parte de la hechicería requiere un círculo, y las estructuras circulares pueden ayudar a canalizar la línea wey local hacia un lugar ritual central.

—Eso, y también su naturaleza defensiva.

Un círculo significa un ángulo de ataque poco claro.

A diferencia de un cuadrado, un círculo es una capa de defensa ininterrumpida.

Proporciona rutas de tráfico fáciles para los defensores, mientras que ofrece capas y capas de pasillos confusos y sinuosos para los atacantes.

—¿Luchaste en algún asedio en Avathor?

—No. Bueno, sí. Pero no contra ningún castillo.

Nosotros defendíamos castillos. Algunos resistieron un tiempo contra los no muertos, pero a medida que se agotaban las provisiones, los no muertos nos atacaban por la espalda; los nigromantes reanimaban a los campesinos caídos desde dentro de las fortificaciones.

Trasladamos nuestro esfuerzo bélico a ermitas y monasterios escasamente poblados. Y, al final, esos también cayeron...

La voz de Treth se fue apagando y sentí que empezaba a ensimismarse.

¡Bien hecho, Kat! Sé un aguafiestas para todo el mundo.

Pensé en Colin, sin quererlo, y me mordí el labio. Cambié mis pensamientos hacia Andy y su forma y carne retorciéndose, brotando pelaje y garras. Apreté los puños. Lo mataría, y me aseguraría de que sufriera cien veces más que Colin.

Pero mi rabia remitió y mi paso se ralentizó.

Matar a Andy no iba a traerlo de vuelta.