La Oscuridad Llama (Serie Kat Drummond 5)
© inepub.com
1. Evergreen
Evergreen
No me arrepiento. Al menos, no creo que lo haga.
Mi historia comienza en un barrio residencial de Hope City llamado Plumstead. Hace unos cinco años. El día en que mis padres murieron delante de mí.
El sol de la tarde calentaba mi rostro mientras esperaba a que mi padre pasara a buscarme por el colegio.
El cielo se estaba volviendo rojizo y el día languidecía.
Mi padre llegaba tarde. Otra vez. No había ningún autobús que me llevara.
Y no tenía dinero para un taxi. El colegio estaba demasiado lejos de mi casa y me habían dicho (sin dejar lugar a discusión) que, bajo ninguna circunstancia, debía volver caminando a casa.
No lo entendía. No es que fuera un barrio peligroso.
Comparado con el resto de Hope City, Plumstead resultaba positivamente tranquilo.
Solo había algún que otro atraco ocasional.
Y nunca monstruos. Bueno, casi nunca. Había aprendido en clase que las brechas del Intermedio podían ocurrir en cualquier parte.
En cualquier momento. Por eso no podía salir sola.
Ni de día ni de noche. No sabía qué diferencia había.
Si una brecha podía ocurrir en cualquier momento y en cualquier lugar, entonces podían surgir con la misma facilidad en mi aula o en el coche de mi padre.
Corría el mismo peligro en cualquier otro sitio que si caminara a casa.
Pero mi padre insistía en recogerme en el colegio.
Prometía que sería puntual. Aun cuando llegaba tarde un día sí y otro también.
Incluso cuando me apunté al club de ajedrez y me quedaba hasta tarde para ayudar a los profesores, seguía llegando tarde.
No minutos, sino horas. Todos los días. Solo llegaba a casa a tiempo cuando mi madre venía a buscarme. Odiaba cuando ella no podía.
El sol se ocultaba, otorgando un tono melancólico a la calle vacía frente a mi colegio.
Ya no quedaba nadie más y el guardia de seguridad se había ido a por más café, dejándome sola.
Suspiré. No había nada tan espantosamente lúgubre como un colegio vacío al final de la tarde.
Consulté mi reloj. Una cosita rosa y mona que mi madre me regaló por mi cumpleaños el año anterior.
Algunas de las niñas de mi clase decían que era infantil.
Demasiado infantil para una niña de nueve años.
No me importaba. A mí me gustaba, y eso era lo que contaba.
Aunque me gustaba el reloj, sentí que se me escapaban las lágrimas al ver temblar el minutero.
18:01. Mi padre nunca había tardado tanto antes, y no pude evitar pensar en lo peor.
Las ansiedades que impregnan a cualquier niña precoz.
Finalmente, un coche apareció doblando la esquina a toda velocidad, casi volcando un cubo de basura. Un Corsa rojo. Se detuvo ante mí y luché por reprimir las lágrimas de anticipación, sacando a relucir mis otros sentimientos: abatimiento, rabia, irritación. ¡Llevaba horas esperando! Más que nunca.
Mi padre abrió la puerta del copiloto desde dentro; tiré mi mochila y entré sin decir palabra. No pensaba decir nada, pero antes de que pudiera hacerlo, mi padre sonrió. En aquel momento no me fijé, pero ahora lo recuerdo con un aire un tanto triste.
—Hola, Candy. ¿Cómo ha ido el cole?
—¡Papá! Te he dicho que no me llames así. Me llamo Candace.
Él sonrió con picardía, casi con un toque de travesura. —¿Cómo no voy a llamarte Candy si eres tan dulce...?
Hizo ademán de hacerme cosquillas y aparté su mano de un golpe. Mi expresión se ensombreció.
—¿Por qué llegas tarde? Las clases terminaron hace cuatro horas. El ajedrez hace tres. Y el último profesor se fue hace una hora.
Mi padre volvió a poner las manos en el volante. Mantuvo la fachada de jovialidad despreocupada, pero incluso entonces, vi que algo lo estaba carcomiendo.
—Lo siento, Candy. Es solo que... perdí la noción del tiempo. El trabajo.
Puse los ojos en blanco. Trabajo rara vez significaba trabajo.
Solía significar golf, o unas copas con los amigos, o todo tipo de actividades no relacionadas con lo laboral.
Bueno, eso es lo que me decía mi mejor amiga.
Su madre dejó a su padre por la bebida. Yo no sabía decir cuál era el trabajo de mi padre, y él siempre evitaba responderme cuando le preguntaba, así que asumí que no trabajaba en absoluto.
Cuando tenía que llevar a un progenitor para mostrar su profesión, llevaba a mi madre.
Trabajaba desde casa elaborando pergaminos para magos.
No era tan impresionante como los padres de otros niños, pero era mejor que lo que fuera que mi padre no estuviera haciendo.
Miré a mi padre mientras él observaba el parabrisas. Finalmente, volvió a arrancar el coche y condujimos hacia casa en un silencio sepulcral. Mi padre encendió la radio, pero ninguna de las canciones que sonaban era buena. La apagué.
Ya era de noche cuando por fin superamos el tráfico y llegamos frente a nuestra casa. Vivíamos en una calle tranquila. Había luces encendidas en casi todas las casas. Excepto en la nuestra.
—¿No está mamá en casa? —pregunté, rompiendo el silencio.
Mi padre detuvo el coche en la calle, sin entrar en el camino de entrada.
—Debería estar... —Su voz se fue apagando, y noté un cariz frío en ella. Ignorando mi enfado con él, pregunté:
—Papá, ¿qué pasa?
—Quédate en el coche, Candace.
—¿Papá?
—¡Quédate en el coche!
Mi padre cogió su bolsa del asiento trasero y rápidamente se guardó algo que sacó de la parte delantera de la bolsa en el bolsillo del pantalón.
Lo vi trotar hacia la puerta principal de la casa, cruzando nuestro césped verde, recién regado por un hidromante local. Abrió la puerta y entró, sin cerrarla tras de sí.
Observé, conteniendo la respiración. Mi corazón latía tan rápido que sentía que me iba a estallar en el pecho. Me creía conocedora del mundo. Pero no tenía ni idea de lo que estaba ocurriendo en ese momento.
Mi padre no regresó al coche, y no oí nada desde dentro de la casa. La luz se había encendido. Desde fuera, todo parecía normal.
Se me pasó por la cabeza un pensamiento.
¿Y si todo estaba bien y simplemente se le había olvidado volver a por mí?
Sentí el pinchazo de la irritación y me desabroché el cinturón de seguridad.
Sería típico de él dejarme dentro del coche.
Y si la luz estaba encendida y no había ruido, entonces nada podía ir mal.
No cerré el coche. Tendría que salir él para cerrarlo. Una pequeña compensación. Crucé el césped, deteniéndome para intentar oír algo en el interior. Nada.
La puerta principal seguía abierta. Mi vestíbulo iluminado parecía normal.
Me detuve en el umbral y entré. En cuanto crucé el marco de la puerta, mis sentidos se vieron sacudidos por el repentino ruido de llantos, estrépitos, golpes sordos y crujidos.
Ante esta nueva experiencia, no supe qué hacer.
Debería haber corrido. A pesar de no considerarme una niña, lo era plenamente.
Pero también sabía que la que lloraba era mi madre. Y sabía que tenía que hacer algo.
Solté mi mochila cerca de la puerta principal y caminé vacilante hacia el interior de mi casa, hacia el ruido que provenía del comedor.
Doblé la esquina al final del pasillo y me encontré con la imagen de mi padre enzarzado con un hombre vestido de negro.
En la mano de mi padre había una pistola.
Algo que verías en una película, no en la mano de tu padre.
Especialmente si no era policía, cazador de monstruos o soldado.
Que yo supiera, mi padre no era ninguna de esas cosas.
El hombre vestido de negro sujetaba las muñecas de mi padre, impidiéndole apuntar con el arma.
Otro hombre de negro yacía desplomado contra la pared del fondo, con agujeros de bala en el pecho.
Busqué a mi madre. Estaba atada a una silla que había caído de lado.
No pude evitar gritar: —¡Mamá!
Mi estallido hizo que mi padre y el asaltante giraran la cabeza hacia mí. Mi padre no se distrajo por mucho tiempo. Le dio un rodillazo al hombre en la entrepierna. El hombre le soltó la muñeca y mi padre apuntó con el arma a la cabeza del hombre. Vi un segundo de vacilación y luego disparó.
Pareció producirse un largo silencio después de que el hombre cayera al suelo. Su cabeza golpeó el borde de la mesa al caer, girándose. A pesar de mi corta edad, supe que estaba muerto. Por partida doble.
El silencio se rompió con unos aplausos justo detrás de mí.
—¡Candace! —gritó mi madre.
—¡Aléjate de ella! —gritó mi padre, apuntando con su pistola a alguien que estaba detrás de mí.
Levanté la vista para ver a un hombre con una perilla negra canosa, que vestía un traje de negocios negro con una corbata morada, cerniéndose sobre mí.
Antes de que pudiera avanzar, el hombre me agarró por los hombros.
Mi padre apretó el gatillo de su arma, pero solo obtuvo un clic como respuesta. Echó mano a su bolsillo.
Sentí la mordedura fría del metal en mi cuello. Sabía que debía de doler, pero no sentía nada tan mundano como el dolor. La novedad y el terror de la situación lo impedían.
—Yo no haría eso, Sr. Evergreen —dijo el hombre que estaba detrás de mí con calma. Su voz era suave. Como la miel. Sin embargo, ¿cómo podía algo tan suave y dulce resultar tan venenoso? Mi padre se detuvo con la mano en el bolsillo. Mi madre reprimió un sollozo .
El hombre avanzó, empujándome más hacia el interior de la habitación. Con cada sacudida, la mordedura del cuchillo se volvía cada vez más dolorosa.
—Sr. Evergreen —continuó el hombre, con un tono como si hablara con un colega de negocios—. Es usted un hombre difícil de localizar.
—Suelta a mi hija —respondió mi padre, con tono sereno pero rebosante de rabia. Su voz no sonaba como la miel. Chisporroteaba como la electricidad. La pistola seguía apuntando al hombre de negro, a pesar de haberse quedado sin balas.