Capítulo 27 | Coralia
Coralia
ME DOBLÉ EN DOS, CON LAS MANOS apoyadas en las rodillas, jadeando. Tenía los pulmones agarrotados. Me ardían las pantorrillas, los muslos y el trasero. Estaba usando músculos que no acostumbraba a usar, y mi falta de preparación saltaba a la vista.
Sabía luchar, de eso no cabía duda, pero había cosas contra las que sencillamente no se podía luchar.
La inexperiencia, por ejemplo. Desde mi llegada a Shadowblade Academy, había perdido algo de peso, lo había sustituido por músculo y había ganado tono, sobre todo gracias a mis clases de Intención Física .
Aun así, me costaba recorrer el campo de punta a punta porque entre un extremo y otro pasaban demasiadas cosas.
Era como atravesar una zona de guerra mientras estallaban proyectiles de mortero a mi alrededor.
En resumen, el Shadowball era un puto caos.
Tras los exámenes parciales, pasé los días que quedaban hasta el fin de semana arrastrándome hasta el campo situado en medio de la explanada verde del parque, aprendiendo las reglas del juego y recibiendo una paliza tras otra.
Después de los parciales, los alumnos teníamos tres días libres de clases, además del fin de semana. Era como unas minivacaciones.
Mientras Charli andaba por ahí divirtiéndose con sus amigos y Bruce Kittenson se revolcaba tan pancho en mi cama, a mí me tocaba sudar la gota gorda en el campo de Shadowball.
Me arrepentía de haber aceptado la invitación de Sunny, al menos al principio. Tenía tantas ganas de complacerlo y de dejar atrás el distanciamiento entre nosotros que ni se me había ocurrido pensar en qué lío me metía.
En esencia, el Shadowball se parecía al fútbol. Era fútbol con magia , lo cual resultaba irritante y de un pretencioso insoportable.
Los partidos se jugaban en un campo rectangular con una portería en cada extremo. Hasta ahí, bien. Eso lo entendía. Había cinco jugadores por equipo: cuatro en el campo y uno defendiendo la portería. Hasta los puestos tenían nombres que sonaban a fútbol, como delantero, portero o líbero.
Todos los partidos se disputaban de día, un detalle importante que lo cambiaba todo.
Al fin y al cabo, se llamaba «Shadowball» porque se utilizaban las sombras.
Según la posición del sol, las sombras sobre la hierba alteraban por completo la disposición del juego.
De hecho, esa disposición podía cambiar incluso durante el partido, y aquello era una locura.
En este deporte, a las sombras del campo se las llamaba «manchas».
Los jugadores no podían abrir un portal para entrar en ellas, pero el balón sí podía pasar a través de ellas, así que desaparecía y reaparecía continuamente en distintos puntos del campo.
Estaba prohibido tocarlo con las manos. Además, quien lo chutaba hacia una sombra no podía ser el siguiente en tocarlo.
Y, como último «que os den» para quienes, ejem, éramos menos hábiles en la manipulación de sombras, aquellas manchas cambiantes también podían cobrar movimiento y usarse como obstáculos defensivos u ofensivos.
En la última jugada ocurrió lo siguiente: el Guante de Hudson disputaba un partido de entrenamiento de cinco contra cinco frente al Guante de Lews.
Dax defendía nuestra portería. Sunny jugaba de delantero principal y Venn, de líbero cerca de nuestra mitad del campo.
Cuando un rival me rebasó en el centro, Venn apareció para cerrarle el paso.
Chutó el balón hacia una mancha mientras Sunny y el defensa contrario corrían a toda velocidad hacia otra que había quedado libre al otro lado del campo.
Cuando el balón que había chutado Venn desapareció y reapareció cerca de Sunny, el vampiro le ganó la posición al rival y llegó primero.
Corrí por la banda derecha para ofrecerle una opción de pase a Sunny si la necesitaba.
El vampiro corría codo con codo con su rival, desviándose hacia la portería. El otro dio vida a la sombra de una rama, que intentó arañarle las piernas a Sunny. Él saltó por encima de aquel obstáculo a la altura de las rodillas, pero perdió el balón.
Eché a correr tras él, persiguiendo al defensa.
Antes de que pudiera alcanzarlo, algo invisible me tiró de las piernas y di una voltereta sobre la hierba.
Una sombra suelta me había hecho tropezar y, de pronto, el cielo azul daba vueltas ante mis ojos.
No tenía ni idea de dónde había salido aquella sombra.
El defensa llevó el balón sin dificultad más allá de mi cuerpo, que seguía boca abajo y con el culo en pompa, y se lo pasó a un compañero. Cuando el delantero rival se dispuso a tirar a nuestra portería, Dax se lanzó en horizontal. El balón iba a entrar rozándole la punta de los dedos...
Nuestro fiel portero creó una sombra negra como la tinta de la nada y la lanzó hacia el balón en el último segundo, justo cuando caía de costado.
Aquel pequeño vacío se tragó el balón y lo hizo materializarse sobre una mancha en el centro del campo, a unos veinte metros, dejando así intacta nuestra portería.
Mientras ocurría todo aquello, me froté las rodillas raspadas y me puse en pie tambaleándome.
Fue entonces cuando vi a Genevieve Jade sonreírme con crueldad desde el otro lado del campo. Sabía que había sido ella quien me había saboteado para hacerme caer y dejarme como una idiota.
Porque, cómo no, la quinta persona del equipo al que Sunny me había invitado era la jodida Genevieve Jade.
—SIGO SIN ENTENDER por qué dejaste entrar a esta en el equipo —soltó Genevieve con desprecio, señalándome por encima del hombro con el pulgar—. No sirve para nada.
Nuestro alegre grupito se había quedado junto a la banda después del partido de entrenamiento contra el Guante de Lews.
Habíamos empatado a dos. Yo estaba sentada en el suelo, jadeando, con las piernas estiradas y los brazos apoyados detrás de mí, pero sus palabras casi consiguieron que me levantara.
Quizá lo habría hecho si no estuviera tan jodidamente agotada.
Solté un bufido. —Quizá, si no estuvieras saboteando a una compañera de equipo...
—¿Qué estás insinuando, diablilla?
—¡Sabes perfectamente lo que has hecho, Genevieve! ¡Me has hecho tropezar con una puta sombra!
Alzó la barbilla con gesto desafiante. —¿Puedes demostrarlo?
—No, pero...
—No he hecho nada de eso. No sé quién te invitó por lástima, pero no pintas nada en este campo con los jugadores de verdad .
—Basta —gruñó Sunny, interponiéndose entre nosotras. Miró a Genevieve con dureza—. La invité yo , Vivi. Si tienes algún problema...
— Sí que tengo un problema...
—... háblalo con Jace. Es nuestro entrenador.
—Muñeca, profesor, entrenador... —Genevieve dejó la frase en el aire—. ¿Qué más aspectos de tu vida controla Jace Hudson, Sunny?
Él no se dignó contestar. El alto vampiro se puso las manos en las caderas y sostuvo la mirada de Vivi.
Permaneció callado, con el cuerpo tenso.
Estaba para comérselo con aquellos pantalones cortos del uniforme que apenas le llegaban a medio muslo y dejaban a la vista cada curva de sus musculosas piernas.
Mientras reprendía a Vivi, me costaba apartar la mirada de su trasero firme, que me provocaba un cosquilleo por dentro.
Cuando corría por el campo con su larga melena dorada al viento, el corazón me daba volteretas.
Dax y Venn llevaban la misma equipación —todos la llevábamos—, y a ellos también les realzaba de maravilla sus imponentes cuerpos masculinos.
—A ver —dijo Venn, mostrando las palmas en señal de rendición—. Tenemos que volver a ser un equipo unido, como lo era antes el Guante de Hudson. Si no, no ganaremos ni un partido esta temporada. Así que ¿por qué no intentamos resolver nuestras diferencias y...?
—Sin Quentin ni Myria, no somos el Guante de Hudson —espetó Sunny.
Al oírlo, miré hacia Genevieve y vi que se ponía rígida. Su rostro se contrajo al oír el nombre de mi hermana.
—Tienes que dejar de vivir en el pasado —explicó Venn, justo lo que no había que decirle a un tipo enfadado como Sunny Conway; un tipo que, además, tenía un pasado mucho más largo que el de los demás—.
Al menos tenemos que comportarnos como un equipo, o estaremos perdidos. ¿Estamos todos de acuerdo?
—Una cosa es estar de acuerdo y otra hacerlo. —Todos volvimos la mirada hacia Dax, que nos observaba desde un extremo—. Las acciones valen más que las palabras.
—Gracias, Confucio —murmuró Venn, sacudiendo la cabeza.
Me supo mal que el discurso optimista de Venn hubiera acabado así.
Algo dentro de mí quería salir en su defensa.
Entorné los ojos al mirar a Dax, que probablemente no se merecía mi enfado después de haber dado la cara por mí durante el examen parcial de Intención Física .
—¿Qué pasará cuando vuelvas a marcharte, Dax? Eres nuestro portero.
Apretó los labios. —Volveré antes del primer partido. Aún faltan un par de semanas.
Sunny le lanzó una mirada recelosa. Todos nos moríamos de ganas de saber adónde se escapaba a expensas de la Academia.
Pero, en vez de insistir por quincuagésima vez, Sunny se dirigió al resto del grupo.
—Vivi y Coralia, tendréis que aprender a llevaros bien.
O, si no podéis llevaros bien, al menos a colaborar.
En una cosa Venn tiene razón: no ganaremos ningún partido si nos pasamos el tiempo peleándonos.
Podrías haberlo pensado antes de invitar al equipo a tu novia, esa zorra abusona con las tetas por bandera. Echaba humo, pero mantuve la boca cerrada. Mis palabras solo reavivarían aquellas discusiones infantiles, y estaba demasiado cansada para eso.