Capítulo 7 | Coralia
Coralia
DAX Y SUNNY ME EMPUJARON SIN MIRAMIENTOS al interior de la celda. Tropecé y caí de rodillas mientras los barrotes se cerraban de golpe a mi espalda.
Volví la cabeza bruscamente y les enseñé los dientes como un animal. —¡Hijos de puta! ¡No podéis encerrarme en una jaula así!
No había otra forma de decirlo: unos hombres a los que conocía desde hacía menos de una hora me habían enjaulado como a una bestia indómita.
Dax y Sunny ya me odiaban antes de conocerme siquiera —había oído sus quejas mientras estaba paralizada—, pero no tenía ni idea de por qué.
Por alguna razón, tenía la extraña corazonada de que Venn al menos se habría sentido mal por meterme en una celda.
Corrí hasta los barrotes y los agarré con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.
Solo me cabía media cara entre ellos; el frío acero me apretaba las mejillas.
La habitación en la que me habían metido era oscura y fría.
Ni una sola comodidad, ni ventanas ni relojes.
Mi jaula mediría unos dos metros por dos metros y medio y tenía exactamente el aspecto de una celda de cárcel: un retrete diminuto de acero, un catre diminuto y duro, y nada más.
Intenté refrenar la ira y sustituirla por compasión. —¿Por qué hacéis esto?
Sunny se cruzó de brazos sobre el pecho corpulento.
Tuvo buen cuidado de quedarse fuera de mi alcance, lo cual era inteligente, porque me moría de ganas de lanzarme sobre él y arrancarle esa puta cara bonita.
Me fulminó con la mirada. —Que seas la hermana de Myria Hargrave no significa que vayas a recibir un trato especial.
—¿Así que me encerráis sin más? ¿Qué os he hecho yo?
—Venga ya, no seas tan dramática. Deja de tomártelo todo como algo personal.
Solté una carcajada ahogada —me reía para no llorar— y alcé los brazos para señalar vagamente lo que nos rodeaba. —¿Cómo coño voy a no tomármelo como algo personal?
—Porque todos hemos tenido que pasar por esto.
Fruncí el ceño. —¿Pasar por qué? ¿Por estar encerrados en una celda?
Los dos asintieron.
—Si de verdad eres una Hargrave y tienes aunque solo sea una pizca del poder de tu hermana, podrás escapar —dijo Sunny.
Dax gruñó. No añadió nada a mi humillación; se limitó a observarme con los párpados entornados y una expresión estoica e indescifrable.
—¿Qué quieres decir? ¿Cómo voy a escapar?
Sunny descruzó los brazos. —Eso es cosa tuya. Metió la mano en el bolsillo y sacó una llavecita plateada, que agitó delante de mí como quien tienta a un niño pequeño con una golosina.
Abrí los ojos de par en par. Instintivamente, saqué la mano entre los barrotes e intenté coger la llave. Él la retiró de golpe, justo fuera de mi alcance.
—No —dijo, como si estuviera reprendiendo a un perro—. Esto va aquí. Depositó la llave con cuidado en el suelo de piedra, delante de los barrotes.
La miré como un lobo hambriento, me arrodillé e intenté de nuevo estirar el brazo hasta que un barrote me golpeó el omóplato. Saqué la lengua por el esfuerzo. —¡Está demasiado lejos!
Sunny soltó una risita y se pasó una mano por su espléndida melena rubia, sin dejar de mirarme fijamente desde arriba. —Esa es la idea, princesa. Aunque he de decir que estás preciosa ahí abajo, de rodillas...
Alcé el cuello y lo miré con el ceño fruncido desde el suelo.
Cuando mis ojos fueron a parar por accidente al pronunciado bulto que tenía entre las piernas y él cambió de postura como si quisiera hacerlo aún más evidente, las mejillas me ardieron.
Mierda. Sea lo que sea este cabrón, en ciertos aspectos es un hombre de carne y hueso.
—Eres un gilipollas —dije con voz ronca, intentando ocultar la debilidad de mi voz mientras apartaba la mirada antes de que me pillara embobada—. Esto no es justo. ¡Pégale una patada a la maldita llave para acercármela! No le diré a nadie que me has dejado salir.
Siguió riéndose y negó con la cabeza, al parecer incrédulo de que se lo hubiera pedido siquiera.
Cuando los dos se dieron la vuelta y echaron a andar por el pasillo, grité: —¡Esperad! ¿Cómo se supone que voy a cogerla?
Sunny se detuvo. —Pues no sé, princesa. ¿Por qué no piensas en el nombre de la escuela, miras a tu alrededor y esas cosas? Seguro que lo averiguas.
Apreté los dientes mientras me levantaba. —¿Por qué no paras de llamarme princesa?
—Porque te jode.
Lo miré pestañeando. —Eres un capullo insoportable, de verdad.
—Nunca lo he negado.
Se volvió otra vez para marcharse.
—¡Espera! —exclamé, desesperada por mantenerlos hablando.
O al menos a Sunny, porque Dax era sin duda de esos tipos fuertes y callados.
No podía creer que de verdad quisiera estar en la misma habitación que aquellos imbéciles.
Era humillante. Lo que fuera con tal de no quedarme sola aquí abajo, en esta oscuridad húmeda.
Estaban a punto de doblar la esquina cuando se detuvieron.
—Todos los Fantasmas hemos tenido que pasar por esto, Coralia —dijo Dax—. Usa la cabeza para encontrar la manera de salir. Después te recompensarán con una habitación mejor en la residencia. Lo conseguirás.
Sus palabras me dieron una pequeña chispa de esperanza. Eran las primeras que me dirigía directamente.
Sunny se encargó de apagarla de golpe. —Sí, lo conseguirás. Se encogió de hombros con indiferencia. —O no. Miró a Dax con curiosidad. —¿Quién fue el último que no logró superar la iniciación y murió?
Dax puso los ojos en blanco. —Creo que ya te has metido bastante con la chica, Sunder.
Sunny me hizo un gesto de despedida por encima del hombro. —Imposible.
—¿Os vais...? —pregunté con un hilillo de voz, odiándome por sonar tan apocada.
Sunny puso un puchero de lo más fingido. —¿Has oído eso, Dax? Quiere que nos quedemos. Nos necesita . Negó con la cabeza muy serio. —Esta es una misión en solitario, cadete. Siempre lo ha sido.
Dicho esto, se alejaron por el pasillo hasta desaparecer de mi vista. Golpeé los barrotes con el puño, frustrada, y solo conseguí hacerme daño en los nudillos.
En cuanto se fueron, todo quedó sumido en un silencio sepulcral. Solo oía el latido de mi corazón retumbándome en los oídos y... ¿agua? Sí, el goteo de una tubería lejana. Un ruido incesante y desesperante.
Ploc, ploc, ploc.
Sabía que probablemente estaba allí a propósito, para impedir que me concentrara. Y lo conseguiría. El goteo, la falta de ventanas y de cualquier forma de medir el tiempo, la oscuridad... Todo acabaría volviéndome loca en poco tiempo.
Tenía que usar la cabeza mientras aún me quedaran fuerzas. No sabía cuánto tiempo me dejarían allí antes de traerme comida y agua. Si es que me traían comida y agua.
Se me llenaron los ojos de lágrimas al pensar que podía morir en aquella celda fría y oscura. Lejos de Marlow, lejos de Brucey, lejos de Nola. Joder, incluso lejos de mi madre.
En aquel momento habría dado cualquier cosa por ver una cara amiga.
O incluso una enemiga como la de Sunny. La soledad absoluta me hacía sentir derrotada y me hundía en la tristeza.
No podía creer que estuviera en una cárcel por primera vez y que ni siquiera fuera una cárcel humana.
Me habían enjaulado unos seres sobrenaturales que se suponía que eran como yo.
Pero no eran como yo. Eran crueles y mezquinos. Son unos puñeteros Anormales, de verdad. Los odio a todos.
Ahora entendía a qué se refería Jace Hudson cuando habló de gente que me pisotearía y se quedaría con lo que quisiera. Ya me había topado antes con unos cuantos gilipollas de primera categoría, pero nunca con nada semejante. Y eso que todavía ni siquiera soy alumna oficial.
Intenté alcanzar la llave unas cuantas veces más, resoplando y encogiendo el cuerpo todo lo posible. Me tenían bien pillada.
Con un suspiro, me di la vuelta y empecé a pasearme de un lado a otro, dejando que mis pensamientos fluyeran.
Esto es una prueba, chica. Tú puedes. No te rindas antes de empezar a luchar.
Asentí para mis adentros, algo más animada después de aquella pequeña arenga.
Piensa en lo que dijeron Sunny y Dax: el nombre de la escuela, usar la cabeza...
Shadowblade Academy. En el Ranchero de Jose, empujé a Sunny contra una pared en sombras. Venn me cogió en brazos y me transportó hasta aquí a través de la sombra que proyectaba la luz de la luna en mi habitación.
Vale, empiezo a ver un patrón.
Solté una risita a mi pesar y me senté con las piernas cruzadas cerca de los barrotes. Cuando me peleé con Sunny, no me sentía yo misma. Le grité que se apartara de mí y entonces fue como si hubiera utilizado alguna fuerza o poder interior para empujarlo.
Ladeé la cabeza al pensarlo.
Ploc, ploc, ploc.
—¡Joder! Cerré los ojos con fuerza y bajé la cabeza, tapándome los oídos con las manos para intentar aislarme del goteo constante.
Voy a conseguir esa llave , me dije. Intentaba recurrir al viejo truco de imponerse a la realidad con la mente.
Abrí los ojos y reparé en algo que al principio se me había escapado.
Antes de doblar la esquina que llevaba a mi celda, el lúgubre pasillo estaba iluminado por antorchas en las paredes, más o menos una cada seis metros.
Me habían proporcionado una luz tenue para ver por dónde andaba, aunque no la suficiente para que aquella prisión pareciera menos siniestra o medieval.
Uno de aquellos soportes debía de estar cerca de la esquina, porque una pequeña media luna de luz brillaba justo al otro lado de los barrotes e iluminaba ligeramente la llave.
Al estar parcialmente iluminada, la llave proyectaba una sombra en el suelo, inclinada en dirección contraria a mi celda.
—Hostia —dije en voz alta. Quizá quieren que use mis poderes para, no sé, arrastrar hacia mí la sombra de la llave y que así se mueva también la llave. ¿Pero cómo? No sé controlar las sombras. —¡No sé usar mis poderes! —grité. Mi voz resonó por el pasillo.
La teoría me gustaba, pero no sabía cómo ponerla en práctica. Durante unos minutos, saqué la mano entre los barrotes y probé todos los gestos ridículos de Harry Potter y abracadabra que se me ocurrieron.
Como nada funcionó, suspiré y me levanté. Me hice crujir los nudillos, me di la vuelta y examiné la celda. Inspeccioné aquel cuartucho tan a fondo como pude, por si había algún ladrillo suelto escondido, algún hueco secreto o cualquier cosa que pudiera usar para enganchar la llave.
Tras unos treinta minutos de búsqueda exhaustiva, no encontré nada. La sensación de derrota, que seguía al acecho, amenazó con volver de golpe y apoderarse de mí.
No, céntrate, tía. Tú puedes.
No podía en absoluto. No tardé en sentarme al borde del catre, hundida en la autocompasión, con las rodillas recogidas contra el pecho. Voy a morirme aquí, joder .
Una vocecita en mi cabeza dijo: No, vas a vivir.
Fruncí el ceño, sorprendida de haberme dado ánimos a mí misma. —Ya me estoy volviendo loca, joder, y no ha pasado ni una hora.
Eché la cabeza hacia atrás y miré el techo, con los párpados cada vez más pesados. No, no puedo dormirme. Es la manera más segura de perder la noción del tiempo.
Pero, quisiera o no, todavía estaba débil por el veneno. No había dormido desde que me emborraché con Marlow por mi veintiún cumpleaños, que ahora parecía haber sido hacía una eternidad. Necesitaba recuperar fuerzas desesperadamente.
Solo una cabezadita... Los pensamientos se me fueron apagando y dejé que se me cerraran los ojos.
Un leve ruido de algo que se movía me puso alerta. Cualquier sonido que no fuera el tintineo de las gotas de agua bastaba para romper el silencio. Abrí los ojos de golpe y miré hacia los barrotes.
Una pequeña sombra creció en la tenue luz que llegaba de la esquina.
Me levanté con cautela. —¿H-hay alguien ahí?
Ningún ruido de pasos acompañaba a la sombra por el pasillo. Me pregunté si me habría quedado dormida y alguna aparición rondaba mis sueños. Con lo mucho que resonaba todo en aquel sótano cerrado, habría oído los pasos al menos desde diez metros de distancia.
No pude evitar estremecerme ante la posibilidad de que me visitara un fantasma de verdad. ¿Que me siento sola? Retiro lo dicho. ¡Prefiero estar sola a eso!
Una carita diminuta asomó por la esquina. Diminuta, blanca, peluda y con bigotes.
Abrí la boca con un jadeo. Corrí a cuatro patas hasta los barrotes. —¡Bendito sea Dios! —dije en un susurro emocionado. La esperanza y el alivio florecieron dentro de mí y me aceleraron el corazón. —¡Bruce Kittenson!
Brucey avanzó sigiloso, con pasos cautelosos y deliberados. Sus ojos brillantes atravesaban la oscuridad. Cuando se sintió lo bastante seguro, se acercó a los barrotes y frotó el pelaje contra ellos hasta que empecé a acariciarlo.
—Ya está, señor Kittenson. Sabía que vendría a buscarme —dije con voz de hablarle a un bebé—. No lo dudé ni un segundo. Desplacé despacio la barbilla más allá de Bruce para señalar la llave que había en el suelo. —Brucey, ¿quieres ser un buen chico? ¿El mejor chico del mundo mundial?