9. Algo comienza
Algo comienza
Todas las cosas, buenas o malas, llegan a su fin. Y todo lo que termina conduce a un principio. Pero es difícil saber si algo es bueno o malo cuando no ha hecho más que empezar.
—Kat… —susurró Treth, nervioso. Intenté abrir los ojos. Pero todavía estaba muy cansada. Treth sabía que estaba cansada. Él no me despertaría. Debía de ser mi imaginación…
—¡Kat! —gritó Treth, sobresaltándome y despertándome del todo.
Parpadeé rápidamente. ¿Esta no era mi habitación? ¿Dónde estaba? Reconocí mi abrigo colgado de un gancho en la pared, con su brillo atenuándose y creciendo como si estuviera roncando. Pero Ithalen no estaba en su soporte. Estaba justo a mi lado.
¿Dónde estaba yo?
Mi vista se ajustó y, gracias a mi nueva visión en la oscuridad y a un poco de iluminación de la farola de fuera, pude ver los cuencos de ramen sobre la mesa, donde los habíamos dejado. No habíamos tenido tiempo de fregar. Anoche tenía preocupaciones más urgentes.
Pero los cuencos de ramen me recordaron dónde estaba. El nuevo Cuartel General de los Cruzados. Tumbada junto a Brett. Pero donde debería haber sentido su cálida presencia a mi lado, solo sentí la frialdad de un lado de la cama vacío y unas mantas revueltas.
Treth apareció a mi lado. Pude ver sus nervios reflejados en su expresión.
—¿Qué pasa? —susurré.
—No lo sé —dijo él, señalando hacia la ventana.
Recortado por la luz del mundo exterior, Brett estaba de pie mirando hacia afuera. Se había vestido y llevaba una camiseta y vaqueros. Lo único que le faltaba era el calzado.
—¿Brett? —dije, primero como un susurro pero luego más fuerte. ¿De qué tenía que tener miedo? ¡Era Brett!
Se volvió hacia mí. No podía ver su expresión en la oscuridad. Pero no pude evitar sentirme inquieta.
—¿Qué está pasando, Brett? —pregunté. Treth miraba a Ithalen. No intenté cogerla. ¡Era Brett! Mi Brett. Usar mi espada estaba fuera de toda cuestión en este caso.
—Tenemos que salir fuera —dijo simplemente. Su voz sonaba normal. Como si estuviera sugiriendo ir a por comida china. Pero era precisamente esa normalidad lo que lo hacía peculiar, dadas las circunstancias.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Hay algo que tengo que enseñarte.
—No estoy para sorpresas, Callahan —intenté decir en tono de broma. Me salió una voz temblorosa.
Brett empezó a caminar hacia la puerta.
—¡Vale, vale! Deja que me vista.
Me vestí en la oscuridad. Treth no dejaba de mirar fijamente a Brett. Estaba de pie con la mano en la empuñadura. Pero era Brett. Yo solo estaba alterada. Probablemente tenía algún tipo de regalo para mí aparcado fuera y quería convertirlo en un juego. Ya le reñiría después.
—Muy bien, vamos —dije, ya vestida. Dejé atrás a Ithalen, pero llevaba mi seax envainado en una funda de tobillo.
La oficina habría estado en tinieblas de no ser por el resplandor naranja de mi abrigo.
Brett iba delante, sin prestar atención a la oscuridad.
Un paso detrás de otro. Pasamos por umbrales inquietantes y ventanas que daban a calles apenas iluminadas.
Había estado lloviendo. Un chaparrón de verano poco común.
El asfalto mojado brillaba bajo la tenue luz. Espléndidamente.
Al pie de las escaleras, nos dirigimos hacia la zona del antiguo restaurante. Imaginé la sala llena de clientes sombríos, comiendo platos igualmente sombríos. La ilusión no hizo más que aumentar la sensación de desasosiego que me revolvía las entrañas.
Brett avanzaba sin dudar hacia la cocina, mientras que yo choqué contra la encimera.
Solté un taco por lo bajo cuando Brett abrió la puerta trasera, dejando entrar una ráfaga de aire gélido que me escoció en las mejillas. ¿No se suponía que era verano? Bueno, el aire nocturno siempre era fresco.
Brett me sujetó la puerta hasta que salí. Dejó que se cerrara tras nosotros.
—Y bien, ¿para qué estoy aquí fuera? —pregunté, rodeándome el cuerpo con los brazos. Mi abrigo seguía dormido, roncando plácidamente. Haría falta algo más de acción para despertarlo. Y me sentía mal dándole un susto solo para entrar un poco en calor.
Brett no respondió. Me giré para mirarlo pero, antes de que pudiera decir nada, lo vi.
Una figura baja. Me llegaba justo por debajo de la cintura. Con capucha.
—Kat Drummond —dijo la figura, mientras yo estiraba el cuello para mirarla.
Pues la voz era, efectivamente, de mujer.
Había una cadencia en su voz, pero más áspera que la de los pixies.
Era como si el propio acento contuviera la roca y la tierra del lugar.
Era terroso. Sincero. Quizá incluso entrañable.
Pero yo no tenía por costumbre hacerme amiga de figuras encapuchadas en callejones. Bueno, excepto aquella vez…
—¿Quién es usted? —espeté, echando mano a mi seax.
—Eso no es relevante ahora mismo, Drummond. Vengo con una invitación. Ha superado las pruebas, la llamada Última Luz de esta ciudad demacrada. Por eso, mi socio y yo la aplaudimos. Se ha ganado una audiencia con él.
—¿Qué pruebas? ¿Qué socio? Dígame su nombre. ¡Ahora!
Brett no se movía. No reaccionaba a mi rabia. Si esta era su sorpresa, de verdad teníamos que hablar sobre lo que esperábamos de nuestra relación.
—Esas son preguntas para la audiencia, Drummond. Debe reunirse con mi socio a la una de la tarde en la Galería de Arte del Jardín. A solas. Sea puntual.
Brett seguía sin decir nada. Esto no estaba nada bien.
—¿Y qué pasa si simplemente les digo a usted y a su socio que se vayan a la mierda?
Desde luego, soy todo elegancia.
La mujer se volvió hacia Brett, estirando el cuello para mirarlo a los ojos.
—Necesita que la convenzan mejor.
En un abrir y cerrar de ojos, Brett sacó su pistola oculta y se la puso en la garganta.
—¡Brett! —grité, abalanzándome hacia él.
—Yo no haría eso —dijo ella, y me detuve. Brett tenía el dedo en el gatillo. No mostraba ninguna señal de terror y no había duda en su expresión. Era como si estuviera sopesando dar otro bocado a una hamburguesa. Casual. No era la expresión de un hombre a punto de volarse los sesos.
—¡Le habéis dejado las mentes torcidas! —siseé.
—¿Yo? No necesito retorcer las mentes de los gusanos, supuesta Última Luz. Mi dominio está más cerca del suyo. El frenesí del combate. La honesta danza de la muerte. Pero mi socio es diferente. Él sabe lo que hace falta para cambiar el mundo.
Miré de reojo a Brett, y luego a la mujer. Él estaba inmóvil. Las facciones de ella estaban ocultas en la oscuridad. Un solo disparo.
Me agaché rápido, agarrando mi seax y lanzándolo hacia mi enemiga.
Golpeó con un tintineo contra la pared de ladrillo.
La mujer se había ido. No. No se había ido.
Estaba frente a mí, con su pequeña rodilla clavada en mi pecho.
Caí de espaldas, jadeando por aire, mientras ella me ponía el pie en la garganta.
Levantó la mano, preparando los dedos para chascar.
—No me obligue, Drummond.
Treth nos miraba a las dos, impotente. Brett no se movía. Atisbé un mechón de pelo rubio bajo la capucha. Pelo rubio y un destello en los ojos. Ojos furiosos. Habían visto demasiado en muy poco tiempo. Y no les quedaba más que desprecio por el mundo.
No podía ganar. Al menos, no ahora.
Cerré los ojos y calmé mi respiración.
La mujer bajita captó el mensaje.
—Buena elección.
Al decir esto, quitó el pie de mi garganta. El arma de Brett cayó al suelo con un estrépito y él se desplomó de rodillas. Me abalancé hacia él, sosteniéndole la cabeza antes de que golpeara el suelo.
Rodeé con mis brazos su cuerpo inconsciente. La mujer no aparecía por ninguna parte.