La Orden Oscura (Serie Kat Drummond 11) 3. Merchandising
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3. Merchandising

Merchandising

Habían pasado dos meses desde que Conrad Khoi, agente de cazadores de monstruos retirado, exángel y ahora empresario de merchandising, despertara de un coma mágico provocado por la diosa finlandesa de la enfermedad. Y tenía mejor aspecto que nunca.

Pelo negro engominado hacia atrás, traje de raya diplomática recién salido de la tintorería y una sonrisa blanca perfecta.

Conrad Khoi era uno de esos tipos que parecen de plástico y que no pueden ser otra cosa que unos babosos.

Salvo porque no lo era. Las apariencias engañaban, y Conrad era la prueba de ello.

En su día había sido miembro de los Seraphim.

Incapaz de ocultar su belleza angelical, decidió aceptarla.

Demasiado. Hasta el punto de que su perfección parecía fruto del bótox y de un esfuerzo excesivo.

Cultivó esa fachada de vendedor de coches de segunda mano hasta que se convirtió en su propia naturaleza.

Y, durante muchísimo tiempo, me lo tragué.

Hasta que me di cuenta de que Conrad no se parecía en nada a mi primera impresión de él.

Una vez me dijo que los santos parecen escoria y la escoria parece santa. Le creí. Y él parecía escoria.

—¡Cubierta de sangre un sábado por la mañana!

—exclamó mientras me acercaba a su reservado en la Gravekeeper Tavern, que siempre estaba al borde de lo mugriento.

Se puso en pie para saludarme y le estreché la mano con firmeza.

Esbozó esa sonrisa de color blanco perla.

Brillaba tanto que posiblemente podría usarse como arma.

—¡Me alegra ver que mantienes la misma rutina incluso un año después de que te contratara!

—Un año y bastante más. Y, si no recuerdo mal, no fue tanto contratarme como enviarme a una casa poseída por un Horror.

Soltó una risita.

—Buenos tiempos. ¡Dos cafés, por favor! ¡Y dos desayunos ingleses!

El dueño del pub nos hizo un gesto con la mano para confirmar el pedido y me senté.

—¿Sientes algún síntoma? —pregunté con tono de preocupación—. Cindy me ha dicho que unas cincuenta víctimas recuperadas de la Fae han informado de letargo en el último mes.

Conrad restó importancia al comentario con un gesto.

—¡Estamos en diciembre! Todo el mundo debería estar aletargado en esta época del año. Bueno, menos tú. Y yo. No hay descanso para los malvados, y la maldad es lo nuestro.

Resoplé mientras el dueño del pub traía nuestros cafés y tomé un sorbo.

—Puede que la maldad sea lo tuyo, ¡pero yo soy el epítome de la bondad y la rectitud!

Esta vez fue el turno de Treth de resoplar. Le mandé callar. Conrad no pareció darse cuenta. Últimamente era mucho menos cuidadosa a la hora de hablar con Treth delante de otros. Cindy podía confirmar que existía, así que nadie podía mandarme al manicomio por hablar aparentemente sola.

—Aunque tengo razón en lo otro —continuó Conrad—. El negocio no afloja para nosotros. La sangre de tu ropa es prueba de ello. ¿Qué ha sido?

—Hombre lobo —dije, simplemente. Con frialdad.

Conrad frunció el ceño.

—¿Te ha ayudado tu amigo gótico?

—Ha hecho la mayor parte del trabajo. Últimamente me siento innecesaria.

—¡Tonterías! Eres la Última Luz. ¡Podrías escribir un libro y retirarte con los derechos de autor! Eres una celebridad. Una heroína de carne y hueso. Hasta tengo a garrapatas y mercenarios comprando tus productos.

Fruncí el ceño profundamente.

—¿Cuál de ellos?

Conrad sonrió como un colegial travieso.

—Adivina.

—¡Por favor, no me digas que el de la princesa guerrera! Esa armadura es muy poco práctica.

—No lo diré, pero entonces estaría mintiendo. ¡Y todavía llevas el abrigo de la foto!

—Ya, ¡y casi nada debajo! ¡Yo nunca me visto así!

Conrad resopló.

—Conozco a alguien que podría desmentir eso. Y él mismo compró cinco camisetas.

Me tapé la cara para ocultar el rubor de mis mejillas. ¡Maldito sea Brett y las Grietas! ¡Más le valía no haberse ido de la lengua!

Conrad se rió de mi reacción mientras llegaba la comida.

—No deberías ser tan tímida, Última Luz...

—pronunció el título como si estuviera anunciando la llegada de Superman—.

Eres una heroína. Y eso significa que la gente quiere tu imagen.

¡Y se acerca la Navidad! La mejor época del año para vender merchandising de la agencia de cazadores de monstruos favorita de la ciudad.

—Vaya agencia. Somos dos pistoleros, un purificador, un pirómano, una mujer con pica y fobia social, un perro loco y una espadachina permanentemente inflamada.

—Tenéis a ese mago...

—Pranish está demasiado ocupado con DigiLaw estos días. No ha ayudado en ninguna caza desde Loviatar. ¡Y prefiero que siga así! Está haciendo un buen trabajo por esta ciudad. Colin estaría orgulloso.

—Bueno, no importa. Tú eres la que más vende, pero Cindy y Heather también están consiguiendo su cuota de fans.

—¿Ninguno de los chicos?

—Guy intentó apuñalarme en el estómago cuando le hice la foto. Brett me recordó que los exmiembros del Cuerpo no deberían ser tan famosos, y nadie pica con el merchandising de Hammond.

—Bueno, mientras te diviertas... —mascullé entre bocado y bocado de bacón.

—¡La diversión no es lo importante! Lo son los beneficios. Y nos estamos forrando. ¿Te ha enseñado Cindy las cifras?

—No le gusta darte la razón en tus chanchullos.

—¡El merchandising no es un chanchullo! Bueno... no importa. Solo ten en cuenta que los Cruzados son importantes. Y las ventas son grandes. Incluso estamos ampliando la línea. Echa un vistazo a esto...

Conrad se inclinó y rebuscó en una bolsa debajo de la mesa.

De ella sacó una camiseta y una gorra. Subió la bolsa entera a la mesa.

Todo llevaba el logotipo de los Cruzados: una imagen de Ithalen bajo el escudo Aegis, perfilado en fuego dorado.

Era un poco kitsch, pero no me importó lo suficiente como para comentar nada durante el proceso de diseño. De la bolsa, Conrad sacó otro artículo.

Era una figura. Tenía el pelo castaño oscuro en una coleta alta y llevaba una espada de mercurio y una pistola Mauser C96. Su abrigo era de un naranja llameante.

—¿Una figura de acción? ¿En serio? —pregunté con incredulidad.

—Es clavada —comentó Treth, inclinándose—. Hasta en el ceño fruncido.

Le dediqué dicho ceño fruncido. Conrad estaba ocupado sonriendo como un idiota.

—Las camisetas con tu foto se han vendido como la demanzite en una convención antimagia. ¡Incluso se han agotado! Estoy imprimiendo un lote nuevo y conocí a un tipo que diseña figuritas, no figuras de acción. Es un fan y ya había diseñado este modelo.

No pude evitar que aquello me pareciera un poco inquietante.

—¿Cómo ha conseguido que sea tan precisa? —pregunté, mirando por encima del hombro esperando ver a algún acosador tomando notas.

—¡Has salido mucho en la tele estos dos últimos meses! Cualquiera que sepa pausar un vídeo puede dibujar un retrato exacto de ti.

—Creo que sobreestimas el talento artístico del espectador medio.

Pero tenía razón. Seguía olvidando que ya no era una cazadora de monstruos de incógnito.

Prácticamente todo el mundo sabía quién era.

Incluso se había hecho público que había llevado ante la justicia al líder de la Hermandad de la Plata, responsable de la Noche de Fuegos del Domingo.

Técnicamente había cometido un delito al hacerlo, ¡pero ahora la policía me daba una medalla en su lugar!

Aquella medalla estaba perdida en algún rincón de mi dormitorio.

—Vas a salir mucho más en la televisión —dijo una voz acercándose a la mesa. Jane Phoenix tomó asiento, de forma bastante inesperada. Examinó la figurita con una sonrisa de satisfacción.

Jane era joven para ser política, pero a la ambición no le importaba la edad.

Después de que me ayudara a curar la Fae, había alcanzado una relevancia política aún mayor.

Al principio, había querido mi ayuda para asegurarse el ministerio de policía.

Lo ganó fácilmente. Ahora aspiraba a la presidencia, el puesto de primera entre iguales y el más poderoso del gobierno del Estado de Buena Esperanza.

Yo no confiaba en los políticos. Pero había empezado a entender a Jane.

Entendía por qué le aterraba que la Fae matara a su hermana.

Entendía por qué sintió que sacrificar al fae que se había hecho amigo suyo cuando era niña era una ofrenda digna.

Y entendía por qué quería que la ayudara ahora.

Idolatraba a los cazadores de monstruos.

A mí entre ellos. Y sabía que mucha gente en la ciudad hacía lo mismo.

Acepté ayudarla a cambio de que ella me ayudara a mí.

Y el trato estaba funcionando hasta ahora.

—¿No nos veíamos a las diez? —pregunté.

—No podía esperar. Y el señor Khoi me invitó a desayunar.

—Sí —confirmó Conrad, entregándole a Jane un duplicado de la figurita que había sobre la mesa—. Y esto es para usted.

Jane parecía haber recibido un regalo de Navidad anticipado. Y prácticamente así era.

—¿No cuenta esto como soborno? —pregunté.

—No sería Hope City, ni política, si no tuviéramos un poco de corrupción de vez en cuando. —Conrad se rió.

—¡Ha quedado excelente! Y va a ser un éxito entre los votantes —añadió Jane.

—No sabía que la comunidad de coleccionistas de maquetas fuera un grupo demográfico tan importante —dije, tomando otro sorbo de café.

—Todo el merchandising contribuye a la fama de los Cruzados, Kat —explicó Jane—. Y los beneficios de Conrad son tan precisos como los datos de las encuestas. Y, según las encuestas... ¿cómo van los beneficios, Conrad?

Él asintió, satisfecho.

—Excepcionalmente.

—Nuestras encuestas van excepcionalmente. Faltan dos meses para las elecciones. Solo hay otros dos candidatos realmente en la carrera. Yo, que voy por delante en los sondeos, y luego ese demagogo, Gorgias Radebe.

Jane frunció el ceño al pronunciar el nombre.

—Vas por delante en las encuestas —dije—. No hace falta que pongas cara de haber mordido un limón.

—No puedo evitarlo. No lo ha dicho explícitamente, pero está promoviendo la conspiración de que los orcos causaron la Fae para poder vender Tyrok-1. ¡Y la gente le cree!

—Hay gente que piensa que el Cataclismo fue una farsa y que la magia siempre ha estado aquí. Y hay gente que piensa que la magia no existe en absoluto. No se puede convencer a los necios.

—Lo sé, lo sé. Pero la campaña de Radebe ha sido una irresponsabilidad. Los ataques xenófobos contra otrosmundanos han subido un 29 % desde que empezó su campaña.

Jane parecía genuinamente disgustada por ello. Pero nunca podía estar segura del todo. Los políticos eran mentirosos expertos, y Jane era una política experta.

—Con más razón todavía para aplastarlo —dije—. Y he visto que el Lobby de Derechos No Humanos te ha respaldado formalmente. Ahora que los orcos tienen la plena ciudadanía, creo que tu victoria está asegurada.

—No hay suficientes orcos para asegurar un escaño —argumentó Conrad—. Ahora bien, si los fae tuvieran derecho a voto...

—¡Ni se te ocurra! —puse los ojos en blanco—. ¿Has hablado alguna vez con Duer? Prohibiría todas las empresas excepto la producción de alcohol y miel, y luego inyectaría el presupuesto en tranvías tirados por gatos. ¡Y yo aborrezco la planificación central y el transporte público!

—Los fae no están interesados en la política —añadió Jane—. Los orcos y los elfos sí. Y, con su voto, puede ser lo que necesite para ganar la presidencia. Y, aunque no fuera así, estáis olvidando a mi electorado principal...

—¿Los cazadores? —preguntó Conrad—. La mayoría de los cazadores no son autónomos, y sus políticas apoyan a los autónomos y a las agencias pequeñas. Drakenbane y Puretide concentran a la mayoría de los cazadores de la ciudad. Y ellos no se benefician.

—Al contrario, señor Khoi. Tiene razón al suponer que a las megaagencias no les importamos ni yo ni mis políticas, pero a sus empleados sí. Los cazadores de Drakenbane y Puretide están dimitiendo en masa para hacerse autónomos en previsión de mi inevitable victoria.

—¡Me alegra que tengas tanta confianza! —dije, a medio camino entre el sarcasmo y la sinceridad. Jane pareció elegir quedarse con esto último.

—Sospecho que no todos se van a hacer autónomos, de todos modos —añadí—. Los Cruzados hemos recibido quince solicitudes esta semana. ¡Y no hemos pedido ni aceptado ninguna!

—¿Y a qué se debe eso?

Me encogí de hombros.

—La Orden de los Cruzados fue una forma de esquivar las políticas dementes de Garce. Soy una autónoma de corazón. Sigo con los Cruzados porque la gente con la que cazo ahora es con la que cazaría aunque fuera por libre. No tiene sentido meter a extraños en el grupo. Tal como está, funciona.

Tanto Jane como Conrad negaron con la cabeza al unísono.

—¡Tonterías! —exclamaron ambos a la vez. Se miraron y entonces habló Jane.

—Deberías dejar que los Cruzados se expandan.

Cubrir más terreno. Puretide se está desmoronando tras sus pérdidas en el caso del Señor de los Muertos el año pasado.

Drakenbane solo caza presas grandes. Hay un hueco en el mercado y una agencia organizada como los Cruzados podría llenarlo.

Si no por beneficio, por el bien de la ciudad.

—¿Por qué no haces que tus polis hagan su trabajo?

—Porque lo odiarías.

Suspiré. Tenía razón. ¡Cazar muertos vivientes era mi trabajo! No quería que ningún poli lo estropeara. Lo siguiente que pasaría sería un ejército de policías muertos vivientes. ¡Vaya forma de combinar a mis dos enemigos más temidos!

—Y, ¿por qué quieres que nos expandamos? —le pregunté a Conrad.

—Venta de camisetas.

—¡Por supuesto!

Reprimí un bostezo y luego me levanté.

—Si no hay nada más, tengo que lavarme esta sangre de hombre lobo y echarme una siesta.

—Los malvados no deben descansar, Kat —se burló Conrad.

—Y yo no soy malvada, señor Khoi.

Jane se levantó para estrecharme la mano.

—¿Te veré en el debate esta noche?

Asentí.

—Por una vez, tengo ganas de que llegue. Radebe tiene que llorar en el escenario.

Ella sonrió.

—¡Lo intentaré!

Me despedí de ellos y del dueño del pub y conduje a casa. Treth seguía riéndose de la figurita.