Matar a un animal pequeño
MATAR A UN ANIMAL PEQUEÑO
«No pude arreglar mi tonsura. No pude lavarme los pies.
Pido perdón. Buenos días. Ahora tengo que decir palabras frente a ustedes.
Mientras mi nariz corre. Mi madre se llama Novella.
Novella me enseñó a hablar dos veces. Cuando nací y cuando dejé de hablar hace un año.
La segunda vez se dio cuenta de que había palabras que no hubiera querido enseñarme nunca, como caos , como muerte .
Entonces perdí el miedo al caos y a la muerte.
Y ahora al nombrarlas son sólo sonidos. Como decir madera , río , costilla .
Caos y muerte. También me enseñó las primeras palabras: piedad , ciudad , mago , hombre , amor , perdón , perdón.
Novella camina. Mi madre camina y nadie piensa que es un gran gesto.
Pero ella lo hace, y yo la amo cuando lo hace, y cuando no, yo la amo siempre.
Con mi padre la tomamos de las piernas y los brazos y la hacemos entrar en nuestro patio.
Camina entre los naranjos que no plantamos nosotros, que han crecido por trescientos años ahí.
En nuestro patio hay una fuente que amamos.
Ella se sienta ahí cuando me despierto. Mi madre está despierta casi siempre.
El sol le da en la nuca en la mañana y sé que el día no estará perfecto, pero será mejor.
Mamá, tus gatos están muertos. O se perdieron, no sé.
La última cosa que te dijo mi padre fue que se fueron al bosque a convertirse en tigres.
Mi padre a veces dice cosas hermosas. A ti te dice cosas hermosas, las únicas cosas hermosas que dijo alguna vez te las dijo a ti.
Mamá, estuve con una mujer. No practiqué crueldad con ella, ni ella fue cruel conmigo.
Fue sólo piedad y curiosidad. Nos sonreímos en la mañana.
En la mañana me dijo: «Nunca seas como Él», apuntando a la cruz sobre la mesita de mi velador.
Yo le dije que eso era blasfemia, pero se rio de una manera que no podía ser blasfemia, sino sólo rabiosa ternura.
Mamá, ¿cuándo fue la última vez que cambiamos el agua de la fuente?
Hoy hay pequeños peces. Me comen los dedos cuando meto los pies dentro.
Madre, tu hijo busca la gloria. El milagro.
En otras palabras, tu hijo busca a un hombre.
A un hombre justo. Encontrar a un hombre justo en esta ciudad es un milagro que me llevará a la gloria.
Un día para hacerme dormir me contaste que viste caer granizos de fuego en Napoli.
Que eras una niña. Que los granizos quemaron la cosecha de tus padres.
Que no comieron en meses. Que esa mañana despertaste con la imagen de todos tus olivos perforados, tus animales perforados por granizos negros, caballos, perros, muros, y esa es la imagen que asociaste a Dios para siempre.
Tú eras una niña y cuando ya fuiste mi madre me contaste esta historia cada noche para ayudarme a dormir, y me hacía dormir, y no tenía pesadillas.
Mamá, un día todo se volvió malo. Un día comenzó lo malo en mi vida y no pudo salir, porque yo era lo malo.
Todo se volvió confuso y oscuro, y no hubo más milagro.
Tú me viste volverme malo y no sufrir ante el mal, y eso te enfermó.
Te hizo crecer la sombra en la cara. Porque el niño al que le contabas de los granizos de fuego ya no estaba, estaba en él un hombre con otro olor, un hombre que quemaba a otros hombres y que no volvía a dormir en meses.
Y el mundo se volvió perverso. Y el mundo entró en ti, los hombres entraron en ti y con ellos sus monstruos, y no estuve contigo para sacarte a caminar al patio y lavarte la cara en la fuente que te ayudaba a despertar de las pesadillas, no estuve para enseñarte palabras que no fueran de horror, porque de mi boca sólo salían cosas feas.
La casa se volvió fea, te volviste fea, te moriste por primera vez ahí, fea muerte aquella, cuando Dios te dejó sola mientras encendía el fuego.
Moriste sola. Mi padre me contó que tu lengua estaba hacia afuera y que la mordías con tus dientes. Que al abrir tu boca tu lengua cayó. Y que dentro de tu boca había anillos y abejas muertas. Nadie se explica eso. Yo no me lo explico. Lamiste la mano de un ángel pensando que era la de Dios, ¿mamá?
Tu muerte me hizo volver a Firenze. Tu muerte era lo único que me podía traer de vuelta. Estaba en Assisi, estaba bien en Assisi, eran tiempos de conejos, mamá. Esta ciudad me daba miedo contigo, y sin ti, me aterra.
Cuando decías que veías pelo dentro de tu taza de té, mamá, te quiero decir que es verdad, mamá, que había un monstruo que se paseaba por nuestra casa.
Gracias por salvarme de tener el estómago lleno de sus cabellos.
Por eso hoy te quiero contar la verdad, mamá.
El monstruo era uno de tus gatos. Uno de tus gatos que se fue al bosque y se convirtió en un gato enorme del tamaño de un tigre, comiendo jabalíes y panales de abejas.
Él te venía a visitar siempre mientras dormías, y tú no despertabas, te visitaba porque te amaba.
Es como ese cordero de Dios que un pintor flamenco pintó un día en Gante, y que tiene un agujero en el pecho por el cual no para de salir un chorro de sangre, así mismo tu gato no paraba de botar pelo en tu cama, en nuestra cocina, en tus vasos, y en la fuente, haciendo un camino hacia el bosque para que tú lo encontraras de vuelta, mamá.
Cuando me cuesta respirar al pensar que moriste con mucho miedo, imagino que ese gato perdido volvió esa tarde a nuestra casa mientras tomabas el sol y se sentó en tu pecho sin saber que ya no era un gato pequeño, se sentó pesado y naranjo en tu pecho hasta que dejaste de respirar.
Esos meses en Livorno cuando olvidé cómo hablar me ponías papel con menta en mi pecho.
Eran páginas arrancadas de libros que untabas en miel sobre la que ponías hojas de menta.
Y en la mañana yo podía respirar y con ese aire aprender nuevas palabras que me enseñabas.
Me enseñaste la r, la d, letras que antes yo unía, no sabía decir ratón , o risa , o rabia , palabras tan importantes, mamá, porque tengo rabia con Dios, ahora tengo rabia, y esa mujer tiene razón, no quiero ser como Él, nunca seré como Él, porque después de un año rezando en los establos de Assisi llegué a la conclusión de que Él no está en mí, que estoy solo, que estamos solos, que Dios aprendió a hablar estando solo y que con esas palabras creó la luz, y se aterró de ella y nos dejó solos con ella. Dios nos dejó solos con la Luz, mamá.
Un día llegaré a Él y le traeré una silla, una de las sillas que hice y que tiene una pata coja.
Le diré a Dios que se suba a esa silla. Él lo hará porque sabrá, tal como un niño que acaba de matar a un animal pequeño, que ha hecho algo malo.
Le diré: «¿Y, y, y?». Entonces Él nos pedirá disculpas a ti y a mí, y a ti de nuevo, y luego a todo este siglo, y a ti de nuevo, y de nuevo, y de nuevo, hasta quedarse sin voz.