Tiempo de conejos
TIEMPO DE CONEJOS
República de Firenze, Piazza Santa Croce ,
La ceniza se enfría en mi mano. Oscurece, hay cuervos que picotean sus muslos.
Mi mano encuentra un trozo de cartílago, luego la parte baja de su mandíbula, luego un diente pegado a un trozo de madera.
Tomo sus pies. No hay dedos. Quito las semillas de hinojo pegadas en los muñones.
También las semillas pegadas en el lugar donde estaba su sexo.
Su cuerpo es plano, sin relieves, oscuro.
Lo tomo de las caderas y agito su cuerpo, como cuando se apalea un olivo para que dé más aceitunas.
Salai se descascara del mismo modo, en trocitos negros.
Guardo en mi saco su mandíbula, unos trozos de piel negra, algunos dientes.
Estoy guardando su cuerpo en una bolsa. No sé por qué.
Su cuerpo está dividido como un vitral de iglesia, entre el color rojo y el color negro.
Sus muñecas aún están atadas, un trozo de madera divide sus muslos, un mástil sostiene su espalda.
Es extraño pensar esto, pero el olor es hermoso.
Anís y salvia cocinada sobre lardo. Tomo su muslo derecho y lo presiono hasta hundir toda mi mano dentro.
No es difícil. Su carne se siente como meter la mano en aceite de oliva tibio.
Agarro su fémur, estoy tan dentro de él, en el lugar donde no hay quemadura, donde no llega la luz.
Dentro tuyo, Salai, no hay luz, no hay muerte casi.
Unas mujeres de la osteria me miran, se ríen.
Yo también me reiría de ver a un pervertido haciendo lo que hago.
Lo que hago es amarlo y destruir su cuerpo muerto.
Es mi forma de decir «deseo destruir tu muerte».
Bajo el arco de Santa Croce, un hombre cuyo nombre no conozco me espera al lado de dos caballos.
Este hombre me ayudará a llevar el cuerpo de Salai fuera de Firenze.
A Siena. Lo debo hacer con cuidado, sin que la Oficina sospeche.
Ya está oscuro. Desato sus manos, sus dedos se rompen, caen.
El cuerpo de Salai cae sobre mi hombro derecho, lo abrazo.
Es liviano, pesa lo que pesa un niño. Salai niño muerto.
Lo abrazo, lo aspiro. Tengo tos de Salai sobre mí, por última vez, por última vez, Salai sobre mí.
El hombre de los caballos me grita algo que no entiendo.
Comienzo a caminar hacia él. Trozos de Salai van quedando en el camino.
Atrás queda el cuerpo del profesor, sin dignidad, sin amor, sin nadie que lo extrañe.
Hay cuerpos que todo el mundo quiere matar.
«Los florines», me dice el hombre con acento extranjero.
Se los paso. «Cuerpo a la carreta, atrás, tú adelante, si preguntan algo tú respondes».
Su cuerpo es difícil de cambiar de posición.
«Hay que romper ahí», digo al hombre apuntando a sus piernas.
«No hay tiempo», me dice. Me subo sobre sus rodillas.
No logro romperlas. Le pido ayuda con los ojos.
«Rómpelo tú, no quiero tocar a un firenzer».
El hombre de los caballos es un infame. Cierro los ojos, pienso en un puente, pienso en Ser Piero da Vinci haciendo un puente que se eleva hacia el cielo, y se quiebra, dejando caer a cientos de soldados al río.
Sonido de huesos de pollo partiéndose. Bendito acto de ingeniería, de magia.
Ahora tus rodillas, Salai, apuntan hacia atrás.
Te cubro con un paño azul. Miro mis pantalones.
Tengo una erección leve y también tengo sangre en mis ropas.
No sé. No lloro, pero de mi nariz no para de correr agua.
El hombre de los caballos me mira como mirando a un fantasma, como respetándome luego de ver que puedo mutilar un cuerpo.
«Sube», me dice, y salimos de la Piazza Santa Croce sin decir una palabra.
Abandonamos Firenze, abandonamos el Arno, subimos pequeñas colinas toscanas, todas iguales, atravesamos pequeñas fortalezas sin soldados, pero con fuego, Firenze queda atrás, Firenze es sólo un cementerio bien iluminado.
«Aquí», le digo, luego de una hora a caballo, quizás dos, siete, no sé.
El hombre para la carreta. No tiene preguntas.
Estamos entre Siena y Firenze, no sé exactamente dónde.
Descargo el cuerpo de Salai dentro del paño azul.
«Esto no es cristiano», me dice el hombre de los caballos y se aleja.
Dejo a Salai sobre una pila de heno, rodeo su cuerpo todo de heno.
Como un trozo de hielo que no puede deshacerse, que no debe morir.
Lo ato. Lo arrastro hacia unas rocas. Arrastro a mi Salai.
Lo dejo entre unas rocas. Bajo un olivo.
Su cuerpo esperará aquí hasta el nuevo siglo.
Ese día podrá morir. Ese día volveré a este lugar y lloraré su muerte.
En este siglo se puede sobrevivir. Sobrevivir quiere decir no recibir el amor de la gente.
Sobrevivir sin amor es una vida seca, a base de agua, pan, saliva de un cuerpo que no te da más que sólo escupos, o un paño bañado en vinagre que no te quita la sed.
Hoy odio al público. Idiotas, fariseos, sepulcros blanqueados, nos matarán a todos, no quedará nadie, en esta mierda de pueblo estúpido, debiesen quemarlo y salar la tierra, lanzar cal a los cuerpos de los animales.
Dios, todo funciona por la luz. ¿Cuál es la luz de nuestro siglo?
La madera, sí, la madera hace la luz, y los cuerpos que ponemos sobre ella hacen más luz, pero al final son los mismos bosques muertos los que nos protegen de los bosques vivos, los bosques muertos son los que nos protegen de los animales.
No sé por qué pienso en esto ahora. En los otros siglos, ¿qué iluminará?
Esa es la gran pregunta del siglo, esa es mi pregunta, Dios, Dios, Dios, te dejo, Salai, donde hay liebres, donde jugábamos con las orejas de las liebres, ¿recuerdas?
Nos perseguíamos con las orejas cortadas, nos perseguíamos como los niños, no somos niños, estás muerto, hago una fosa, debes esperar al nuevo siglo para entrar en ella, debes antes ver el amanecer del nuevo siglo, te apoyo en un olivo, con la cabeza en alto, ato tu frente con ramas de laurel al olivo, es la más bella corona de laurel, Salai, príncipe de espejos reventados, de las luciérnagas, Salai, te dejo al lado de las liebres que, lo siento, masticarán tu cuerpo los próximos días, pero estoy seguro de que eso no te molestará, Salai hermoso, te dejo, y regreso a Firenze, amanece, Salai, amanece, camino y me alejo de tu cuerpo que parece del mismo color de la madera del olivo desde lejos, amanece y el sol ilumina mis ropas manchadas de carbón, parezco un pintor, finalmente hay una carreta y veo a un caballo, veo una nube, caigo de rodillas, tres veces caigo de rodillas ¿A quién le rezo?
¿Quién me obliga a rezar? Veo la montaña y no sé decir montaña, monta pienso y veo el cielo y pienso pájaro pienso pájaro y digo ceniza sabor a ceniza en boca y madera en bolsa madera mandíbula Salai y eso nada más fin ¿de cierta manera, no, no?
no, a veces, Amor, Todavía, Amor, Nunca, Salai, Di Siempre Sí Eterno A Dios A Ti Por Ti Por Fin Acá Sonido Muerte De Manera Fin Ahora Sí Vendrás