La oficina de la noche Osteria
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Osteria

OSTERIA

«Lo amas», dijo el profesor.

Yo me quedé inmóvil, sin saber si lo anterior fue una pregunta o una respuesta, porque la declaró sin rabia ni amor en su cuerpo.

Sentí la presencia de Salai a mi lado, pero no pude mirarlo a los ojos.

Vi sus manos, sus dedos que movían gotas de vino sobre la mesa y formaban islas.

«Yo, y usted, y Salai y...». Hice una pausa tomando vino de una copa sin vino.

«Yo conozco a Salai y...». Hice otra pausa.

«No tienes que decir nada», dijo el profesor.

Salai tomó mi muñeca y selló sus dedos en ella como si fueran de un mármol líquido que se solidifica muy rápido.

«Esto de vivir así, no es nuevo», siguió el profesor.

«Ha sido por milenios. Ahora sólo es más difícil, pero siempre ha sido difícil.

La gente dice ‘¡qué horrible es morir en el fuego!’, pero yo lo veo como que siempre hemos estado hechos para la luz».

Siento la mano de Salai sobre la mía. «Somos esa luz sin vanidad, dispuesta a extinguirse.

La luz es peligrosa. La gente hace arder a otra gente que tiene luz dentro, y la hace arder con más luz, es irónico.

No me mires así, como si hubiese bebido mucho vino.

Mejor háblame de desesperación, háblame de dolor, háblame del horror de amar en lo opaco y yo te responderé que he tenido la mejor de las vidas.

Una vida de felicidad opaca junto a un hombre que me da amor, a veces, pero que tiene ternura.

Nunca he sentido el amor que siente un hombre hacia otro, pero lo he visto, y como lo he visto y no sentido, puedo imaginarlo, e imaginarlo es hermoso y es suficiente.

No sé si mi cuerpo podría resistir la brutalidad, la honestidad del amor de un hombre con otro.

No sé. No la busco. Porque me destruiría.

Él duerme en los pies de mi cama y a veces me toca los pies cuando estoy enfermo, y es suficiente, es suficiente.

Y sé que en las tardes está contigo, porque vuelve cantando, y yo lo pinto, pero en un momento la luz cambia y se pone de pie y se va, y el lado derecho de su cara queda incompleto en mi pintura, y debo imaginarlo, y la pintura se vuelve deforme.

Tengo una imagen monstruosa de él, de Salai, porque se me escapa siempre hacia ti.

Porque ustedes son de ustedes, y yo no, yo no soy de él.

Yo sólo puedo verlos desde lejos, con la compasión de ver a alguien que puede volverse luz en cualquier momento.

No les deseo la muerte, les deseo el bien de cierta manera, y tengo mi dignidad, nunca les dejaré mi cama para estar juntos.

Pero prometo nunca hablar de ustedes en voz alta, y esa es mi mejor promesa.

Es imposible quemar todo, será imposible quemar todo.

Y si soy sincero, me sonrío si pienso en ustedes atravesando los años, y el siglo, y teniendo un gato naranjo al que pintar.

El vino, los hombres, los perros, el fuego, los ángeles, Dios, la madera, todo eso está aquí, en esta habitación, en esta mesa.

Tanto amor, ¿no? Tanto que no sé enseñarlo, por eso soy profesor, porque me aproximo a ese amor hasta que me aterra demasiado y me alejo.

Enseñar es sólo asediar las cosas, no entrar.

Y no está mal. No está mal. No podría ser diferente mi vida.

Mi vida, que es diferente sin mi consentimiento.

Si hubiese tenido que elegir ser sodomita, nunca elegiría ser sodomita.

Pero es mi vida, mi vida que me aterra lo suficiente como para respetarla, y que me fascina lo suficiente como para no tomar el lado opuesto de mis codos y abrirlos con una gubia.

Lo que les quiero decir con todo esto es que de ahora en adelante ustedes pueden verse siempre.

Y yo seguiré pintando el mismo cuadro, sin Salai, y no seré tocado por Salai más que en los pies.

Y así, hasta que esto dure, y les prometo que si estamos en lo opaco esto podría durar, y durar, y durar, y durar».

Nos miramos con Salai sin decir nada. No hay nada que decir.

Recuerdo la frase de Corintios: «Las profecías cesarán, las lenguas terminarán y el conocimiento se agotará, pero el amor jamás se extingue».

Algo así era. Recuerdo la frase y no se las digo, sólo los miro, a Salai y al profesor.

Veo mi vaso y veo una mancha oscura en él, pero es sólo el reflejo de la ciudad que entra por la ventana.

Siento por primera vez que Firenze fue hecha para ellos y para mí, para todos, para siempre.