La octava novia de Bellgrave House Capítulo Cuatro
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Capítulo Cuatro

Tessa

***

La firma del juez cambia mientras la miro.

No de forma dramática. La tinta no se arrastra ni sangra formando una advertencia.

En un momento, el trazo final se inclina hacia la izquierda.

Al siguiente, se curva hacia la derecha.

Sostengo la página bajo la lámpara de la biblioteca y me digo que hay al menos seis explicaciones racionales.

Las primeras cinco requieren que se me haya escapado algo. La sexta requiere que el difunto juez Harlan haya regresado a Bellgrave House y enmendado una resolución testamentaria de hace treinta y dos años sin notificar al tribunal. Prefiero las primeras cinco.

Al otro lado de la mesa, Lucian se envuelve mi pañuelo alrededor de la palma. Lo hace mal.

—Dame eso —digo.

Él mira la tela.

—Estás sangrando sobre un decreto original.

Aparta la mano del documento.

—No era a eso a lo que me refería.

—Lo sé.

La respuesta es demasiado mansa para rebatirla con eficacia. Dejo la firma bajo la lámpara y saco el pequeño botiquín de primeros auxilios de mi maletín de documentos. Lucian me observa sacar gasa y antiséptico.

—Esto no es necesario.

—Tienes sangre en tres páginas.

—Las páginas se recuperarán.

—Esa no es una propiedad normal del papel.

—Muy pocas cosas en esta habitación muestran propiedades normales ahora mismo.

Extiendo la mano. Él no se mueve.

—Lucian.

—No necesitas atenderme.

—No te estoy atendiendo. Estoy evitando la contaminación.

Esa casi sonrisa regresa. Me da la mano. Sus dedos están fríos. No fríos de cadáver, a pesar del rumbo evidente de la velada. Más bien como piedra a la sombra.

Limpio el corte. La cicatriz es vieja y cicatrizó mal, pero la abertura fresca es estrecha.

—Dijiste que esto sucedió en 1878.

—Sí.

—Lo que te haría…

—Ciento ochenta y dos.

Pego la gasa en su lugar.

—No aparentas ciento ochenta y dos.

—He tenido suerte con mi piel.

Levanto la vista. Su expresión es completamente seria.

—Lo haces a propósito.

—¿El qué?

—Decir cosas absurdas como si fueran pruebas.

—Me han dicho que mi rostro no colabora.

—¿Lo han acusado de crímenes que no cometió?

El humor abandona sus ojos.

—Eso también.

Suelto su mano. La cámara hace clic fuera de la puerta otra vez. Cuento hasta cinco.

No sucede nada más.

—¿Hay alguien en el pasillo?

—No.

—Eso no es tranquilizador.

—No pretendía serlo.

Me pongo de pie. Lucian se interpone entre la puerta y yo. El movimiento es silencioso e inmediato.

—Siéntate —dice.

—A mí no me das órdenes.

—La cámara es parte de la habitación de Beatrice.

—Estamos en la biblioteca.

—Las habitaciones no respetan sus ubicaciones asignadas cuando están despiertas.

—Entonces este edificio tiene un problema de permisos.

Su mirada se posa en mí un instante.

—¿Eso es humor?

—Es una observación urbanística.

El obturador hace clic una vez más. Esta vez el sonido viene de detrás de nosotros. Me giro.

Hay una cámara en el estante, entre dos hileras de volúmenes legales. Antes no estaba. Cuerpo de acordeón negro. Herrajes de latón. Una tela oscura doblada a su lado.

El objetivo apunta a mi silla. Lucian se acerca sin tocarla.

—¿Reconoces el modelo? —pregunto.

—Beatrice usaba tres cámaras. Esta era la segunda.

—¿Dónde ha estado?

—En su habitación.

—Que ha estado cerrada.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—1901.

Saco el teléfono.

—No la fotografíes.

—¿Por qué?

—Porque puede devolverte la mirada.

—La cámara.

—La habitación de Beatrice.

Bajo el teléfono dos centímetros, no lo suficiente para ceder.

—Explica la diferencia.

—La cámara registra lo que la casa quiere que se vea. La habitación registra quién está mirando.

—Eso parece pensado para impedir la verificación.

—Se diseñó para crear pruebas en las que nadie pudiera confiar.

El obturador de la cámara se abre por sí solo. Un suave aliento mecánico entra en la habitación. Lucian levanta el paño oscuro y lo deja caer sobre el objetivo.

El obturador se cierra. Fotografío la cámara cubierta. Él me mira.

—¿Qué?

—Te dijeron que no lo hicieras.

—Me dijeron que no fotografiara el objetivo.

—Esa es una distinción legal.

—También es correcta.

Vuelvo al decreto.

El párrafo final reza:

El Fideicomiso de Preservación Bellgrave conservará autoridad administrativa limitada hasta que la propiedad pase a una novia Wren que cumpla los requisitos. Busco en mis notas. A las 19:42, copié la frase a mano.

Mi versión dice heredera. Giro la página hacia Lucian.

—Llevas nueve minutos leyendo eso —dice.

—Ocho.

—El reloj ha dado dos campanadas.

—El reloj va mal.

—El reloj va mal desde 1912. Es constante en su error.

—Eso no es la defensa que crees.

Señalo la frase final.

—¿Qué palabra ha cambiado?

La lee. Su rostro se queda inmóvil, pero de otra manera. No es sorpresa. Es confirmación.

—Novia.

—¿Antes ponía heredera?

—Sí.

—¿Estás seguro?

—No necesito certeza para coincidir contigo.

La frase me cala de forma inesperada. Lo miro. No me está pidiendo que confíe en él. No está usando mi miedo para crear intimidad. Simplemente coloca su observación junto a la mía.

Una prueba ofrecida. Cojo el teléfono. La foto que saqué del decreto muestra heredera.

Durante tres segundos. La imagen se difumina. Cuando vuelve a enfocarse, la palabra es novia.

La envío a mi cuenta de trabajo cifrada. El mensaje no se envía. Lo intento de nuevo.

Cuenta no encontrada.

—Esto es nuevo —digo.

Lucian sigue al otro lado de la mesa.

—Prueba la web del bufete.

Lo hago. Wren la frase que iba a decir se desvanece. Saca una llave del interior de su abrigo. Es pequeña, plateada, con los dientes ennegrecidos.

—Quédate donde pueda verte —dice—. No mires ningún espejo descubierto más de tres segundos. No dejes que la cámara te fotografíe sola. Si oyes tu nombre desde detrás de una pared, no respondas.

—¿Por qué?

—Porque Beatrice lo hizo.

—¿Y qué pasó?

Mira hacia la puerta.

—La habitación aprendió su voz.

La cámara bajo la tela toma una última fotografía. Un cuadrado de papel blanco sale de su base. Una impresión instantánea, aunque la cámara es demasiado antigua para producirla: al menos un siglo.

Lucian no la toca. Yo sí. La imagen se revela bajo mis dedos.

Una cama. Un vestido blanco. Mi cuerpo bajo las sábanas.

Mis ojos cerrados. En la parte inferior, la fecha de mañana aparece escrita con una caligrafía negra y estrecha.