La obsesión de Moretti CAPÍTULO 1
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La obsesión de Moretti

La obsesión de Moretti

Por Bia Zane

© inepub.com

CAPÍTULO 1

Maximilian

Algunas personas creen que la paciencia es una virtud. Yo siempre pensé que era una decisión.

A las ocho y quince de la mañana, una carpeta esperaba sobre el escritorio de mi oficina. Elena, mi secretaria, debía de haberla dejado allí antes de que llegara. No era diferente a las demás.

Salvo por un detalle.

Emma Carter.

Abrí la carpeta. Nada de lo que había allí era nuevo para mí. Conocía aquellos datos casi tan bien como los míos: veinticuatro años, graduada con honores en Administración de Empresas y Finanzas, aceptada como pasante en el Programa Ejecutivo de Moretti Group.

Fecha de ingreso: lunes. Ocho de la mañana.

Cerré la carpeta. Había imaginado ese momento más veces de las que estaba dispuesto a admitir.

Dos golpes discretos sonaron al otro lado de la puerta.

—Adelante.

Daniel Rossi, mi jefe de seguridad y, con los años, lo más parecido que había tenido a un amigo, entró con una tablet en la mano.

—La incorporación de Carter está confirmada. Se presentará el lunes a primera hora.

Asentí.

—¿Todo está listo?

—Como lo pidió, señor.

Tres días.

Por primera vez, Emma estaría lo bastante cerca como para que nuestros caminos pudieran cruzarse. Y, aun así, no pensaba buscarla.

No dentro de Moretti Group.

Si alguna vez llegaba a estar frente a ella, quería que me conociera sin saber lo que representaba mi apellido.

Al hombre.

No al imperio.

No al poder.

Ella todavía no tenía la menor idea de quién era yo y, por ahora, prefería que siguiera siendo así.

Daniel permanecía frente al escritorio, esperando alguna instrucción más. No la hubo. Conocía demasiado bien mis silencios para saber cuándo retirarse.

Dio media vuelta, pero antes de llegar a la puerta se detuvo.

—Maximilian...

Era una de las pocas personas que se permitía llamarme por mi nombre.

—¿Estás seguro de que quieres hacer esto?

Me recosté en la silla.

—Llevo mucho tiempo esperando este momento.

—Precisamente por eso pregunto.

Lo miré.

—No voy a cambiar el plan.

—Ella nunca sospechó nada.

—Y no debe hacerlo.

Daniel me observó con seriedad.

—No hay nada que revele tu intervención personal. Las donaciones al orfanato figuran a nombre de Moretti Group y la beca forma parte del programa de la fundación.

—¿Mi firma?

—Aparece donde corresponde. Aprobaciones, presupuestos, documentación de la fundación... Nada que resulte extraño viniendo del presidente de la compañía.

—¿Y Emma?

—No existe ningún documento que demuestre que recibió un trato especial por orden tuya.

Asentí.

—Perfecto.

Daniel salió de la oficina.

Entre los documentos había una fotografía reciente. Emma sonreía con el diploma universitario entre las manos.

La misma sonrisa.

Pasé el pulgar por el borde de la fotografía.

—Bienvenida a Moretti Group, Emma...

Ella creía que el lunes solo comenzaría una nueva etapa de su vida. No tenía motivos para pensar otra cosa, mucho menos para imaginar que el hombre al que todavía no conocía sabía de ella mucho más de lo que debería.

La fotografía seguía entre mis manos y todavía recordaba con claridad la primera vez que la vi.

Emma estaba sentada sola en un banco de madera, con el cabello castaño algo desordenado y un suéter azul demasiado grande para su cuerpo. A su alrededor, los demás niños corrían por el jardín del orfanato.

Yo tenía veintidós años y apenas comenzaba a familiarizarme con las responsabilidades que acompañaban al apellido Moretti.

Durante aquellos meses había asistido a reuniones, eventos y visitas organizadas por la fundación familiar.

Aquel orfanato era una de las instituciones que recibían nuestras donaciones.

Hasta entonces, esas visitas habían sido parte de mis nuevas obligaciones: conocer los lugares que apoyábamos, escuchar a sus responsables y asegurarme de que los recursos se estuvieran utilizando correctamente.

Ese día, sin embargo, algo llamó mi atención.

Emma no corría con los demás. Permanecía sentada, con la mirada fija en el cielo. No lloraba ni buscaba a ninguna de las cuidadoras. Tampoco intentaba acercarse a los otros niños.

Me pregunté por qué estaba sola.

No sabía quién era ni qué la había llevado hasta allí. Solo vi a una niña demasiado callada para su edad y sentí el impulso de asegurarme de que estuviera bien.

—¿Quién es ella? —pregunté.

—Emma Carter.

Fue la primera vez que escuché su nombre.

Emma

La alarma sonó a las seis en punto. Abrí los ojos antes de que sonara por segunda vez. No recordaba la última vez que me había despertado tan feliz.

Hoy empezaba en Moretti Group.

Me incorporé de un salto y, por primera vez en mucho tiempo, no necesité cinco minutos para convencerme de salir de la cama.

—Buenos días, Emma —murmuré para mí misma.

Mientras preparaba café, pensé en todas las mañanas en las que levantarme había sido bastante más difícil que aquella. Exámenes, trabajos, noches en las que había dormido apenas unas horas...

Y ahora estaba allí.

Lo había conseguido.

Después de una ducha rápida, me acerqué al clóset. Elegí un pantalón de vestir color crema, una blusa blanca de manga larga y un blazer beige. Quería verme profesional, pero seguir sintiéndome yo.

Me até el cabello castaño en una coleta baja. Unos cuantos mechones rebeldes escaparon de inmediato, como siempre. Nunca había logrado dominarlos.

Tomé un poco de maquillaje, lo justo para resaltar mis ojos verdes y dar un poco de color a mis labios.

No necesitaba más.

Mi madre solía decir que una sonrisa hacía más por una persona que cualquier cosmético. Todavía podía escuchar su voz algunas mañanas.

—Hoy me habría dicho que estaba orgullosa de mí.

Por un momento, me quedé frente al espejo, imaginando cómo habría sido tenerla allí. Seguramente habría encontrado algo que acomodar en mi ropa, aunque no hiciera falta, antes de recordarme por tercera vez que no llegara tarde.

Ese pensamiento dolía.

Comprobé por última vez que todo estuviera en orden.

El pantalón se ajustaba a mis caderas y el blazer caía a la medida sobre mi figura curvilínea.

Siempre había tenido curvas pronunciadas y un busto generoso, algo que durante años me había obligado a ser especialmente cuidadosa al elegir la ropa.

Aquella mañana, sin embargo, todo había quedado como quería: elegante, profesional y, sobre todo, yo.

Tomé mi bolso, las llaves del apartamento y la carpeta con los documentos que necesitaba para las prácticas. Miré el reloj.

—Definitivamente no vas a llegar tarde hoy, Emma.

Salí del apartamento con más energía de la habitual.

El tráfico de la mañana se hizo notar mucho antes de llegar a Manhattan. Avanzaba por momentos y se detenía al siguiente, pero había salido de casa con casi una hora de anticipación. No pensaba permitir que un atasco me hiciera llegar tarde en mi primer día.

A medida que me acercaba, los edificios comenzaron a elevarse a ambos lados y sentí que los nervios regresaban.

Hasta que finalmente lo vi.

Moretti Group.

El edificio apareció frente a mí y levanté lentamente la vista.

Era enorme.

Un rascacielos de cristal que parecía perderse entre las nubes. Sobre la entrada principal, unas elegantes letras negras destacaban sobre el mármol blanco.

MORETTI GROUP

Había llegado.

Por más que hubiera imaginado aquel momento, estar allí era diferente.

Crucé las puertas.

El vestíbulo era todavía más imponente de lo que parecía desde fuera. El mármol claro reflejaba la luz que entraba a través de los enormes ventanales y, a mi alrededor, hombres y mujeres atravesaban el lugar con la seguridad de quien sabía exactamente adónde iba.

Yo esperaba parecer una de ellos.

Me acerqué al mostrador de recepción.

—Buenos días. Mi nombre es Emma Carter. Hoy comienzo mis prácticas.

La recepcionista consultó algo en su computadora.

—Bienvenida, señorita Carter. Piso ocho. Allí la están esperando.

—Muchas gracias.

Me dirigí a los ascensores con una mezcla de nervios y expectación. Hasta ese momento, Moretti Group había sido un nombre ligado a mis estudios y a todo lo que vendría después de graduarme. Ahora estaba allí, a punto de descubrir cómo sería formar parte de la empresa.

Cuando las puertas se abrieron en el octavo piso, el movimiento del vestíbulo quedó atrás. Frente a mí había una recepción más pequeña, rodeada de oficinas con paredes de cristal. Una joven rubia estaba detrás del escritorio.

—Buenos días. Busco a Marc Bennett.

—¿Emma Carter?

—Sí.

Asintió y se dirigió a una de las oficinas.

—Marc, ya llegó la nueva practicante.

Un hombre de poco más de treinta años apareció en la puerta. Tenía el cabello oscuro, los ojos claros y una expresión relajada que contrastaba con la formalidad del lugar.

—Así que tú eres Emma Carter.

Extendió la mano.

—Marc Bennett. Director de Desarrollo Corporativo y, durante los próximos meses, tu supervisor.

Estreché su mano.

—Encantada.

—Bienvenida a Moretti Group, Emma. Ven, te enseñaré dónde vas a trabajar.

Lo seguí por un largo pasillo de paredes de cristal. A ambos lados, las personas permanecían concentradas frente a sus computadoras. Se escuchaban teclados, teléfonos y conversaciones mantenidas lo suficientemente bajo como para no interrumpir a nadie.

Intenté verlo todo sin parecer demasiado evidente.

—No te preocupes —dijo Marc mientras avanzábamos—. Los primeros días pueden ser un poco abrumadores.

—Creo que todavía estoy tratando de asimilar que finalmente estoy aquí.

—Dale unas semanas. Pronto te parecerá lo más normal del mundo.

No estaba tan segura de eso, pero esperaba que tuviera razón. Continué a su lado mientras nos adentrábamos en el piso ocho.

Marc me hizo una seña para que lo siguiera hacia el área de trabajo.

Era un espacio amplio, con varios escritorios distribuidos alrededor de una zona central.

Cerca de una de las paredes había un escritorio preparado para mí: una computadora portátil, un teléfono corporativo, una libreta negra y una taza blanca con el logotipo de Moretti Group.

—Este será tu lugar durante las prácticas.

Me acerqué al escritorio. Había imaginado que, como practicante, terminaría compartiendo espacio con alguien.