Capítulo 1
Hay algo en las sombras… que quiero conocer.
Tomo el pétalo rojo que está afuera de la puerta de mi apartamento.
Otra vez.
Empujo la pequeña piedra que evita que el aire no la vuele.
Estaba comenzando a preocuparme. ¿Acaso tengo un acosador? Era la quinta vez en la puta semana. Y apenas era miércoles. Siempre había un pétalo incluso en mi almohada cuando despertada por la mañana. En mi camerino después de cada concierto.
Un pétalo.
No era una rosa, solo un pétalo color sangre haciéndome burla. Y me daba escalofrío cada vez que mis dedos tocaban la suave piel del pétalo.
Esto era tan extraño.
Pensar que alguien me observaba mientras dormía o se escondía entre la multitud que alababa mis dedos en el piano, me ponía los pelos de punta.
Pero me dejó más tranquila pensar que tal vez sería Alex, mi novio que está jugándome una mala broma.
No me extraña que esté deshojando rosas por ahí para dejarlas por todo mi camino durante los últimos días. El tipo es un idiota, pero ni todos los pétalos del mundo hará que lo ame.
Su superficie suave y sedosa se ha vuelto áspera y quebradiza, y su color vibrante y atractivo se ha desvanecido en una tonalidad apagada y sombría.
Este pétalo se asemeja a una marca de luto, una señal de muerte y decadencia en medio de un mundo de vida y luz. Es un símbolo de la fragilidad y transitoriedad de todas las cosas hermosas, recordando al observador que todo lo que es hermoso y luminoso eventualmente se marchita y muere.
La forma retorcida y quebrada del pétalo sugiere una historia de dolor y sufrimiento.
Quizás fue arrancado violentamente de la flor en medio de una tormenta, o tal vez fue pisoteado y destrozado por alguien que lo pasó por alto mientras caminaba.
De cualquier manera, su presencia en el suelo es una prueba tangible de la crueldad y la brutalidad del mundo.
Era el pétalo de hace una semana que alguien no levantó del suelo de mi camerino.
Mi pesadilla no ha enviado mensajes y aunque lo haga, no responderé. Fue algo estúpido de mi parte que se me cruzara eso por la mente, la próxima vez que vea una de esas en mi casa, llamaré a la policía.
Le estoy dando una oportunidad a mi acosador para que se aleje. O es una decisión estúpida de mi parte darle a alguien que conozco una segunda oportunidad para matarme. La sola idea me consume.
…
Me siento en mi banqueta frente al imponente piano de cola, los dedos descansando sobre las teclas de marfil.
Mi vestido negro se desliza suavemente sobre mi piel y los tacones de mis zapatos resuenan en el suelo de mármol mientras camino hacia el escenario.
Mirándome por última vez en el espejo y tocando mi cabello platinado que me llega hasta la cintura en grandes y perfectas ondas.
Mis ojos azules es lo primero que la gente ve cuando me mira, son tan azules que son parecidos a los de una mujer gótica de fantasía.
Y aunque cualquier chica mataría por verse como yo, ha sido mi maldita condena.
Es por eso que elegí tocar el piano, por alguna extraña razón, desperté un día y podía tocarlo.
Mi rostro casi no se ve y permanezco sentada todo el tiempo que lo toco llevando mis impresionantes vestidos de gala y zapatos de tacón de aguja. Lo primero que la gente miraba antes eran mis tatuajes, tengo veintiocho tatuajes al azar en mi cuerpo.
Mi estilo es único, y me he asegurado de eso desde que comencé a tocar profesionalmente. Y aunque no soy millonaria, puedo vivir bien y viajar donde quiero gracias a mi música.
Teatro de la Filarmónica, en Chicago. Es lujoso, con paredes altas adornadas con dorados, rojos y violetas, y una multitud de asientos de terciopelo oscuro que se elevan hacia el techo.
Me tomo un momento para respirar profundamente.
Concentro mi atención en las teclas bajo mis dedos y comienzo a tocar las notas, permitiendo que la música fluya a través de mí.
Las melodías que brotan del piano son complejas y emotivas, y las teclas tiemblan bajo la fuerza de mi interpretación.
Dark Classical es mi estilo, gótico y melancólico.
Lo cual amo y puedo ser yo bajo mis dedos.
Me permito ser melancólica y rota, lo único que me protege de mí misma.
El público enmudece mientras mi música llena el teatro, llevándolos a un mundo de sonidos y emociones.
A medida que continúo tocando, me siento cada vez más en sintonía con la música, como si mi cuerpo y mi mente fueran una sola entidad en movimiento.
El teatro desaparece, y sólo queda el sonido del piano y el flujo de la música a través de mí.
Me pierdo en la belleza de lo que estoy creando, sin preocuparme por el tiempo ni por nada más que la música misma.
Finalmente, las últimas notas del repertorio se desvanecen en el aire, y el público irrumpe en aplausos.
Me levanto de mi banqueta, sonriendo mientras el resplandor de las luces refleja mi felicidad y triunfo.
Este es mi mundo, mi hogar, y estoy agradecida por tener la oportunidad de compartir mi música con aquellos que aprecian la belleza y la emoción que brota del piano y no la muerte que alberga mi alma.
Entonces lo veo, de pie al final en la oscuridad como un acechador y calculador, como esa sombra que te acompaña incluso en la oscuridad porque es más negra que la noche.
Lo veo y los vellos de mi nuca se erizan cuando hago contacto visual.
Su traje perfecto de tres piezas, apenas y puedo ver su cabello largo y oscuro cuando se pasa las manos por él. No aplaude, a pesar de que ha venido a verme, no lo hace.
Tiene que ser él.
Mi acosador; porque me sonríe, mostrándome unos dientes blancos como una bestia escondida lista para cazar.
Debe ser él.
O quiero que sea él porque mi cuerpo reacciona ante el morbo de tener un acosador tan hermoso, debe serlo, aunque no puedo verlo con exactitud. Solo veo su silueta, su traje y cabello. Es un hombre muy, muy grande.
Me estoy volviendo loca. Parpadeo un par de veces, no sé cómo luce, pero es grande, muy grande y fuerte y de pronto desaparece y así mis ganas de estar ahí como si de alguna forma sabía que él vendría esta noche.
¿Qué pasa conmigo?
…
Termino de quitar el rojo carmín de mis labios mientras golpeo con mis uñas mi tocador y me llevo a la boca mi inhalador. No he dicho que soy perfecta, aunque la gente cree que lo soy. Todavía necesito mi inhalador después de que le dijeran a mi padre que el asma desaparecería con los años.
No lo hizo.
Una mujer de veinticuatro años, hermosa, pianista famosa y muy respetada con estilo único.
Dueña de mi propio edificio de tres pisos y un horrible sótano que quiero convertir en mi lugar seguro gracias a mis ataques de pánico.
Cuando compré ese lugar, no sabía que tenía un sótano.
Hasta podría ser un buen lugar para esconder una familia de doce, yo lo quiero convertir en un segundo hogar, sin lujos, una cama grande, muchas pinturas, una televisión pequeña y muchos libros alrededor de las cuatro infinitas paredes.
Amo leer y los libros aman mis dedos además del piano. Mientras la Rose ahí abajo es la misma chica de veintitantos años antes de que acabaran con su paz mental, la Rose de arriba es una risueña pianista llena de lujo y de belleza.
Mi representante no está de acuerdo conmigo y tampoco mi mejor amiga. Pero quiero eso, quiero esa doble vida sin que nadie lo sepa. Al diablo con ellos, les pago lo suficiente para que hagan su trabajo y no opinen al respecto, aunque después de trabajar para mí, en el fondo puede que me odien.
El maldito no podrá encontrarme en mi sótano.
Me he encargado de que uno de mis libreros tenga un fondo falso con un botón para que se convierta en una compuerta que da a las escaleras de abajo donde está el sótano.
Estará listo en una semana y podré refugiarme ahí, ni siquiera Alex sabrá de mi escondite, y aunque suene estúpido, me ha ayudado más que las largas terapias que tuve en el pasado. Maldición se siente tan bien decirlo por fin.
—Estuviste estupenda—Lilith, mi asistente y mejor amiga entra a mi camerino y me ayuda a quitarme el vestido. Me entrega mi ropa deportiva y por fin puedo respirar. Los vestidos son hermosos, hechos especialmente para mí, pero no puedo estar con ellos más allá que del piano.
—Gracias, eres mi fan número uno. —me burlo descaradamente. Mi amiga gótica prefiere el rock metalero que la melancolía que sale de mis dedos, pero no la culpo, también me gusta su música, aunque no lo admito en voz alta.
La puerta se abre y los asistentes del teatro entran en fila y dejan ramos de flores en la mesa especial para flores.
Cada semana es lo mismo, hermosos y caros arreglos florales que se marchitan en la mesa larga de la esquina de mi camerino.
Me acerco a los muchos ramos y quito la tarjeta de ellos para leerlas.
Nunca las leo.
Lilith me observa buscando y leyendo entre líneas cada una de ellas antes de arrojarlas al basurero. Ya sé lo que está pensando, pero no es lo suficientemente valiente para preguntarlo en voz alta.
Mi acosador no me envío flores. Tampoco miré ningún pétalo en mi camerino.
Pero lo vi a él.
¿Y si se acabaron los pétalos? Un temblor en medio de mis piernas que no reconozco me sorprende. Es como si la Rose de mi interior quisiera que su maldita rosa se marchitara lo más pronto posible y viniera a mí.
¿Qué demonios pasa conmigo?
—¿Buscas algo en especial? —pregunta por fin.
—No—miento—solamente me dio curiosidad esta vez.
Sé que Lilith no es ninguna idiota, porque es mi amiga y no soy amiga de idiotas, pero tampoco puedo decirle que estoy buscando la carta de mi acosador.
Además, no sé si en verdad tenga uno. Aunque lo vi de lejos, pudo haber sido cualquiera.
¿Cómo puedo saber que el hombre en la oscuridad es el culpable de los pétalos dejados al azar por dónde voy?