Epílogo
Seis meses después
El tiempo hizo lo que siempre hacía. Seguir adelante.
Las cámaras se marcharon de la puerta de la jefatura. Los periodistas dejaron de llamar. Las tertulias encontraron otro nombre al que convertir en noticia las siguientes semanas.
Incluso Esteban Arce terminó desapareciendo de la conversación pública.
La Fundación Arístides se dio de baja como institución pocos meses después del incendio. Hubo investigaciones, expedientes y titulares durante días. Después llegó lo de siempre: otros protagonistas, otros escándalos y otras portadas.
Del edificio apenas quedaron ruinas; del sistema, demasiadas cosas.
De Ignacio Roldán nunca volví a saber demasiado. Su nombre apareció ligado a varias investigaciones y, posteriormente, se dejó de hablar de él, igual que de tantos otros.
Me gustaría decir que se hizo justicia; pero lo que sentí, sobre todo, era que la ciudad seguía siendo tan grande como él me había dicho.
Solo un nombre permanecía.
La obra perfecta.
No quise volver a conceder entrevistas. Tampoco leí las críticas. Había contado la historia una sola vez. No pensaba volver a hacerlo.
Una mañana llamaron a la puerta. Era el mensajero. Firmé el recibo y dejé la caja sobre la mesa del despacho. Reconocí el logotipo de la editorial antes incluso de abrirla.
Dentro había varios ejemplares. Tomé uno entre las manos. Por un momento me limité a observar la cubierta. Me resultaba extraño pensar que todo aquello hubiera terminado convertido en un libro.
Lo abrí. Pasé las primeras páginas, los créditos, la dedicatoria. Después llegué al prólogo.
Leí las primeras líneas. Las mismas que había escrito meses atrás. Las mismas que ahora miles de desconocidos empezarían a leer.
Cerré el libro. Lo dejé sobre la mesa. Miré por la ventana.
La ciudad seguía igual. Los semáforos cambiaban de color. Los autobuses seguían llegando tarde. La gente caminaba deprisa, ajena a las historias que llevaba al lado.
Pensé en Claudia.
Después en Marta.
Después en Julián.
Y en todos los nombres que habían estado a punto de desaparecer para siempre.
Cogí el teléfono. Busqué el contacto de Paula, como tantas otras veces desde aquella noche en la redacción. Esta vez no dejé el dedo suspendido sobre la pantalla.
—¿Daniel?
Su voz sonó igual que siempre y, a la vez, distinta, como suena todo lo que llevamos meses sin escuchar.
—Solo quería decirte que ha salido el libro.
Una pausa breve al otro lado.
—Lo sé. Lo he visto en un escaparate.
—¿Lo vas a leer?
—No lo sé todavía.
No insistí. Hay silencios que solo pueden romperse cuando ambos están preparados.
—Solo quería que lo supieras por mí. No por una librería.
Ella tardó en responder.
—Me alegro de que me hayas llamado.
No fue una reconciliación. No prometió nada. Sin embargo, cuando colgué, pensé que al menos una persona de mi vida había dejado de desaparecer un poco.
Durante mucho tiempo creí que escribir servía para descubrir la verdad. Estaba equivocado.
Escribir solo sirve para una cosa: impedir que el olvido tenga la última palabra.
Volví a mirar el libro. Después miré la caja que llevaba meses cerrada en un rincón del despacho: los archivadores que Salcedo y sus agentes sacaron aquella noche del incendio, los que no llevaban el nombre de Marta, ni de Julián, ni de Sofía.
Los que nunca llegaron a convertirse en un asesinato, y por eso nadie había vuelto a abrirlos.
Corté la cinta con la que la policía la había precintado y devuelto meses atrás.
Dentro había docenas de carpetas. Docenas de nombres que no significaban nada para mí. Todavía.
Cogí la que estaba arriba y la abrí.
Sonreí por primera vez en mucho tiempo.
La obra perfecta había terminado.
La siguiente acababa de empezar.
FIN