Capítulo 38 MELINA
Me despierto sobresaltada, con un escalofrío que me recorre la columna. Un sudor frío me deja helada, a pesar de las dos mantas que me cubren. Me incorporo en la cama; hay una extraña tensión en el aire.
Pienso en mi marido. ¿Estará bien?
Klaus lleva una vida peligrosa, y siempre siento estos arrebatos de miedo cuando no está cerca. Temo por su vida; esa es la peor parte de ser la esposa de un capo.
Miro el reloj y veo que son las tres de la madrugada. No puedo volver a dormirme, así que decido levantarme y servirme un vaso de agua. Camino despacio hacia la jarra, pero está vacía.
No me gusta salir de la habitación por la noche, ya que todavía no siento que esta casa sea realmente mía. Quizá porque siempre hay tantos guardias de seguridad yendo y viniendo. No parece un lugar donde se respete mi intimidad. No es culpa de los guardias. Es solo cuestión de acostumbrarme.
Abro la puerta. El pasillo está oscuro. La casa está extrañamente silenciosa, a pesar de la hora; es un lugar lleno de gente, y el hecho de que no haya guardias en el pasillo hace que el corazón se me acelere.
Quizá debería quedarme en la habitación, pero me parece ridículo temer los pasillos vacíos como una niña.
Mis pasos lentos me llevan hacia la cocina. Mientras me sirvo un vaso de agua, miro hacia el jardín a través de la ventana sobre el fregadero. De nuevo, solo silencio, excepto por el viento que golpea el cristal.
Algo va mal, lo presiento.
Nunca he caminado por estos pasillos en plena noche, pero siempre he oído pasos que vienen de ellos. Sé que hay guardias patrullando la casa a todas horas. Pero esta noche, precisamente la única noche en que mi marido está fuera, no hay ninguno.
Termino de beber el agua y llevo el vaso de vuelta al grifo para rellenarlo. En ese momento, miro de nuevo hacia el jardín trasero, tenuemente iluminado.
¿Por qué los hombres no están en sus puestos?
De repente, dejo caer el vaso y me giro hacia el otro lado.
Necesito encontrar la habitación de Giulia.
Ella sabría qué decir, qué hacer. Ahora tengo prisa, así que no me molesto en guardar silencio.
Esta vez mis pasos son pesados, y corro por los pasillos, deteniéndome en seco solo cuando me acerco a la puerta del despacho de Klaus.
Un escalofrío de miedo me recorre la espalda. Lentamente, me acerco a la puerta abierta. Hay una sombra detrás del escritorio, y me cuesta distinguirla.
Hay una lámpara encendida, pero no sobre el escritorio, sino en la pared detrás de la figura. Su luz le da un aspecto casi fantasmal. Tiene los hombros anchos, el cuerpo grande, el cabello oscuro cayéndole sobre los ojos mientras busca entre los papeles.
Entonces, el hombre levanta los ojos y me mira. Un momento breve y eterno pasa entre nosotros, como si el tiempo se hubiera detenido. Lo que lo rompe es la forma en que sus hombros se tensan, listos para abalanzarse sobre mí.
No sé qué hará para silenciarme. Pero por la mirada que me lanza, sé que no sobreviviré a esta noche.
Grito pidiendo ayuda, pero nadie parece oírme.
Sus pasos retumban detrás de mí, y giro hacia los dormitorios mientras la figura me persigue.
Otro grito me desgarra la garganta cuando me agarra por el cuello y me arroja al suelo.
Siento su aliento caliente en el oído. Intento liberarme, pero es más fuerte que yo.
—¡Cállate! —Su voz es un siseo, como si intentara contenerse—. ¡Cállate!
No es una amenaza destinada a comprar mi silencio para luego dejarme ir. Sus manos me agarran la garganta y aprietan. Empiezo a luchar contra él, mientras siento que se mueve entre mis piernas. Solo he tenido a otro hombre ahí, mi marido, pero reconozco su intención.
Iba a desahogarse conmigo antes de matarme. No tenía nada que perder. La desesperación me invade cuando empiezo a sentir que me duelen las costillas, mientras la falta de aire me oscurece la visión.
Necesito respirar y no puedo. La peor sensación que he experimentado en mi vida.
Pensé en Klaus, en el poco tiempo que había tenido a su lado.
¿Qué sentiría al enterarse de que su esposa había sido asesinada, violada, bajo su propio techo?
Sentí un impulso de llorar por él. Desde que lo conocí, mi marido se había esforzado tanto en evitar que me encariñara con él, en ocultarme su lado generoso, como si eso pudiera protegerme de todo el mal que representaba.
Pero lo poco que había visto, lo poco que me había dejado ver, revelaba a un hombre decente, uno que cuidaba de Emma y Giulia con todo el amor que tenía, y que se esforzaba por darme una vida honorable. Klaus era una paradoja que quería conocer mejor antes de dejar este mundo.
Alcé la vista hacia el hombre sobre mí. Se le ensancharon las fosas nasales y me presionó la polla entre las piernas. Intenté luchar una última vez, pero la falta de oxígeno me había robado las fuerzas. Y entonces me rendí a la desesperanza, como quien sabe que no puede ganar esta batalla final.
Pero entonces un sonido resonó sobre mí. No un sonido cualquiera: una explosión, seguida instantáneamente de un líquido caliente que me cubrió. La mano que me rodeaba la garganta se aflojó, y pude respirar de nuevo.
Cuando recobré la conciencia, me di cuenta de que el hombre había caído a un lado. Mis manos tantearon en la oscuridad, y a la tenue luz de la luna que se colaba por una ventana del pasillo, pude distinguir al hombre con la cabeza reventada.
Nunca había visto algo así, y grité presa del pánico. Ya no había un cráneo entero, solo trozos de carne sobre el cuello. Miré hacia el otro lado, con la esperanza de ver a Klaus allí, como un príncipe azul venido a salvarme de todo mal.
Pero mi historia no era un cuento de hadas, y Giulia siempre había dejado claro que ninguna mujer necesitaba a un hombre para salvar a otra.
Era ella, que emergía de la oscuridad. De un arma casi tan grande como ella se elevaban volutas de humo. Dios, parecía una diosa vengadora, con un camisón blanco y el cabello negro contrastando con su piel pálida. Parte de mí reconoció a Klaus en ella, en ese momento.
Emma estaba detrás de Giulia. Con los ojos muy abiertos, la mano sobre la boca, como si no pudiera creer lo que estaba sucediendo.
—¿Quién es? —preguntó finalmente, incapaz de identificar la figura masculina en aquel montón de carne.
—Es nuestro hermano —susurró Giulia con un suspiro, decepcionada, afligida—. Nuestro otro hermano. Carlo.