La novia virgen del rey de la mafia (Serie Mafia Tirreno nº 1) Capítulo 30 MELINA
53%

Capítulo 30 MELINA

Era increíble lo deliciosa que estaba la comida. Nunca había probado comida árabe, y no podía parar de comer. Emma tampoco ayudaba, porque no dejaba de echarme más y más comida en el plato.

—Esto es crema de berenjena —me pasó un trocito de pan untado con una pasta de color pálido que tenía una pinta estupenda—. Y todavía tienes que probar el shawarma. Está buenísimo.

—Va a explotar, Emma —comentó Giulia desde el otro lado de la mesa ovalada, y eso me hizo sonreír.

Dejando a un lado que eran las amantes de mi marido —algo de lo que ya ni siquiera estaba del todo segura—, habían sido tan amables conmigo que no sabía cómo agradecérselo.

Sobre todo cuando llegué al restaurante y me encontré cara a cara con Açucena: Giulia le había pedido a mi antigua criada que viniera a verme.

—Me alegra tanto verte comer bien —comentó Açucena mientras saboreaba el cordero—. Hasta has engordado un poco.

Al instante, me vinieron a la mente las imágenes de mi madre diciéndome que me había convertido en una cerda gorda, y sentí que el pan de pita se me atascaba en la garganta.

—Cuando vino a vivir a nuestra casa, parecía un esqueleto —comentó Giulia—. Ahora está preciosa, ¿verdad? Con muchas curvas para Klaus...

Me guiñó un ojo y se me encendió la cara de vergüenza.

Carlo estaba cerca y apartó la mirada de la conversación de las mujeres, respetuosamente.

—¿Cómo es él? —me preguntó Açucena, con evidente curiosidad.

—Ni siquiera sé cómo responder a eso. Me confunde. A veces es amable, otras es cruel.

—¿Te pega? —Mi amiga parecía preocupada.

—Klaus nunca le pegaría —negó Giulia—. Pero si alguna vez te levanta la mano, dímelo, y yo lo pondré en su sitio.

Giulia sonaba como una especie de madre dominante, lo cual era extraño, ya que era más joven que Klaus.

—Nunca me ha pegado. Ni siquiera lo ha insinuado —negué—. Es cruel con las palabras. A veces parece que solo me ve como su vaca de cría. Otras, parece respetuoso, tierno.

Emma me cogió la mano. Era, con diferencia, la persona más amable que había conocido, lo cual resultaba asombroso dado su pasado. No hablábamos mucho; nuestro vínculo se había forjado sobre todo a base de miradas. Emma me entendía.

—Klaus tiene sus fantasmas —me dijo Giulia—. Nunca quiso ser capo. Las circunstancias lo obligaron, y ahora no puede escapar.

—Me contó que soñaba con vender su arte en la playa —asentí, mientras una sonrisa tonta se me dibujaba en la cara.

—La madre de Klaus le enseñó a pintar —explicó Giulia—.

Era una mujer sensible, entregada al arte.

La vendieron a Giacomo como si fuera un objeto.

Giacomo la vio en una fiesta cuando ella tenía quince años y se la compró al padre de ella.

Su propia familia no volvió a buscarla jamás.

Giacomo la adoraba porque era hermosa y dulce.

Y muy religiosa. Así que tenía ese aura de Virgen María.

El parecido con mi propia historia me dolía. Una vez más, Emma me buscó la mano, un gesto reconfortante. Levanté la vista y vi a Açucena observando con curiosidad, probablemente preguntándose cómo podía aceptar aquello viniendo de una de las mujeres de Klaus.

Era difícil de explicar. En aquella casa, solo contaba con tres personas: Mia, Emma y Giulia.

El hecho de que las dos últimas pasaran por la cama de Klaus se había vuelto, increíblemente, casi insignificante para mí.

¿Qué culpa tenían ellas? Probablemente Klaus las había comprado, igual que a mí.

No llevaban el título de esposa, pero eran objetos igual que yo.

—¿Y cómo van las cosas en casa? —pregunté.

Ya no era «casa». Era la casa de la familia Fiorin, y yo ya no formaba parte de ella. Ahora era una Lazio, pero seguía pensando así por costumbre.

—Melissa consiguió el Ferrari que tanto quería.

Increíble lo bien que le trataba la vida, sin que se lo mereciera.

—Pero ahora ya no quiere el Ferrari, quiere un Lamborghini.

Nada parece satisfacerla. Su padre le dijo que no podían pedirles otro coche a ese precio a los Lazio, que el Tirreno pondría pegas con tantas peticiones, y a ella le dio un berrinche.

Gritó, se tiró al suelo como si tuviera cinco años, no veinticinco.

Así que su madre le dijo que tendría que pedírselo a Klaus ella misma.

Intercambié una mirada con Giulia. No parecía preocupada ni impresionada, pero yo me preguntaba qué haría si Melissa se convertía en una de las amantes de Klaus. Podría ponerlo en mi contra, convertir mi vida en un infierno, dado que ya me odiaba.

—Si Melissa se ha propuesto algo, nada la hará cambiar de opinión —comenté.

Cuando Klaus se marchó esa noche para ocuparse de sus asuntos, di por hecho que sería una noche tranquila, otra noche más encerrada en mi habitación, a solas con mis pensamientos. Pero entonces aparecieron Emma y Giulia y me convencieron de ir con ellas.

Había sido increíble... ver las calles, las luces de la ciudad...

Luego me encontré con Açucena y pensé que aquella sería la noche más feliz de mi vida. Pero ahora que me había contado todo esto, solo sentía tristeza y melancolía.

Ni siquiera debería importarme... Klaus ni siquiera debería preocuparme.

—No hay nada de qué preocuparse —Giulia interrumpió mis pensamientos.

Giulia podía decir eso, pero no conocía a Melissa, no sabía lo terrible que podía llegar a ser mi hermana.

—Klaus es un buen hombre —afirmó justo después, y me sorprendió, porque no parecía tener ni una pizca de duda—. Claro, tiene su lastre, sus problemas emocionales. Pero ¿quién de nosotras no los tiene? Melina...

Se volvió hacia mí.

—Confía en él. No hay ninguna posibilidad de que Klaus se líe con tu hermana.

—Además, eres perfecta para Klaus —afirmó Emma, convencida—. Eres dulce y amable. Y le gustas. Sobre todo teniendo en cuenta que decía que no iba a seguir adelante con la boda...

—¡Emma! —la regañó Giulia, y yo le quité importancia con un gesto.

—Klaus me dijo que iba a decir que no en el altar —le dije—. Pero cambió de opinión porque…

Porque me había ofrecido a él. Me moría de vergüenza de decirlo, aunque imaginaba que ya lo sabían, puesto que Emma había sido quien recogió las toallas la mañana siguiente a que nos acostáramos.

Un movimiento de Carlo me distrajo. Se apartó para contestar una llamada. Noté que los ojos de Giulia también lo seguían y que parecía relajarse en cuanto él quedó fuera de su alcance.

—¿No es un fastidio? ¡Un hombre no debería estar aquí en una noche de chicas! —se quejó—. Pero no nos dejó salir sin venir él también.

—¡Y menos mal que lo hizo! ¡Nunca te autoricé a salir y llevarte a mi esposa! —oigo rugir a un hombre detrás de mí, y siento la presencia de mi marido antes incluso de verlo.

Me giro, y ahí está. Masculino, alto, imponente en su traje caro.

Rodea la mesa, se coloca junto a Giulia, le agarra el brazo y la obliga a levantarse de la silla.

Veo lo furioso que está y me preparo, pensando que la golpeará, porque cada vez que mi padre me pillaba así, me pegaba.

Pero, para mi asombro, veo a Giulia devolverle una mirada asesina, y él no necesita que ella diga una palabra antes de soltarla, como si su piel le hubiera quemado las manos.

—Qué noche tan maravillosa —solo entonces noto a Matteo, que viene detrás de él. Nos sonríe antes de añadir—: cenar junto a damas tan distinguidas.

Emma se ríe, encantada, y Açucena se sonroja.

—Los hombres no están invitados —replica Giulia.

—Por favor, nos morimos de hambre —insiste Matteo.

—Pues buscad otra mesa, es nuestra noche de chicas.

—No hay otra mesa —replica Klaus. Se gira hacia mí y me da un suave beso en la sien. El gesto es tan sorprendente que tengo que quedarme quieta para no apartarme de un respingo—. Esposa, ¿podemos?

No sé cómo recibir afecto. Menos aún delante de otras personas. Y tampoco estoy acostumbrada a que Klaus pida permiso. Normalmente, simplemente arrasa con todo e impone su voluntad.

—Uf, qué pesados —Giulia nota la vacilación en mis ojos—. Sentaos y comed, venga. Panda de imbéciles.

Tuve que contener una sonrisa al oírla. Dios, cómo me encantaba la forma brusca de hablar de Giulia, como si no le tuviera miedo a nada ni a nadie. Ojalá pudiera ser como ella.

Klaus acercó una silla y se sentó entre Emma y yo. Matteo, entre Emma y Açucena. Como era una mesa redonda, todo quedó muy apretado, incómodo, pero parecía casi una cena familiar, y no pude evitar sonreír.

—¿Estás bien?

La pregunta de Klaus no era para mí. Estaba mirando a Emma. La vi sonreír con tristeza y asentir, con un dolor tan profundo en los ojos que casi lloré por ella.

—Pasará, mi princesa —murmuró, muy bajito, solo para ella, y sé que nadie más lo oyó.

¿Me dolió? No lo sé… Después de lo que Emma me había contado, ya no creía que hubiera nada romántico entre ellos. Y sin embargo, mi marido mostraba con ella un lado completamente diferente de sí mismo. Un hombre amable, cercano. Tierno, delicado. Ni siquiera parecía un capo.

—Estás preciosa, Melina —se giró hacia mí.

El cumplido me pilló tan desprevenida que me quedé sin palabras.

—No creo haberte visto nunca tan bien vestida. Menos mal que algunos vestidos sobrevivieron a tu ataque con las tijeras.

¡Será imbécil!