Capítulo 51
ARLO FITZGERALD
Dos días después
La seguridad se había reforzado. Se habían contratado diez hombres nuevos, pero aún no estaba tranquilo.
Raruk era excelente en lo que hacía, de eso no tenía ninguna duda.
Sin embargo, para un hombre como Adrian Acosta, que había permanecido en las sombras durante años, nada era imposible.
Cualquiera de estos guardias de seguridad podría ser un infiltrado, y sabía que Adrian podría aparecer en cualquier momento con un movimiento inesperado.
Lo sentía: el presentimiento de que estaba planeando algo.
Y aunque quería resolverlo de una vez por todas, lo que más me importaba era garantizar la seguridad de Sienna.
—¿Arlo? —la voz de Sienna me devolvió al presente—. La pajarita.
Me la tendió y se acercó para ayudarme, pero era demasiado baja para alcanzarme el cuello.
Le quito la pajarita de las manos y me agacho un poco para que me la ajuste. Este tipo de gestos, tan cotidianos e íntimos, la hacían realmente feliz. Momentos simples de marido y mujer.
—Estás preciosa con ese vestido azul, esposa —comento mientras la observo con admiración.
Sonríe, con las mejillas ligeramente sonrojadas.
El vestido es atrevido, con un escote profundo delante y detrás y una abertura provocativa en la pierna.
Recuerdo claramente lo que dijo sobre querer sentirse hermosa y sensual con un vestido.
Era importante para ella, así que decidí ignorar las miradas que inevitablemente se posarían sobre mi esposa esa noche.
Lo que importaba era cómo se sentía ella.
—¿Se nota? —pregunta Sienna mientras se acaricia el vientre.
Habíamos empezado a notar un pequeño bulto que, si prestabas atención, ya delataba el embarazo. Quizás porque siempre había sido muy delgada.
—No se nota nada, Sienna. Y soy el primero que quiere verte redondita, con nuestro bebé dentro.
—No sé si me veré bien cuando esté enorme —murmura con un deje de inseguridad.
—Es imposible que te veas fea, y menos embarazada de nuestro hijo. Recuérdalo.
Me inclino y la beso. Sus labios son cálidos y suaves.
—Venga, bajemos antes de que lleguemos tarde.
Decir que me sentía seguro en esta fiesta organizada por el padre de Sienna sería mentira. Cada minuto que pasaba, la opresión en el pecho aumentaba. Proteger a Sienna era mi misión desde el momento en que entró en mi vida, y fallar era simplemente inaceptable.
El club del padre de Sienna era puro lujo, muy por encima de lo que había esperado.
La sala era espaciosa, con techos altos decorados con lámparas de araña de cristal que colgaban como cascadas de luz.
Las paredes de mármol blanco y dorado le daban un aire sofisticado.
Mesas redondas se distribuían por toda la sala, cubiertas con manteles de seda blanca, y arreglos de flores exóticas adornaban cada una.
Giuseppe no había escatimado en nada, y estaba claro que le gustaba exhibir su riqueza ante todo el mundo.
Nunca había visto a un hombre con tantos amigos.
Lo que se suponía que sería una cena íntima se había convertido en un evento con unas cincuenta personas, y Sienna no paraba de ser reclamada para conocer a un magnate tras otro.
Miro a Sienna a mi lado, tan hermosa con su vestido azul que apenas puedo apartar la mirada. Pero hay una tensión en el aire que me impide relajarme. Las puertas del club se abren y cierran constantemente; a cada momento entran nuevos invitados.
Raruk y su equipo se han colocado discretamente entre los invitados, pero siempre alerta. A pesar de la seguridad reforzada, sé que Adrian es impredecible. Cualquiera de estos hombres o mujeres elegantes podría estar trabajando para él.
—¿Está todo bien? —pregunta Sienna, y me toca el brazo con suavidad. Sus ojos reflejan preocupación.
—Solo estoy atento —respondo, intentando parecer despreocupado—. Hoy es un día importante para ti.
—Ojalá te relajaras un poco, Arlo. Sé que estás preocupado, pero estamos rodeados de seguridad. No va a pasar nada.
Me limito a asentir, pero mi mirada sigue recorriendo la sala, atenta a cada rostro desconocido, cada gesto. Solo espero el momento en que aparezca el peligro.
Mientras tanto, Giuseppe, con su encanto habitual, saludaba a los invitados junto a su esposa, Donna, que parecía molesta.
Beatrice, por su parte, deambulaba entre las mesas y se comportaba como si fuera la señora Romano.
La química entre ella y Giuseppe era evidente, y me resultaba profundamente inquietante.
De repente, mis ojos se topan con Lafaiete. Ese bastardo era más valiente de lo que había imaginado. Saludó a Giuseppe con una sonrisa, pero cuando sus ojos se fijaron en mí, no mostró sorpresa. Parecía saber de antemano que yo estaría allí.
—Dame un minuto —le dije a Sienna. Me levanté de la mesa y caminé hacia Lafaiete.
—Arlo Fitzgerald. Qué agradable sorpresa.
Lafaiete sonríe, pero la sonrisa no le alcanza los ojos.
Me acerco a él y me inclino sobre la mesa para que oiga bien lo que tengo que decirle.
—¿Viniste solo a husmear o tienes algo en mente, Lafaiete?
—Vine a conocer a la hija de mi viejo amigo —responde con tono despreocupado.
—No pareciste sorprendido al descubrir que era Sienna.
—¿Por qué lo estaría, Arlo? Eso no es asunto mío. Solo vine porque estaba cerca. Nada más.
—¿Cenamos? —interrumpe Giuseppe, y me pone la mano en el hombro.
Se inclina para hablarme al oído:
—No se atrapa a la presa presionándola, Arlo. Deja que piense que es libre.
A la mierda su libertad. Ese bastardo no se va de aquí hoy sin darme información sobre Adrian.
Regreso a la mesa junto a Sienna. Beatrice está al otro lado, hablando con ella y con una mujer que no conozco, pero que se ha pasado la noche intentando entablar conversación con Sienna.
La cena se sirve poco después. Platos finamente decorados con la cocina más sofisticada que el dinero puede comprar. El sonido de los cubiertos y el murmullo de las conversaciones llenan el ambiente lujoso.
Giuseppe, siempre el anfitrión encantador, se levanta con una copa de champán caro en la mano y llama la atención de todos con un ligero tintineo del cristal.
—Damas y caballeros, ¿me permiten un momento de su atención? —dice con una sonrisa orgullosa—. Esta noche, además de estar entre amigos y socios, tiene un significado especial para mí. Después de años, tengo a mi hija, Sienna, de nuevo a mi lado.
Extiende la mano hacia Sienna, que se sonroja ligeramente ante el gesto.
—Esperé este momento durante tanto tiempo. Y tenerte aquí, cariño, es un sueño hecho realidad.
Se le llenan los ojos de emoción y levanta la copa.
—Un brindis por mi hija, por nuestra familia reunida y por los nuevos comienzos.
Los invitados levantan las copas y brindan entre sonrisas y aplausos.
Mantengo la mirada firme, pero mi mente va a mil.
En medio de la cena, la atmósfera cambia de repente.
La sala, que había parecido sobria y formal, se carga de tensión.
Noto algo raro en una esquina. Al principio pienso que me estoy volviendo paranoico, pero entonces veo a Raruk gesticulando hacia un hombre que reconozco de inmediato.
Es mi hermano, Aryan. Discuten con demasiada intensidad para tratarse de una conversación casual.
Raruk me lanza una mirada intensa, cargada de preocupación.
—Joder —murmuro al presentir el peligro, y agarro el brazo de Sienna.
—¿Qué pasa, Arlo? —pregunta con los ojos muy abiertos.
—Tenemos que salir de aquí, ahora.
Le aprieto el brazo y me levanto de la mesa. Todas las miradas están puestas en nosotros. El padre de Sienna y Beatrice también se levantan, confundidos.
Mierda. No puedo proteger a todos al mismo tiempo.
—¿Qué está pasando, Arlo? —pregunta Beatrice con voz tensa.
—Tenemos que salir de aquí. Ahora. Habla con el señor Romano. Desaloja el local, saca a todo el mundo —ordeno con voz grave y urgente.
Me mira confundida, pero sabe lo suficiente para entender que algo grave está pasando.
Beatrice asiente y empieza a moverse, mientras arrastro a Sienna por la sala, esquivando a la gente que comienza a notar el caos.
El corazón se me acelera al darme cuenta de que Lafaiete ya no está. Eso lo hace todo aún más sospechoso.
Antes de llegar hasta Raruk y Aryan, una explosión ensordecedora sacude la sala.
Una bola de fuego ilumina la cocina y la mitad de las luces se apagan.
La sala se sume en el caos, resuenan gritos de pánico y todo se convierte en un infierno.
Disparan en nuestra dirección e intento protegerme, pero siento un dolor intenso en el costado y noto que me han alcanzado.
No hay tiempo para pensar en eso: tengo que sacar a Sienna de aquí.
—¡Agáchate, Sienna! ¡No te levantes! —grito mientras la tiro al suelo, usando mi cuerpo como escudo. Tiemblo de adrenalina mientras intento protegerla de la gente que corre presa del pánico por todas partes.
Los disparos resuenan por toda la sala. Veo figuras, sombras disparando y cuerpos cayendo al suelo. Es una escena de guerra.
—Sienna, ¿estás bien? —grito mientras la arrastro hacia la salida de emergencia.
—¡Sí! ¿Qué está pasando, Arlo? —pregunta con voz temblorosa.
—¡Arlo! —me llama Aryan agarrándome del hombro.
Nos arrastra hacia la salida, donde continúan los disparos. Pasamos junto a nuestros hombres, que disparan a otros que emergen de la cocina. El olor a pólvora y humo es sofocante; la sala arruinada ofrece una imagen devastadora.
Fuera, veo a Raruk con Archie. Todo está pasando demasiado rápido y no puedo entender cómo están todos aquí de repente.
—¿Qué coño está pasando? —grito—. ¿Por qué estáis todos aquí?
—No tenemos tiempo para esto, Arlo. ¡Tú y Sienna tenéis que subir al coche ahora! —grita Raruk con urgencia.
Miro a Sienna; sus ojos asustados me buscan. Le reviso la cara, el cuerpo, buscando cualquier herida.
—¿Estás bien? ¿Estás herida? —pregunto con voz desesperada.
—No, Arlo. Estoy bien, ¡pero mis padres siguen ahí dentro! ¡Tenemos que volver!
—¡Vas a subir al coche ahora! —grito empujándola hacia el vehículo mientras ella se aferra a mí, resistiéndose—. Por favor, Sienna. Por el bebé. ¡Sube al coche!
De mala gana, obedece y se desliza en el asiento trasero. Cuando cierro la puerta, ni siquiera tengo tiempo de alejarme del coche. Las balas rebotan a nuestro alrededor, un coche acelera hacia el aparcamiento y más hombres emergen del interior del club.
—¡Hermano! —grita Aryan. Se lanza sobre mí y me derriba al suelo. Su cuerpo cae pesadamente sobre el mío y me inmoviliza.
Joder. La herida empieza a dolerme. El peso de Aryan me aplasta y siento sangre caliente que me corre por el cuerpo.
Mientras lucho por liberarme, veo a Raruk y Archie disparar a los enemigos y oigo los gritos agudos de Archie con cada disparo.
Archie corre hacia una moto y la lanza contra el coche que se dirigía hacia nosotros a toda velocidad.
Dispara a la ventanilla y abre la puerta trasera.
Aryan pesa demasiado encima de mí y no puedo incorporarme para ver nada.
—¡Aryan, quítate de encima! —grito, pero no reacciona—. ¡Joder, quítate!
Lo sacudo y su cuerpo rueda hacia un lado. Entonces me doy cuenta de que toda la sangre que sentía venía de él, de la nuca. Aryan está inerte, inconsciente.
—¡No! —grito. Le sujeto la cara y lo sacudo—. ¡No, Aryan! Joder, despierta. ¡No!
—¡Arlo! —Sienna se agacha a mi lado—. ¡Estás herido! —dice, pero no puedo procesarlo. Mi herida no importa ahora mientras sostengo a mi hermano casi muerto entre mis brazos.
—¡Sube al coche, Sienna! ¡Joder! ¡Sube al coche! —grito y vuelvo mi atención a Aryan—. Aryan, ¡por favor! —lo sacudo de nuevo, buscándole el pulso—. Es débil, pero tiene pulso. Una ambulancia, ¡joder! ¡Que alguien lo lleve al hospital! —grito mientras miro a mi alrededor.
Raruk se acerca, con unos tres hombres tirados en el suelo a su alrededor. Archie está pateando con rabia a alguien que ha sacado del coche.
—Qué coño... —exclama Raruk al ver la escena.
—Al hospital, Raruk. Tenemos que llevar a Aryan al hospital.
—Sí, claro.
Raruk se gira y le hace señas a Archie, que sujeta la cabeza del hombre y lo golpea tan fuerte que la sangre sale volando junto con algunos dientes.
—¡Es Adrian! —grita Sienna y se lleva la mano a la boca—. ¡Lo han atrapado!
Joder, hijo de puta. Por fin.
Intento levantarme para ir hacia él; quiero acercarme y matar a ese cabrón con mis propias manos, pero no puedo. Me da vueltas la cabeza y la sangre que sale resulta que es mía, al fin y al cabo.
—¡Arlo! —Sienna intenta sujetarme mientras caigo al suelo—. ¡Dios mío, Arlo! ¡No! ¡Estás herido! —llora, presionando la mano contra mi herida—. ¡Ayuda! ¡Que alguien me ayude!
—S-Sienna... no. Mi hermano... él primero. Yo... estaré bien —digo mientras se me cierran los ojos.
—¡Arlo, no! Tienes que mantenerte despierto. Te llevamos al hospital. Vas a estar bien.
—Mi hermano...
—Va a estar bien, todos van a estar bien.
Siento unas manos que me levantan del suelo, pero ya no puedo luchar por mantenerme despierto.