La novia vengadora del rey mafioso (Serpe Rossa Mafia nº 1) Capítulo 42
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Capítulo 42

SIENNA FITZGERALD

—Pero ¿por qué hacer las pruebas ahora? El Dr. Carter las programó para dentro de dos días —cuestioné a Arlo desde la puerta de la sala de ecografías.

Sin más, había exigido que el laboratorio hiciera todas las pruebas hoy porque quería asegurarse de que el bebé estuviera sano. Ya me habían extraído sangre y ahora esperaba la ecografía, pero estaba a punto de amanecer.

—Sienna, ya te dije que quiero saber cómo está el bebé. Eso es todo. ¿Tú no quieres saber si nuestro hijo está bien?

Asentí y decidí no discutir, porque Arlo tenía razón. Después de todo lo que había pasado en las últimas semanas, era importante saber cómo estaba el bebé.

—Sra. Sienna Rosewood —llamó la enfermera desde la sala de ecografías.

—Es Fitzgerald —corrigió Arlo, visiblemente irritado.

—¡Oh! Lo siento. Pueden pasar.

Entramos en la sala. La enfermera me pidió que me pusiera una bata y me recostara en la camilla.

Arlo parecía ansioso a mi lado, pero mantenía cierta distancia.

Su reacción al embarazo no había sido precisamente la mejor.

Yo tampoco estaba dando saltos de alegría, ya que había querido esperar un poco más, pero había pasado y ahora teníamos que afrontarlo.

—Si no quieres este hijo, puedes decirlo, Arlo. Si no te sientes bien con esto, puedes irte —murmuré, desanimada.

Se volvió hacia mí como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago y me cogió la mano.

—Sienna, no es eso. Nunca rechazaría a nuestro hijo.

—¿Entonces qué es?

Se pasó la mano por el pelo, claramente nervioso, y abrió la boca para responder, pero la doctora entró e interrumpió la conversación.

—¡Hola! —sonrió mientras se acercaba—. Soy la Dra. Harper, obstetra. El Dr. Carter me llamó y me dijo que tenemos una clienta VIP.

Volvió a sonreír y consultó algo en el historial.

—Hola, soy Sienna.

—Lo sé, el Dr. Carter ya me ha enviado todo. ¿Y este debe ser el padre?

Arlo asintió y la doctora acercó una silla y se sentó a mi lado.

—Entonces, ¿qué tenemos aquí? Un embarazo recién descubierto.

Acabas de hacerte el análisis de sangre, pero aún no tenemos los resultados.

Bueno, normalmente hacemos primero las pruebas, pero parece que los padres tienen prisa por ver al bebé —sonrió—.

En este caso, haremos una ecografía transvaginal, ya que el embarazo está en una fase muy temprana.

Será un poco incómodo, pero no dolerá, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

Empezó a preparar el equipo y luego me pidió que colocara las piernas a los lados y me pusiera cómoda. Cogí la mano de Arlo. Observaba todo con atención. Una imagen comenzó a aparecer en la pantalla, pero nada muy claro, solo sombras oscuras e inconexas.

—Aquí está —dijo la doctora, señalando la pantalla—, un bebé de aproximadamente cuatro semanas.

Intenté inclinarme para ver, pero solo parecía una mancha borrosa.

—¿Tan pequeño? —preguntó Arlo, y la doctora asintió.

—Sí, todo está como se esperaba.

Movió la sonda dentro de mí y solté un leve quejido por la molestia.

—Tenga cuidado —dijo Arlo con brusquedad, pero la Dra. Harper no pareció molestarse. Probablemente estaba acostumbrada a tratar con hombres nerviosos.

Arlo me apretó la mano un poco más fuerte y vi cómo le brillaban los ojos de emoción, aunque seguía pareciendo nervioso.

Yo también lo estaba. Que un bebé estuviera creciendo dentro de mí era algo difícil de asimilar tan rápido.

Pero estaba emocionada y feliz. Ser madre era algo que nunca había imaginado, ni siquiera en mis mejores sueños.

—Bueno, en la próxima cita podremos ver más detalles, como escuchar el latido del corazón del bebé, pero por ahora es muy pequeño. Les enviaremos los resultados de las pruebas y les avisaré si hay algún problema, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

Arlo apenas habló durante el camino a casa; solo pronunció palabras cortas e imprescindibles.

Sabía que su silencio no era solo por el bebé, porque ya había estado así antes.

Quizás el embarazo había intensificado las cosas, pero no estaba segura.

Mi mente iba a mil por hora, imaginando innumerables razones para su extraño comportamiento.

—Le di un puñetazo a tu padre —solté de repente en cuanto entramos en casa.

—¿Qué? —me miró sorprendido.

—Le di un puñetazo. Te lo digo porque sé que terminarás enterándote, pero no intentes regañarme, porque no me arrepiento y lo haría de nuevo.

—Vaya, me habría encantado ver eso —dijo, y por primera vez en horas, una sonrisa genuina le iluminó el rostro.

Subimos las escaleras hacia el dormitorio; Arlo se mantenía siempre unos pasos detrás de mí.

Podría haberme dejado volver con el equipo de seguridad si no quería mi compañía, pero parecía atrapado en un ciclo de silencio e indiferencia que me estaba consumiendo.

No iba a dejar que se escapara sin hablar.

Me volví bruscamente para enfrentarlo, pero él retrocedió como si tuviera algo contagioso.

El dolor que sentí fue inmediato y las lágrimas amenazaron con brotar.

Quizás eran las hormonas del embarazo, que empezaban a hacer de las suyas.

—¿Hice algo para que estés así, Arlo? —di un paso adelante, pero él se alejó de nuevo—. ¿Tengo alguna enfermedad contagiosa que te impide tocarme?

—No es eso, Sienna.

—¿Entonces qué es? ¿Es por el bebé?

—Por supuesto que no. No estaba preparado para ser padre, eso es cierto, pero pasó y estoy feliz.

—No lo parece.

—Estoy agotado, Sienna. Tengo tantas cosas en la cabeza… Discutí con mi padre y pasé el día en el hospital —soltó las palabras de forma atropellada, sin explicar realmente nada.

—¿De qué discutiste con tu padre? ¿Por qué estabas tan alterado que destrozaste toda la habitación?

Se presionó las sienes con los dedos, visiblemente nervioso, y caminó hacia el otro lado de la habitación.

—No quiero hablar de eso ahora, Sienna. Podemos hablarlo en otro momento.

—¡No importa, Arlo! Nada justifica que no me toques ni que no muestres ningún sentimiento por el embarazo. Yo también estoy en shock, pero es nuestro bebé. Lo concebimos juntos.

—Lo sé, lo siento.

Intentó tocarme, pero vaciló y detuvo el gesto a medio camino.

Me acerqué, le tomé las manos y las coloqué sobre mi vientre. Su cuerpo se tensó, rígido. Parecía aterrorizado ante la idea de tocarme. Algo iba muy mal. El Arlo que yo conocía me habría agarrado por la cintura, me habría llevado a la cama y habríamos pasado la noche haciendo el amor.

Le rodeé el cuello con los brazos y murmuré:

—¿No vas a abrazarme?

—No puedo, Sienna.

—¿Por qué?

—Porque si te abrazo, no podré controlarme.

—Entonces no te controles. Abrázame, llévame a la cama y acabemos con esto de una vez. Sea lo que sea, lo resolveremos juntos. Puedes contarme cualquier cosa, aunque me duela. Te quiero y estoy dispuesta a perdonarte todas las veces que haga falta.

Me miró con el rostro tenso. Era la primera vez que le decía que le quería de forma tan directa. Arlo apretó la mandíbula y cerró los ojos. El dolor que sentía era palpable.

—¿Te molesta que te toque? —pregunté casi en un susurro.

—Sí —respondió entre dientes.

Retrocedí, herida por su respuesta. Las lágrimas que había estado conteniendo empezaron a rodar por mis mejillas. Sin decir nada más, me di la vuelta y entré en el baño, furiosa y rechazada.

Ya estaba amaneciendo y no había conseguido pegar ojo.

No podía dejar de pensar en Arlo y en lo que podría estar pasándole.

Por mucho que intentara encontrar una explicación, nada tenía sentido.

Podía estar enfadado, pero nunca rechazaría que le tocara.

Eso no era propio de él. Algo había pasado con su padre que lo había dejado así.

Iba a enfrentarme a ese viejo y averiguar qué había hecho.

La puerta del dormitorio se abrió lentamente y Arlo se deslizó dentro.

Se quitó los pantalones y la camiseta y se tumbó en el lado opuesto de la cama, lejos de mí.

Sin hacer ruido, me levanté y me quité el camisón hasta quedar completamente desnuda.

Arlo me observó mientras caminaba hacia su lado de la cama y me sentaba a horcajadas sobre él.

—Sienna...

Ignoré su protesta. Le besé el pecho y fui bajando por su abdomen mientras frotaba mi entrepierna contra la suya.

Mis manos exploraron su cuerpo hasta llegar a su erección por encima de los bóxers.

Estaba duro, me deseaba tanto como yo a él.

Arlo gimió suavemente, con los ojos cerrados, luchando por mantener el control.

—Deja de resistirte —le susurré al oído.

Bajé por su cuerpo de nuevo, trazando un camino de besos hasta llegar a su polla dura. La saqué de los bóxers, la rodeé con las manos y me la metí en la boca de inmediato. Arlo gimió y enredó las manos en mi pelo.

—Sienna, por favor, no... —suplicó, pero continué, metiéndomela más adentro.

De repente me agarró por los hombros y tiró de mí hacia arriba. Pero no me detuve. Le besé el cuello mientras me frotaba encima de él.

—Fóllame, Arlo. Como quieras —le pedí, mordiéndome los labios, consumida por el deseo.

Gruñó, me dio la vuelta y se colocó encima de mí.

—¿Estás loca? —exclamó—. No puedo hacer esto.

—¿Por qué? ¿Qué te está pasando? El Arlo que conozco nunca me rechazaría. Si no vas a decirme qué es, entonces simplemente fóllame.

Le agarré la polla y la guié hacia mi entrada.

—¡Sienna, no! Hablo en serio.

Se apartó, se sentó en la cama y tiró de la sábana para cubrirme.

—Tienes que vestirte.

—No quiero.

Aparté la sábana.

—Voy a quedarme aquí desnuda, y tú vas a dormir a mi lado sin tocarme, porque eres un idiota. No hay ningún problema que justifique que me rechaces. Si ya no me quieres en tu vida, dilo y me iré.

—Sienna, no es eso. Eres lo que más quiero en este mundo. ¿No lo entiendes? Te quiero.

—¿Es por el bebé?

—Claro que no. Mira...

Volvió a tirar de la sábana para cubrirme.

—Tienes que confiar en mí, ¿vale? Solo dos días. Son solo cuarenta y ocho horas.

—¿Qué va a pasar en cuarenta y ocho horas?

—Confía en mí, por favor. Solo cuarenta y ocho horas y te lo contaré todo.

Me cogió las manos y me besó los dedos. Se tumbó y me atrajo hacia sus brazos.

—Lo que más deseo ahora mismo es hundirme dentro de ti, Sienna.

—¿Y qué te lo impide?

Respiró hondo y me besó en la coronilla.

—Solo espera, ¿vale? Son solo dos días. Pasarán rápido.

—Vale. Si es lo que quieres...

—Cielo, qué terca eres.

—¿Yo? ¿Terca? Tú te pasaste todo el día enfadado conmigo cuando yo no había hecho nada.

—Lo sé. Perdí los nervios, sin más.

—¿Vas a contarme qué pasó?

—En cuarenta y ocho horas.