Capítulo 41
ARLO FITZGERALD
No sé cuánto tiempo pasé inconsciente, pero desperté en una cama del hospital Serpe Rossa. El Dr. Carter estaba a mi lado y una enfermera intentaba ponerme una inyección.
—No la quiero —gruñí, retirando el brazo.
—Es solo un analgésico, Arlo —explicó el Dr. Carter con paciencia—. Es inofensivo.
—No necesito esa mierda. Apártala de mí —le gruñí a la enfermera.
El Dr. Carter le hizo una señal para que se fuera. Me miré la mano, ahora vendada.
—Tenías varios cortes profundos en la mano y fragmentos de vidrio en la herida. Tuvimos que extraer los fragmentos y darte algunos puntos. Pero todo salió bien.
Miré a mi alrededor y me incorporé en la cama, al darme cuenta de que llevaba un maldito camisón de hospital.
—No puedo creer que me hayas puesto este maldito camisón, Carter. Pero qué coño. ¿Dónde está mi ropa, mi teléfono y mi puñetero conductor? —gruñí, con el culo al aire por la abertura del camisón—. Me las vas a pagar por dejar que las enfermeras me vieran el culo.
Se le curvó la comisura de los labios en una sonrisa.
—Insistieron en vestirte ellas.
—Ya me lo imagino. ¿Qué pasó, tuve un infarto?
—No, el corazón lo tienes bien. Si hubiera sido un infarto, no estarías tan bien. Los hombres jóvenes rara vez sobreviven. Tuviste una crisis nerviosa y te sedamos.
—Bien. Y ahora, ¿dónde está mi teléfono? —pregunté, mirando a mi alrededor—. Dame mi ropa, tengo que irme.
—Aún no te he dado el alta. Voy a recetarte analgésicos y algo para la ansiedad —dijo mientras cogía un portapapeles de la mesilla y garabateaba algo—. Te vendrá bien.
—No necesito medicación. No pienso tomar esa mierda, y lo sabes, Carter. ¿Por qué insistes?
Puso los ojos en blanco y arrugó la receta.
—Yo también me lo pregunto. Será porque soy médico. —Abrió el cajón de la mesilla y sacó una bolsa—. Aquí tienes tus cosas. Puedes vestirte e irte. —Carter asintió y me dejó solo.
Cogí el móvil y vi docenas de llamadas perdidas de Sienna, de mi padre, incluso de mi hermano Archie.
De repente se abrió la puerta y Sienna entró corriendo. Me abrazó, y yo me quedé paralizado, incapaz de devolverle el abrazo. El dolor en el pecho volvió y volví a sentir que me faltaba el aire.
—Arlo, estaba tan preocupada —dijo con la voz temblorosa, los ojos llorosos, mientras me acariciaba la cara—. ¿Estás bien?
Solo asentí, con el corazón desbocado. Sienna se inclinó para besarme, pero me aparté.
Me miró confundida y dolida. Me sentí fatal.
Lo que más deseaba en el mundo era besarla, perderme en ella y decirle que todo iba a salir bien, pero las palabras de mi padre seguían resonando en mi cabeza como una advertencia.
—¿Qué te pasa, Arlo? Por favor, háblame.
—Estoy bien —respondí con sequedad.
—¿Bien? Estás distante, irritable. De bien no tienes nada. Háblame, Arlo. —Intentó tocarme la cara, pero le sujeté las manos y me levanté de la cama.
—¿Quién te ha traído?
—¿Cómo que quién? Soy tu mujer, tengo derecho a estar a tu lado.
—Es peligroso salir ahora mismo, Sienna. Sabes de sobra que ese cabrón de Adrian sigue suelto. ¿Quién te ha traído?
—Arturo. Me dijo que estabas en el hospital y le obligué a traerme.
—Ha sido una irresponsabilidad.
—Habría venido de todas formas. ¿Cómo esperas que me quede en casa sabiendo que mi marido está en el hospital?
—No estoy enfermo. Estoy bien. Dile a Arturo que te lleve de vuelta.
—Arlo… —Se acercó de nuevo y, una vez más, retrocedí, nervioso. No podía tener a Sienna tan cerca ahora mismo—. ¿Qué está pasando? ¿Qué te ha dicho tu padre? ¿Qué te ha dejado así?
—No puedo hablar de eso ahora. Tienes que irte.
Se cruzó de brazos y me miró con terquedad.
—No me voy. Me necesitas.
—¡No te necesito! ¡Vete! —le espeté.
Vi un destello de dolor en los ojos de Sienna, pero enseguida respiró hondo, tratando de mantener la compostura.
Era una mujer fuerte, eso lo sabía, pero no sabía cuánto más podría aguantar.
Tendría que arreglar las cosas tarde o temprano.
Pero ¿cómo iba a contarle a Sienna la mierda que había dicho mi padre?
Ni siquiera yo mismo era capaz de pensarlo.
Cerré los ojos y respiré hondo, tratando de calmarme.
—Arlo… —Dio otro paso hacia mí.
—¡Por el amor de Dios, no me toques! —supliqué al ver cómo se le llenaban los ojos de lágrimas.
Me di la vuelta y volví hacia la cama. Pero el dolor en el pecho regresó, aplastándome por dentro. Mi padre iba a pagar por esto. Lo juré.
—Está bien, Arlo. Si no me quieres aquí, me voy. Pero lo que estás haciendo no es justo. Me estás apartando sin motivo, y me estás haciendo daño. —Se le quebró la voz, ahogada por la tristeza. Sorbió por la nariz, y cuando me giré a mirarla, ya se estaba alejando.
De repente Sienna se detuvo y se llevó la mano a la cabeza. Se tambaleó, y corrí hacia ella, alcanzándola justo antes de que cayera al suelo. Se desmayó en mis brazos y el pánico se apoderó de mí.
—¡Sienna! —grité, sin saber qué hacer—. Sienna, ¿qué pasó? —Le di unas palmaditas suaves en la cara para intentar despertarla—. Sienna, despierta.
La levanté en brazos, la llevé a la cama y pulsé el botón de emergencia que había al lado.
—Sienna, háblame. ¡Que alguien me ayude! —grité, con la desesperación creciendo en mi voz.
Una enfermera entró en la habitación y empezó a examinarla. Poco después apareció el Dr. Carter.
—¿Qué pasó? —preguntó, preocupado.
—¡No lo sé! ¡Se desmayó sin más!
El Dr. Carter examinó a Sienna, que empezó a despertar, aunque todavía estaba somnolienta.
—Voy a llevarla a hacerle unas pruebas. Puedes esperar aquí —dijo con calma.
—Ni hablar. Yo también voy —insistí, con la voz más alta de lo que pretendía.
—Arlo, solo son pruebas. Nadie va a hacerle daño a tu esposa. Intenta confiar un poco en mí —respondió, intentando calmarme.
¿Confiar? Ni de coña. No confiaba en nadie para cuidar de Sienna, pero joder, estaba atrapado con esta maldita bata.
A regañadientes, dejé que el Dr. Carter se llevara a Sienna para las pruebas, pero me vestí enseguida y fui a esperar fuera de la habitación.
Caminé de un lado a otro del pasillo. Los minutos parecían horas y mi ansiedad iba en aumento.
Decidí que no podía esperar más: necesitaba estar al lado de Sienna.
Entré en la habitación y la vi sentada en la cama, ya despierta, hablando con calma con el Dr. Carter. Mi cuerpo se relajó al verla bien.
—No puedes esperar, ¿verdad? —dijo el Dr. Carter, poniendo los ojos en blanco.
—¿De verdad las pruebas tardan tanto? —pregunté sin ocultar mi irritación.
—Arlo, ni siquiera hemos hecho todas las pruebas todavía. Solo una, y ya tenemos el resultado. Le sacaremos sangre más tarde, cuando venga a su cita médica.
—¿Cita médica? ¿Por qué necesita una cita médica? Estás aquí, ¡haz las pruebas! —exigí.
El Dr. Carter me dedicó una leve sonrisa y luego miró a Sienna.
—¿Quieres decírselo tú, Sienna? —preguntó.
—Puede decírselo usted, doctor —respondió ella con calma.
Parecía demasiado tranquila para alguien que acababa de desmayarse en mis brazos y me había dado un susto de muerte.
Yo estaba al borde de un colapso y ella estaba perfectamente serena.
—¡Dímelo ahora! ¿Quieres volverme loco, Carter?
—Espero que esta noticia te calme, señor Irritable —sonrió y me puso la mano en el hombro—. Vas a ser padre. Tu esposa está embarazada —anunció con orgullo.
—¿Embarazada? —tardé un momento en procesar lo que había dicho.
—Sí.
¡Joder!
Miré a Sienna, que me observaba esperando mi reacción. El corazón se me aceleró, pero no de alegría. Sentí una opresión en el pecho, como si hubieran absorbido todo el aire de la habitación. Intenté decir algo, pero las palabras se me atragantaron.
Estaba en estado de shock. ¿Embarazada? Sabía que podía pasar, pero ¿tan pronto? ¿Y justo ahora? Dios, no era el momento. Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies, las manos me empezaron a temblar y me invadió una oleada de mareo.
Mi mente se desbocó. Todo estaba pasando demasiado rápido. Apenas podía respirar. El peso de los problemas se cernía sobre mí, el miedo a lo desconocido, y las palabras de mi padre resonaban en mi cabeza y me atormentaban. «Sienna es tu hermana».
Me apoyé contra la pared; las piernas me fallaban. El pánico me subía en oleadas. Estaba al borde de otro colapso. Cerré los ojos e intenté controlar la respiración, pero la presión en el pecho no hacía más que aumentar.
—¿Arlo? —Sienna pronunció mi nombre con voz suave y preocupada.
La vi levantarse de la cama, con los ojos llenos de inquietud, pero tenía la mente nublada.
Sienna me sujetó la cara para obligarme a concentrarme en ella. Me sopló suavemente en el rostro para ayudarme a respirar.
—Necesitas calmarte. ¿Qué te pasa, Arlo? Háblame. Sé que es pronto, yo también estoy en estado de shock, pero mírate.
—No es eso... —respiré hondo, intentando ocultar el caos interno—. Estoy bien. Solo ha sido una noticia inesperada.
—Para mí también, pero tú dijiste que esto podía pasar, ¿no? No hicimos nada para evitarlo, es una consecuencia natural.
Me puso la mano en el pecho, con los ojos llenos de ternura. Lo único que quería era abrazarla, refugiarme en sus brazos y celebrar a nuestro bebé. Pero joder, solo podía pensar en la mierda que había dicho mi padre.
—Necesito un minuto... —dije, alejándome.
Vi la confusión y la decepción en sus ojos, y que me estuviera alejando solo me dolía más. Salí de la habitación y caminé por los pasillos del hospital, intentando procesar la noticia. Sienna estaba embarazada... y podría ser mi hermana. Joder, ¿qué iba a hacer?
El pecho me ardía de nuevo y mi mente martilleaba una secuencia interminable de pensamientos; las palabras de mi padre se repetían como un eco sin fin. En ese momento sonó el teléfono y me sacó del aturdimiento. El nombre de Raruk apareció en la pantalla y contesté.
—Hola, Raruk.
—Tío, pensé que no conseguiría hablar contigo hoy. ¿Por qué coño no contestas el teléfono? —dijo atropelladamente—. Spyder ha salido de su escondite, lo vieron con El Sombra. Uno de mis informantes nos avisó, pero cuando llegamos, ya era demasiado tarde.
—¡Qué coño! —exclamé, irritado—. Nunca me das buenas noticias sobre esto.
—Esta es una buena noticia. El hombre ha sido un fantasma durante años, y ahora ha vuelto.
—Debe estar tramando algo.
—Probablemente, pero lo atraparemos. Ahora que tenemos pruebas de que trabaja con El Sombra, tenemos un cabo suelto que seguir. Solo hay un problema, Arlo.
—¿En serio? —solté una risa sarcástica—. Qué maravilla. Suelta la bomba.
—Tu hermano le sigue la pista a Spyder. Lo vimos merodeando por el lugar.
—¿Archie?
—Aryan.
—¿Qué quiere Aryan con esto? ¿No me ha causado ya suficientes problemas? ¿Podría estar...?
—No, por Dios. Aryan es un Fitzgerald, no se metería con Spyder.
—Ya lo hizo, Raruk. Cuando entregó a Sienna. Por lo que a mí respecta, que se vaya a la mierda, me da igual. Dime, ¿hay algún plan para atrapar a Spyder?
—Esperar una buena oportunidad. He puesto a todos en alerta. Su cabeza vale su peso en oro ahora.
—Bueno, espero que funcione —dije desanimado.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Qué demonios te pasa? ¿Cuál es el problema?
—Sienna está embarazada.
—Vaya, felicidades. Eso es bueno, ¿no?
—Sí, pero... bueno... acabo de enterarme. Es que estoy...
—¿Completamente flipado y jodido? Es un maldito bebé, tío. Lloran, cagan y no te dejan dormir ni una hora.
—No es eso. Horas antes de enterarme de que Sienna estaba embarazada, mi padre me dijo que es mi hermana.
Raruk se quedó en silencio unos momentos, procesando la información.
—¡Joder! ¡Tu padre es un viejo cabrón mentiroso! —Raruk se echó a reír—. ¿En serio te lo estás creyendo? Estamos hablando de tu padre, Arlo. ¿Sabías que encerró a una chica en un convento?
—¿Qué? ¿De qué hablas?
—La hija de Adrian. La encerró en un convento.
Me enteré hace dos días. Pero olvídate de eso por ahora.
Lo que quiero decir es que tu padre es un maldito mentiroso.
Todo el mundo lo sabe, incluso en la organización.
Se lo habrá inventado para separarte de Sienna.
¿No dijiste que su mujer es la madre de Sienna?
—Sí.
—Entonces quiere unir a madre e hija, y tú eres el puto estorbo en medio.
Raruk tenía razón. Eso era justo el tipo de cosa que papá haría por esa zorra de Beatrice.
—El problema es que podría ser verdad. Papá lleva mucho tiempo acostándose con esa mujer.
—Es simple: hazte una prueba de ADN. ¿Sabes qué es el ADN? Una prueba de sangre, como la que se hizo Sienna con su madre —se burló.
—Joder, tienes razón. Estaba tan estresado que ni se me ocurrió.
—Eres un genio, Raruk —bromeó imitando mi voz—. De nada. No hace falta que me des las gracias. Te llamo luego con más noticias.
—Vale.
Colgué y volví a la habitación de Sienna. El Dr. Carter estaba saliendo.
—Te estaba buscando —dijo acercándose—. Puedes llevarte a tu esposa a casa. Como ya es tarde, he programado sus pruebas para dentro de dos días.
—Tienes que hacerlas ahora, Carter. Todas las pruebas que puedas.
—Arlo, es de noche y...
—Por favor, necesito una prueba de ADN, la mía y la de Sienna. Es cuestión de vida o muerte. Pagaré lo que haga falta, cualquier equipo médico, pero tiene que ser ahora.
Me miró confundido.
—Arlo, no sé...
—Por favor, Carter. Me conoces desde hace mucho, sabes que no te lo pediría si no fuera serio.
—Bueno, yo... —miró a su alrededor, luego el reloj—. Dame un minuto. Veré qué puedo hacer.
—Y Sienna no puede enterarse. Tiene que hacerse en secreto, y el resultado tiene que salir lo antes posible.
—De acuerdo, lo arreglo.