Capítulo 21
SIENNA FITZGERALD
Me quedé en la habitación cuando Arlo se fue, aunque insistió en que dejara que Isabel me llevara al jardín. Dijo que todo estaría bien, que su familia no me haría daño, pero yo no las tenía todas conmigo. Intentaron matarme ayer mismo: ¿qué iba a cambiar hoy?
No podía calmar mis pensamientos. Las palabras de Arlo se habían instalado en mi cabeza como inquilinas permanentes. Primero el embarazo: ¿es posible que ocurra tan rápido? Fue solo una noche. Necesito saber más.
Si hubiera tomado la píldora que Luke me dio, todo estaría bien. Pero quizás ni siquiera era para evitar el embarazo, sino para matarme. Ahora sé que papá y Luke pueden ser los villanos de la historia. Todo parece verse de otra manera.
¿Por qué estoy dudando de papá y dando crédito a mis enemigos? Papá me pegaría por esto y me encerraría en el sótano.
Oigo una pequeña discusión en la puerta y veo sus sombras en la rendija junto al suelo. Meten la llave en la cerradura y salto de la cama para correr al baño. Si no es Arlo, tendré que protegerme.
—Dios mío, Isabel. Deja el drama, no voy a hacerle daño a Sienna.
Es la voz de Beatrice. Miro desde la entrada del baño hacia la puerta del dormitorio y la veo entrar detrás de Isabel, que lleva las llaves en la mano, unas bolsas y el ceño fruncido.
—El señor Arlo me dijo que no dejara entrar a nadie —insiste Isabel.
—Yo no soy nadie y Arlo no sabe nada. Fuera.
Beatrice gruñe y le ordena a la mujer mayor que se aparte de su camino. Cuando me ve, se detiene como si hubiera visto un fantasma. Una emoción extraña aparece en su rostro y respira hondo antes de esbozar su sonrisa habitual.
—Cariño, ¡estás aquí!
Lo dice con esfuerzo mientras intenta acercarse.
—No me digas que estabas escondida en el baño.
—No.
Salgo del baño y camino hacia ella. Nunca me ha hecho daño ni me ha dado motivos para temerle.
—Solo quería saber si era Arlo.
—Arlo está abajo gritando y prometiendo torturar a los hombres como un general. Pero el consejero Lafaiete vino de visita, así que decidí buscarte para que diéramos un paseo por la propiedad.
—No quiero, estoy bien aquí.
—¿Encerrada en esta habitación como una prisionera? Nadie se siente feliz así. Vamos, bajemos.
Considero su propuesta, pero no me convence.
Beatrice se acerca y por un momento creo que va a abrir los brazos para abrazarme. La emoción en sus ojos es un poco diferente. Y me resulta tan familiar que me reconforta.
—Te prometo que no te pasará nada. ¿Puedes confiar en mí para protegerte?
Miro a Isabel, que sigue al lado de Beatrice con una bolsa en la mano.
—Traje algo de ropa. No compré mucha porque no sé qué te gusta. Pero si quieres, puedo llamar a alguien de la tienda.
—O podemos ir de compras —sugiere Beatrice con una sonrisa—. Otro día, claro. Hablaré con Arlo.
—De acuerdo. Bajaré, pero si no me siento bien, subo de inmediato.
—Sí, por supuesto.
Elijo uno de los vestidos que trajo Isabel. Beatrice me presta unas sandalias de tacón bajo porque Isabel no había pensado en todo.
Beatrice me muestra la mansión y me explica cada detalle con entusiasmo.
Las habitaciones de ella y Gerald están en el lado norte de la mansión, mientras que la de Arlo está en el sur.
La de Aryan está más cerca del lado norte, pero últimamente prefiere quedarse en la casita junto a la casa principal.
En el lado sur hay una habitación cerrada que pertenecía al hermano mayor, del que nunca hablan.
Beatrice dijo que es un tema delicado y que no puede mencionarse jamás. Confieso que me picó la curiosidad.
—El abuelo de Gerald construyó todo esto. Es una casa antigua, pero la renovaron hace poco.
—Debe costar mucho mantener todo esto.
—Créeme, el dinero no es un problema en esta familia.
—Sí, son mafiosos.
—No es solo eso, Sienna. Los Fitzgerald tienen muchas empresas y negocios legítimos. Son importantes tanto en el mundo legítimo como en el submundo.
—¿Y qué hacen exactamente en la mafia?
—Son dueños de puertos en varios países, casinos y algunos negocios ilegales. Varias organizaciones les pagan sobornos. La Serpe Rossa lo controla todo, casi siempre desde las sombras. Y eso sin contar que tienen infiltrados en varias ramas del gobierno.
—Eso suena importante y aterrador a la vez.
—Sí, pero no le digas a nadie que te lo he contado.
Me guiña un ojo.
Nos detenemos en el jardín.
—Hay un huerto allá atrás, pero solo Isabel y la cocinera se ocupan de él. También hay un jardinero.
—Cuántos empleados hay.
—Tiene que haberlos. Hay muchísimas cosas de las que ocuparse.
Beatrice corta una rosa y me la da. Se queda ahí mirándome, lo que me pone un poco nerviosa.
—Siento mucho lo que te ha pasado durante este tiempo, Sienna.
Su voz suena ahogada.
—Las cosas no deberían ser así.
—¿De qué hablas?
Se da la vuelta y parece quitarse una mota del ojo, luego me mira con una sonrisa forzada en los labios.
—Lo que pasó ayer fue horrible. Lo siento mucho. Y también siento que tengas que estar atada a Arlo. Puede ser... difícil a veces. Pero puedes contármelo, te prometo que intentaré hacer algo.
—Arlo me salvó. No le tengo miedo.
Parece confundida.
—¿Te ha dicho que digas eso?
—No. No le tengo miedo.
Decirlo en voz alta me hace pensar en lo segura que me siento con él, en cómo lo prefiero a cualquier otra persona en esta casa.
Lo veo aparecer en la terraza con un hombre a su lado. Nuestras miradas se cruzan a lo lejos; él le dice algo al hombre, que se vuelve a mirarme. Empiezan a caminar hacia nosotras y me estremezco de anticipación.
—Hablando del rey de Roma —dice Beatrice, y queda claro que Arlo no le cae bien. Por cómo la trata él, no la culpo.
—Aquí está mi esposa, Consejero —dice mientras se acerca—. Sienna, te presento al Consejero Lafaiete.
El hombre mayor me mira con seriedad y me tiende la mano. Se la estrecho mientras él me examina.
—Encantado de conocerla.
Arlo se coloca a mi lado y me pone las manos en la espalda con gesto posesivo.
El hombre saluda a Beatrice y después vuelve a mirarme.
—El Consejero ha venido a comprobar que estés bien, Sienna. Tiene ciertas dudas —dice Arlo con calma.
—No es exactamente así, Fitzgerald. Gerald fue quien me llamó y pensé que de verdad ocurría algo. Usted es el nuevo Consejero y cuidamos de los nuestros.
—Papá debe de haberse confundido. Ya sabe cómo es, la vejez —Arlo fuerza una sonrisa—. Pero como puede ver, aquí no pasa nada.
El hombre vuelve a mirarme, esta vez de arriba abajo. Se detiene en mis muñecas, en el dorso de las manos y luego en mi costado.
—Vamos, Sienna. El Consejero espera tu respuesta —las manos de Arlo me recorren la espalda de arriba abajo, instándome a hablar. ¿Qué voy a decir? ¿Que estoy aquí contra mi voluntad? ¿Me ayudará?
—Estoy bien —digo secamente. El hombre frunce el ceño, como si no me creyera.
—Aun así —dice, y se vuelve hacia Arlo—, usted resultó herido. Así que tenemos que investigar.
—Tonterías, fue solo un accidente doméstico.
—Pero usted es miembro del Consejo, tenemos que investigar. Lo entiende, ¿verdad?
—¿Investigó a Luke Rosewood? ¿Investigó antes de designar a Sienna para que se casara conmigo? ¿De verdad el apellido Rosewood no significa nada, Consejero? Ah, perdón, usted lo conoce como Acosta, Adrian Acosta —¿Están hablando de papá? Mi padre se llama Adrian.
Confundida, me aparto de Arlo; noto que mi humor empieza a cambiar. Arlo me atrae de nuevo hacia él y me pone la mano en la cadera.
—Realmente no entiendo de qué está hablando. Adrian Acosta está muerto. Ese hombre era un monstruo, una espina clavada para la Serpe Rossa. No escatimamos esfuerzos para mandarlo al infierno.
—Ustedes son los que están en el infierno —digo furiosa, y me suelto de Arlo. Lo ignoro mientras camino deprisa hacia la casa. Oigo que Beatrice me llama, pero no le hago caso.
—¡Cariño, espera! —grita, y corre para alcanzarme—. Cariño, no corras así —se planta delante de mí antes de que lleguemos a la gran escalera y me obliga a frenar en seco—. Cálmate. ¿Por qué has reaccionado así?
—No soporto oír a la gente hablar de mi padre. Que es un monstruo. Lo hacen para provocarme.
—Eso no es cierto, Sienna —Beatrice me agarra del hombro—. Lo que dijeron es verdad. Tu padre, Adrian, es un hombre malo. Hace daño a niños. Todo lo que te contó sobre tu madre y tu hermana es mentira.
—¿De qué estás hablando? ¿Por qué mientes para defender a tu familia?
—No es eso, escúchame.
—No quiero oír nada —le aparto las manos del hombro y me alejo hacia las escaleras.
—Sienna, escúchame.
—¡Déjame en paz! —grito—. No sabes nada.
—Sienna, sí sé. Yo…
—¡Sienna! —grita Arlo a nuestra espalda. Me vuelvo y lo fulmino con la mirada antes de subir las escaleras corriendo. No pienso escucharlo ahora. Ni hablar.