Capítulo 20
SIENNA FITZGERALD
Cuando me despierto por la mañana ya no estoy atada. Estoy tan cómoda y calentita en la cama que decido quedarme un rato más. Pasan horas sin que nadie entre en la habitación y mi estómago empieza a quejarse. Tengo tanta hambre que aceptaría cualquier cosa.
Recorro la habitación de Arlo y voy abriendo las cortinas.
Los enormes ventanales tienen unas vistas preciosas del jardín.
La habitación está cerca de un parapeto lateral y quizás podría escapar, pero sinceramente, creo que ya he desistido.
Aquí estoy más segura de lo que he estado en años en mi propia casa con Luke y papá.
Arlo no me pega y me protege de su familia.
Quizás pueda sobrellevar esto si me mantengo callada y sigo las reglas.
Tengo que empezar a aceptar la idea de que no volveré a ver a papá.
Mi estómago vuelve a quejarse y empieza a dolerme la barriga. Me pongo a rebuscar en los cajones y encuentro dos barritas de chocolate en uno junto a la cama. Abro una.
Madre mía, qué sabor tan divino.
Le pego otro mordisco más grande y voy al armario.
No llevo bragas, solo la camiseta de Arlo, y eso me incomoda un poco.
Quizás pueda encontrar algo entre su ropa.
Su armario es enorme: una zona solo para trajes, casi todos negros, zapatos de todo tipo, algunas camisetas, la mayoría negras o blancas.
Todo perfectamente organizado por color y tipo.
—Maniático del control —murmuro para mis adentros.
Huele a él por todas partes. Incluso parece que estuviera escondido en los armarios. Al mirar el tocador, veo que solo tiene dos tipos de perfume. Uno tiene la etiqueta en un idioma que no reconozco.
Abro el cajón de los bóxers. Solo hay blancos y negros, ningún otro color.
Me pregunto si le importará que me ponga uno de sus bóxers. Andar sin bragas me resulta demasiado raro.
Cojo uno, pero con la mano llena de chocolate acabo manchando la tela.
—¡Mierda! —exclamo, e intento limpiar la mancha, pero lo empeoro todo.
—¿Qué estás haciendo? —la voz de Arlo me hace dar un respingo. Escondo los bóxers y el chocolate a mi espalda—. ¿Qué pasa ahí? —se acerca y yo retrocedo hasta quedar atrapada entre él y el armario.
—N-no es nada —tartamudeo.
—Enséñame lo que escondes, Sienna —su tono es suave, pero no me lo está pidiendo.
Me mira con tal intensidad que siento arder la piel. Me coge las manos de detrás de la espalda y las trae hacia delante.
—Es solo chocolate. Tenía hambre y lo cogí del cajón. Lo siento.
Una sonrisa divertida asoma a sus labios.
—¿Y los bóxers? ¿Qué pensabas hacer con ellos?
Dejo caer los bóxers al suelo, irritada. Él apoya las manos a ambos lados del armario y me impide salir.
—No estaba mirando tus bóxers. Solo quería ponerme algo debajo de la camiseta.
Sonríe. Una sonrisa amplia que le llega a los ojos. Quiero salir corriendo, porque me avergüenza sentir tanto calor ahora mismo. Me pasa el pulgar por la barbilla para limpiarme un poco de chocolate y luego se lo lame. Un gesto tan simple, pero que hace que mi cuerpo reaccione.
—Arreglemos lo de los bóxers y luego solucionamos tu hambre —me sujeta por la cintura y tira de mí hacia delante para abrir el cajón. Coge otro par de bóxers negros y se agacha para ayudarme a ponérmelos.
—Puedo hacerlo yo sola —intento quitarle los bóxers de las manos, pero él me detiene.
—Los volverás a manchar. Mete las piernas.
Quiero gritar, empujarlo lo más lejos posible.
Cuando está tan cerca, mi mente y mi cuerpo se colapsan y empiezo a sudar de los nervios.
Desliza la tela por mis piernas y se levanta sin apartar los ojos de los míos.
Ajusta la tela sobre mi cuerpo y sus dedos me rozan la piel, provocándome escalofríos en los lugares más íntimos.
Jadeo, haciendo un esfuerzo enorme por respirar.
Quiero que me trague la tierra por reaccionar así.
Arlo me quita el chocolate de la mano, me coge los dedos manchados y los lame uno por uno hasta dejarlos limpios.
Joder.
—¿Por qué has hecho eso?
Él se limita a sonreír divertido, pero en sus ojos brilla algo más intenso.
Cuando se aparta, me quedo hecha un flan, sin fuerzas para reaccionar. Y tengo la entrepierna tan húmeda que doy gracias a Dios por los bóxers.
—Ya puedes respirar, Sienna —dice sonriendo. Suelto el aire de golpe—. Ahora busquemos unos pantalones y bajemos para que puedas comer algo. Yo también estoy muerto de hambre.
—¿Bajar?
—Sí, a la cocina.
—No quiero. Puedo comer aquí.
—Pero es mejor abajo.
—No quiero, por favor. No me obligues a bajar —no estoy preparada para enfrentarme a esa familia.
Resopla y aprieta los labios.
—De acuerdo. Le pediré a Isabel que nos suba comida para los dos. Luego tenemos que hablar —se aleja hacia el dormitorio. Lo sigo y lo veo coger el teléfono de la mesilla y marcar.
—¿Hablar de qué? —levanta un dedo para que espere.
—Isabel, súbenos comida a la habitación para los dos. Sí, carne, ensalada. Y trae ropa para Sienna, compra algo si hace falta. Ropa interior también. Vale, gracias —y cuelga.
—No hace falta que me compres ropa. Puedo ponerme la mía.
—Seguramente lo han quemado todo. Ya no queda nada.
—Oh —vaya desastre—. ¿De qué querías hablar?
—Primero comamos, luego hablamos.
Me ha dejado intrigada y ahora estoy preocupada.
Me siento a la mesa, nerviosa, hasta que Isabel llega con dos bandejas de comida. Coloca los platos sobre la mesa: verduras, filete, pan y puré de patatas. A Arlo le sirven vino; a mí, zumo de naranja. El filete está poco hecho y no me apetece, pero tengo tanta hambre que no me quejo.
—Está delicioso, ¿verdad?
—Sí, claro. Para quienes les gusta la carne cruda —digo en voz baja.
Sonríe y ladea la copa hacia mí, ofreciéndome vino.
—Prueba.
—No, gracias.
—Toma un poco, Sienna —exige.
Tomo solo un sorbo. Está delicioso. No recuerdo haberlo probado antes.
—Solo un poco —retira la copa antes de que termine.
Arlo termina antes que yo y me observa mientras como en silencio, devorándolo todo como si fuera mi última comida. Quizás lo sea. Los depredadores suelen alimentar a sus presas. El pensamiento me revuelve el estómago. Aparto el plato vacío y lo miro.
—¿No vas a decirme de qué se trata?
—Sí. Pero primero necesito que me prometas que me escucharás. Y que dirás la verdad por encima de todo. Ya te he dado pruebas de sobra de que no voy a hacerte daño, ¿no?
—Sí —digo con franqueza. Tiene razón. Me ha demostrado que no pretende hacerme daño—. Pero no puedo actuar como si nada, Arlo.
—Lo entiendo, pero necesito que confíes en mí, Sienna. Estoy aquí para que resolvamos cualquier problema juntos.
—De acuerdo.
—¿Responderás a mis preguntas con franqueza?
Asiento.
—Empieza diciéndome quién te dio la píldora del día después.
—Luke. En la iglesia.
—¿Quién puso la daga en tu maleta?
—Quizás Luke.
—O tu padre.
Le hago una mueca de disgusto. No pienso delatar a mi padre, haga lo que haga.
—Mi padre solo quería protegerme. Eso es todo lo que hizo: cuidar de mí.
Arlo resopla, irritado.
—Tonterías. Llegaste aquí llena de cicatrices. ¿Quién te las hizo? ¿Luke o el padre que siempre te protegió?
—El entrenamiento a veces era duro, así que... Papá... hizo lo que hizo para hacerme fuerte. Para protegerme.
—¿Pegándote? Por el amor de Dios, Sienna. Eso no es protección, ¿no lo entiendes?
—Se volvió duro. Se le endureció el corazón por lo que tu familia le hizo.
—Dios mío. Pareces un robot programado para repetir las mismas tonterías. Tu padre te mintió, Sienna. Nadie le hizo nada. Él es el malo de esta historia. ¿Sabías que está metido en tráfico de personas?
—Mentira.
—¿Sabías que viola a niñas? ¿Niñas demasiado pequeñas para defenderse?
—Mentira, mentira, mentira.
Me tapo los oídos para no escuchar.
Arlo acerca su silla y se sienta frente a mí, apartándome las manos de los oídos.
—Piensa, Sienna. Te niegas a verlo, pero seguro que recuerdas algo. Hay algo dentro de ti que sabe la verdad.
Papá me pegaba mucho, eso es verdad. Siempre dejó claro que lo hacía todo por mí y que todas las cosas malas que le habían pasado lo habían vuelto cruel.
Pero había algo raro en él. Tenía criadas especiales.
La mayoría eran chicas jóvenes obligadas a pasar horas en su habitación.
No sé qué hacían allí, pero oí gritos y vi a una de ellas salir corriendo del cuarto, llorando, con la ropa desgarrada.
Le tenían miedo. Toda la casa le tenía miedo.
—Tu padre está metido con el cártel —continúa Arlo—, con el tráfico de niñas. Por eso mi padre lo entregó al Consejo de la Serpe Rossa. Y por eso odia a mi padre.
—Puede que tu padre mienta.
—Puede ser. Pero piénsalo. Tu padre te envió a una muerte segura. Sabía que nunca saldrías de aquí y le daba igual lo que te pasara, con tal de que consiguieras matarme.
—Eso es... muy cruel. No puedo creerlo. No puedes pedirme que crea esas cosas de mi propio padre.
—Está bien, entonces comparemos versiones. ¿Qué te contó tu padre sobre el mío o sobre quién le hizo daño?
Me quedo en blanco. Intento recordar lo que dijo papá, pero los recuerdos no acuden porque no me contó nada. Me mantuvo completamente a oscuras. Solo sus historias de odio sobre cómo asesinaron a mamá y a mi hermana.
—Solo me dijo que tu familia mató a mi madre y a mi hermana. Así que me entrenaron desde muy pequeña para que algún día pudiera vengar sus muertes.
—¿Pero por qué? ¿Contra quién?
—No lo sé, Arlo. Solo me dijo que te matara en nuestra noche de bodas. Me dieron la daga y entré con ella.
—¿Cómo pasaste el control de seguridad?
—No lo sé. Quizás mi padre conoce a alguien aquí. A alguno de los guardias.
—¿Quién?
—No lo sé.
—Joder, Sienna.
Golpea la mesa con el puño.
—Tienes que decirme lo que sabes...
—¡No lo sé! —grito histérica—. No sé nada. De nada sirve que me presiones. No sé nada, déjame en paz.
Lo empujo para que se aparte, pero me agarra del brazo.
—Déjame en paz. Estoy harta de que me interrogues con preguntas que no puedo contestar. De que acuses a mi padre.
—Lo entiendo. Estás en negación, pero en el fondo sabes que es posible. Un hombre que envía a su hija a la muerte no puede ser tan bueno como dices.
Empiezo a llorar y él me estrecha con fuerza contra su pecho.
—No quiero que sufras, Sienna. Sé que es difícil de entender, pero al menos intenta considerarlo, ¿de acuerdo?
No respondo, solo respiro hondo e intento calmarme.
—Necesito preguntarte una cosa más. ¿Tu padre o tu tío te tocaron alguna vez de manera indebida?
Levanto la cabeza para mirarlo.
—¿Qué estás pensando, Arlo?
—¿Te violaron, Sienna?
—No, sabes que yo era…
—Lo sé, pero hay otras formas. ¿Tal vez por detrás?
—Dios mío, no. Mi tío era un idiota. Tal vez él… en realidad… lo intentó, pero no pudo. Te lo juro. Llegaste ese día, me trajiste aquí y acabaste salvándome sin saberlo.
Aprieta la mandíbula. La ira domina sus rasgos.
—Voy a matar a ese bastardo —gruñe.
Un momento de intensa emoción queda suspendido entre nosotros mientras nos miramos. No sé cómo llegamos a odiarnos menos. Simplemente pasó.
—Una cosa más. ¿Crees que hay alguna posibilidad de que estés embarazada?
—¿Qué? —digo demasiado alto—. Yo-yo no estoy… embarazada.
—¿Cómo puedes estar segura? Tuvimos relaciones sin protección. No entiendo mucho de las probabilidades de que una mujer se quede embarazada, pero sé que existe esa posibilidad.
—No. Eso no pasó. No puede ser.
—¿Por qué no? ¿Te pusiste alguna inyección? ¿Alguna medicina que alguien te diera?
—No. Viste las pastillas. No me las tomé.
—Entonces hay una posibilidad. Tendremos que esperar para saber si te quedaste embarazada o no.