Capítulo 4 #2
La mujer retrocedió y logré echarle un vistazo, pero apenas duró un instante porque Arlo me tomó de la mano y me guio por el pasillo.
—Tu padre está furioso —dijo la mujer llamada Beatrice a nuestras espaldas—. Quiere verte, ahora mismo.
Arlo la ignoró y abrió una de las puertas.
—Entra —ordenó.
Obedecí.
—«Por favor» son palabras que te vendrían bien aprender —lo provoqué—. ¿Dónde están mis maletas?
—Deberían subirlas mañana.
—Las quiero ahora.
—¿Acabas de llegar y ya estás exigiendo cosas?
—Necesito mi ropa.
Me observó, luego fue hacia una puerta que supuse que era el baño y volvió con una bata.
—Puedes ponerte esto —me la lanzó—. El baño está ahí y tiene todo lo que necesitas. Tus maletas estarán aquí después del registro.
Mierda, esperaba que mi tío hubiera escondido bien la daga.
—Mañana haré que alguien venga con vestidos de novia para que te los pruebes. También vendrá un médico a examinarte.
—¿Parezco enferma?
—Procedimiento estándar de la organización. Te harán pruebas y, si es necesario, certificarán tu virginidad.
Me quedé boquiabierta.
—¿Certificar mi virginidad? Eso es ridículo.
—Es habitual, pero solo se hace cuando el futuro esposo lo exige.
—¿Vas a exigirlo tú?
Nos miramos durante largos minutos antes de que Arlo negara con la cabeza.
—Debería, pero no creo que sea necesario. Puedes decírmelo tú misma. ¿Eres virgen?
—Los mafiosos y su obsesión con las esposas vírgenes. Sois idiotas, ¿lo sabéis?
Se acercó con un largo paso hacia mí. Apreté la bata contra mi pecho, tratando de crear una barrera entre nosotros.
—Sinceramente, eso me da igual, pero me gusta saber a qué atenerme. Así que responde a mi pregunta, Sienna —su voz era suave, pero percibía la amenaza latente.
—Sí, soy virgen y pura como una de las rosas de tu jardín.
Esbozó una sonrisa divertida. El muy cabrón tenía una sonrisa preciosa.
—Entonces eso es una cosa menos en la cuenta de tu tío. Pero aún va a pagar por las demás —me señaló el cuello. Se refería a los cardenales—. Ahora, quítate la ropa para que pueda ver los daños.
—¿Qué?
—He dicho que te quites la ropa. Puedes quedarte con la ropa interior si quieres.
—¿Te has vuelto loco? No pienso quitarme nada. —Me crucé de brazos a la defensiva.
Se acercó, me sujetó las muñecas y las giró para examinarlas.
—Suéltame. —Forcejeé, pero el hombre tenía manos de hierro—. ¿Qué haces? ¡Suéltame!
Me sujetó las muñecas. Con la mano derecha me agarró el cuello. Apartó un mechón de pelo para ver los daños. Se le tensó la mandíbula mientras me examinaba la piel.
—Voy a matar a ese cabrón.
—No fue él.
Analizó mi expresión.
—No mientas.
—No estoy mintiendo.
—¿Quién fue entonces?
—Nadie. Soy torpe.
—¿Eso es lo que te dijo que dijeras?
—Ya te lo he dicho, no fue él.
—¿Las caídas dejan marcas de dedos? ¿Por qué me mientes, Sienna?
—No miento. Suéltame. —Logré soltarme e intenté empujarlo, pero me agarró las muñecas de nuevo, me giró y me las sujetó a la espalda.
—De verdad estás dispuesta a complicarme la vida, ¿eh? —Me bajó la cremallera del vestido y me lancé hacia delante para soltarme—. Estate quieta. No voy a hacerte daño.
—Mentiroso. ¿De verdad esperas que te crea? Sé qué clase de persona eres.
Me giró y me obligó a mirarlo.
—¿Y qué clase de persona soy, Sienna? ¿Qué sabes de mí?
No respondí.
—Puedo decirte qué clase de persona eres tú, Sienna.
—No me conoces.
—Oh, sí que te conozco. Lo vi en tus ojos. La furia, la llama, las ganas de golpearme con el candelabro en plena capilla. No le temes a Dios, ¿sabes por qué? Porque tienes piel de cordero, pero eres una pequeña diabla.
—No me llames así.
Sonrió divertido.
—De acuerdo. No quiero doblegar tu espíritu. De hecho, me gusta. Si no, no me casaría contigo. Las mujeres de la Serpe Rossa no son divertidas, las entrenan para ser buenas esposas y aburridas. Pero tú vas a entretenerme.
Me soltó las muñecas y me empujó sobre la cama. Luego se inclinó sobre mí.
—Deberías agradecérmelo. Te saqué de las manos de ese monstruo.
—Oh, por supuesto. Eres un hombre mucho mejor. Gracias.
—Los moretones de tu cuerpo demuestran que soy mejor, Sienna. No sé qué vida llevabas antes, pero no voy a hacerte daño. Nadie aquí te lo hará. Te traje precisamente para que nadie te hiciera daño.
Captó mi atención, pero solo por un instante. Porque sabía que mentía. Solo me había traído aquí para torturarme como hacían todos: mi padre, mi tío, y ahora Arlo y su familia.
—Fingir ser una buena persona no te convierte en una, Arlo. Vas a seguir siendo quien eres. No puedes luchar contra tu naturaleza.
—No, pero puedes respetar la tuya. Y ahora eres una de nosotros, Sienna. Cuanto antes lo aceptes, mejor. —Se puso de pie—. Ahora descansa, mañana será un día largo. Intenta no hacer ninguna estupidez. Y ni se te ocurra intentar escapar, es imposible salir de la mansión.
Por supuesto que lo era. Y aunque saliera, ¿hasta dónde llegaría antes de que sus hombres me dieran caza? Ni siquiera conocía el camino de vuelta a casa.
Me dejé caer en la cama en cuanto Arlo se marchó.
Aunque me había salvado de mi tío, no le creía.
Por supuesto que lo había hecho todo con malas intenciones.
Necesitaba idear un buen plan. No podía simplemente apuñalar a este hombre por la espalda y largarme.
El batallón de hombres de fuera se aseguraría de que no saliera ilesa.
Creo que mi padre ni siquiera había pensado bien este plan.
Pronto afloraron los recuerdos de mi entrenamiento.
Las crueldades que me impusieron. Días sin comer, en un sótano inmundo.
Las palizas que recibí por orden de mi padre, o que él mismo me propinó.
«Esto te hará fuerte, Sienna», pero no funcionó.
No me volví lo bastante fuerte para salir de esta situación con vida.
En cuanto Arlo me arrancara la ropa, vería las cicatrices y tendría que dar explicaciones. Quizá pensaría que había sido mi tío y lo mataría. No me daría ninguna pena.
Pero no quería echarle la culpa a mi padre. Sabía que se había vuelto tan malvado por esta gente, los Fitzgerald. Ellos destruyeron a mi padre, a mi familia y mi vida. Por eso debían pagar.
Me levanté y observé la habitación. Un cuarto de invitados con una hermosa cama de matrimonio extragrande, todo decorado en tonos claros con detalles dorados, igual que el resto de la casa. Solo había una mesilla con una lámpara, pero sin teléfono. Una araña de cristal colgaba sobre mi cabeza.
De las dos puertas, una daba a un baño y la otra a un armario vacío.
Localicé algunas cosas que podría usar para defenderme, pero ninguna que me ayudara a salir de allí.
Solo había una ventana grande de cristal grueso, con detalles dorados a los lados.
La caída era de unos tres metros, directamente sobre el tejado.
Al parecer había una cornisa en el lateral, pero no estaba segura.
El lugar era una fortaleza, imposible escapar.
Era una misión con un único dilema: matar o morir en el intento.
Me senté de nuevo en la cama, intentando controlar la respiración.
El pecho se me agitaba y la cabeza me daba vueltas.
No podía dejar que el pánico se apoderara de mí, no ahora.
Mostrarme vulnerable era peor. Tenía que pensar y encontrar una salida, pero primero necesitaba hablar con mi padre.
Tenía que asegurarme de cómo iba a sacarme de aquí antes que nada.