La novia vengadora del rey mafioso (Serpe Rossa Mafia nº 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

SIENNA ROSEWOOD

Aquella noche me dijeron que tenía que prepararme.

Un conjunto bonito y elegante bastaba para la cena con mi futuro marido y su familia.

Ya estaban aquí; desde la ventana de mi habitación vi llegar los coches.

Vi a Arlo Fitzgerald bajarse con otro hombre, seguidos de cientos de guardaespaldas armados.

Habían venido a inspeccionar su mercancía de cerca.

Así funcionaba en la mafia: los matrimonios no eran más que transacciones comerciales.

No esperaba que conmigo fuera diferente. Eso habría sido pedir demasiado.

Como me habían indicado, no se mencionaría a mi padre. A todos los efectos, solo existíamos mi tío y yo. Una simple huérfana de padre y madre.

Un vestido azul con escote sencillo que me llegaba por encima de las rodillas, tacones negros y un maquillaje ligero completaban mi look. Era la primera vez que me ponía un vestido bonito y me maquillaba. Ni siquiera sabía si me lo había aplicado bien.

Pero ¿por qué iba a importarme estar guapa para ese hombre? Era ridículo. No entendía por qué no podíamos simplemente matarlos a todos sin que me tuvieran que entregar como un objeto. Usar mi cuerpo como moneda de cambio.

—Estás preciosa, Sienna —dijo Luke a mis espaldas. Su mirada me daba náuseas. Siempre me las había dado. Igual que el desdén con el que me hablaba. Me odiaba, pero había algo más. Algo oscuro y repugnante. Al fin y al cabo, era mi tío.

—Gracias —respondí con sequedad.

Se acercó y yo me alejé. Había sido así desde que era niña: sus caricias y palabras inapropiadas, y yo siempre buscando nuevas formas de escapar. Creo que saber que yo era lo bastante fuerte como para matarlo al menor desliz le impedía ir más lejos.

Me puso las manos en la espalda al pasar junto a él.

El vestido tenía un escote en la espalda, lo bastante amplio como para sentir su contacto y que se me erizara la piel.

Caminé más rápido para alejarme, pero logró interceptarme y empujarme contra la pared del dormitorio.

Había un soldado fuera de la habitación que se dio la vuelta y fingió no ver cómo Luke me acorralaba.

—¿Qué haces? ¡Quítame las manos de encima! —Lo empujé, pero él no cedió.

—Te crees fuerte, ¿verdad, Sienna? Una chica dura y bien entrenada. Crees que has ganado. Que vas a salir por esas puertas y casarte con ese hijo de puta. Pero no, no serás suya. No antes de ser mía.

—¿Qué dices, Luke? Estás loco. Eres repugnante. ¡Papá se enterará de esto! —Intenté empujarlo y pasar, pero de un tirón me estampó contra la pared y me agarró del cuello. Sentí la punta de una hoja afilada contra el estómago. Siempre la llevaba encima y nunca perdía ocasión de usarla.

—Voy a soltarte el cuello y no vas a gritar, ¿entendido?

Permanecí en silencio mientras me soltaba el cuello, con la hoja aún presionada contra mi estómago.

Me agarró el pelo y lo olió. Giré la cara hacia un lado. Respiraba con dificultad y el cuerpo me temblaba. Los recuerdos de sus caricias cuando era niña, cómo me olía el pelo mientras me decía que me sentara en su regazo. Todo volvió de golpe y me dieron arcadas.

—Para, Luke. Mi padre se enterará.

Se rio.

—Tu padre lo sabe, cariño. Cree que merezco este premio, no ese bastardo.

Y ¿sabes qué? Tiene razón. Llevo tanto tiempo esperando esto, Sienna.

Desde que eras una niña pequeña. Deberías ser mía, no suya.

Incluso tenemos aquí una oportunidad de oro para matar a ese bastardo.

Y entonces tú y yo por fin podremos ser felices.

Pero a mi hermano se le metió en la cabeza un plan sórdido.

Contuve la respiración hasta que me ardió la cara. No quería echarme a llorar ahora.

—Eres repugnante. Estás loco. Mi padre jamás permitiría esto.

—Era yo o un soldado cualquiera. Tienes suerte de que sea yo, Sienna. Voy a hacer que disfrutes de la noche.

Le clavé las uñas en el brazo y lo obligué a soltarme. La hoja arañó el vestido y dejó un pequeño desgarro. Se miró el arañazo en el brazo y me fulminó con la mirada.

—Esto va a dejar marca, puta. Me las vas a pagar.

—Eres un mentiroso. Un monstruo repugnante —dije, y corrí al otro lado de la habitación—. Sal de aquí o gritaré para que venga mi padre.

—Admiro tu ingenuidad al creer que algo en esta casa se hace sin el consentimiento de mi hermano. Pero bueno, pronto lo descubrirás.

—Estaré preparada. Si me tocas, te rajo el cuello.

—Disfrutaré del desafío, Sienna. Ahora cámbiate y baja. Tu prometido quiere ver la mercancía. Ponte algo con más escote. Conviene que se sienta atraído cuando te vea. Y acuérdate de poner mejor cara que esa de puta barata que tienes.

—¡Vete al infierno! —grité, y le tiré una lámpara. Él se limitó a sonreír y salió de la habitación.

Por fin dejé que las emociones salieran. Las lágrimas me corrieron por la cara.

Me habían enseñado a ser fuerte, pero joder, no podía aguantar esto constantemente. Luke me daba miedo. Y ahora había un nuevo mafioso que había matado a mi familia. No es que tuviera muchas opciones.

Me sequé las lágrimas y me puse un vestido rojo por encima de la rodilla con escote en V. Mis pechos eran del montón, pero quedaban bien con él. Me retoqué el maquillaje y elegí un pintalabios rojo. Si querían espectáculo, lo iban a tener.

Al salir de la habitación, reparé en el soldado.

Llevaba allí unos días, pero no me había fijado.

¿Era la prueba de que todo estaba planeado y temían que me escapara?

¿O eran paranoias mías? Tampoco es que pudiera escapar fácilmente con tantos soldados alrededor.

Mis opciones eran limitadas, y todas acababan con mi probable muerte.

Mientras bajaba las escaleras hacia el salón, oí risas desconocidas. Una criada pasó junto a mí con una bandeja y salió de la estancia. Atravesé las amplias puertas de madera tallada. El corazón me latía en la garganta.

Arlo Fitzgerald fue el primero a quien vi.

Era el único de frente a la entrada y el único que reparó en mi presencia.

El vaso de whisky en su mano se detuvo a medio camino y lo dejó de nuevo en la mesa de centro.

Se giró en su silla. Su mirada recorrió cada parte expuesta de mi cuerpo y se detuvo en el escote.

Entrecerró los ojos y apretó el brazo del sillón.

Por un momento, pensé que quizá me había pasado un poco con la elección del vestido.

—Oh, aquí está —dijo Luke, girándose hacia mí—. Ven, cariño. Siéntate con nosotros.

El otro hombre, el que estaba de cara a Arlo, se levantó y se sentó a su lado. Tan guapo como Arlo, con los mismos ojos azules, aunque los de mi supuesto prometido eran más oscuros. Pero era demasiado joven para ser su padre. ¿Un hermano, quizá?

—Este es Arlo Fitzgerald. Os conocisteis en la capilla —dijo Luke. Arlo no sonrió; se limitó a mirarme con expresión preocupada. Estaba claro que este acuerdo debía de ser un infierno para los dos, pero eso no justificaba su descortesía—. Y este es su tío, Niklaus Fitzgerald.

—Encantado de conocerte, Sienna —dijo el tío, mucho más amable que su sobrino.

Me senté en el mismo sofá que mi tío, pero mantuve las distancias.

—Vamos, siéntate más cerca, Sienna. ¿Qué pasa? —dijo Luke con una sonrisa forzada.

—Deja que se siente donde quiera —dijo Arlo con autoridad. Sus ojos seguían clavados en mí. En mi cuerpo, en mis muslos, en cada centímetro de piel expuesta.

Me pasé las manos por el vestido, como si pudiera estirarlo por arte de magia.

Fue entonces cuando reparé en los moretones.

Los tenía por todas partes: en las piernas, en las muñecas.

El vestido apenas los ocultaba. Recordé mi cuello, cómo mi padre casi me había estrangulado, y me llevé la mano a la zona que debía de estar enrojecida.

Los ojos de Arlo siguieron cada uno de mis movimientos. Me estudió con frialdad. Cada parte de mi cuerpo, cada moretón... nada escapaba a su escrutinio. El corazón me latía de forma extraña.

Mierda, tendría que haberme maquillado para tapar los moretones.

Entre miradas furtivas y los intentos de Luke por forzar una conversación, el silencio se adueñó de nosotros. Arlo Fitzgerald parecía incómodo, mientras su tío trataba de aligerar el ambiente con alguna sonrisa o algún comentario estúpido.

—Entonces, ¿tus padres murieron, Sienna? —preguntó Arlo por fin.

—Sí —se apresuró a responder mi tío.

—Le pregunté a Sienna —replicó Arlo con brusquedad, sin apartar los ojos de mí—. Sé que no tienes problema en hablar —insistió, con la mirada desafiante.

—Mis padres murieron —dije al fin.

—¿Cómo?

—En un accidente de coche.

—¿Y por qué te crió un tío soltero? Resulta cuanto menos extraño.

—En realidad, Sienna pasó la mayor parte del tiempo en un internado y acaba de volver hace poco —se empeñó en responder mi tío, a pesar de la mirada furiosa que le lanzó Arlo.

—¿Cuántos años tienes, dieciocho?

—Diecinueve.

—Demasiado joven. ¿Y qué opinas de este matrimonio?

¿Qué opinaba? ¿Iba en serio esa pregunta? Nadie me había preguntado nunca qué opinaba. ¿Qué pretendía? ¿Ganarse mi favor? Lo odiaba. Era arrogante, autoritario y maleducado en todo lo que decía. No iba a ganárselo.

Antes de que pudiera responder, se volvió hacia mi tío y pidió hablar a solas con él. Lo que significaba que me echaban de la habitación.

Mi tío estaba furioso; lo notaba por cómo respiraba. Y si Arlo Fitzgerald no aceptaba el matrimonio, me esperaban serios problemas.