La Novia Secreta del Multimillonario CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Cuenta Regresiva

Naomi Reyes tenía la costumbre de escuchar sin interrumpir, incluso cuando lo que escuchaba le complicaba considerablemente el mes. Alexander se lo agradecía en silencio cada vez que entraba en su despacho con algo que sabía que iba a costarle más de una noche de trabajo.

—Necesito dos cosas —dijo, cerrando la puerta tras de sí antes de sentarse frente a su mesa—.

La primera: quiero que empieces a preparar los documentos de una restitución.

Una participación del treinta por ciento en Meridian Route, más los intereses acumulados desde su absorción, a nombre de la familia Carter.

Naomi dejó el bolígrafo sobre el escritorio con el cuidado de quien acaba de escuchar una cifra que va a requerir mucho más que una firma.

—¿Sabe Emma algo de esto?

—Todavía no.

—¿Y cuándo piensas que debería saberlo?

—Pronto. —Alexander se pasó una mano por la nuca, un gesto que Naomi conocía bien después de una década trabajando a su lado, el gesto de un hombre que sabe exactamente lo que tiene que hacer y sigue posponiendo el momento de hacerlo—.

Quiero contárselo todo en Harbor Point. En la casa.

Me parece... correcto, hacerlo allí. Donde empezó de verdad.

—Correcto no es lo mismo que fácil.

—No he dicho que fuera a ser fácil.

Naomi anotó algo en su libreta, sin prisa, dejando que el silencio hiciera parte del trabajo que las palabras no podían hacer.

—Has dicho "restitución" —observó después—. No "compensación", no "regalo". Restitución implica que hay algo que devolver, no algo que ofrecer por generosidad.

—Es exactamente eso. —La voz de Alexander se endureció un grado, no contra ella, sino contra el peso de lo que estaba a punto de admitir en voz alta por primera vez fuera de su propia cabeza—.

Mi padre y Gerald despojaron a Daniel Carter de su parte legítima en la empresa que él ayudó a construir.

Lo hicieron con papeles falsificados y una cláusula de decomiso que jamás debió aplicarse.

Daniel murió pensando que había fracasado.

Su viuda firmó un acuerdo de confidencialidad para proteger a sus hijos de una demanda que nunca tuvo fundamento.

Eso no es un favor que le debo a Emma por casarse conmigo, Naomi.

Es una deuda de familia que lleva diecisiete años sin pagarse.

—¿Tienes pruebas de todo eso, o solo la carta de tu padre?

—Tengo la carta. —Alexander se quedó mirando un punto fijo en la pared, más allá de ella—.

Y sé que existe un acuerdo original de fundadores, con la firma de Gerald tal como era entonces, antes de que él mismo lo hiciera desaparecer del archivo corporativo.

Si ese documento sigue en algún sitio, necesito encontrarlo antes de decirle nada a Emma.

No pienso llegar a esa conversación solo con una carta y una promesa.

Le debo pruebas, no otra versión de fe ciega.

—¿Y si no aparece?

—Entonces se lo diré de todos modos. —La respuesta llegó sin vacilación, y algo en ella pareció sorprender al propio Alexander tanto como a Naomi—. Pero preferiría no tener que pedirle que me crea sin nada que sostenga la creencia. Ya le he pedido bastante de eso.

Naomi lo estudió un momento más de lo estrictamente profesional, con esa mirada de abogada que sabía distinguir entre un cliente que buscaba cubrirse las espaldas y un hombre que, por primera vez en mucho tiempo, intentaba hacer lo correcto sin calcular antes el coste para sí mismo.

—Empezaré a buscar el acuerdo de fundadores mañana —dijo finalmente—. Discretamente. Y prepararé el borrador de la restitución en paralelo, para que esté listo en cuanto decidas cuándo hablar con ella. ¿Algo más?

—Sí. —Alexander se levantó, ya con la mano en el pomo de la puerta, y se detuvo un instante, como si la frase le costara más esfuerzo del que aparentaba—. Que quede solo entre nosotros. Nadie más en la torre necesita saber que estoy buscando ese documento. Ni siquiera Julian.

Naomi asintió sin preguntar por qué, aunque la pregunta le cruzó la cara durante medio segundo antes de que la disciplina profesional volviera a cerrarla.

Julian Voss llevaba tres años aprendiendo a leer los silencios de Gerald Black de la misma manera en que un marinero aprende a leer el cielo antes de una tormenta: no porque quisiera, sino porque su supervivencia dependía de ello.

—Naomi Reyes ha pedido acceso al archivo histórico de Lantern Route Systems —dijo, de pie frente al escritorio de Gerald, con las manos entrelazadas a la espalda en la postura que había perfeccionado para parecer un simple mensajero, no un traidor—.

Concretamente, documentos de fundación anteriores a la absorción.

Lo ha pedido con discreción, pero el registro de acceso queda igualmente.

Gerald no levantó la vista de inmediato de los papeles que tenía delante. Cuando lo hizo, su expresión tenía la calma específica de un hombre que acababa de confirmar algo que llevaba tiempo temiendo.

—¿Documentos de fundación de qué año exactamente?

—Los archivos previos a la reestructuración. Diecisiete años atrás, más o menos.

Gerald dejó el bolígrafo sobre la mesa con un cuidado excesivo, como si el objeto pudiera romperse si lo soltaba con demasiada fuerza.

—¿Sabe Alexander que ella está buscando esto?

—No he podido confirmarlo. Pero dado que ella es su abogada personal y no la del consejo, sería extraño que actuara sin su conocimiento.

Un silencio se instaló en el despacho, el tipo de silencio que Julian había aprendido a temer más que cualquier grito, porque significaba que Gerald estaba recalculando, con la frialdad de quien ha hecho esto muchas veces antes, cuánto tiempo le quedaba antes de que el terreno se moviera bajo sus pies.

—Gracias, Julian —dijo finalmente, con una cortesía que sonaba más a advertencia que a agradecimiento—. Has hecho bien en decírmelo.

—¿Necesita algo más de mí?

—Todavía no. —Gerald se levantó, se acercó a la ventana de su despacho, y se quedó mirando la ciudad con las manos cruzadas a la espalda, en una postura que a Julian siempre le había recordado, incómodamente, a la de un general estudiando un mapa antes de decidir dónde perder hombres—.

Pero dile a tu conciencia, si todavía te queda alguna, que se prepare.

Si mi sobrino ha decidido empezar a cavar en el pasado, tendré que asegurarme de que encuentre la tierra removida antes de que llegue a nada útil.

Julian salió del despacho sin preguntar qué significaba exactamente eso, porque en tres años había aprendido que las preguntas, con Gerald, nunca traían respuestas que aliviaran la conciencia. Solo la cargaban con detalles nuevos que después no sabía dónde guardar.

En el ascensor, solo, con el reflejo de su propia cara devuelto por el acero pulido de las puertas, Julian se preguntó, no por primera vez, en qué momento exacto había dejado de ser el chico ambicioso que había entrado en Black Meridian con la intención de hacer bien las cosas, y se había convertido en el hombre que ahora bajaba cuarenta pisos con el peso de una traición nueva instalándose, silenciosa, en algún lugar debajo del esternón.

La Aerie, al caer la noche, tenía una calma que Alexander había empezado a asociar, sin quererlo del todo, con la palabra "hogar" —una palabra que llevaba diecinueve años evitando aplicar a ningún lugar concreto, por miedo, quizás, a que decirla en voz alta la hiciera desaparecer.

Encontró a Emma en la terraza, envuelta en una manta demasiado grande para ella, con una taza de té ya frío entre las manos y la vista perdida en las luces de la bahía.

—¿Reunión larga? —preguntó ella, sin apartar los ojos del horizonte.

—Larga y necesaria. —Se sentó a su lado, en el espacio que ya se había convertido, sin ceremonia alguna, en su lugar—. Estoy organizando algo. Para cuando volvamos a Harbor Point.

—¿Qué tipo de algo?

—Del tipo que tarda en prepararse bien. —Alexander se permitió, por un instante, dejar que la sinceridad ganara terreno sobre la costumbre de controlar cada palabra—.

Hay más que contarte de lo que ya sabes, Emma.

Sobre mi padre. Sobre por qué esta casa, este apellido, esta empresa, significan lo que significan.

Quiero hacerlo bien. No a medias, no en un pasillo, no porque alguien más me obligue a hacerlo antes de estar listo.

Emma se giró hacia él entonces, y en su expresión había algo que Alexander no supo nombrar del todo: no la sospecha de las primeras semanas, ni siquiera la cautela posterior a Harbor Point, sino algo más cercano a la paciencia de alguien dispuesta a esperar, siempre que la espera terminara en algo verdadero.

—¿Cuánto tiempo necesitas?

—No lo sé todavía. —Fue la verdad más honesta que pudo ofrecerle esa noche—. Pero te prometo que será pronto. Y que cuando llegue el momento, no vas a tener que sacarme la verdad con una fotografía y la memoria de una anciana.

Emma no respondió de inmediato. Se limitó a acercarse un poco más, a apoyar la cabeza contra su hombro con una confianza que, tres meses atrás, ninguno de los dos habría creído posible, y a mirar juntos las luces de la bahía, sin saber que en algún piso de la ciudad que se extendía ante ellos, un hombre mayor y paciente ya había empezado a mover, con manos frías y precisas, las primeras piezas de una guerra que ninguno de los dos sabía todavía que estaba a punto de estallar.