CAPÍTULO 20
El Matrimonio Real
Había una manera distinta de despertar cuando ya no había nada que fingir.
Emma lo notó la primera mañana después del muelle, después del farol, después de la noche en que por fin había dicho su nombre completo —Alex Hale, Alexander Black, el niño y el hombre fundidos en una sola persona que ella había amado sin saberlo dos veces— y se había quedado a dormir en la habitación que ya no era "la suya" sino, simplemente, la habitación de los dos.
La luz entraba distinta. El silencio de la casa tenía otro peso.
Incluso el café, cuando bajaba a la cocina, sabía a algo que se parecía sospechosamente a la felicidad.
—Vas a llegar tarde —dijo, sin abrir del todo los ojos, cuando sintió que Alexander se movía a su lado, ya vestido, ya con esa disciplina matutina suya que ni siquiera dos semanas de dicha habían logrado ablandar del todo.
—Ya llego tarde. —Se sentó en el borde de la cama, y ella sintió el peso familiar de su mano apartándole el cabello de la cara con una ternura que todavía, después de todo lo que habían compartido, la sorprendía cada vez—. Naomi me va a matar.
—Naomi te adora.
—Naomi me adora y me va a matar. Las dos cosas son ciertas.
Emma se rió, con esa risa fácil que le salía ahora sin necesitar permiso, y lo observó marcharse con la sensación extraña de estar viviendo una vida que no era del todo la que había firmado, pero que tampoco parecía menos real por eso.
Al contrario. Cuanto más se acumulaban los días —catorce ya, quince, dieciséis, perdía la cuenta a propósito, como si contarlos fuera a romper el hechizo—, más le costaba recordar la versión de sí misma que había entrado a esta casa jurando no dejar que ninguna de las tres reglas se le escapara de las manos.
Las tres reglas estaban, en ese momento, hechas pedazos en algún cajón que ninguno de los dos se molestaba en abrir.
Alexander, por su parte, se descubría revisando la agenda con menos urgencia de la que se había impuesto durante diez años.
Naomi se lo hizo notar el jueves, con esa mirada suya que lograba comunicar reproche y afecto en cantidades exactamente iguales.
—Cancelaste dos reuniones esta semana.
—Las reprogramé.
—Cancelaste dos reuniones esta semana, Alexander, y la última vez que hiciste eso fue cuando tu padre murió y ni siquiera entonces cancelaste tantas.
—Estoy casado, Naomi. Se supone que un matrimonio exige tiempo.
—Un matrimonio de noventa días con cláusulas de privacidad y un plazo de junta fiduciaria no exige que dejes de trabajar dos semanas seguidas.
—Naomi cerró la carpeta con un chasquido que sonó más a advertencia que a gesto administrativo—.
Me alegra verte así. De verdad. Pero todavía tienes una carta sin entregar, y cuanto más esperes, más difícil te va a resultar entregarla.
Alexander no respondió de inmediato. Sabía exactamente a qué carta se refería Naomi, porque Naomi era una de las pocas personas en el mundo que conocía la existencia de esa carta, y sabía también que tenía razón, con esa razón fría y precisa que Naomi reservaba para los momentos en que él más necesitaba escucharla y menos quería hacerlo.
—Se lo diré —dijo, finalmente—. Cuando tenga los documentos que Gerald no pueda contradecir.
—Llevas diciendo eso desde que la conociste.
—Esta vez es distinto.
—¿Por qué?
Alexander no tuvo una respuesta inmediata que no sonara, incluso para él, como una excusa reciclada.
La verdad, la que no dijo en voz alta, era más simple y más vergonzosa: esta vez era distinto porque, por primera vez en diez años, tenía algo que perder si hablaba demasiado pronto.
Antes, la búsqueda era abstracta, un objetivo sin rostro presente al que aferrarse.
Ahora Emma dormía a su lado, se reía de sus bromas torpes, le contaba historias de papel antiguo con los ojos brillantes de quien ama de verdad su oficio, y la sola idea de ver esa luz apagarse en cuanto él pronunciara el nombre de Richard Black le resultaba, en ese momento, insoportable.
Se lo diría. Claro que se lo diría. Solo que no todavía.
Fueron a Harbor Point un sábado, casi sin planearlo, porque Emma mencionó de pasada que quería ver otra vez la casa donde él había crecido, ahora que sabía que era la misma casa que ella recordaba a medias desde su propia infancia, y Alexander, que llevaba diez años evitando ese lugar salvo por la cena de su cumpleaños, descubrió que con ella al lado el trayecto no le pesaba del todo igual.
La Casa del Farol —así la llamaban los vecinos, aunque su nombre oficial en los registros de la propiedad fuera otro que a nadie le importaba usar— seguía en pie al borde del acantilado, con la pintura descascarada por la sal y las ventanas del piso superior cegadas con tablones desde hacía años, esperando la demolición que Gerald llevaba tiempo intentando forzar en las juntas fiduciarias.
—Es más pequeña de lo que recordaba —dijo Emma, de pie frente a la verja oxidada, con una mano apoyada en el poste como si necesitara comprobar que el lugar era real y no solo un fragmento de su memoria infantil—. En mi cabeza era enorme.
—Todo es enorme cuando tienes ocho años.
—¿Tú la recuerdas grande?
—Yo la recuerdo entera. —Alexander miró la ventana del segundo piso, la que había sido su habitación, y sintió el pinchazo conocido de la nostalgia mezclada con algo más oscuro que todavía no estaba listo para nombrar en voz alta—. Es distinto.
Caminaron hasta el muelle, el mismo muelle, y Emma se detuvo justo donde —Alexander lo sabía con una precisión que le dolía— había estado de pie a los ocho años, con un farol de papel entre las manos y un niño de dieciséis prometiéndole algo que ninguno de los dos, en ese momento, había entendido del todo.
—Deberíamos arreglar la casa —dijo Emma, de repente, mirando hacia la fachada descascarada con una expresión que Alexander no supo leer del todo—.
No dejar que Gerald la derribe. Podría ser algo.
Un centro de conservación, quizás. Un lugar donde la gente aprenda a cuidar papel antiguo en vez de dejar que la humedad se lo coma.
—¿Por qué te importa tanto?
—Porque algunas cosas merecen que alguien se moleste en salvarlas —dijo Emma, y lo miró de una manera que Alexander sintió, absurdamente, como si la frase no hablara solo de la casa—. Aunque lleven años abandonadas.
Alexander no dijo nada, porque decir algo en ese momento habría significado decirlo todo, y todavía no estaba listo, y en cambio la abrazó desde atrás, apoyando la barbilla en su hombro, mirando juntos hacia el mar que ninguno de los dos había elegido pero que de algún modo los había devuelto al mismo lugar.
Esa noche, de vuelta en La Atalaya, Alexander se quedó despierto mucho después de que Emma se durmiera, con la respiración de ella regular y confiada a su lado, y pensó, no por primera vez, en la carta que llevaba sin abrir del todo desde la última vez que la había releído.
Se lo diré cuando tenga los documentos.
Era verdad, en parte. Naomi ya trabajaba en ello, discretamente, buscando el acuerdo fundacional original de Lantern Route Systems, algo que pudiera sostenerse ante un tribunal sin depender solo de la palabra de un hombre muerto.
Pero había otra verdad, más pequeña y más cobarde, que Alexander no le había confesado ni siquiera a Naomi: cada día que pasaba sin decirlo era un día más que se permitía vivir dentro de esta felicidad sin fecha de caducidad, un día más antes de que la verdad, inevitablemente, la hiciera pedazos.
Sabía que estaba mal. Sabía que cuanto más esperara, más profunda sería la herida cuando finalmente hablara. Y sin embargo, esa noche, con Emma dormida a su lado y la luna entrando por la ventana sobre el mar que había visto crecer a los dos, Alexander se permitió, una vez más, posponerlo.
Mañana, se dijo, sabiendo ya, con la certeza amarga de quien se conoce demasiado bien, que mañana probablemente diría lo mismo.
Fuera, el mar seguía su ritmo indiferente contra las rocas de Harbor Point, ajeno por completo a la cuenta regresiva que ya había empezado, silenciosa, en algún despacho donde Gerald Black revisaba, esa misma noche, una copia filtrada de un contrato matrimonial que pronto dejaría de ser su única arma.