La Novia Secreta del Multimillonario CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

La conversación siguió su curso —brindis, anécdotas sobre Richard Black que Emma escuchó con un interés que intentó disimular como cortesía marital, comentarios sobre el trimestre fiscal de Black Meridian que sobrevolaron su cabeza sin dejar rastro— y en apariencia nada más ocurrió durante el resto de la cena que pudiera calificarse de extraordinario.

Gerald bebió su vino, elogió el catering, hizo dos chistes que arrancaron risas corteses, y en ningún momento volvió a mencionar el apellido Carter.

Pero Emma, que llevaba años entrenando el ojo para detectar lo que no encajaba en la superficie de un documento —una tinta ligeramente distinta, una fibra de papel que no correspondía al siglo que pretendía representar— no pudo evitar notar que Gerald la miraba, de tanto en tanto, con una atención que no encajaba del todo con la ligereza de la velada.

No era hostilidad. Era algo más parecido a un cálculo, a alguien repasando mentalmente una cifra que no le cuadraba y que no pensaba compartir con nadie hasta haberla verificado.

Cuando llegó el pastel y todos cantaron el cumpleaños feliz con ese entusiasmo tibio propio de las celebraciones corporativas, Emma sorprendió a Alexander mirando a su tío con una expresión que solo duró un instante antes de disolverse en la sonrisa de cumpleaños que la ocasión exigía.

Se preguntó si él también lo había notado.

Decidió que se lo preguntaría, más tarde, cuando no hubiera doce pares de ojos fideicomisarios midiendo cada palabra que salía de su boca.

Los últimos invitados se marcharon pasada la medianoche, con esa lentitud protocolar de quienes calculan hasta el segundo exacto en que resulta correcto despedirse de un anfitrión importante.

Julian se quedó atrás para supervisar que el personal de catering recogiera hasta la última copa, y cuando por fin la puerta se cerró detrás del último fideicomisario, el silencio que quedó en el ático tenía una calidad distinta, más honesta, de la que había reinado durante toda la noche.

Emma se quitó los tacones sin ninguna elegancia y los dejó junto al sofá, masajeándose el pie derecho con una mueca de alivio.

—Sobreviviste —dijo Alexander, aflojándose la corbata mientras se servía dos dedos de whisky que no llegó a beber—. Ellison parecía impresionada. Eso no es poco.

—Me dijo algo raro. Sobre saber leer lo que hay debajo de la superficie de un papel. Como si me estuviera evaluando para algo más que ser tu esposa de fin de semana.

—Ellison evalúa a todo el mundo para algo más. Es una jueza retirada; no sabe hacer otra cosa. —Alexander se sentó frente a ella, con el vaso todavía sin tocar entre las manos—. Pero si te dijo eso, guárdalo. Puede que algún día valga la pena recordarlo.

Emma lo estudió un momento, decidiendo si valía la pena preguntar lo que llevaba toda la noche queriendo preguntar. —Tu tío. Gerald. Cuando le dije mi apellido...

Algo cambió en la postura de Alexander, apenas perceptible, un endurecimiento breve alrededor de los ojos. —¿Qué pasó?

—No lo sé exactamente. Se quedó quieto un segundo.

Como si algo lo hubiera sorprendido. Después siguió como si nada.

—Emma se encogió de hombros, restándole importancia a propósito, aunque no del todo—.

Probablemente no es nada. Trato con negociantes constantemente en el club náutico; a veces simplemente se sorprenden con nombres que no esperan.

—Probablemente —repitió Alexander, y bebió por fin un trago del whisky, un gesto que a Emma le pareció más una manera de ocupar las manos que un deseo real de beber—. Gerald es así. Reacciona a todo como si estuviera calculando una jugada de ajedrez. No significa necesariamente nada.

Emma asintió, aceptando la explicación con la parte de sí misma que quería creer que la noche había terminado sin más complicaciones que el cansancio en los pies.

Se despidió poco después, alegando el turno de la mañana siguiente en el estudio, y Alexander la vio cruzar el pasillo hacia su propia habitación —separadas, como el contrato exigía, dos puertas que no debían abrirse la una hacia la otra— con una sensación en el pecho que no supo, o no quiso, nombrar todavía.

Se quedó solo en la sala, con el vaso de whisky ya tibio entre las manos, repasando el instante una y otra vez, como quien repasa una jugada de ajedrez que no logra descifrar del todo.

Carter.

No era la primera vez que Alexander veía a Gerald controlar una emoción hasta hacerla invisible; había pasado media vida observando a su tío hacer exactamente eso en salas de juntas, en negociaciones, en funerales.

Pero conocía también la diferencia entre el control habitual de Gerald y aquel medio segundo concreto en la mesa, aquel parpadeo que había durado justo lo suficiente para que Alexander, que llevaba diez años entrenándose para notar precisamente esa clase de grietas, lo registrara antes de que se cerrara de nuevo.

Gerald había reconocido algo en ese nombre. No el apellido de una desconocida cualquiera. Algo más antiguo, algo que no encajaba con la explicación tranquila que él mismo le había ofrecido a Emma hacía apenas unos minutos.

No dijo nada de esto en voz alta, ni esa noche ni en los días que siguieron. Se guardó la observación en el mismo lugar donde guardaba todo lo que aún no podía permitirse enfrentar: un cajón cerrado, etiquetado con cuidado, que esperaría su turno.

Pero cuando finalmente apagó las luces de la sala y se dirigió a su propio dormitorio, pasando frente a la puerta cerrada de Emma sin detenerse —como hacía cada noche, como el contrato exigía, como su propio autocontrol había convertido en costumbre— Alexander supo, con la certeza fría de quien lleva media vida anticipando amenazas, que algo se había puesto en movimiento esa noche que ya no podría detenerse.

Fuera lo que fuese que Gerald hubiera reconocido, no lo olvidaría. Y un hombre como Gerald Black no dejaba nunca un cálculo sin resolver.