La Novia Secreta del Multimillonario CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Carter

¿Cómo se finge un matrimonio delante de los enemigos de tu marido?

Emma se hizo esa pregunta mientras se pasaba las manos por la falda del vestido azul marino que Naomi le había hecho llegar esa mañana, con una nota breve: Para esta noche.

Sin explicaciones, por favor. Se miró en el espejo de cuerpo entero del vestidor de invitados de The Aerie —porque incluso después de cuatro días de matrimonio, seguía pensando en aquella habitación como "de invitados", como si en cualquier momento alguien fuera a pedirle que se marchara— y por un instante no reconoció a la mujer que le devolvía la mirada.

El pelo recogido, el maquillaje discreto pero impecable, el anillo de zafiro brillando bajo la luz del techo como si llevara toda la vida en su mano y no apenas cinco días.

Se llamaba Emma Black esa noche, aunque solo en el papel, aunque solo hasta que el contrato terminara. La idea todavía se le atragantaba un poco al pensarla.

—Los invitados llegan en veinte minutos. —Alexander apareció en el umbral, ajustándose los gemelos de la camisa, y se detuvo un segundo de más al verla, un segundo que ella fingió no notar—. Estás… bien.

—Bien es una palabra generosa para "aterrada" —respondió Emma, dándose la vuelta hacia él—. ¿Quiénes van a estar exactamente?

—Los fideicomisarios principales. Mi tío Gerald, por supuesto. —Algo se tensó brevemente en la mandíbula de Alexander al pronunciar ese nombre, algo que Emma archivó sin comentar—. Y Margaret Ellison, la fideicomisaria independiente. Ella es la que de verdad importa esta noche.

—¿Por qué?

—Porque no tiene intereses propios en el bloque familiar.

Vota según la evidencia, no según la lealtad.

—Alexander se acercó y, con un gesto que parecía casi automático, le corrigió un mechón de pelo que se había soltado junto a la sien, un roce breve que a Emma le aceleró el pulso más de lo que hubiera querido admitir—.

Si Gerald algún día intenta impugnar algo, será Ellison quien decida si tiene fundamento.

—Entonces esta noche no es solo un cumpleaños.

—Esta noche es una auditoría con velas y vino caro.

—Había algo parecido al humor en su voz, pero sus ojos permanecían serios—.

Cumplo treinta y cinco hoy. Según la cláusula del fideicomiso, debía estar legalmente casado antes de esta fecha para conservar el control de voto.

Lo estoy. Eso es todo lo que necesitan ver.

Emma asintió, aunque el peso de la frase —eso es todo lo que necesitan ver— se le quedó dando vueltas mientras Julian entraba con una carpeta bajo el brazo, revisando la lista de invitados con una eficiencia nerviosa que Emma había empezado a notar como parte del paisaje habitual de Julian Voss: siempre ocupado, siempre un paso por detrás de sí mismo, como si cargara con algo que nadie más veía.

—La mesa está lista, el catering ya terminó de montar, y el pastel llegará a las ocho en punto —informó Julian, sin levantar la vista de la carpeta—. Señora Black, si me permite, hay un par de detalles sobre los fideicomisarios que podría ser útil que conociera antes de que lleguen.

—Adelante.

—Harold Weiss preguntará por sus inversiones, por pura cortesía; no espera una respuesta inteligente, así que no se esfuerce.

—Julian pasó una página—. Los hermanos Castellan hablarán solo entre ellos, ignórelos con elegancia.

Y Gerald Black... —hizo una pausa mínima, casi imperceptible, antes de continuar— hará preguntas que parecerán inocentes y no lo serán.

Sonría, responda con brevedad, y no le dé nada que no le haya pedido directamente.

—Gracias, Julian.

Él asintió, cerró la carpeta, y por un segundo Emma creyó ver algo cruzar su expresión —¿cansancio?, ¿culpa?— antes de que la máscara profesional volviera a su lugar. No le dio más importancia. Tenía sus propias máscaras que ajustar esa noche.

Cuando el primer timbre sonó, Alexander le ofreció el brazo con una naturalidad tan convincente que, si Emma no hubiera sabido la verdad, habría jurado que era genuina.

—Recuerda —murmuró él, mientras cruzaban hacia la puerta—, esta noche solo tienes que ser tú. Eso ya es más que suficiente para convencer a cualquiera.

No supo si aquello era una estrategia o un cumplido. Decidió, por esa noche, no preguntarse cuál de las dos cosas prefería que fuera.

La sala de The Aerie se llenó, en el transcurso de media hora, de voces que hablaban de fusiones y de cotizaciones bursátiles con la misma ligereza con que otros hablarían del clima.

Emma se movió entre los invitados con una copa de agua mineral en la mano —había decidido, sabiamente, no beber nada que le nublara los reflejos— y una sonrisa que ensayaba en el espejo mental de cada conversación antes de emplearla.

Harold Weiss, un hombre de setenta años con un chaleco de tweed que parecía fuera de lugar entre tanto cristal y acero, le preguntó exactamente lo que Julian había predicho, y Emma respondió con la vaguedad justa para parecer educada sin comprometerse a nada.

Los hermanos Castellan, en efecto, hablaron entre ellos durante toda la conversación como si Emma fuera una figura decorativa más de la sala, y ella se lo permitió con gusto.

Fue Margaret Ellison quien rompió el patrón.

Se acercó sola, con una copa de vino tinto apenas probada, y unos ojos que examinaban a Emma con una atención que no tenía nada de hostil, pero tampoco nada de superficial.

Setenta y un años, jueza retirada, según le había dicho Alexander, y se notaba: había en su postura la misma clase de calma que Emma reconocía en Ingrid cuando examinaba un documento dudoso bajo la lupa.

—Así que usted es la señora Black. —No era una pregunta—. Cuénteme, ¿a qué se dedicaba antes de esto?

—Restauro documentos antiguos. Papel, principalmente. Mapas, manuscritos, contratos históricos.

Algo cambió en la expresión de Ellison, un interés genuino que no había mostrado hacia ningún otro tema de la noche. —Un oficio interesante. Y poco común entre las esposas de hombres como Alexander.

—Supongo que Alexander no eligió a alguien común. —Emma se sorprendió de la naturalidad con la que le salió la frase, casi como si la creyera de verdad.

Ellison sonrió, un gesto breve pero sincero.

—Me gusta la gente que sabe leer lo que hay debajo de la superficie de un papel.

Es una habilidad más rara de lo que la gente cree, y más valiosa.

—Bajó un poco la voz—. Si alguna vez este fideicomiso necesita a alguien capaz de ver más allá de lo que un documento quiere aparentar decir, señora Black, recuérdelo.

Emma no supo, en el momento, si aquello era un cumplido casual o una semilla plantada a propósito. Solo supo, más tarde, que se le quedó grabado con una claridad extraña, como una frase subrayada en un libro que aún no había terminado de leer.

La cena se sirvió poco después, en una mesa larga de nogal oscuro iluminada por velas que Julian había insistido en encender él mismo, "por si acaso", frase que Emma no entendió del todo y que no tuvo tiempo de preguntar.

Alexander presidía un extremo de la mesa, Emma a su derecha, y los fideicomisarios se fueron acomodando alrededor con esa coreografía silenciosa de quienes llevan años cenando juntos y midiéndose unos a otros al mismo tiempo.

Gerald Black llegó al final, con quince minutos de retraso que nadie mencionó en voz alta, vestido con la clase de traje que parecía costar más que el coche de Emma, si es que ella hubiera tenido coche.

Era un hombre de sesenta y seis años, de complexión sólida y un rostro que debía haber sido apuesto en su juventud y que ahora tenía la textura curtida de alguien acostumbrado a que le obedecieran.

Saludó a Alexander con un abrazo que parecía sincero y probablemente lo era, en la medida en que Gerald fuera capaz de sinceridad, y luego se volvió hacia Emma con una sonrisa amplia, profesional, la clase de sonrisa que Emma había aprendido a distinguir de las genuinas después de años sirviendo mesas en fiestas ajenas.

—Así que esta es la joven que consiguió hacer sentar cabeza a mi sobrino. —Le tomó la mano con una cortesía anticuada—. Un placer conocerla, por fin. Alexander ha sido muy reservado respecto a los detalles.

—Emma Carter —dijo ella, con la mano todavía en la suya, la fórmula de presentación tan automática que ni siquiera lo pensó—. Bueno, Emma Black, ahora, supongo.

Fue apenas medio segundo.

Emma no habría podido jurarlo si alguien se lo hubiera preguntado directamente; no habría podido señalar el instante exacto ni describirlo con precisión ante un tribunal.

Pero lo sintió, del mismo modo en que a veces se siente un cambio de presión en el aire antes de una tormenta: la mano de Gerald, que hasta ese momento había sostenido la suya con una firmeza cortés, se quedó quieta un instante de más.

Su sonrisa no desapareció —eso era lo más extraño, que la sonrisa permaneciera exactamente en su lugar, como una máscara que hubiera dejado de recibir órdenes del rostro que la sostenía— pero algo detrás de sus ojos se apagó y volvió a encenderse, tan rápido que Emma dudó, ya en el instante siguiente, de haberlo visto realmente.

—Carter —repitió Gerald, con un tono que a cualquier otro comensal le habría sonado a simple cortesía, a hombre repitiendo un apellido nuevo para grabarlo en la memoria—. Un apellido poco común por esta zona.

—No tanto —dijo Emma, sin saber muy bien por qué sentía la necesidad de restarle importancia—. Hay bastantes Carter en la costa.

—Sin duda. —Gerald le soltó la mano y ocupó su lugar en la mesa con un movimiento fluido, como si el instante anterior nunca hubiera sucedido—. Bueno, Alexander. Treinta y cinco años. Espero que el fideicomiso de tu padre te haya enseñado a envejecer con la misma elegancia con que él lo hizo.