La novia rechazada por el italiano (Herencia Ferraro nº 3) Capítulo 9
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Capítulo 9

Todo mi cuerpo vibraba.

Estaba pegada al cristal frío de la ventana, jadeando, incapaz de mover ni un músculo. El placer había sido tan violento que me había dejado sin aliento, un clímax salvaje que parecía haberme arrancado el alma del cuerpo. Mi propio grito aún resonaba en mis oídos, mezclado con su rugido ahogado.

Los restos del clímax palpitaban en lo más profundo de mi vientre, una ola de calor que se negaba a desaparecer.

Mi corazón latía acelerado, golpeando con tanta fuerza contra mis costillas que me dolía.

Él seguía dentro de mí, con su peso aplastante sujetándome y su aliento cálido e irregular contra la piel de mi cuello.

Durante un segundo terrible, un segundo imperdonable… me sentí a salvo.

Entonces, la realidad me golpeó.

El frío del cristal en mi mejilla. El silencio que se instalaba. El dolor punzante en mi labio, donde me había mordido.

¿Qué había hecho?

El hombre que me destruyó, que me humilló, que me abandonó embarazada, acababa de poseerme contra la ventana de su ático como si fuera de su propiedad y yo se lo había permitido. Peor aún, mi cuerpo traidor lo había suplicado.

El placer fue sustituido por una ola helada de asco y furia. La humillación era más profunda que la que sentí ante el altar.

—Bianca… —murmuró con voz entrecortada, aún hundido en mí, intentando besarme.

Eso fue suficiente.

—¡NO! —Mi grito fue desgarrador, gutural.

Impulsada por una fuerza nacida de mi furia, apoyé las manos en su pecho sudoroso y lo empujé.

Sorprendido, retrocedió tambaleándose y salió de mi interior con un ruido húmedo y hueco que me revolvió el estómago. El aire frío de la habitación me golpeó la piel mojada y temblé violentamente.

—¡No me toques! —grité, alejándome a trompicones de él, agarrando los harapos de mi chaqueta que yacían en el suelo para intentar cubrir mi desnudez y mi vientre de embarazada al descubierto.

Él me miró, y vi cómo el deseo de sus ojos verdes daba paso a una confusión dolorosa.

El semen de Marco me resbalaba por el muslo. Me sentía sucia, violada y utilizada.

—Bianca, ¿qué…?

—¡Esto no significa nada! —Mi voz rasgó el aire, histérica. Le señalé con un dedo tembloroso—. ¿Me has oído? ¡Que me hayas forzado, que tú… esto… no cambia nada! ¡No borra el Duomo! ¡No significa nada!

Estaba jadeando y no podía contener las lágrimas de pura rabia que me resbalaban calientes por la cara.

Marco se quedó inmóvil, recuperando el aliento. No intentó cubrirse. Me miró fijamente y, entonces, una sonrisa lenta, cruel y terriblemente triste se dibujó en sus labios.

—Estás mintiendo.

—Voy a llamar a la policía, Marco…

—Gritaste «Te odio», pero te estabas corriendo —me interrumpió, con voz baja, pero terriblemente cruel. Su furia se estaba convirtiendo en acero—. No se grita así por «nada».

Dio un paso hacia mí. Retrocedí, hasta que mi espalda chocó contra la pared de enfrente.

—Puedes mentirte a ti misma, Bianca. Puedes gritarme.

Puedes tirar más cristales. —Señaló mi pecho, donde mi corazón latía visiblemente bajo la piel—.

Pero lo que ha pasado aquí… —Hizo una pausa, con esos ojos verdes salvajes clavados en mí, descifrando cada mentira que intentaba inventar—. Para ti, lo es todo.

La audacia, la arrogancia y la verdad absoluta de aquellas palabras me impactaron con más fuerza que su cuerpo.

Sí… ¡Maldita sea, sí! En el fondo, en ese lugar oscuro y aterrorizado que nunca admitiría, era verdad. Sentía una mezcla intensa y terrible por él. El alivio desesperado de tenerlo de vuelta y el dolor insoportable de haberlo perdido… Lo sentí todo.

Pero mi orgullo era un muro de acero y parecía ser lo único que me quedaba.

No podía perdonarlo. No iba a rendirme después de la terrible humillación pública a la que me había sometido… Perdonarlo era admitir que él había ganado.

La furia volvió, congelando mis lágrimas.

Enderecé la espalda. Me ajusté la chaqueta sobre el cuerpo, cubriéndome el vientre como si fuera un escudo.

—¿Ya has terminado tu espectáculo? —Mi voz sonaba gélida, irreconocible.

Me miró, sorprendido por el cambio repentino.

—Se acabó, Marco. Has demostrado lo que querías demostrar. Eres un animal. ¡Enhorabuena! —escupí las palabras—. Ahora, exijo que me lleves a casa.

—Bianca, no vamos a…

—¡AHORA MISMO! —Mi grito resonó contra el cristal—. O te juro por Dios, Marco, que me tiro por esta ventana ahora mismo y nos llevo a los tres al infierno.

Era obvio que no lo haría, pero en ese momento necesitaba que temiera esa medida desesperada para que me dejara en paz.

Me miró fijamente y el terror en sus ojos era real. Vio la loca verdad de mi promesa.

Marco dejó de resistirse. Todo su cuerpo se relajó, sus anchos hombros se hundieron. Por fin estaba derrotado, así que asintió lentamente.

Mi cuerpo palpitaba, ya no de placer, sino por el amargo vestigio de algo que nunca debería haber ocurrido. El bebé se movió bajo mi piel, apenas una protesta silenciosa, y la culpa me golpeó de lleno.

Las lágrimas brotaron calientes y las odié por ello. No eran de dolor, sino de furia por haber cedido, por haber permitido que él me tocara de nuevo, por sentir, aunque fuera por un segundo, el mismo fuego que me destruyó hace meses.

Lo miré, y me pareció que todo el aire se esfumaba.

—Vamos —fue todo lo que dije.

Entramos en el ascensor en silencio.

El ambiente allí era denso, cargado de lo que habíamos hecho, de ese olor a mezcla de sexo y rencor.

Cada segundo se hacía eterno, y el motor del ascensor emitía un zumbido fúnebre durante el descenso.

Mantuve la mirada fija en el reflejo metálico de la puerta, el rostro impasible, el vientre cubierto y el cuerpo erguido por pura fuerza de voluntad. Sentía que mis palabras sonaban patéticas, pero, aun así, me esforzaba por mantener la postura de una mujer inquebrantable.

Me guió hasta el Mercedes negro que había utilizado para secuestrarme, como si aquel coche fuera el único vínculo posible entre nosotros. Abrió la puerta del copiloto y esperó. Entré sin mirarlo.

El motor arrancó, y su rugido sordo rompió el silencio asfixiante.

La ciudad se sucedía en manchas de luces y escaparates, pero lo único que veía era el cristal empañado de la ventanilla.

El ritmo de mi corazón disminuía, pero cada latido dolía.

—Bianca… —Su voz rompió el silencio.

Cerré los ojos. Ese sonido no encajaba; era demasiado suave para el daño que él había causado.

—¡No! —le interrumpí, secamente.

—Por favor, solo… sé que lo que hice… lo que hicimos… —Se tragó el resto de las palabras—. Lo siento mucho.

Sus palabras me golpearon como una bofetada.

Aparté la mirada, y el rencor que me mantenía en pie cobró forma.

—¿Lo sientes? —Solté una risa seca, sin humor—. ¿Crees que es así? ¿Que basta con una disculpa y unas horas de arrepentimiento?

Se quedó callado.

—Me dejaste plantada en el altar, Marco. —Las palabras salían afiladas—. Hiciste de mi nombre una broma, desapareciste durante seis meses, me secuestraste de mi oficina, me obligaste a revivir cada cicatriz… —Respiré hondo—. ¿Y ahora quieres arreglarlo todo con sexo y culpa?

Vi cómo se le tensaba el rostro, como si le hubiera clavado una cuchilla bajo la piel.

—No fue un arrebato, Bianca… tú… tú estabas…

—¿Estaba qué? —le interrumpí, volviéndome hacia él—. ¿Cedí? ¿Le correspondí? Me acorralaste como a un animal, Marco. ¿Qué esperabas? ¿Que te diera las gracias?

—Yo… yo no… —tartamudeó, y por primera vez lo vi sin máscara. Un hombre despojado de control, de argumentos y de excusas.

Crucé los brazos sobre el vientre, como quien se protege de una tormenta.

—No quiero tu arrepentimiento. Ni tus palabras. —Mi voz temblaba, pero de furia contenida—. Solo quiero distancia.

Volví la cara hacia la ventana, y las luces de Milán se convirtieron en una mancha dorada y de sombras.

El mundo entero pareció dar vueltas. Las fuerzas me abandonaron, dejando solo el agotamiento.

Sentí su aliento cálido e irregular, que mi cuerpo traicionero reconoció al instante.

—No lo entiendes, ¿verdad? —dije, con voz baja y peligrosa, recuperando el control—. ¿Crees que soy una de tus amantes a las que puedes comprar con joyas o intimidar en la cama? No soy un negocio al que puedas obligar a fusionarse. Esto no es un juego que ganes llevándome a la cama.

Me volví hacia la ventana, contemplando las luces familiares del barrio donde crecí. Las enormes verjas de Villa Ferraro se acercaban en la oscuridad. Mi casa…

El coche redujo la velocidad al entrar en la grava del patio principal.

—No puedes arreglar esto, Marco —susurré, más para mí misma que para él—. Lo que has roto, está roto para siempre.

Detuvo el Mercedes frente a la gran escalinata de mármol. El motor se apagó y el silencio que se instaló fue absoluto, más denso que el del ascensor. El aire dentro del coche estaba viciado, cargado con el olor de nuestro sexo y de mi rabia.

—Bianca… —intentó decir, con un tono de desesperación que nunca le había oído—. ¡No hagas esto! No me alejes… es nuestro hijo.

Todo mi cuerpo se heló con la última descarga de tensión. Me volví hacia él por última vez. La tenue luz del salpicadero iluminaba el agotamiento de su rostro y la sangre seca en su boca. Ya no había furia. Solo el frío vacío de mi decisión.

—Te equivocas. Es mi hijo —dije, decidida—. Perdiste el derecho a llamarlo «nuestro» en el momento en que me dejaste en ese altar.

No esperé a que me abriera la puerta. Mi mano, temblorosa de rabia y agotamiento, pulsó el botón del cierre. Abrí la puerta y salí al aire frío de la noche.

—Aléjate de mí —ordené, sin mirar atrás—, de mi familia y, sobre todo, de mi hijo.

Cerré la puerta del coche de golpe; el ruido seco resonó en el patio silencioso de la Villa.

Subí los escalones de mármol de la casa sintiendo sus ojos clavados en mi espalda. No vacilé. Lo dejé solo en la oscuridad del patio, con nada más que el eco de mis palabras y la ruina que él mismo había creado.