La novia rechazada por el italiano (Herencia Ferraro nº 3) Prólogo
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La novia rechazada por el italiano (Herencia Ferraro nº 3)

La novia rechazada por el italiano (Herencia Ferraro nº 3)

Por Jessica Macedo

© inepub.com

Prólogo

La copa que tenía en la mano era lo único frío en la sala.

Al otro lado de la mesa, en el restaurante más silencioso y caro de Milán, Marco Valenti me observaba. No me miraba como los demás hombres. Ellos me veían como un nombre, un imperio y un reto. Marco me miraba como si supiera exactamente de qué estaba hecha, y aun así seguía interesado.

Eso era peligroso…

Mis hermanos, Matteo y Enzo, casi echaron por tierra nuestro legado por… amor. Se dejaron llevar por sus pasiones y yo vi la devastación que eso causó. Fui yo quien ayudó a arreglar el desastre.

Yo no cometería ese error…

Yo no me enamoro; cierro acuerdos… y Marco Valenti era el mejor acuerdo de mi vida. Una fusión de imperios. Un matrimonio entre iguales. Era lógico, limpio, poderoso.

—Un brindis, Bianca. Por el futuro.

Su voz era como un terciopelo áspero que me recorría la espalda y se alojaba en un lugar que yo mantenía bajo llave. Levanté mi copa mirándole a los ojos, que no se apartaban de los míos.

—Por el futuro —respondí, y di un trago, sintiendo cómo el alcohol me quemaba la garganta.

Mi corazón, ese traidor tan inoportuno, dio un vuelco. Odié esa pequeña traición de mi propio cuerpo.

Marco era irritantemente guapo. Una belleza cruda, casi brutal, que no encajaba en la atmósfera enrarecida de aquellos salones sofocantes.

No tenía la suavidad refinada de los herederos con los que crecí.

Su mandíbula cuadrada parecía tallada en piedra y había allí una sombra permanente que su impecable afeitado no lograba borrar.

Su pelo oscuro, espeso y ligeramente ondulado, estaba cortado con precisión, pero parecía estar siempre a punto de rebelarse, exactamente igual que el hombre que lo lucía.

Llevaba un traje a medida que apenas lograba disimular la fuerza de sus anchos hombros y su poderoso pecho, en marcado contraste con los delgados banqueros que nos rodeaban.

Pero eran sus ojos los que me desarmaban… Eran verdes. No de un tono suave, sino de un verde bosque, profundo y salvaje, como el de un depredador. Eran ojos que no solo miraban; evaluaban, calculaban y devoraban.

Marco era el lobo al que habían invitado a cenar con las ovejas y, aquella noche, con esos ojos verdes hambrientos clavados en mí, supe, con un incómodo escalofrío de anticipación, que yo era el plato principal.

Me estaba seduciendo cuando su rodilla rozó la mía bajo la mesa, en un contacto accidentalmente deliberado.

Respiré hondo, obligándome a tomar el control.

Si me desea, estupendo. Eso lo hace predecible. Eso me da el control.

Esa atracción, me dije a mí misma, no era más que una ventaja añadida. Haría que la alianza fuera más agradable y que la fusión fuera más fácil de sellar.

Un camarero silencioso, moviéndose como un fantasma, retiró los platos de postre que apenas habíamos tocado. La «fusión» estaba sellada. El whisky me quemaba en el estómago, pero no tanto como su mirada.

Marco se inclinó ligeramente sobre la mesa, en un gesto que rompió la formalidad del ambiente. Sus anchos hombros parecían llenar todo el espacio y sus ojos verdes, salvajes, me cautivaron.

—¿Mi piso o el tuyo? —preguntó.

Su voz era baja, como terciopelo áspero, y no sonó como una pregunta, sino como el siguiente punto inevitable del orden del día.

La lógica, en mi interior, gritó: Ninguno. Mantén la línea. Vete a casa. Reconsidera las condiciones.

De pronto, el aire acondicionado del restaurante me pareció más frío. Un escalofrío me recorrió la espalda y me erizó el vello de todo el cuerpo.

La mujer, esa parte frágil que yo aplastaba cada día, la que sintió el roce de su rodilla, dejó de luchar.

—El tuyo —susurré.

La negociación había cambiado de escenario.

Marco no sonrió. Se limitó a asentir, lentamente, como si yo acabara de ceder en un punto crucial de un contrato. Se levantó, con un movimiento fluido y poderoso, y me tendió la mano.

La acepté. Su palma estaba caliente y sus dedos fuertes envolvieron los míos.

Me levanté, sintiendo mis piernas extrañamente ligeras. La adrenalina del trato se mezclaba con otra, más primitiva, que me hacía sentir el pulso en los oídos.

Me puso la mano libre en la base de la espalda y me guió por el salón silencioso, pasando junto a las mesas vacías. El calor de su palma ardía a través de la seda de mi vestido.

Cada paso estaba calculado. Mantenía la barbilla alta, la máscara de Ferraro firmemente en su sitio, aunque un temblor nacía en lo más profundo de mi vientre.

«Esto no es más que la culminación de la fusión», me dije a mí misma, intentando en vano convencerme de que no había nada intenso palpitando bajo mi piel ni un deseo que no pudiera controlar.

Su coche, discreto y imponente, esperaba en la acera. El chófer abrió la puerta sin decir palabra.

El silencio dentro del vehículo era ensordecedor. Ninguno de los dos se atrevió a romperlo.

Contemplaba las luces de Milán pasando como manchas borrosas, pero en lo único en lo que podía pensar era en la tensión que emanaba del hombre a mi lado. El ambiente era eléctrico, denso, casi irrespirable. Percibía su aroma: una mezcla de colonia cara, whisky y poder.

Llegamos a su ático. El ascensor privado subió en absoluto silencio, una caja de acero pulido que nos llevaba hacia el cielo. Cuando las puertas se abrieron directamente en su piso, la lógica se esfumó.

Apenas había dado un paso dentro del oscuro vestíbulo cuando la puerta se cerró detrás de nosotros con un clic sordo y aisló el bullicio de Milán.

Marco no me dio tiempo ni a respirar.

Me empujó contra la fría pared de mármol, con un impacto repentino y gélido que me dejó sin aliento, y su boca se apoderó de la mía.

No fue un beso de seducción; fue una toma hostil. Un beso brusco, húmedo, lleno de lengua e intención. Su mano me agarró del pelo en la nuca, echándome la cabeza hacia atrás, obligándome a aceptar la profundidad de su ataque.

Mi cuerpo reaccionó por instinto. Clavé las uñas en sus anchos hombros, en un intento por ganar terreno.

«Esto es solo una cláusula», gritaba mi mente, «un sello físico del acuerdo». Sin embargo, mi cuerpo era un traidor.

Le mordí el labio inferior con fuerza y el sabor metálico y cálido de la sangre se mezcló con el nuestro.

Sus manos no fueron suaves; fueron una declaración de guerra. La palma de su mano descendió por mi espalda con urgencia hasta encontrar la cremallera de mi vestido. La cremallera produjo un chasquido metálico que rasgó el silencio del vestíbulo mientras la costosa tela que me protegía cedía.

La otra mano, mientras tanto, subió por mi muslo con la sutileza de una invasión.

Empujó hacia arriba la pesada seda del vestido, arañándome la piel y provocándome un escalofrío.

Sus dedos no solo encontraron el encaje finísimo de mis braguitas; lo invadieron y, con un tirón seco y decisivo, la tela se rompió.

El chasquido del elástico al ceder puso fin a cualquier atisbo de cortesía.

—Estás empapada por mí, Bianca —susurró contra la piel de mi cuello, en un gruñido ahogado, mientras sus dedos se movían sobre mi sexo, cada vez más húmedo y palpitante.

Antes de que pudiera responder, su boca se convirtió en un instrumento de tortura y placer: besó, luego lamió la vena hinchada y, finalmente, mordió la sensible piel justo debajo de mi oreja. El dolor se mezcló con el placer.

Los anchos músculos de su pecho y el embriagador aroma de su piel me excitaban aún más, mientras que sus dedos en mi entrepierna no hacían más que acentuar mi deseo de tenerlo.

—Lo quieres. Lo quieres tanto como yo.

Solo pude soltar un gemido áspero de asentimiento.

Mi vestido se deslizó por mis hombros y cayó a mis pies.

Ya desnuda, llevé las manos temblorosas directamente a su cinturón de cuero y mis dedos, torpes, le arrancaron la hebilla.

Después, a los botones de nácar de su camisa blanca.

No los desabroché; los arranqué. Oí los botones tintinear como granizo contra el mármol del suelo; aquel sonido me resultó extrañamente satisfactorio.

Marco no me lo pidió; me tomó. Sus brazos me levantaron de un solo tirón.

El movimiento fue tan repentino que me arrancó un grito ahogado, sofocado por la sacudida.

Mis piernas se enroscaron en su cintura por puro instinto, en un reflejo animal de supervivencia y sumisión.

No me llevó a la cama; nuestro campo de batalla estaba allí, en aquel vestíbulo, con mi espalda presionada contra la fría pared de mármol.

A través de la tela rasgada e inútil de mis bragas, sentí la brutal evidencia de su deseo: su polla, dura y palpitante, presionando mi vientre desnudo.

El contacto del mármol helado contra mis nalgas desnudas arqueó mi cuerpo por puro reflejo, en un movimiento que me empujó aún más contra él, buscando el calor animal de su cuerpo en contraste con la frialdad de la piedra.

—Di que lo quieres —me ordenó con la voz grave pegada a mi oído, y aquel roce me excitó aún más. El calor húmedo de su aliento me rozaba la piel—. Di que quieres esta fusión.

Ya no sabía si estábamos hablando del acuerdo matrimonial o del sexo; sin embargo, en ese instante, parecía que no importaba. Lo único que quería era sentir aquel miembro duro encajando en mi sexo hambriento.

La respuesta no llegó con palabras; mi cuerpo habló por mí. Mis manos, que antes temblaban, se aferraron a sus caderas con un agarre posesivo. Clavé mis dedos en sus músculos tensos y, con una fuerza que nos sorprendió a ambos, lo guié, inexorablemente, hacia mi centro húmedo y abierto.

Entonces me penetró de una sola embestida, profunda, brutal y definitiva. No hubo preparación, solo la invasión. De mi garganta escapó un gemido áspero y desgarrado, que se fundió con el rugido gutural que se le escapó a él.

Nuestros cuerpos golpeaban la pared con un ritmo brutal y constante; cada impacto era un golpe sordo que resonaba por el salón vacío. El roce húmedo de nuestra piel componía una banda sonora obscena y provocadora.

Yo quería más, cada centímetro de él, y le agarraba los hombros con los brazos y la cintura con las piernas, exigiéndoselo.

Marco respondía con la misma intensidad: se retiraba casi por completo y volvía a penetrarme hasta el fondo, arrancándome gemidos ahogados de placer.

Mis ojos se ponían en blanco, y yo no podía pensar en nada más que en esa intensa y deliciosa sensación de estar siendo llenada por su miembro rígido y grueso.

—Marco… —se me escapó. Él se hundió más en mí y, por puro reflejo, mis uñas se clavaron aún más en su amplia espalda.

Él hundió el rostro en mi cuello, agarrándome las nalgas con una fuerza que prometía moratones, presionando la carne con sus dedos.

Marco me atraía con más fuerza hacia él con cada embestida, aplastándome entre el hierro de su cuerpo y la frialdad impersonal del mármol.

En represalia, clavé aún más hondo mis uñas en su espalda, sintiendo los surcos que creaba en su piel.

El placer no llegó como una ola, sino como un maremoto que se formó en la base de mi columna vertebral, un temblor incontrolable que se extendió como el fuego por todos mis miembros antes de estallar en mi interior.

Todo mi cuerpo se contrajo violentamente a su alrededor, en un espasmo de rendición y conquista.

Grité su nombre cuando su cuerpo se tensó en un último y poderoso impulso.

Marco se corrió dentro de mí con un rugido visceral que parecía brotarle de las entrañas y vibró a través de nuestros cuerpos entrelazados, derramando su líquido caliente en mi interior en chorros pulsantes que parecían marcar su territorio.

***

Horas más tarde, me desperté sola entre sus sábanas de algodón egipcio. La primera luz de Milán, pálida y grisácea, entraba por la ventana, iluminando el polvo en el aire.

El olor de los dos: sexo agridulce, sudor seco y su fragancia amaderada mezclada con mi propio aroma, impregnaba la habitación, como un fantasma de lo que había sucedido.

Por un segundo, un pánico helado, afilado como una cuchilla, me atravesó.

La vulnerabilidad de mi cuerpo desnudo y exhausto…

la entrega. Odiaba aquello más que cualquier cláusula desfavorable de un contrato.

Me levanté de la cama como si las sábanas fueran carbón al rojo vivo y encontré mi vestido arrugado en el suelo, convertido en un trapo barato y gastado. Vestirme fue como recuperar una identidad.

Me detuve en la puerta del dormitorio, con la mano en el pomo frío.

Lo que para él había sido una conquista, un trofeo, para mí se convertía en una transacción.

Ese sudor, esa intensidad, ese momento de verdad pura, cruda y animal…

no era más que el lubricante que haría más suave la firma de nuestro contrato y más firme el apretón de manos.

Mientras la puerta se cerraba detrás de mí con un clic casi inaudible, obligué a mi corazón, ese órgano traicionero y emotivo, a callarse y a ceder el control total. Yo era Bianca Ferraro y nunca entregaría mi corazón a ningún hombre.