La Novia Negociada para el magnate (Multimillonarios Turcos nº 4) Capítulo 54
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Capítulo 54

El restaurante japonés al que mis cuñadas me invitaron a almorzar es lo más cerca que he estado de Japón en toda mi vida.

Fue April quien lo eligió y, apenas puse un pie en el lugar, me enamoré de él.

Al final, el almuerzo tardó más de lo que habíamos planeado en concretarse, ya que tanto Ophelia como Malu viajaron con sus respectivos maridos al mismo tiempo. Así que solo varias semanas después del aniversario de Atticus logramos reunirnos.

Siempre he sentido curiosidad por la cultura japonesa, pero nunca tuve la oportunidad de conocerla a fondo.

—Es hermoso. Fue una idea maravillosa venir aquí —les digo a mis cuñadas.

El dueño debe de ser una persona muy meticulosa, porque cada detalle del lugar parece haber sido creado para maravillarnos.

Es un sitio íntimo. La iluminación es tenue, aunque sea la hora del almuerzo, y el interior transmite una profunda serenidad, con faroles de papel colgando del techo.

Las mesas están empotradas, al igual que los asientos, que no son más que cojines, pero existe un espacio hundido bajo la mesa para poder estirar las piernas. La camarera me explicó que ese estilo de mobiliario se llama horigotatsu.

Tuvimos que quitarnos los zapatos en la entrada, como dicta la tradición, porque el piso es de madera natural y, para mantenerlo limpio, es necesario caminar sobre él con medias o pantuflas.

El almuerzo fue servido en pequeñas porciones, lo que nos permitió degustar salmón a la parrilla con miso, cuyo nombre japonés es saikyo yaki; arroz blanco japonés, gohan; sopa de miso, miso shiru; sunomono de pepino, preparado con rodajas tan finas que parecen láminas, con un ligero toque agridulce y semillas de sésamo tostadas; tamagoyaki, una tortilla japonesa enrollada con un delicado toque de azúcar; karaage de pollo, jugosos trozos de pollo marinados en salsa de soja, jengibre y ajo, fritos hasta quedar crujientes por fuera y tiernos por dentro; y, para acompañar todas esas delicias, té verde, al que llaman sencha y que puede servirse caliente o frío.

Juro que todo parecía preparado para tentar nuestro paladar y apenas pude decidir con qué empezar.

No sabía exactamente qué esperar de este encuentro. Era como entrar en un territorio desconocido, a pesar de lo bien que ellas me habían tratado durante la cena de Atticus.

Sin embargo, desde el momento en que nos encontramos en la entrada del restaurante, hicieron todo lo posible para que me sintiera cómoda.

Aun así, todavía me siento un poco fuera de lugar, sin saber con certeza si me aceptan por quien soy o simplemente porque soy la esposa de Qasim.

—¿Me invitaron por compromiso? —Al final, ya no consigo ocultar lo que estoy pensando.

Estamos a punto de probar el postre. La camarera, vestida con un hermoso kimono, nos explicó que servirían mochi relleno de pasta dulce de frijol, una masa suave y elástica hecha de arroz; frutas de temporada y también yokan, un dulce elaborado con frijol rojo y agar-agar.

Al principio, las tres me miran como si no estuvieran seguras de cómo responder, hasta que April rompe a reír.

—Todavía no me conoces bien, Kadri, pero pronto descubrirás que soy incapaz de fingir que alguien me cae bien, ni siquiera para salvar mi propia vida.

—Yo sí podría hacerlo —dice Malu, riéndose también—, pero ese no es el caso. De mi parte, puedes esperar una oferta de amistad sincera.

—En cuanto a mí —dice Ophelia—, sé perfectamente lo que significa ser rechazada, así que jamás jugaría con tus sentimientos.

De verdad quiero conocerte. No importa cuál haya sido el acuerdo que llevó a tu matrimonio con Qasim.

Conozco a mi cuñado desde hace muchos años y la forma en que te mira me dice todo lo que necesito saber.

Suelto el aire que había estado conteniendo, aliviada por la sinceridad con la que me hablaron.

Al mismo tiempo, me muero de ganas de preguntarle a la esposa de Cenk qué quiso decir con “la forma en que Qasim me mira”, pero no voy a admitir delante de tres mujeres, que prácticamente son unas desconocidas para mí, que no tengo la menor idea de a qué se refería.

En lugar de llenar mi cabeza de preguntas interminables y alimentar aún más mi inseguridad, decido aprovechar la oportunidad para conocerlas mejor.

La conversación gira en torno a la cultura del país de cada una (ya que Ophelia es inglesa, April estadounidense y Malu brasileña), luego hablamos de viajes, matrimonio y, finalmente, de hijos, un tema del que prefiero apartarme.

Quiero tenerlos algún día, pero no mientras mi matrimonio esté basado en la pasión y no en la confianza, y mientras mi suegra se niegue a conocerme.

¿Qué sería de un niño nacido de mí dentro de la familia Yavuz Aydin?

Seguramente lo tolerarían. Pero yo no quiero que mi hijo o mi hija sea aceptado por obligación, sino porque sea amado.

Perdí a todas las personas de mi sangre que eran importantes para mí, pero mientras estuvieron vivas, me hicieron sentir profundamente amada.

—Te pusiste triste —dice Ophelia.

Podría optar por mentir, pero no creo que así sea cómo empieza una amistad.

—Estaba pensando en los niños.

—¿Estás...? —empieza a decir April y enseguida se lleva la mano a la boca—. Ay, gracias a Dios que no sirvieron pescado crudo.

Mi mente esquiva la respuesta, quizá porque decir que eso puede que nunca ocurra resulta demasiado doloroso. Así que, en lugar de responder, le pregunto por qué considera una suerte no haber comido pescado crudo en caso de que estuviera embarazada.

—Porque —responde Malu— los pescados crudos pueden contener bacterias peligrosas, como la salmonela, además de parásitos.

—¡Ah! No tenía la menor idea.

—Así es —dice April—. Durante el embarazo, el sistema inmunológico de la mujer se vuelve naturalmente más sensible. Eso nos hace más vulnerables a infecciones e intoxicaciones alimentarias que, en otras circunstancias, podrían ser leves, pero que durante la gestación pueden volverse peligrosas.

—Aunque hubiera comido pescado crudo, no habría riesgo de que estuviera embarazada. Estoy usando inyecciones anticonceptivas.

Veo en el rostro de las tres que quieren preguntarme si deseo tener hijos en el futuro, pero ninguna lo hace, y eso me llena de gratitud.

En ningún momento mencionan a mi suegra y eso me demuestra lo sensibles y empáticas que son.

Solo una vez, Malu dejó escapar que “la madre de mi marido es la persona más generosa que conozco”.

Una hora después, estamos listas para irnos y ya dejamos programado otro almuerzo para la semana siguiente.

Comí tanto que no estoy segura de poder caminar.

También me reí muchísimo con las tres y ni siquiera el hecho de que la matriarca de la familia Yavuz Aydin me ignore de manera tan evidente es capaz de borrar esta felicidad.