Capítulo 34
Me recosté contra una de las mesadas y la observé trabajar.
El entusiasmo de Kadri es contagioso y yo no soy el tipo de hombre que se entusiasma por cualquier mierda.
¿Doruk nunca se dio cuenta de la pasión que ella sentía por la cocina?
Sé que el hombre estaba enfermo y que le preocupaba el futuro de su nieta porque ya no tenían familiares cercanos, pero la comprometió para que nos casáramos casi una década después.
Quizá, si en lugar de dedicarse a buscarle un marido que cuidara de ella hubiera invertido en el amor que Kadri sentía por la cocina, cuando llegara a la adultez habría sido capaz de valerse por sí misma.
La veo sonreírle a la chef pastelera mientras sus ágiles deditos preparan algo que no logro adivinar qué es.
No solo soy dueño de un restaurante, también adoro cocinar y sé reconocer a alguien que se entrega a este arte con el alma.
Después de casi una hora, el postre está listo.
Camina hasta donde estoy, sosteniendo un pequeño recipiente de porcelana entre las manos.
—Aquí está.
—¿Qué preparaste?
—Sütlaç. Arroz con leche turco caramelizado. Era una de las especialidades de mi abuela. Espero que le guste, señor. No me eche si no es de su agrado.
Extiendo la mano y enrollo un mechón de su cabello entre mis dedos. No miro el postre, sino a mi esposa.
Una mujer que no quería, pero que ahora me está volviendo loco con esa manera tan inocente que tiene de provocarme.
—¿Echarte? Estás atada a mí.
Una vez más, su rostro parece consumirse entre llamas de lo rojo que se pone.
No soy el tipo de hombre que juega. Si quiero a alguien, voy tras ella y tomo todo el placer que deseo, pero perseguirla resulta jodidamente excitante porque no sé si mi joven esposa me está provocando a propósito.
—Pruébalo. —Me lo ofrece.
Noto que todos salieron de la cocina y nos dejaron solos.
—No. Tú me darás de comer.
Mis ojos se encuentran con los suyos y veo fuego ardiendo en aquellas esmeraldas.
Kadri vacila por un instante, pero toma la cuchara, la hunde en el postre y la lleva hasta mi boca.
Estaría dispuesto a decir que cualquier cosa que ella preparara es deliciosa con tal de no herir sus sentimientos.
A pesar de la pasión que demuestra por la cocina, no probé el postre aquella noche que cené en casa de su abuelo y no tenía idea de si realmente cocinaba bien.
Pero, cuando el arroz con leche toca mi lengua, la miro completamente sorprendido.
Es delicioso. Ligero. Con el dulzor perfectamente equilibrado.
—¿Qué te pareció?
No estás preparada para escuchar esta respuesta, esposa, porque quiero seguir comiendo este postre sobre ti, sobre tu cuerpo. Abrirte las piernas para mí, untarlo en tu pequeña vulva y lamerlo hasta hacerte llegar al orgasmo.
Le quito el recipiente de las manos, lo dejo sobre la mesada y la atraigo hacia mí.
Mi boca encuentra la suya con hambre, en un beso profundo y exigente.
Kadri me corresponde y, cuando levanto una de sus piernas hasta apoyarla en mi cintura, queriendo sentir más de ella, se frota contra mí.
—Vamos a salir de Estambul por unos días —murmuro junto a su oído—. Olvidémonos de nuestras familias por ahora. Seremos solo nosotros dos, Kadri. Sin que el pasado forme parte de la ecuación.
Voy a llevarla a mi isla.
Hoy no quiero pensar en la venganza ni en la promesa que hice cuando era un niño. Kadri ha vuelto a sonreír después de semanas viviendo en la oscuridad y deseo prolongar esa felicidad.
Kadri
El beso de Qasim todavía quema sobre mis labios.
Mi respiración sigue siendo irregular mientras intento asimilar su invitación.
¿Qué es lo que me está proponiendo? ¿Que convirtamos nuestro matrimonio en algo real durante unos días?
El miedo y el deseo libran una guerra dentro de mi corazón.
—¿Adónde iríamos? —pregunto, fingiendo que la idea de viajar con él no me afecta tanto.
Siento los latidos retumbar en mis oídos.
Nunca pensé que tendría alma de aventurera, ¡pero estoy tan cansada de llorar! Quiero vivir un poco.
Qasim apoya una mano en mi cintura y desliza los dedos hasta mis caderas. Contengo la respiración.
Mi cuerpo arde exactamente en el lugar donde me toca.
—Tengo una isla. Vamos allí. Te deseo, pero esta no es una invitación para que te entregues a mí. Sé que nunca has estado con un hombre. Si eso ocurre, será porque tú lo elijas.
—Entonces, ¿por qué te tomas tantas molestias si ni siquiera estás seguro del resultado? Puedes tener a la mujer que quieras.
—Eres mi esposa. Eres la mujer que quiero.
Doy un paso hacia atrás, sintiendo que algo extraño se instala en mi pecho, porque me doy cuenta de que, por más loco que parezca, deseo que esas palabras sean reales.
Qasim es un hombre del que resulta muy fácil enamorarse y me gustaría no ser solo una pieza dentro de su juego, sino que realmente estuviéramos conociéndonos.
—No juegues con las palabras. Soy tu esposa solo en los papeles.
Él no me contradice.
—Necesitas pasar un tiempo lejos de aquí. Respirar. Recuperarte.
—¿Por qué quieres estar a solas conmigo si me odias?
—No te odio.
—Desprecias a mi familia.
Sus ojos brillan con algo oscuro.
—Desprecio tu apellido. Pero ahora también llevas el mío. Eres mi mujer.
Me estremezco ante la fuerza de su declaración.
Qasim no miente. Es brusco, pero está siendo sincero conmigo.
No hace promesas sobre el futuro, porque el vínculo que nos une no significa nada. Tiene una fecha de vencimiento.
—Nunca dejaré de ser una Zengin Okan. Estoy orgullosa de mi familia.
—No te respetaría si renegaras de tu propia sangre.
—No te entiendo.
—No respeto a los débiles. No importan los problemas que yo tenga con tu familia, Kadri. Admiro a quienes tienen el valor suficiente para no avergonzarse de sus orígenes.
—¿Qué te hizo mi familia?
—Nos robaron lo que nos pertenecía —responde, restándole importancia—, pero hoy no voy a hablar de eso.
—¿Algún día me lo contarás?
—Si realmente quieres escucharlo...
—Sí quiero. Tengo derecho a saber de qué se acusa a mis antepasados y, en consecuencia, también a mí.
En cuanto al viaje, acepto ir, pero solo quiero alejarme un poco.
Eso no significa que vayamos a estar juntos.
Tendría que ser muy estúpida para entregarme voluntariamente a los brazos de alguien que declara abiertamente que desprecia mis orígenes y a mis familiares.
—Solo ven conmigo. No pienses tanto.
—Tú, Qasim, eres como mi demonio particular, tentándome. Tengo miedo.
—¿De mí?
—No. De mí misma. Mi cuerpo tiene voluntad propia cuando se trata de ti.
Él me atrae hacia sí, obligándome a separar las piernas mientras su muslo queda encajado entre las mías.
Su boca desciende hasta mi cuello. Me muerde la piel y luego la succiona.
—No voy a jugar sucio, Kadri. Haré un trato contigo. Si algún día me deseas, tendrás que venir a mí por tu propia voluntad.
Me cuesta respirar. Sí, es un demonio seductor. El enemigo más irresistible que podría existir.
—¿Me estás diciendo que puedo ir allí solo para cocinar y nadar en el mar, si eso es lo que quiero, aunque convivamos únicamente como amigos?
Aparto el rostro para mirarlo porque quiero verlo a los ojos cuando responda.
—Sí. —Su expresión es seria—. Nunca te tocaría contra tu voluntad. Conmigo estás a salvo.
No, no lo estaré, porque esta versión suya, honorable y digna de un príncipe encantado, es todavía más peligrosa que la del villano.
—Yo...
Parece comprender el torbellino que llevo por dentro, porque apoya los dedos sobre mis labios.
—Hace mucho tiempo que no me tomo unas vacaciones. Enséñame a relajarme. Tú también necesitas descansar después de todo lo que has vivido. En la isla podrás cocinar todo lo que quieras. Probar recetas. La cocina de allí está equipada con todo lo que una chef podría soñar.
—¿Me estás invitando a escapar y tentándome con la posibilidad de hacer lo que más amo en la vida?
—Te estoy dando la oportunidad de venir por tu propia voluntad para que no me obligues a secuestrarte.
—Eres mi marido. ¿Eso se consideraría un secuestro?
Se mueve tan rápido, haciéndonos girar, que no tengo tiempo de escapar. Ahora estoy atrapada contra la mesada.
—Eres mía, así que no sería un secuestro.
Qasim me levanta sujetándome por los muslos y hace que mis piernas rodeen su cintura.
Frota su miembro endurecido contra mí y mi cuerpo se convierte en fuego líquido.
—Ah...
—Ven conmigo, Kadri —dice antes de volver a apoderarse de mi boca en un beso que me deja completamente fuera de órbita.
Sí, tengo miedo de quedarme a solas con él y entregarle mi corazón, pero me da aún más miedo no volver a vivir algo así jamás, no encontrar nunca a otro hombre que despierte en mí un deseo tan intenso como el que siento por mi marido.
—Sí. Iré contigo.
Las palabras salen antes de que pueda pensarlo demasiado y, en el instante en que sus ojos vuelven a encontrarse con los míos, sé que ya no hay vuelta atrás.
Qasim
Horas después
Kadri y yo volvimos a nuestros respectivos departamentos para hacer las maletas y, mientras tanto, le avisé al piloto que preparara el avión, lo que llevó algunas horas.
Durante todo el trayecto hacia el aeropuerto permaneció en silencio, perdida en sus propios pensamientos, pero me miró con desconcierto cuando, al bajar del auto ya sobre la pista de aterrizaje, vio que mi primo Irfan estaba allí.
En cualquier otro lugar del mundo viste ropa occidental, pero en los Emiratos, en otros países árabes y aquí, en Turquía, siempre lleva la vestimenta tradicional de Sintarah.
—¿Quién es? —me pregunta, y su pequeña mano busca la mía como si se sintiera intimidada.
Desde la distancia veo que la mirada de mi primo desciende hasta nuestras manos entrelazadas.
—Uno de mis primos. Ven, voy a presentártelos. Después podrás subir al avión y esperarme allí. Debe de tener algo urgente que decirme o no habría venido.
Kadri
El hombre parece salido directamente de los cuentos de Las mil y una noches. Tan alto como Qasim, el príncipe Irfan, tal como lo presentó mi marido, no me sonrió. Me examinó como si intentara observarme a través de un microscopio, descubriendo cada uno de mis secretos.
Algo incómoda, pedí permiso enseguida y le pregunté a la azafata dónde estaba la habitación que, según Qasim, tenía el avión.
La mujer me condujo hasta allí y me indicó un asiento igual a los de la parte delantera de la aeronave, incluso con cinturón de seguridad, por si me quedaba dormida y no quería que me despertaran antes del despegue.
Agotada por todo lo que ocurrió durante el día de hoy, pero al mismo tiempo más relajada de lo que me había sentido en semanas, cierro los ojos y, antes de darme cuenta, ya estoy profundamente dormida.