Capítulo 3
El restaurante que eligió es lujoso y, como no confío en nada que venga de Doruk Zengin Okan, ni siquiera en una simple sugerencia sobre dónde comer, me pregunto si está tratando de demostrar que el dinero no es un problema para él.
Pero, si ese es el caso, ¿qué diablos puede querer de mí? Doruk sabe que estoy interesado en comprar la mina. No tiene ninguna razón para hacernos perder el tiempo a los dos, a menos que haya decidido venderme sus tierras en Anatolia.
Miro a mi alrededor y veo varios rostros conocidos de empresarios con los que ya he hecho negocios. Sí, Doruk eligió este lugar con toda intención.
¿Quiere que nos vean juntos? La idea no me agrada.
Impaciente, tamborileo los dedos sobre la madera pulida de la mesa y miro el reloj, sin dejar de estar atento a cualquier persona que se acerque.
No hay nada que deteste más que la impuntualidad, y él está muy cerca de llegar tarde.
Cada segundo que pasa solo hace que mi desprecio por él aumente todavía más.
Lo único que deseo es resolver este asunto de una vez por todas, poner fin a una historia que ya ha atravesado varias generaciones de mi familia y seguir adelante.
El mesero se ha acercado a mi mesa por tercera vez y, en esta última ocasión, me ofrece bebidas, que rechazo sin siquiera mirar el menú.
No estoy aquí para cenar. Vine a reclamar lo que me pertenece.
Pasan unos cinco minutos cuando, por fin, veo a Doruk caminando detrás de una recepcionista que luce una sonrisa cuidadosamente ensayada.
Ella sabe que no debe mostrarse demasiado amable con los clientes o podría despertar los celos de sus esposas.
Sé que es él porque la joven viene directamente hacia mi mesa.
Nunca nos hemos visto en persona. Doruk es un hombre muy reservado, pero he visto algunas fotografías suyas en periódicos de negocios.
No es muy alto, así que lo único que alcanzo a ver al principio es la parte superior de su cabeza.
La mujer se detiene a unos centímetros de mi mesa y le dice algo al anciano.
Cuando por fin quedo frente a frente con él, el último hombre que queda de los Zengin Okan está muy lejos de ser como lo imaginaba.
En el pasado, en las pocas imágenes que encontré de él, Doruk aparecía en eventos de gala junto a políticos y empresarios.
Pero el hombre que acaba de entrar al restaurante luce envejecido, con los hombros encorvados y un cansancio evidente en la mirada.
Los pasos que da al acercarse no parecen firmes. Tiene el aspecto de un hombre derrotado.
El color de su piel tampoco refleja buena salud. De hecho, parece alguien que necesita una consulta médica con urgencia, pero ni siquiera eso hace que sienta menos desprecio por él.
Doruk sigue siendo mi enemigo.
El descendiente de un ladrón. De una familia de criminales que lleva más de cien años disfrutando de los frutos de la mina que descubrió mi tatarabuelo.
—Qasim —dice cuando la recepcionista nos deja solos.
Me pongo de pie porque mi madre se sentiría horrorizada si no lo hiciera, no por respeto. Es bueno que no intente extenderme la mano para saludarme, que entienda lo que eso significa para mí.
Hago un leve movimiento con la cabeza, negándome a pronunciar su nombre, y, un instante después, lo veo acomodarse en la silla frente a mí.
Lleva dos dedos al cuello de la camisa y tira de él, como si le faltara el aire, aunque enseguida intenta disimularlo.
—Por fin nos conocemos —dice entrelazando sus delgados dedos sobre la mesa.
—Voy a facilitarnos las cosas a los dos. No estaríamos sentados en este restaurante si no fuera para cerrar un trato. Usted sabe lo que quiero y supongo que, si decidió reunirse conmigo, es porque está dispuesto a negociar. Así que mi pregunta es: ¿cuánto?
Me dedica una sonrisa que no llega a sus ojos.
—Tienes razón y, al mismo tiempo, estás equivocado, Qasim. Vine a negociar, pero no porque quiera venderte mi mina, sino porque necesito venderla.
Podría decirle que vender algo que por derecho le pertenece a mi familia solo demuestra la falta de carácter de los Zengin Okan, pero no obtengo ninguna ventaja enfrentándolo en este momento.
Él deja de hablar y me observa, quizá pensando que ha despertado mi curiosidad. Tiene algo de razón, pero no hago la pregunta que sé que quiere escuchar: ¿por qué estamos aquí?
¿Doruk cree que es un buen negociador? No tiene idea de que yo jamás entro en un juego para perder.
El mesero se acerca y nos pregunta si deseamos ver el menú de la cena, con la especialidad del día, o la carta de vinos.
—Solo quiero un café —digo.
—Lo mismo para mí —dice Doruk.
El empleado se retira sin insistir y el silencio vuelve a instalarse entre nosotros.
Ese desgraciado me observa durante un momento antes de dejar escapar un suspiro.
—¿Cuánto deseas la mina, Qasim?
—Usted sabe cuánto la deseo: no voy a detenerme hasta recuperarla.
—Él se ríe, lo que demuestra que su instinto de supervivencia es bastante pobre—.
No vine aquí para jugar, Doruk. Soy un hombre ocupado y usted no tiene el aspecto de alguien que deba pasar mucho tiempo fuera de casa.
De hecho, yo le recomendaría ir a un hospital.
Otra sonrisa.
—Lo cual solo demuestra que tienes buena percepción.
—Diga de una vez qué es lo que quiere. No intente hacerme perder el tiempo.
—Tengo una propuesta que hacerte.
—Pensé que era al revés. Soy yo quien quiere recuperar la mina que perteneció a mi tatarabuelo.
—Y la tendrás, sin necesidad de gastar un solo centavo por ella.
—¿Qué clase de broma de mal gusto es esta? Se negó a negociar durante años y ahora me está diciendo que va a renunciar a la mina. ¿Que me la entregará así, sin más?
—Yo no dije eso. Lo que dije es que no tendrás que desembolsar ni un solo centavo. Mi precio es otro.
—¿Qué quiere?
—Cásate con mi única nieta, Kadri, y la mina, junto con todas las tierras que la rodean, será tuya.