7 - La Mujer a Su Lado
Durante las tres semanas siguientes, Giulia Bellandi apareció al lado de Enzo Ferraro en cuatro ocasiones públicas.
Lara Monteiro no necesitó buscar ninguna de las fotografías.
Llegaban hasta ella a través de mensajes, redes sociales, artículos compartidos por conocidos e incluso notificaciones automáticas que rápidamente habían aprendido qué nombres despertaban su interés.
En una cena benéfica en Milán, Giulia estaba sentada a dos asientos de Enzo.
En la inauguración de una propiedad restaurada por los Ferraro, ambos aparecían conversando frente a los periodistas.
Durante una exposición patrocinada por las familias, Vittoria había posado entre ellos.
Ninguna imagen mostraba verdadera intimidad.
Ninguna justificaría una acusación de infidelidad.
Era precisamente aquella normalidad lo que incomodaba a Lara.
Poco a poco, sin que nadie tuviera que anunciar nada, el mundo estaba aprendiendo a asociar los nombres de Enzo Ferraro y Giulia Bellandi.
Enzo percibió el efecto antes de que Lara volviera a mencionar el tema.
Ella ya no preguntaba por los eventos. Cuando él explicaba dónde estaría, Lara se limitaba a responder que lo entendía.
No se quejaba cuando tenía que permanecer en el apartamento y había dejado de pedir fechas para el anuncio del matrimonio.
Aquella tranquilidad debería haber facilitado las cosas.
Produjo el efecto contrario. Enzo prefería las discusiones, porque en ellas todavía podía explicar, prometer, argumentar.
El silencio de Lara no le ofrecía nada contra lo que luchar.
Una mañana, la encontró frente a la encimera de la cocina, tomando café mientras leía algo en el teléfono.
Se acercó por detrás y rodeó su cintura con los brazos.
Lara aceptó el abrazo, pero continuó mirando la pantalla.
—Voy a Roma mañana —dijo él.
—Lo sé.
—Giulia estará en la cena.
Lara finalmente levantó los ojos.
—Está bien.
—Lara.
—¿Qué?
—Prefiero que digas que te molesta.
Ella dejó la taza sobre la encimera.
—Ya lo dije.
Enzo no supo qué responder.
Dos días después, Vittoria llamó directamente a Lara.
Aquello era tan inusual que ella llegó a mirar dos veces el nombre en la pantalla antes de responder.
Vittoria explicó que la Fundación Ferraro celebraría una pequeña recepción en una propiedad cercana a Florencia para presentar un proyecto de restauración histórica.
Como Lara había colaborado académicamente con una de las investigadoras implicadas, su presencia sería perfectamente justificable.
La elección de aquella palabra no pasó desapercibida.
Justificable. Lara estuvo a punto de rechazar la invitación.
Después comprendió que estaba cansada de evitar lugares donde estaría su propio marido.
Aceptó. Vittoria pareció satisfecha y le informó que un coche podía recogerla.
Lara se lo agradeció y dijo que iría por su cuenta.
La tarde de la recepción, Lara eligió un vestido elegante sin resultar ostentoso, de corte sencillo y tejido ligero, acompañado por zapatos de tacón bajo y los pequeños pendientes que había traído de Brasil.
Frente al espejo, vaciló al mirar la alianza.
Enzo había salido temprano y los dos no habían hablado sobre cómo debía comportarse.
Aquello, por sí solo, decía mucho. Lara se quitó la joya, cerró los dedos alrededor de ella y permaneció unos segundos inmóvil.
Después la guardó en el pequeño bolsillo interior del bolso.
El espacio vacío en su dedo parecía más visible que cualquier diamante.
Cuando llegó a la propiedad, encontró sofisticados automóviles alineados frente a la entrada, empleados recibiendo a los invitados y fotógrafos discretamente situados cerca del jardín.
Enzo la vio casi de inmediato. Estaba conversando con dos inversores cuando Lara atravesó el salón. Su expresión cambió. Durante unos segundos, dejó de prestar atención a lo que decía el hombre que tenía delante. Lara se dio cuenta. Enzo se disculpó y caminó hacia ella.
—Has venido.
—Tu madre me invitó.
Una sombra cruzó el rostro de Enzo.
—¿Mi madre?
—¿No lo sabías?
—No.
Lara soltó un pequeño suspiro.
—Esto empieza bien.
Enzo acercó una mano a su cintura, pero detuvo el movimiento antes de tocarla cuando vio a un fotógrafo entrando en el salón. Lara siguió con la mirada aquel gesto incompleto. No dijo nada.
—Estás preciosa —murmuró él.
—Gracias.
Los ojos de Enzo descendieron hacia la mano izquierda de Lara.
La alianza no estaba allí.
Antes de que pudiera preguntar, alguien pronunció su nombre.
Giulia Bellandi atravesaba el salón en dirección a ellos.
Era la primera vez que Lara la veía en persona.
Las fotografías no transmitían por completo la seguridad con la que Giulia ocupaba cualquier ambiente.
Llevaba un vestido sofisticado, joyas discretas y el cabello recogido en un elegante peinado.
Caminaba sin prisa, saludando a algunas personas por el camino, como alguien acostumbrada desde niña a entrar en salones donde todos conocían a su familia.
Al llegar frente a Enzo, tocó brevemente su brazo.
—Tu madre te está buscando.
Después volvió los ojos hacia Lara.
El reconocimiento fue inmediato.
—Lara Monteiro.
No había ninguna pregunta en su voz.
Lara sostuvo su mirada.
—Giulia Bellandi.
Una sonrisa apareció en los labios de la italiana.
—Por fin.
Enzo se puso rígido.
—¿Ya os conocéis?
—Solo de nombre —respondió Giulia.
Lara percibió la cuidadosa elección de las palabras.
Giulia extendió la mano y Lara la saludó. El apretón fue delicado.
—Vittoria me habló de tu trabajo con el equipo de restauración —dijo Giulia.
—Solo trabajé en una pequeña parte de la investigación.
—Aun así, debe de ser interesante participar en un proyecto Ferraro de una manera tan... independiente.
Lara sonrió.
—Es importante mantener algunas cosas independientes.
Los ojos de Giulia brillaron con comprensión.
Enzo miró de una a otra, sintiendo que había mucho más en aquella conversación de lo que revelaban las palabras.
Vittoria apareció poco después y condujo a Enzo hasta un grupo de invitados.
Él vaciló antes de dejar a Lara, pero ella le aseguró que estaría bien.
Giulia permaneció allí. Durante unos minutos, hablaron sobre la restauración, Florencia y la experiencia de Lara en Italia.
Todo habría podido parecer perfectamente cordial para cualquiera que escuchara desde cierta distancia.
Entonces Giulia comentó que admiraba la capacidad de Lara para viajar constantemente entre Brasil e Italia.
—Yo no podría —dijo—. Me gusta saber exactamente cuál es mi lugar.
Lara sostuvo la copa sin beber.
—Algunas personas tienen la suerte de poder elegir.
—Y otras necesitan esperar a que elijan por ellas.
Giulia sonrió suavemente.
Lara la miró fijamente.
—Lo sabes.
No era una pregunta.
Giulia no fingió confusión.
—Lo sé.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace suficiente tiempo.
La respuesta golpeó a Lara de una manera que no esperaba.
Giulia tomó un pequeño sorbo de su bebida antes de continuar.
—No te preocupes. No tengo intención de revelar nada.
—Qué generoso.
—No pretendía ofenderte.
—Entonces quizá sea mejor no hablar de mi matrimonio como si fuera un secreto que me haces el favor de guardar.
Por primera vez, la sonrisa de Giulia disminuyó.
—Tienes razón.
No había ironía en la respuesta, lo que hizo que todo resultara aún más desconcertante.
Giulia explicó, sin entrar en detalles, que Vittoria le había contado lo del matrimonio cuando se volvió necesario garantizar que determinados eventos profesionales no provocaran situaciones inesperadas.
Lara escuchó aquello y sintió que se le encogía el estómago.
Vittoria había hablado de su matrimonio con Giulia.
Había decidido qué información necesitaba conocer aquella mujer.
Mientras tanto, Lara seguía sin saber casi nada sobre las negociaciones que supuestamente justificaban su propio silencio.
—Entonces sabes que está casado y sigues apareciendo con él de esa manera —dijo Lara.
Giulia inclinó ligeramente la cabeza.
—Aparezco en los eventos a los que me invitan. Enzo hace lo mismo.
—¿Y las fotografías?
—Yo no elijo lo que publican los periódicos.
Era casi la misma frase que había utilizado Enzo.
Giulia miró en dirección a él. Enzo se encontraba al otro lado del salón, conversando con Vittoria y algunos empresarios.
—No existe nada entre tu marido y yo, Lara.
—Lo sé.
Giulia pareció sorprendida.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
Lara siguió su mirada.
—El problema es que tú puedes estar a su lado.
Giulia no respondió.
La recepción continuó, y la respuesta se hizo visible sin necesidad de palabras.
Cuando llamaron a los responsables del proyecto para una fotografía, Lara se colocó junto a los investigadores.
Enzo apareció con representantes de la familia Ferraro.
Vittoria se situó al lado de su hijo. Entonces llamó a Giulia para que se acercara bajo el pretexto de que la Fundación Bellandi también había apoyado económicamente parte de la restauración.
Los fotógrafos pidieron que se aproximaran.
Enzo quedó en el centro. Giulia a su lado.
Lara permaneció a varios metros de distancia, mezclada con un grupo de colaboradores.
Durante un instante, sus ojos encontraron los de Enzo.
Él comprendió inmediatamente lo que significaba aquella composición.
Aun así, las cámaras ya estaban levantadas y Vittoria conversaba con alguien. Enzo permaneció donde estaba.
El sonido de los flashes pareció interminable.
Lara apartó la mirada.
En aquel instante, comprendió que Vittoria no estaba intentando únicamente preservar el silencio sobre el matrimonio.
Había algo mucho más calculado ocurriendo.
Cada recepción, cena y fotografía construía una imagen pública.
Giulia no necesitaba ser presentada oficialmente como futura esposa de Enzo.
Bastaba con permanecer cerca de él el tiempo suficiente para que las personas llegaran solas a esa conclusión.
Cuando saliera a la luz la verdad sobre Lara, sería ella quien parecería fuera de lugar.
La brasileña desconocida. La mujer que había aparecido de repente para ocupar un lugar que, ante la sociedad, parecía pertenecer naturalmente a otra persona.
Marco encontró a Lara sola en el jardín poco después. Estaba cerca de una pequeña fuente, observando caer el agua mientras sostenía el bolso frente al cuerpo. Él no hizo ninguna broma.
—Lo he visto.
Lara soltó el aire.
—Todo el mundo lo ha visto.
—No me refería a eso.
Ella lo miró.
Marco se pasó una mano por la nuca.
—Mi madre lo está haciendo a propósito.
Lara asintió.
—Lo sé.
—Enzo tiene que darse cuenta.
—Se da cuenta.
—Entonces tiene que hacer algo.
Lara permaneció en silencio.
—Ese es el problema, Marco.
Miró a través de las puertas de cristal hacia el salón, donde Enzo continuaba saludando a los invitados.
—Siempre se da cuenta. Simplemente nunca es el momento adecuado para actuar.
Enzo apareció en el apartamento casi una hora después que Lara. Ella había abandonado la recepción antes de que terminara, alegando cansancio. Cuando él entró, la encontró en el dormitorio quitándose los pendientes frente al espejo. Cerró la puerta despacio.
—¿Por qué te fuiste sin hablar conmigo?
—Estabas ocupado.
—Podrías haber esperado.
Lara dejó uno de los pendientes sobre el tocador.
—Llevo meses esperando.
Enzo cerró los ojos durante un instante.
—Esto es por Giulia.
—No.
—Lara, os vi hablando.
—Entonces deberías saber que no es por ella.
—Giulia no significa nada para mí.
Lara se volvió hacia él.
—Te creo.
La respuesta volvió a desarmarlo.
—Nunca pensé que me estuvieras engañando, Enzo. Nunca pensé que estuvieras enamorado de ella. Ni siquiera pensé que quisieras estar cerca de ella.
—Entonces, ¿por qué estamos discutiendo?
Lara caminó hacia él.
—Porque confío en ti como hombre.
Respiró profundamente.
—Pero estoy dejando de confiar en ti como marido.
Enzo permaneció inmóvil.
Lara se lo explicó sin levantar la voz. Dijo que la fidelidad no era el único compromiso de un matrimonio.
También existían la lealtad, el respeto, el reconocimiento y el valor.
Enzo podía no tocar jamás a Giulia con deseo y, aun así, permitir que otra mujer ocupara ante el mundo el lugar de su esposa.
Podía amarla sinceramente y continuar tomando decisiones que la herían.
Podía creer que estaba protegiendo a Lara mientras aceptaba todas las condiciones impuestas por Vittoria.
El problema había dejado de ser lo que Enzo sentía.
Se había convertido en lo que hacía con ese sentimiento.
—¿Crees que me gusta esta situación? —preguntó él.
—No.
—Entonces sabes que estoy intentando resolverla.
—Estás intentando resolverla sin disgustar a nadie.
—Hay cientos de personas implicadas en los negocios de mi familia.
—Y hay una persona implicada en tu matrimonio.
Enzo se pasó una mano por el rostro.
—No puedo destruirlo todo de un día para otro.
—Nunca te pedí eso.
—Entonces, ¿qué quieres que haga?
Lara permaneció unos segundos mirándolo.
—Quiero que dejes de pedirme que pague por el tiempo que tú necesitas.
El silencio se apoderó del dormitorio.
Lara abrió el bolso sobre la cama. Sacó la pequeña alianza que había permanecido escondida durante toda la recepción. Enzo siguió el movimiento con la mirada. Ella sostuvo la joya entre el pulgar y el índice.
—¿Sabes qué es lo peor?
—Lara...
—Amo esta alianza.
Su voz vaciló por primera vez.
—Recuerdo cada segundo de aquella mañana cuando la miro. Recuerdo la capilla, tus manos temblando, a Marco intentando fingir que no estaba emocionado. Recuerdo lo que me prometiste.
Se puso la alianza en el dedo.
—Cuando estamos solos, significa todo.
Entonces volvió a quitársela.
Enzo palideció.
—No hagas eso.
Lara cerró la mano alrededor de la joya.
—¿Por qué?
—Porque eres mi esposa.
Los ojos de ella se llenaron de lágrimas, pero Lara no permitió que cayeran.
—Entonces, ¿por qué tengo que esconder lo único que demuestra que lo soy?
Enzo se acercó, pero Lara dio un paso atrás.
Abrió la mano y contempló la alianza sobre su palma.
—¿De qué sirve un símbolo que solo puedo llevar cuando nadie está mirando?
Enzo no tenía respuesta.
Lara caminó hasta el tocador y colocó cuidadosamente la alianza junto a los pendientes.
No la lanzó, no la apartó ni hizo ningún gesto de desprecio.
Al contrario. La tocó una última vez con la punta de los dedos, con todo el cuidado de quien todavía amaba profundamente aquello que la joya representaba.
Después entró en el baño y cerró la puerta.
Enzo permaneció solo en el dormitorio.
La alianza seguía sobre el tocador, pequeña y silenciosa.
Y nunca había parecido tan pesada.