La Novia del Mafioso CAPÍTULO TRECE #3
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CAPÍTULO TRECE #3

Nos quedamos en el agua mucho tiempo. La luz fue cambiando: del dorado al naranja al rosa suave del atardecer.

Dante se quedó con los brazos a mi alrededor y las manos en el vientre y el rostro hundido en mi cuello, y yo me quedé apoyada en él, mirando el valle de su madre que ahora era también nuestro, pensando en todas las versiones del futuro que habían sido posibles y en la versión que había pasado de verdad.

Que era esta.

Y que era, con toda la complicación y el peligro y las partes que todavía estaba aprendiendo a cargar, exactamente lo que elegiría de nuevo.

• • •

La última noche fue distinta de las demás.

Había una cualidad de último que reconocía de los últimos días de buenos viajes: la conciencia de que ese espacio específico estaba terminando, que mañana sería la vuelta, que esas dos semanas habían sido un intervalo que había existido fuera del tiempo normal y que el tiempo normal estaba esperando.

No con ansiedad. Solo con conciencia.

Dante también lo había notado.

Después de la cena, me había llevado al balcón por última vez: las velas, el valle en la oscuridad, las luces distantes del pueblo.

Se había quedado detrás de mí con los brazos alrededor y el rostro en mi cabello en una quietud distinta de las anteriores: más densa, más deliberada, como alguien saboreando algo con la conciencia de que lo está saboreando.

—Gracias por haber venido —dijo.

—Gracias por haberme traído.

—No sabía si ibas a querer. Si iba a parecer —vaciló— demasiado pesado. El lugar de ella.

—Es el lugar de ella —dije—. Y ahora es nuestro también. No es pesado. Es continuidad.

—Continuidad —repitió. Como si estuviera guardando la palabra.

—Es lo que hiciste al comprar la propiedad —dije—. Es lo que estás haciendo al traerme. Al hablar de Matteo aquí. Al considerar Giulia. —Apreté sus manos que estaban en mi vientre—. Estás haciendo que ella siga existiendo de formas que ella no pudo prever.

Silencio.

—Creo —dijo, finalmente, con una voz que era la más baja que le había oído, la más adentro— que ella estaría feliz. Aquí. Contigo. Con lo que está empezando.

Me volví entre sus brazos.

Su rostro estaba más abierto de lo que había estado en cualquier otro momento de esos días: los ojos un poco brillantes en la luz de las velas, sin ninguna de las capas habituales, solo esto.

Lo tomé del rostro con las dos manos.

—Ella estaría feliz —dije—. Estoy segura.

Cerró los ojos.

Cuando los abrió, había una resolución distinta en ellos: no la resolución operativa, sino la otra. La que aparecía cuando algo había sido procesado y colocado en el lugar correcto.

—Amor —dijo. Y había en esa palabra, dicha así, con esa voz específica, un peso que iba más allá del significado usual—. Necesito decirte algo.

—Dime.

—Vine aquí una vez antes. Solo. Hace dos años, justo después de comprarla. —Una pausa—. Y no logré entrar. Me quedé en el portón y no logré pasar. Volví al hotel y al día siguiente me fui sin haber entrado.

Me quedé mirándolo.

—¿Por qué me cuentas esto ahora?

—Porque hoy lo logré —dijo—. Porque contigo lo logré. Quedarme. Sentarme en el balcón y mirar el valle sin que fuera solo dolor. —Su mano encontró mi vientre—. Y quiero que sepas que lo que haces por mí no es solo lo que sabes que haces. Es también lo que no sabes.

No había respuesta para eso que no fuera silencio.

Entonces me quedé en silencio.

Y lo abracé.

Fuerte, entero, con esa cualidad de querer que sintiera la extensión de lo que estaba sintiendo a través del contacto porque las palabras no llegaban.

Me abrazó de vuelta.

Y nos quedamos en la última noche de la Toscana, en el balcón de la casa que había sido de su madre y que ahora era nuestra, con el valle allá abajo y el cielo lleno de estrellas arriba y la vida que habíamos construido y lo que estaba llegando —Matteo, o Giulia, o quien fuera— existiendo entre nosotros como promesa que ya era real antes de cumplirse.

Después, en el cuarto con los postigos abiertos y la brisa de la noche y las estrellas visibles por la ventana, hicimos el amor de la forma en que solo pasaba cuando había espacio y tiempo y ausencia de urgencia: despacio, con esa cualidad de exploración que contradecía los meses de familiaridad, como si el lugar nuevo hubiera devuelto una novedad a lo que ya conocíamos por completo.

Dante era cuidadoso con el vientre: siempre había esa atención específica, el ajuste constante para que hubiera comodidad, pero sin que el cuidado se volviera vacilación.

Había aprendido la diferencia entre el cuidado que protege y el cuidado que distancia, y lo que había entre nosotros esa noche era solo lo primero.

Cuando terminamos, quedamos entrelazados con la ventana abierta y las estrellas afuera y el olor de la noche toscana entrando con la brisa: tierra y vid y algo floral que no había logrado identificar en dos semanas pero que había memorizado de todos modos.

—Matteo —dijo, en algún punto del silencio.

—Matteo —coincidí.

—Giulia si es niña.

—Giulia si es niña.

Una pausa.

—Va a saber que fue amada aquí —dijo—. Antes de existir por completo.

—Van a saberlo —dije—. Los dos van a saberlo. Los que sean.

—Los que sean —repitió, con esa sonrisa que sentí más de lo que vi en la oscuridad.

Me dormí con las estrellas por la ventana y la brisa y la mano de Dante en mi vientre.

Y soñé con viñedos dorados y un niño de cabello oscuro corriendo entre las hileras con los brazos abiertos hacia el sol.