CAPÍTULO TRECE
Toscana
"Hay lugares que existen primero como memoria de otra persona: heredados, imaginados, amados de segunda mano. Y entonces vas, y también se vuelven tuyos. Esa es una de las formas más gentiles de continuidad."
— Autor desconocido
— Isabella —
La idea del viaje vino de Dante, una mañana en que yo estaba en el segundo trimestre y había descubierto que el segundo trimestre era, contrariando todo lo que había leído, un período de energía renovada que había dirigido por completo a reorganizar la biblioteca según criterios que tenían más sentido que los anteriores.
—¿Qué estás haciendo? —había preguntado, apareciendo en la puerta con esa expresión de alguien que encuentra una escena que no esperaba.
—Reorganizando.
—Ya estaba organizado.
—Estaba organizado con tu sistema —dije, sin dejar de mover libros—. Que es bueno, pero que no es mi sistema. Y como ahora es mi biblioteca también—
—Es tu biblioteca también desde el primer día.
—Teóricamente. Prácticamente, seguí usando tu sistema porque era lo que había. —Tomé un volumen de Pavese y lo evalué—. Pero estoy embarazada y tengo energía inexplicable y necesito hacer algo con ella, así que estoy reorganizando.
Dante se quedó en la puerta un momento.
—¿Necesitas ayuda?
—No. Necesito espacio.
—Entonces voy a trabajar en el despacho.
—Buena idea.
Pero antes de irse, se detuvo. Y dijo, con esa cualidad de algo que había estado pensando y que había decidido decir ahora:
—Quiero llevarte a la Toscana.
Me había quedado quieta.
—¿Por qué?
—Porque de ahí era mi madre —dijo—. Y porque estás reorganizando la biblioteca que es mitad mía y mitad tuya y quiero mostrarte el lugar que era mitad de ella y que se quedó conmigo.
Me había quedado mirándolo.
Había muchas cosas que podría haber dicho en ese momento. Sobre el gesto. Sobre lo que significaba que quisiera llevarme ahí. Sobre la generosidad específica de querer compartir algo que había sido solo de él durante décadas.
No dije ninguna de ellas.
—¿Cuándo nos vamos? —pregunté.
• • •
Viajamos cuando estaba en la semana dieciocho.
Dante había consultado al médico con una minuciosidad que había hecho a la obstetra levantar las cejas discretamente y que me había hecho contener una sonrisa: preguntando sobre viaje en avión, sobre altitud, sobre distancias de caminata, sobre lo que era prudente y lo que era excesivo, con la precisión de alguien catalogando riesgo para una operación importante.
La obstetra, que había aprendido en tres consultas a calibrar a Dante como fuerza de la naturaleza que necesitaba ser redirigida en vez de confrontada, había dicho:
—Está sana. El embarazo está evolucionando bien. Viajar en avión en el segundo trimestre es perfectamente seguro. Vaya a la Toscana.
—¿Y la altitud?
—La Toscana no es el Himalaya, señor Romano.
Yo había mirado al techo tratando de no reír.
Dante había anotado las recomendaciones de la médica con la seriedad de quien redactaba un protocolo operativo.
El vuelo fue de tres horas. Dante había reservado asientos con más espacio del necesario objetivamente pero que había justificado con una lógica sobre comodidad en el segundo trimestre que decidí no desarmar porque estaba claramente satisfecho con el argumento.
Dormí parte del vuelo con la cabeza en su hombro.
Cuando desperté, él estaba leyendo: uno de los libros de historia romana que había en la mesa de noche, que había migrado a la mochila de viaje sin que lo hubiera notado en qué momento, pero con la mano libre apoyada en mi rodilla de una forma que claramente había sido colocada ahí después de que me quedé dormida.
Ese detalle —la mano puesta mientras dormía, sin público, sin que pudiera verlo y registrarlo y guardarlo— había hecho que algo se contrajera en mi pecho con una fuerza desproporcionada a la simplicidad del gesto.
Cerré los ojos de nuevo.
Me quedé quieta un rato más solo sintiendo.
• • •
La villa era exactamente lo que el nombre prometía y más.
Había sido reservada con esa discreción que había aprendido a asociar con las gestiones de Dante: no el lujo ostentoso que podría haber elegido, sino algo distinto.
Una propiedad antigua en una ladera con viñedo, con paredes de piedra que habían acumulado siglos y que olían a eso, con ventanas de madera pintadas de verde desteñido y un jardín que había sido cuidado sin domesticarse por completo.
El interior era simple y cuidado a la vez.
Muebles de madera antigua. Telas de lino en las ventanas.
Una cocina con azulejos pintados a mano y una mesa larga donde generaciones de personas habían comido.
Una chimenea en la sala que Dante encendió la primera tarde aunque la temperatura fuera templada, porque había algo en el gesto que iba más allá de la necesidad de calor.
—Es hermosa —dije, parada en el balcón que daba al valle.
El valle estaba cubierto de viñedos en hileras regulares que el sol de la tarde volvía doradas. Cipreses en el horizonte. Un camino de tierra que serpenteaba bajando hasta un pueblo cuya torre lograba ver desde ahí.
Era el paisaje del cuadro.
No idéntico: la memoria nunca es idéntica a la realidad, siempre hay diferencias, distorsiones gentiles que la mente produce para volver las cosas más habitables.
Pero reconocible. La misma paleta, la misma cualidad de luz, la misma disposición de las colinas que la madre de Dante había reproducido de memoria décadas antes en acuarela.
—Es el cuadro —dije.
Dante estaba a mi lado. Miraba el valle con una expresión que había aprendido a leer como el procesamiento de algo que tenía capas: no solo el presente, sino lo que el presente contenía de pasado.
—Es donde ella creció —dijo—. La propiedad era de su familia. Pasó a primos después de que se casara. —Una pausa—. La compré hace dos años.
Me volví para mirarlo.
—¿La compraste?
—Para recuperar algo que había sido de ella —dijo, simplemente—. No porque necesitara la propiedad. Sino porque...
Se quedó en silencio un momento, mirando el valle.
—¿Porque era una forma de traerla de vuelta a algún lugar? —dije, con suavidad.
Me miró.
—Algo así —confirmó.
Sostuve su mano.
Y nos quedamos los dos mirando el valle que había sido de su madre y que ahora era suyo y que era, esa tarde, nuestro también.
• • •
Los días en la Toscana establecieron un ritmo distinto de cualquiera que hubiéramos tenido antes.
En casa siempre había algo: el trabajo de Dante, la escuela, los protocolos, los hombres discretos en el perímetro, la textura constante de una vida con responsabilidades y consecuencias. En la villa solo había el día.
Despertábamos sin despertador. El sol entraba por los postigos de madera en franjas que cruzaban la cama y que se movían a medida que avanzaba la mañana: un reloj natural que había aprendido a leer en dos días.
Dante despertaba antes que yo como siempre, pero en la villa no iba al despacho.
Se quedaba. A veces leía. A veces se quedaba simplemente acostado con la mano en mi cabello en ese gesto que sabía que hacía incluso cuando creía que yo estaba dormida.
A veces estaba dormida de verdad.
A veces fingía para tener más tiempo con esa mano.
El desayuno era largo.
La villa tenía una cocinera local —una mujer de unos cincuenta y cinco años llamada Ginevra que aparecía a las siete y media, silenciosa, y que producía cosas que no había esperado encontrar: pan hecho esa misma mañana, fiambres curados localmente, frutas del propio jardín, un aceite de oliva de la propiedad vecina que era verde oscuro y tan bueno que había comido con pan tres días seguidos solo para seguir probándolo.
—Estás comiendo muy bien —observó Dante, una mañana, con esa expresión de satisfacción contenida que había aprendido a reconocer como alivio disfrazado de observación neutral.
—Estoy comiendo por dos —dije—. Es permiso médico y pienso usarlo.
—El aceite es saludable, pero la doctora dijo alimentación balanceada, no—
—El aceite es saludable. La ciencia lo confirma. —Tomé más pan—. No discutas con la ciencia.
Se quedó mirándome un segundo.
—No voy a discutir —dijo.
—Inteligente.
Ginevra, que había oído el intercambio desde la cocina y que había desarrollado, en dos días, una opinión claramente formada sobre la dinámica entre nosotros, pasó con la bandeja de frutas con una expresión de aprobación que no necesitaba palabras.
Las tardes eran caminatas.
Cortas: había negociado con Dante un límite de distancia razonable para dieciocho semanas de embarazo en terreno levemente irregular, y habíamos llegado a un acuerdo que había cumplido sin que él necesitara verificarlo porque había aprendido, a lo largo de los meses, que los acuerdos entre nosotros se cumplían.
Los viñedos en septiembre tenían una cualidad de luz específica que había pasado la vida leyendo en libros italianos y que había descubierto que los libros no lograban capturar por completo.
El dorado no era solo color: era textura, era temperatura, era la forma en que el aire olía distinto cuando el sol pegaba en las hojas de vid en cierto ángulo.
Dante caminaba a mi lado de una forma distinta a como caminaba en la ciudad.
Sin esa cualidad de vigilancia constante que era el trasfondo de todo lo que hacía en un ambiente urbano: no porque hubiera bajado la guardia, sino porque había elegido deliberadamente no dejar que el trabajo entrara en esos días.
Había visto esa elección hacerse. La primera mañana, cuando sonó el teléfono: trabajo, claramente, por el tono de la notificación, y había mirado la pantalla y después a mí y después había vuelto a guardar el teléfono en el bolsillo.
—Marco lo resuelve —había dicho.
—¿Estás seguro?
—Marco resuelve la mayoría de las cosas mejor que yo cuando estoy presente —dijo—. Mi presencia a veces complica porque la gente termina esperando que yo decida en vez de decidir por su cuenta.
Había pensado en eso.
—Eso es liderazgo muy maduro para un mafioso —había dicho.
—Son años de terapia implícita a través de una esposa que enseña literatura.