La Novia del Mafioso CAPÍTULO DIEZ #2
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CAPÍTULO DIEZ #2

—Rabia —dije—. Contra mí mismo. Por haber fallado en el perímetro. Por haberte puesto en peligro al traerte a este mundo. —Una pausa—. Alivio. Del tipo que todavía no procesó por completo porque fue demasiado grande.

—¿Qué más?

La miré.

—Necesidad —dije. Bajo—. De confirmar que estás aquí. De una forma que va más allá de lo que las manos logran confirmar.

El silencio que siguió tenía una cualidad específica.

Isabella me miró un largo momento. Y entonces llevó una de mis manos a su rostro —la mano que había estado en sus muñecas, que conocía el ritmo de su pulso, que había cuidado los moretones con esa concentración desproporcionada— y la presionó contra su propia mejilla.

—Entonces confirma —dijo.

• • •

No necesité más.

Me incliné sobre ella. Los labios encontrando los suyos con una urgencia que había estado reprimida durante horas y que llegó de una vez: no violenta, pero completa, sin ninguna de las capas habituales de control y cálculo.

Ella respondió de inmediato.

Con esa cualidad de elección deliberada que era característica de ella: Isabella Caruso no hacía nada por puro reflejo, siempre había una presencia, un querer consciente debajo del impulso, y había algo en ese querer consciente que me golpeaba siempre de forma distinta a cualquier automatismo.

Quería estar aquí.

Después de todo lo que había pasado ese día, quería estar aquí.

Con esa certeza, algo que había estado tenso desde las diez y cuarenta y dos de la mañana —esa contracción que había durado horas y que no había cedido del todo ni en el pasillo del depósito, ni en el auto, ni en las muñecas vendadas— finalmente, por completo, se soltó.

La recosté con más cuidado del que la urgencia pedía.

Ella lo había notado: lo vi en sus ojos, esa lectura precisa.

—No estoy rota —dijo.

—Lo sé.

—Entonces deja de tratarme como si lo estuviera.

La miré. A los ojos que me devolvían la mirada sin desviarse, con esa fuerza específica que había sido lo primero que me había golpeado en ella: la barbilla alzada, la negativa a retroceder.

Esta mujer había pasado horas en un sótano con las manos atadas y había llegado al final de eso diciéndome que no estaba rota con la misma convicción con que había dicho "nunca" en la entrada de una casa tres semanas atrás.

Algo se movió en mi pecho.

—No —dije—. Definitivamente no lo estás.

Y entonces dejé de tratarla así.

Mi boca encontró su cuello con una atención que ya no era cuidado protocolar: era presencia real, el tipo de atención que había guardado durante horas y que finalmente se dirigía al lugar correcto.

Ella exhaló: ese sonido que había aprendido a reconocer como el sonido del control cediendo, de la frontera entre lo que manejaba y lo que simplemente sentía siendo cruzada.

Sus manos encontraron mi camisa. Agarraron la tela con los dedos: los mismos dedos que habían estado atados horas antes, las muñecas vendadas que había cuidado, y había algo en ese gesto —esas manos aferrando mi camisa después de todo lo que les había pasado— que me hizo detenerme un segundo.

Tomé sus manos. Las levanté. Las sostuve por encima de su cabeza con el cuidado de alguien que sabe exactamente cuánta fuerza usar.

—¿Así no duele? —pregunté, contra su piel.

—No —dijo. Y había en la voz esa ronquera que había aprendido a asociar con el querer—. No duele.

Mantuve sus manos así: no por dominancia, sino por presencia, por contacto, por querer sentir el pulso mientras pasaba el resto.

Recorrí su cuerpo con la boca con una lentitud que contradecía por completo la urgencia que me había traído hasta aquí, porque había urgencia, sí, pero también había la necesidad de demorarme, de confirmar cada centímetro con atención.

De saber que estaba entera.

Completamente, detalladamente, entera.

—Dante —dijo, cuando mi boca llegó al estómago. La voz ya no estaba controlada.

—Estoy aquí —respondí, contra su piel. Lo mismo que ella me había dicho en el pasillo, devuelto ahora.

La oí respirar.

—Dante.

—Estoy aquí —repetí—. No tengo prisa.

Un sonido que hizo: bajo, involuntario, del tipo que ocurre antes de que cualquier filtro pueda intervenir, fue lo más completamente real que había oído en todo ese día de cosas reales.

Solté sus manos. Fueron de inmediato a mi cabello: dedos entrelazados, tirando levemente, con ese querer deliberado tan característico de ella.

Subí por su cuerpo. Boca en el pecho, en la clavícula, en el cuello. Y cuando finalmente llegué al rostro, cuando sus ojos encontraron los míos con esas pupilas dilatadas y esa cualidad de completamente presente, completamente aquí, había algo en esa mirada que me detuvo un segundo.

No asustada. No vulnerable de forma defensiva.

Solo abierta.

Completamente abierta, para mí, después de todo.

—Te amo —dije. Simple. Presente. La misma declaración de la víspera de la boda pero con un peso distinto ahora: el peso de todo lo que había pasado desde entonces, de todo lo que había sido puesto a prueba ese día y que había sobrevivido a la prueba.

—Lo sé —dijo—. Yo también. —Una pausa—. Ahora deja de hablar.

Reí.

Ella rio también: esa risa que aparecía en los momentos más inesperados y que volvía todo más humano, que había vuelto más real la noche de bodas de lo que la intensidad sola hubiera podido lograr.

Y entonces la risa pasó y se volvió otra cosa.

Cuando nos volvimos uno —cuando su cuerpo recibió el mío con esa naturalidad que se había establecido entre nosotros desde la primera noche, como algo que había estado esperando existir— me quedé inmóvil un momento.

No por contención.

Por necesidad de estar completamente presente en ese segundo específico. Con ella debajo de mí. Con sus manos en mi espalda. Con su rostro a centímetros del mío.

Viva.

Entera.

Mía.

—Mírame —dije. El mismo pedido de la noche de bodas, pero con un peso distinto ahora.

Abrió los ojos.

Y nos quedamos así: los ojos en los ojos, el movimiento entre nosotros lento y después menos lento y después imposible de controlar, su respiración acelerándose contra mi cuello, los dedos apretando mi espalda, los sonidos bajos e involuntarios que hacía que había catalogado y que todavía me llegaban como novedad cada vez.