38. Konstantin
KONSTANTIN
La vida tras la muerte de Mathew Vasiliev y sus hermanos cobra una luz completamente distinta. A los pocos días de que Rose despierte, todo rastro de los hermanos Vasiliev ha sido borrado de la ciudad.
Sus negocios han sido desmantelados y distribuidos entre personas bajo mi mando, sus edificios y hogares han sido demolidos por completo, y cualquier mención a ellos que no provenga de Rose o de su familia está estrictamente prohibida.
Es lo menos que puedo hacer y, sin embargo, no es suficiente.
En el fondo, no creo que llegue a ser suficiente jamás.
Las cicatrices de los Vasiliev calan hondo en Rose y su familia, y no hay nada que yo pueda hacer para eliminar ese dolor o reconfortarla plenamente.
Lo único que puedo hacer es apoyarla y asegurarme de que no le falte absolutamente de nada. La terapia parece ayudar.
Tanto Rose como su hermana eligen terapeutas y empiezan a verlas a diario; yo no indago, pero al final de cada día, Rose me dice que las sesiones van bien.
Tiene mucho que procesar, pero mientras tenga espacio para hacerlo, confío en que se recuperará por completo.
La guerra con los italianos se apaga ahora que los Vasiliev no alimentan las llamas con sus mentiras y estratagemas, incluido el haber infiltrado a menores en mis negocios.
Tras el descubrimiento de Beatie, cerré todos y cada uno de los clubes e hice que se comprobara minuciosamente a cada bailarina y empleado antes de permitir que volvieran a abrir.
A las empleadas menores se las cuidó y se las envió de vuelta con sus familias, y si eso no era posible, Ethan las acogió bajo su tutela con el objetivo de devolverlas al sistema educativo y a una vida adecuada para ellas.
Y, sin embargo, todo eso —las disculpas y ruegos de los italianos, el fin del derramamiento de sangre en las calles, la desaparición de la familia Vasiliev y el surgimiento de personas que aparecen de la nada para alabar mi éxito ante semejante plan retorcido para hundirme— no significa nada frente a Rose.
Dos semanas después de despertar en mis instalaciones médicas, se encuentra a unos metros de la tumba de su padre con la cabeza entre las manos y las lágrimas empapando los pañuelos que aprieta desesperadamente en el puño.
Beatie está a su lado, aferrada a su brazo y moqueando mientras lucha una batalla perdida contra sus propias lágrimas.
Hice que enterraran a Maxim en la parcela de los Belyaev, en un lugar que anteriormente estaba reservado para mí. Me pareció lo correcto, dado que es el padre de Rose.
Aquí puede descansar y ser velado por todas las almas que perdí en la guerra con los italianos.
Me rompe el corazón que, detrás de mí, se hayan cavado treinta y siete parcelas nuevas en el cementerio y cada una albergue a un hombre cuya familia es ahora mi responsabilidad.
Aunque ninguna duele tanto como esta.
Cada fibra de mi ser ansía acortar la distancia y estrechar a Rose en mis brazos para calmarla, pero no servirá de nada.
Nada de lo que diga o haga aliviará la noticia de que a su padre le dispararon, lo mataron y lo dejaron pudrirse en algún edificio.
Le dije a Rose que no podíamos determinar la hora de la muerte para mantener la verdad difusa.
Decirle que Maxim fue asesinado en respuesta a la muerte de Daniil no me pareció que fuera a ayudar, y Rose ya estaba sufriendo bastante.
—¿Es... terrible por mi parte —dice una vocecita junto a mi codo— que no sienta tanto duelo por él como mis hijas?
La madre de Rose, Anastasia, está a mi lado con la mano entrelazada en mi antebrazo.
Su voz suave me saca de mis pensamientos y bajo la mirada con una pequeña sonrisa.
—No creo que sea terrible —respondo—. ¿Por las cosas que te hizo pasar? Solo puedo imaginar el estrés que sentiste en tus años con él antes de tener a tus niñas.
—Siempre me decía que cambiaría. Después de que naciera Rose, le creí. Para cuando nació Beatie, ya sabía que no decía más que gilipolleces.
Mis ojos se agrandan ligeramente ante un lenguaje tan soez de una mujer tan gentil y mi sonrisa crece. —Debió de ser extremadamente difícil para ti.
—Me arrepiento de muchas cosas. —Sacude la cabeza ligeramente y el sombrero negro asentado sobre sus rizos grises se menea de un lado a otro—.
Si lo hubiera dejado, mis hijas no habrían sufrido.
Pero era un hombre persuasivo y, una y otra vez, sentía lástima por él.
Si hubiera sido más fuerte, mis hijas no serían lo que son ahora.
Me giro hacia ella y pongo mi mano sobre la suya.
—No creo que debas culparte. Después de todo, Rose y Beatie sacaron su fuerza de algún sitio y, en mi opinión, no fue de él.
No sé cómo habrían cambiado las cosas de haberte marchado.
Es imposible conocer ese futuro. Pero sí sé que a la gente con la que acabó endeudado no le habría importado que estuviera separado de su familia.
Temo que habrían ido a por todas vosotras de todos modos.
Anastasia entorna los ojos y me sonríe. —Tienes facilidad de palabra.
—Eso me han dicho.
—Cuando Maxim me contó lo que se le pedía a Rose, me aterroricé.
Solo podía imaginarla casándose con un bruto y temía que fuera el fin de mi hija.
—Anastasia exhala un suspiro tembloroso—.
Ahora veo que, en realidad, eres un ángel enviado para ayudar a mi hija.
No puedo agradecerte lo suficiente que cuides de ella.
—No creo que merezca ese tipo de reconocimiento. Rose es muy capaz de cuidar de sí misma.
—Tonterías. —Anastasia me descarta con un gesto de su otra mano—.
Conozco a mi hija. Contigo ha crecido y se ha transformado en la mujer que veo ahora, y sé que yo nunca habría podido sacar esa fuerza de ella.
Solo podía convertirse en lo que es contigo a su lado.
De haber sido cualquier otro, no estaríamos todos aquí parados.
Tú, Konstantin, eres un buen hombre. A diferencia de mi marido.
—Su mirada vuelve a sus hijas—. Solo prométeme una cosa.
—Lo que sea.
—No dejes que sienta lástima por ti.
Sigo su mirada hacia Rose, que ahora tiene sus brazos rodeando con fuerza a su hermana. —Haré todo lo que esté en mi mano para asegurar que Rose no vuelva a sentir pena jamás.
—Gracias. —Se apoya en mí con un suave suspiro—. Soy vieja, Konstantin. No me queda mucho más dentro, pero creo que puedo descansar tranquila sabiendo que mi hija está en buenas manos. Cuidarás de ambas, ¿verdad?
—Lo haré —le aseguro—. ¿Estás segura de que quieres dejar a tus dos hijas con alguien como yo?
Anastasia vuelve a mirarme. —¿Te llamaban el diablo, no? Cuando apareciste aquí por primera vez y arrasaste los mercados como un incendio forestal.
—El semental del diablo. Creo que pretendía ser un insulto. Que ardería con fuerza y rapidez para luego extinguirme, sin dejar nada tras de sí.
—El ego convierte a los hombres en necios en esta vida. Yo, por mi parte, estoy orgullosa de que seas mi yerno. Diablo o no, salvaste la vida de mi hija. Por eso, te estaré eternamente agradecida.
Las palabras de Anastasia se quedan conmigo durante el resto de la visita.
Finalmente, Rose y Beatie depositan unas flores y se alejan de la tumba de su padre, permaneciendo del brazo todo el camino de vuelta a la finca.
Mantengo las distancias por mucho que me duela, sin querer extralimitarme.
De vuelta en la mansión, Rose sube con su madre y su hermana mientras yo me retiro a la cocina, donde Ethan y Calvin están inmersos en una animada conversación.
—Tienes que estar de broma —resopla Ethan, echándose hacia atrás en su asiento—. Mira, no hay forma humana de que pienses que tiene siquiera una oportunidad de ganar. Mira sus puntuaciones del año pasado. El equipo está tirando de él. Es un lastre.
—Donde tú ves un lastre —comenta Calvin—, yo veo a un desvalido. Escucha, si me equivoco, cosa que sé con certeza que no ocurrirá, lo máximo que puedes perder son como cinco fajos. Eso no es nada.
—¡Lo es cuando son mis fajos!
Una sonrisa afectuosa se dibuja en mi boca mientras los escucho parlotear, y ambos me saludan con la cabeza mientras paso hacia la nevera.
Casi los pierdo a ambos, así que poder escucharlos discutir por un deporte en el que no tengo interés es algo que nunca volveré a dar por sentado.
Cogiendo una botella de agua de la nevera, me demoro en la cocina lo justo para ver cómo la acalorada discusión se disuelve en un combate de lucha libre en el que ambos hombres exageran sus heridas, luego me retiro y subo a mi dormitorio.
Qué día tan largo.
Maldición, ha sido un mes muy largo.
Cerrando la puerta con un pie, me desato la corbata del cuello y la deslizo de mi camisa mientras cruzo la habitación hacia mi cómoda.
El mundo se está calmando. Rose y su familia se están curando.
Mis amigos se están recuperando.
La guerra ha terminado.
Esos hermanos bastardos están muertos.
Ha sido un torbellino de mil demonios y estoy cansado.
—¿Kon? —Un suave golpe de nudillos contra la puerta me distrae de mi cansado estudio de las camisas pulcramente dobladas en mi cómoda.
Me doy la vuelta justo cuando Rose entra en la habitación con una sonrisa pequeña y nerviosa en su hermoso rostro.
Todavía viste de negro por el funeral, pero hay más color en sus mejillas bajo sus ojos enrojecidos.
—Rose. No tienes que llamar, ya lo sabes.
Desde que despertó, la he dejado dormir sola por respeto a su trauma y su recuperación. A pesar de lo que siento por ella, no existe un mundo en el que me extralimite o use nuestro matrimonio para forzar mi entrada en su espacio.
—Lo sé. Es que me ha parecido... —Junta las manos a la altura de la cintura—. ¿Puedo hablar contigo?
—Tampoco tienes que pedirme eso —digo suavemente—. Siempre te escucharé.
Rose pone los ojos en blanco con dulzura. —¿Puedes dejar de ser tan amable durante, no sé, cinco segundos?
—¿Te molesta?
Se encoge de hombros. —No. No me molesta. Esto... —Entrelaza sus dedos y me mira fijamente. A pesar de la tristeza que aún perdura allí, surge una calidez que hace que mi corazón me duela una vez más por el deseo desesperado que tengo de consolarla.