33. Konstantin
KONSTANTIN
Nueva York arde.
He pasado toda la noche destrozando esta puta ciudad en busca de los hermanos Vasiliev.
De todo lo que Rose me ha confesado, esto es lo único que puedo controlar.
Matar a estos bastardos por atreverse siquiera a joder mi vida y mi negocio de esta manera.
Pero no es suficiente. Mientras me siento en el coche mientras Ethan conduce a toda velocidad hacia la tintorería donde supuestamente Lev se ha atrincherado, sé que no es suficiente. Durante meses, estos bastardos han estado manipulando y jugando con cada aspecto de mi vida, y no lo vi.
¿Cómo no lo vi?
¿He perdido mi instinto?
¿Acaso venir a América me ha ablandado?
No, no es eso. Cuando llegué aquí, mi reputación me precedía, y me aseguré de grabarla a fuego en cuanto pude. Algo más me ha cambiado.
Rose.
Ella ha suavizado mis aristas.
Ella ha traído luz a mi vida.
Ella ha arrancado mi naturaleza obsesiva del trabajo y la ha vinculado a sí misma y, por primera vez que puedo recordar, estaba disfrutando. Estaba viviendo.
Pero no era real.
Ella era solo otro peón de los Vasiliev.
—¿Jefe? —Ethan me mira mientras gira hacia la calle de la tintorería—. ¿Quiere explicarme su plan?
—¿Mi plan? —Saco la pistola de la cadera y flexiono los dedos alrededor de la empuñadura, disfrutando del peso contra mi palma—. Mi plan es entrar ahí y matar a ese hijo de puta mientras tú te quedas aquí en el coche y te mantienes a salvo.
—¡Jefe, no voy a dejar que entre ahí solo!
—No estaré solo. Mi gente está aquí.
—¡Esa no es la cuestión! —Ethan frena el coche a propósito—.
¿Y si esto es lo que quieren? Han dejado claro que no pueden enfrentarse a usted directamente, así que han estado minándole el terreno, usando a Rose y a los italianos y vete a saber qué más.
¿Y si irrumpir ahí sin un plan o sin concentración es exactamente lo que quieren de usted?
Aprieto los dientes y muevo la mandíbula de lado a lado. —Entiendo tu preocupación, Ethan. De verdad. Pero necesito matarlo. Necesito matarlos a ambos. Necesito mirar a los ojos de los bastardos que torturaron a mi mujer y ver cómo se apaga su luz cuando se den cuenta de que los he vencido.
—¡Jefe!
Apenas ha detenido el coche cuando me bajo de un salto y cargo hacia el grupo de guardias cuidadosamente posicionados ante la tintorería. —¿Dónde está?
—Dentro —grita un hombre—. Tenemos el lugar rodeado, pero ha matado a dos de los nuestros, así que estábamos esperándole.
Vacilo y vislumbro los dos cuerpos pulcramente alineados detrás de uno de los coches. Dos hombres menos. Dos familias con las que tengo que contactar y a las que tengo que explicarles todo, dos familias que pierden a su ser querido por mi culpa y por la de estos putos hermanos.
—¡Lev! —rujo. Me dirijo directamente a la puerta principal y la abro de una patada con toda la fuerza que puedo reunir. La rabia late en mi interior como una fiebre, elevando mi temperatura y tensando toda la ropa contra mi cuerpo.
Cada roce de la tela contra mi piel aumenta la furia que siento, al igual que el ligero hedor químico en el aire y el hecho de que Lev no esté en la primera habitación que reviso.
—¡¿Dónde coño estás?! —vuelvo a rugir, con el corazón atronando en mis oídos. Voy a encontrarlo y voy a romperle cada puto hueso de su cuerpo. La siguiente habitación también está vacía, al igual que la sala llena de lavadoras viejas y suavizante.
Entonces lo encuentro.
Se encoge de miedo en el cuarto trasero, entre estantes metálicos vacíos destinados a colgar ropa.
En cuanto abro la puerta de una patada, empuja uno hacia mí, pero lo agarro y lo lanzo a un lado con un gruñido de rabia.
Mi pistola cae al suelo al ver que tiene las dos manos vacías y me lanzo sobre él con los brazos extendidos.
Chocamos como un trueno y lo estampo contra la pared opuesta. Su cabeza rebota con un chasquido audible y un gruñido de dolor escapa de sus dientes apretados.
Cerrando el puño, lo estrello con fuerza contra el lado de su cara una y otra vez, descargando toda mi furia en cada golpe brutal.
Intenta defenderse.
Su rodilla choca contra mi entrepierna, luego su codo gira y me alcanza en el borde de la mandíbula mientras retrocedo tambaleándome con un jadeo de dolor.
Mi rabia incandescente lo adormece casi todo y vuelvo a lanzarme sobre él como un animal.
Dos puñetazos más y la sangre salpica el suelo de piedra junto con un puñado de dientes rotos.
Agarro a Lev por el cuello y lo levanto, luego lo golpeo de nuevo con tanta fuerza que la sangre que brota de su boca hace que mi puño resbale y sus dientes me corten el nudillo.
—¡Pedazo de hijo de puta! —Cae y lo vuelvo a levantar, para luego hundir mi puño en su blando abdomen—. ¡Maldito bastardo retorcido!
Lev gorgotea y me agarra el brazo cerca del codo, girándolo bruscamente mientras da la vuelta a su cuerpo, pero le agarro la nuca con la otra mano y le estampo la cara contra la pared.
Los huesos crujen y Lev se tambalea, para luego desplomarse en el suelo.
No me detengo. Tres patadas potentes y rápidas en el pecho le rompen las costillas y luego lo agarro por el cuello una vez más y lo levanto.
—Me manipulaste —gruño entre la rabia y la sangre de un corte en mi labio—. Torturaste a mi esposa, mataste a mis hombres. No hay un final en el que salgas vivo de esta.
—Eres tan puto... patético —gorgotea Lev. Su rostro es un mosaico de carne hinchada, piel abierta y moratones, pero el odio sigue ardiendo en sus ojos—. Deberías haberte quedado en Rusia, q-querido.
—¿Por qué? —gruño, empujándolo contra la pared mientras se oyen pasos que se reúnen tras de mí—.
No habría supuesto ninguna diferencia para una cucaracha como tú.
Has perdido tanto ante mí en tan poco tiempo, que eso me dice todo lo que necesito saber sobre lo puto débiles que sois tú y tu familia.
Tu hermano está muerto. Te mataré a ti y luego daré caza a tu otro hermano y le arrancaré la piel de los huesos por lo que hizo.
Lev intenta apartarme pero está débil y aturdido. Sin embargo, eso no impide que se ría mientras la sangre le gotea de la boca. —C-Claro.
—Dime. —Acerco mi cara a la suya—. ¿Violaste a Rose? —Esas palabras salen de mí y sé que, sea cual sea la respuesta, no cambiará lo que Rose sufrió. No aliviará lo que pasó, pero me hará sentir mejor.
—No —suelta Lev con dificultad—. Mis hermanos, sí. A mí no me iba eso. —Sus ojos se agrandan a pesar del corte sobre su ceja—. Y-Yo fui quien hizo que tuviera miedo a la oscuridad. —Sus labios se curvan en una amplia y sangrienta sonrisa, y esa es la gota que colma el vaso.
Lo tiro al suelo y le doy una paliza de muerte con todas mis fuerzas. Sus entrañas, su pecho, su entrepierna y su cabeza reciben golpe tras golpe mientras mi furia llueve sobre él.
A mitad de la paliza, me doy cuenta de que no será suficiente. Nunca sufrirá lo suficiente por lo que le hizo pasar a ella.
Finalmente, Lev está lo suficientemente delirante como para que, al exigirle la ubicación de Mathew, acabe saliendo una dirección de su mandíbula rota.
Su debilidad lo vence y se desploma por completo a mis pies, muriendo tras recibir tres balas en el cráneo.
Se hace el silencio.
Me duelen los puños, mi ropa está empapada en su sangre y la opresión de mi camisa solo me irrita más, así que me la arranco del cuerpo rápidamente con un jadeo.
No me siento mejor.
Hace demasiado calor y mi pecho sigue estando tan jodidamente apretado que lo único que puedo hacer es jadear mientras miro con fijeza el desastre que tengo ante mí.
—¿Jefe? —La voz suave de Ethan atraviesa la niebla y levanto la cabeza de golpe.
—No lo sabía —digo, y mi voz sigue tensa—. Rose. No sabía que tenía miedo a la oscuridad.
Ethan frunce el ceño. —Yo tampoco.
—No es suficiente. —Miro el cadáver de Lev—. Matarlos no será suficiente.
—Lo sé —responde Ethan—. Pero podría ser suficiente para ella.
Ella.
Rose.
Matar a sus torturadores podría, en cierta medida, ayudarla.
Incluso si su amor por mí es una mentira, incluso si su afecto es ensayado... mi amor es real.
No soy tan ciego como para no ver la situación retorcida y terrible en la que se encontraba, pero detesto cómo me hace dudar de cada caricia.
De cada beso.
Con la dirección de Mathew en la cabeza, me alejo del cuerpo de Lev y acepto una camisa limpia de uno de mis hombres. —Vámonos y acabemos con esto.
La dirección que Lev balbuceó en su último aliento es un bloque de apartamentos abandonado y condenado a la demolición.
No hay señales de vida cuando llegamos, y mientras mis hombres se despliegan por el aparcamiento y rodean el edificio, el frío silencio del aire me produce escalofríos.
Por suerte, la rabia mantiene mi dolor a raya y apenas siento el latido de mis nudillos o la rigidez en mi abdomen por los golpes de Lev.
—¿Cree que realmente está ahí dentro? —pregunta Ethan mientras baja del coche.
Lo miro y luego señalo el vehículo. —Quédate.
—Jefe...
—¡Quédate!
Con eso, camino hacia el edificio y subo los escalones a toda prisa con la pistola en la mano.
Atravieso directamente el umbral abierto y entro en el lúgubre pasillo.
Hay un silencio absoluto.
Retazos de papel salpican el suelo y varios viejos avisos de demolición amarillentos se aferran a las paredes mientras recorro todas y cada una de las habitaciones vacías.
No hay ninguna señal de vida aquí. ¿Me mintió Lev?
Arriba, encuentro mi respuesta.
Dentro de la única habitación con puerta, la abro lentamente y descubro por qué Lev me envió aquí.
Tendido en medio del suelo, en medio de un hedor que revuelve el estómago, con los brazos abiertos y la piel moteada por los primeros signos de descomposición, está Maxim.
El padre de Rose.