2. Konstantin
KONSTANTIN
Fuera, la lluvia cae a cántaros, como si el cielo se hubiera partido en dos y nada retuviera las trombas de agua que se desploman sobre la ciudad, convirtiendo las calles de Nueva York en ríos que fluyen a una velocidad alarmante.
—¡Kon! —la voz de Calvin atraviesa la zona de recepción hasta donde me encuentro yo, junto a la puerta, poniéndome el abrigo.
—Calvin.
—¿Te vas?
Asiento con la cabeza. —Ethan y yo tenemos asuntos que atender. —Como si hubiera oído su nombre, mi principal guardaespaldas, Ethan, aparece desde el pasillo y se une a nosotros.
—¿Me necesitas? —pregunta Calvin con una mirada de desagrado hacia el exterior.
—No, te necesito con Rose.
—Tu nueva esposa —Ethan sonríe con sorna—. Me perdí el momento en el que decías sí, quiero. ¿Cómo ha ido?
—Ha ido bien.
—¿Bien? —Calvin suelta un bufido suave—. La forma en que la has besado ha estado muy lejos de estar simplemente bien.
—Tenía que hacerlo creíble. —Al ponerme los guantes de cuero, flexiono los dedos para ajustarlos y trato de ignorar el calor residual de su suave mano. No puedo permitirme distraerme con eso ahora.
—Y vaya si lo has hecho —dice Calvin, y retrocede cuando una fuerte ráfaga de lluvia se cuela por la puerta—. Parecía un robot hasta ese preciso instante.
—¿Un robot? —Ethan saca un gorro negro y se lo encasqueta sobre su revuelto pelo rubio—. ¿Se ha olvidado de que ella también tiene que hacer que esto parezca real?
—No ha sido por eso. —Calvin mira por encima del hombro—. Creo que su hermano le estaba dando problemas antes de que ella recorriera el pasillo.
—¿Problemas por qué?
La pregunta de Ethan se queda sin respuesta porque me aclaro la garganta para silenciarlos y me dirijo a Calvin. —Quédate con Rose. Me reuniré con vosotros en el salón del convite cuando hayamos terminado.
—Entendido, jefe. —Calvin me saluda con una sonrisa, luego da media vuelta y regresa corriendo al salón de bodas, donde aún se oyen vítores.
—¿Dejas a tu novia en el altar? —comenta Ethan mientras salimos—. Eso es frío, incluso para ti.
Juntos, bajamos a toda prisa los escalones de piedra y nos metemos en los elegantes coches negros que esperan junto a la acera.
A pesar de haber estado fuera solo unos segundos, el pelo se me pega a la frente para cuando entro en el vehículo y una punzada de irritación me recorre.
—No la estoy dejando en el altar —respondo una vez que Ethan está en el coche y nos ponemos en marcha—. No puedo dejar asuntos sin terminar solo porque me haya casado.
Casado.
Menudo espectáculo de mierda está resultando ser todo esto.
No se suponía que Rose fuera tan hermosa.
Elegí a la familia Chaika porque es pequeña y poco llamativa, y casarme con su hija mayor debía proporcionarme una esposa sencilla y discreta que acallara las constantes preocupaciones y preguntas de mis generales.
Rose es todo lo contrario.
Su cabello castaño dorado caía en suaves rizos alrededor de su hermoso rostro ovalado, esos impactantes ojos dorados destacaban como el puto sol sobre sus párpados delineados de negro, y sus dulces labios de color rosa eran tan blandos como cojines contra los míos.
Todo ello flota en mi mente como una instantánea de la que no puedo librarme.
Es lo menos discreto que existe, pero ya no hay vuelta atrás.
Aprieto los labios. El fantasma de la presión de los labios de Rose me devuelve el beso, así que dirijo mi atención a la ventana y me dedico a trazar patrones en las gotas de lluvia que golpean el cristal.
Al final, no importa qué aspecto tenga Rose, ni siquiera cómo sea como persona.
Solo necesitaba un nombre en la línea de puntos y un poco de aire frente a unos generales que actúan como si mi influencia y mi poder en este mundo fueran a desaparecer simplemente porque no hay un hijo que continúe el linaje.
Puta ridiculez.
Pensar en ello me enciende, y ese ardor persiste mientras nos detenemos ante un viejo asador que está cerrado a pesar de la hora tardía.
Mi primera comida en la ciudad de Nueva York fue en este asador, una comida tan suculenta que terminé comprando el local.
Ahora tiene otros propósitos.
Ese propósito me muestra su puño ensangrentado cuando entro en la cocina.
—Jefe.
—Harold. ¿Algo?
Detrás de Harold está sentado un hombre con la mitad de la cara ensangrentada e hinchada por la paliza que acaba de recibir.
Atado a una de las sillas del comedor, la sangre gotea de su labio inferior y salpica su pecho desnudo, donde varias laceraciones profundas supuran carmesí sobre hematomas oscuros.
—No —gruñe Harold—. No quiere hablar con nadie más que con usted.
A mi lado, Ethan se quita el gorro y lo escurre con las manos sobre el fregadero, haciendo que el agua salpique el metal. El ruido hace que nuestro cautivo se sobresalte de repente y eche la cabeza hacia atrás para mirar al techo.
—¿Quieres hablar conmigo? —Paso al lado de Harold y miro su rostro destrozado—. ¿Qué te hace pensar que hay algo que yo quiera oír de un hombre que me ha robado?
—Yo no he robado… nada —balbucea el hombre entre tragos de sangre—. ¿Y a usted? —Clava su ojo sano en mí e intenta escupir, pero la falta de fuerza hace que la sangre le chorree por la barbilla—. Se le ha acabado el tiempo.
No respondo. Observo cómo mira alternativamente a Ethan, a Harold y luego vuelve a mí.
—Putos rusos —escupe de nuevo—. Vienen aquí pensando que pueden llevarse lo que es nuestro, por lo que hemos trabajado duro. No es más que una puta mierda.
—¿Llevarse? —Ladeo la cabeza y me miro las manos enguantadas en cuero—. No te he quitado nada.
—Chi que lo ha hecho —balbucea con voz pastosa—. Puta… que le den, que le den.
—Elocuente. —Miro a Harold—. ¿Para quién trabajaba?
—Para los italianos —responde Harold.
—Curioso.
—Vienen a por usté —gruñe el hombre atado—. ¡Vienen a por usté y va a acabar hecho pedazos de vuelta al sitio de donde ha venío!
Me inclino hacia delante y le agarro la barbilla, apretando los dedos contra sus mejillas hasta que se le frunce la boca y la sangre gotea sobre mis guantes de cuero.
—Estás muy equivocado. ¿Qué tan débil debe de ser tu familia si he tenido tanto impacto en solo un año?
Traigo mi propio producto y encuentro a mis propios clientes, y aun así te sientas ahí a soltar pestes como si te hubiera quitado algo cuando, en realidad…
—Mi agarre se tensa y el hombre gime cuando aumenta la presión contra su mandíbula—.
He ganado cada céntimo que he hecho desde que llegué a este oscuro país.
En un año, he duplicado mis ganancias con mi propio producto, ¿y te atreves a acusarme de robar?
¿Después de que mis hombres te encontraran con un camión cargado de mi producto?
Cada palabra es calmada y medida, mi tono frío y nivelado, pero cada palabra aterriza con la fuerza de una amenaza.
Para cuando termino, mi cautivo está temblando.
No está claro si es el miedo o la rabia contenida lo que le hace temblar como una hoja, y no le doy la oportunidad de decírmelo.
Aprieto aún más el agarre mientras agarro un puñado de su pelo húmedo y empapado de sangre con la otra mano.
Un giro de mi muñeca y un crujido nauseabundo resuena en la cocina mientras su mandíbula se desencaja.
Gritos de dolor brotan de él mientras nos miramos a los ojos; luego lo suelto y doy un paso atrás.
—Mátalo —le ordeno a Harold—. Nadie me roba. Quiero que este mensaje se oiga alto y claro. Mátalo y desmiémbralo, luego envía un pedazo junto con un ladrillo de producto a cada familia con la que tuviera relación.
Harold asiente una vez. —Claro, jefe.
Dicho esto, Ethan y yo salimos de la cocina y los gritos del hombre atado cesan para cuando llegamos a la puerta principal.
La lluvia sigue azotando el exterior, y mi chófer se acurruca bajo un paraguas negro que apenas tiene fuerza para resistir el viento.
Estados Unidos es un país tan húmedo.
Me quito los guantes de cuero de las manos y los tiro a la basura junto a la puerta, luego respiro hondo para calmarme.
—¿Listo para ir a demostrar a todo el mundo lo enamorado que estás? —pregunta Ethan mientras intenta reformar su gorro lo suficiente como para que se mantenga en su cabeza.
—No es la primera vez que lo hago —le recuerdo.
La fiesta dentro del hotel está en pleno apogeo cuando Ethan y yo llegamos veinte minutos después.
Los del lado de la familia de Rose son más reservados en su celebración y fáciles de identificar entre la multitud.
Sujetan sus copas cerca del pecho, mirándose unos a otros como si el propio aire que los rodea corriera el riesgo de envenenarlos.
La música llena el ambiente, los vasos tintinean y entrechocan, y varios de mis guardias están imbuidos del espíritu festivo, a juzgar por cómo corean y bailan cerca del escenario donde toca la banda en directo.
Calvin se me acerca con un vodka en la mano.
—Toma —dice con una breve y cortés sonrisa—. ¿Está todo solucionado?
—Ajá —dice Ethan con tristeza, sosteniendo de nuevo un gorro empapado mientras su pelo se dispara en todas direcciones—. No debería haber ningún problema.
—¿Dónde está Rose? —Escaneo a la multitud, analizando los rostros de mis generales que me miran con una pesada expectación en sus ojos, a algunos amigos cercanos y personal, e incluso al hermano de Rose, Mathew. Pero no veo a Rose.
Algo incómodo palpita bajo mi corazón en los pocos segundos que tardo en recorrer la sala.
Por mucho que esto sea un acuerdo de negocios, Rose es ahora mi responsabilidad y cualquier cosa que le ocurra, buena o mala, recaerá sobre mí.
—Estaba conmigo hace un segundo. —Calvin da un giro de ciento ochenta grados, frunciendo el ceño. Apenas ha terminado la frase cuando ella aparece de repente justo delante de mí con una sonrisa radiante de felicidad en el rostro.
La alegría que ilumina sus rasgos es completamente inesperada, dada la situación, pero hay una inocencia en ella cuando posa su mano en mi antebrazo.
—¡Kon! ¿Puedo llamarte Kon? Calvin te ha llamado Kon, así que he supuesto que así es como te gusta que te llamen y, al fin y al cabo, soy tu esposa, así que tiene sentido que te llame así, ¿verdad?
Bajo las suaves notas florales de su perfume, el sutil toque picante del alcohol caldea el aire entre nosotros.
Ah.
No es que esté rebosante de alegría.
Es que solo está un poco borracha. Eso lo explica todo.
Calvin hace una mueca a mi izquierda, pero no hay necesidad de reprenderle ya que, por el bien de las apariencias, tiene sentido que ella me llame como quiera.
—Puedes llamarme así —respondo en voz baja.
—Bien. Kon. —Su expresión se endurece de inmediato mientras yo asimilo la forma tan suave en que pronuncia mi nombre—. ¡No puedo creer que hayas dicho «sí, quiero» y luego hayas salido huyendo de ese lugar de esa manera! ¿De verdad detestas tanto la idea de estar casado conmigo?
Sus palabras atraen la atención de algunos curiosos que están lo bastante cerca como para oírlas.
Los de mi bando en este matrimonio sienten menos curiosidad por Rose y más por los miembros de su familia, a los que siguen sutilmente.
Después de todo, si alguien de su lado no está contento, no se sabe qué podría salir mal, especialmente aquí.
Este es el único lugar donde ella sigue estando a punto de ser una Chaika hasta que me la lleve a casa con mi familia.
Entonces, será una Belyaev para siempre.
—Tenía negocios que atender.
—¿Negocios? —Rose hace un puchero de repente y su mano sube hasta mi codo—.
¿Más importantes que yo? —Ladea la cabeza y un rizo suelto cae por detrás de su oreja.
Con esta luz más tenue, las sombras que bailan en su rostro resultan especialmente seductoras.
Sus labios parecen más carnosos, sus ojos brillan más y aparecen dos sombras de hoyuelos en sus mejillas cuando vuelve a sonreír de repente—. ¿Sé cómo puedes compensarme?
—¿Cómo?
—¡Baila conmigo!
Se me hiela la sangre. —Yo no bailo.
—¡No me importa!
Habla lo suficientemente alto como para que un puñado más de personas se sientan atraídas por nuestra conversación y no puedo impedir que me coja de la mano y me arrastre hacia delante.
Calvin me rescata el vaso de vodka de la mano y, antes de que me dé cuenta, Rose me ha arrastrado hasta el centro de la pista de baile en medio de un mar de miradas indiscretas y expectantes.
—Es la tradición —dice Rose mientras me mira de frente—. Una tradición que nadie más ha seguido porque tú no estabas aquí, pero ahora sí estás. —Su amplia sonrisa se suaviza ligeramente—. ¿Bailas conmigo?
Me muero por decir que no.
Ya fue bastante malo estar en ese altar sintiéndome expuesto a cualquier bala perdida o persona con rencor, pero de alguna manera, aquí es peor.
Todo el mundo nos mira con el peso de sus expectativas invisibles, ¿y se espera que yo baile?
La sonrisa de Rose no flaquea y, tras unos segundos mirándonos fijamente, se mete en mi espacio y apoya ambas manos en mis hombros. —Vamos —me engatusa con esa suave sonrisa—. Es solo un baile. Por la tradición, ¿no crees?
Algo en la calidez burbujeante de sus ojos y en la dulce forma en que habla actúa como miel para mi ansiedad.
A la mierda.
Tomo su mano entre las mías y luego paso la otra alrededor de su cintura mientras la banda empieza a tocar una nueva canción.
Rose se acerca más y alinea su cuerpo con el mío lo justo para que las sutiles ballenas de su corsé se claven en mi abdomen.
Sus dedos se entrelazan con los míos y cuando doy un paso y me balanceo en una dirección, ella me sigue.
En ningún momento rompe el contacto visual.
—¿Ves? —Me sonríe—. No está tan mal, ¿verdad?
—Yo… hace mucho tiempo que no bailo —admito.
—¡No te preocupes, yo puedo enseñarte!
Su sonrisa es sorprendentemente contagiosa. Algo tira de la comisura de mi boca. —Rose.
—¿Mmm?
—Estás… más contenta de lo que esperaba, dada la naturaleza de este trato. O… ¿es que nadie te dio todos los detalles?
—Tengo todos los detalles —sonríe Rose, y se pone de puntillas para bajar la voz—. Pero eso no es motivo para que no nos divirtamos, ¿verdad? Después de todo, vamos a estar en la vida del otro para siempre.