El mensaje
El mensaje
Al principio fue desconcierto, luego miedo y, después, ese punto en el que el miedo deja de ser una sensación y se convierte en movimiento: gente corriendo sin saber hacia dónde, discusiones que nacían por cualquier cosa, unos negando el caos y otros convencidos de que era el fin del mundo.
Madrid sonaba a accidente: cláxones largos, frenazos y sirenas atrapadas en el tráfico.
La radio seguía viva, a ratos.
—… corte total…
La estática se tragó la voz.
Ramón apretó el auricular.
—Central, aquí...
Nada.
El móvil era un ladrillo caliente. Encendió la pantalla, pero no había señal. Lo apagó y lo encendió de nuevo por pura rabia.
Entonces vibró una sola vez, como si el teléfono hubiera dudado antes de dejarlo pasar. La notificación tardó un segundo en completarse, letra a letra.
Mensaje:
D: Toboganes.
D: Puente Espiral — 20:58.
D: Va solo.
Ramón se quedó quieto porque la primera palabra le impactó más que la ubicación: otra vez los toboganes. Y ahora esa D. La misma manía y el mismo guiño imposible de la mañana. Y va solo. ¿Quién?
El móvil murió al instante. De nuevo sin datos, como si aquello hubiera cruzado por una rendija que ya se había cerrado.
Miró el reloj: 20:44 . Quedaban solo catorce minutos.
Era un punto de encuentro en un mundo sin orden y donde no podía responder, confirmar ni llamar a nadie, solo podía moverse.
Guardó el móvil y echó a andar junto al río, hacia el puente.
Mientras avanzaba, ese hormigueo en la nuca volvió con una verdad incómoda: en medio del caos, alguien intentaba imponer un orden.