La Noche del Eclipse Separación
23%

Separación

Separación

La sombra del eclipse fue perfecta al igual que el apagón. Primero se fue la música, luego las luces del edificio de enfrente y después llegó el sonido: un murmullo que en dos segundos se convirtió en gritos y cláxones, como si Madrid hubiera pedido ayuda a la vez.

En la mesa, los dos móviles vibraron por reflejo y se quedaron mudos. Lucía levantó el suyo y comprobó que no tenía barras mientras Mara hacía lo mismo, encontrando solo el vacío en la pantalla; los dejaron caer sobre la mesa como si la funda quemara.

Abajo alguien llamó, pero el portero automático no sonó y una voz —ronca y desesperada— gritó que no abría.

En la azotea, la gente dejó de mirar al cielo y empezó a mirarse entre sí, esperando que alguien supiera qué hacer, hasta que Mara agarró a Lucía del brazo y soltó un «vámonos».

Cogieron los móviles y se lanzaron a una escalera que ya se llenaba de hombros chocando y gritos de cuidado.

Bajaron a trompicones, devorando peldaños mientras el aire caliente se les pegaba a la garganta y el edificio vibraba con esos golpes rápidos que no deberían existir en una tarde de eclipse. Al llegar al rellano de su planta, Lucía se detuvo en seco y arrastró a Mara hacia su puerta:

—Entra.

—¿Qué haces?

—No me voy a ir sin lo importante.

Abrió las cuatro vueltas de la cerradura y empujó la puerta.

Entró en una casa que seguía siendo un horno.

Lucía cruzó la entrada corriendo y fue directa a buscar el portátil, los papeles y la bandolera.

Aquello era más que su vida: era su prueba.

Metió la mano en el cajón y rescató la libreta de notas, un pendrive , la carpeta de recortes y una bolsa con cables para guardarlo todo de golpe.

Mara, mientras tanto, buscaba cobertura subiendo el brazo y girando sobre sí misma, pero no aparecía nada.

Lucía la vio y el miedo le cambió de sitio.

La palabra que le vino a la cabeza no fue «Mara».

Fue «papá». Y le dolió, porque todavía quedaban en su cabeza la pelea, los reproches y años de distancia mal cerrada.

Aun así, en mitad del caos, fue lo único que tuvo sentido.

—Tengo que… —empezó Lucía, apretando la bandolera contra su cuerpo. Mara no preguntó el nombre.

—Vale. ¿Dónde?

—A por mi padre —soltó al fin, como si escupirlo le doliera menos.

Mara asintió, pero se quedó mirándola un segundo más, como si estuviera escuchando lo que Lucía no había dicho.

—Vale, a por tu padre. —Bajó la voz—. Y… ¿y ese chico?

—¿Qué chico? —preguntó Lucía, parpadeando incómoda.

—Vamos, Lucía… El que se supone que ya no está en tu vida y aun así dices que es un genio. El que vive de entender cosas que no encajan. —Señaló el móvil con la barbilla—. Si esto no es «no encaja», yo ya no sé.

A Lucía le cruzaron imágenes de un ático, una cocina y una discusión que aún seguía abierta. En el fondo, sabía que Mara tenía razón.

—No, mi prioridad es mi padre.

—Vale. Solo digo que, si alguien puede leer este caos antes de que nos trague, no va a ser la gente que está gritando ahí fuera. Yo paso de buscar rayitas —añadió—. Voy a buscar gente, una radio, la policía... cualquiera que tenga una explicación o al menos un plan para ayudar donde más haga falta.

Lucía iba a protestar, pero no le salió porque lo único peor que separarse ahora era permanecer quietas. Se quedaron un segundo frente a frente, respirando rápido, como si acabaran de correr una maratón que no había hecho más que empezar.

Al salir del cuarto, los móviles seguían sobre la encimera como dos rectángulos negros e inútiles. Un golpe seco retumbó en la escalera, seguido de pasos precipitados y un grito que se perdió pasillo abajo. Lucía se giró instintivamente hacia la puerta, con el corazón encabritado.

Mara no se inmutó e hizo un movimiento fluido y profesional. Alargó la mano, barrió ambos dispositivos y, mientras Lucía seguía pendiente del ruido exterior, tomó la decisión de cambiárselo sin avisar y dárselo.

—Toma. Vámonos ya —ordenó Mara con voz plana.

Lucía lo cogió al vuelo, notando apenas el peso frío del terminal antes de metérselo en el bolsillo trasero del vaquero. No lo miró, no había tiempo para mirar nada que no tuviera una salida de emergencia.

Salieron a la calle y Mara se detuvo un segundo frente a un Madrid que solo miraba ya a su alrededor.

Los semáforos sin luz habían convertido los cruces en trampas y los coches atravesados se fundían con el sonido de una sirena perdida.

En las aceras, algunos seguían hipnotizados por el efecto del eclipse y otros empezaban a correr sin rumbo, pero casi todos se quedaron paralizados mientras tecleaban inútilmente en sus móviles sin conexión.

—Nos vemos… —empezó Lucía, intentando procesar la despedida.

—Cuídate, Lu. Y no te detengas por nada.

Mara echó a correr calle arriba, fundiéndose con el caos hacia el centro.

Lucía se alejó en sentido opuesto, en busca del rastro de Ramón.

Fue entonces cuando comprendió, con una claridad gélida, que lo peor del apagón no era la oscuridad, sino el vacío de información: el silencio de una ciudad que acababa de olvidar cómo comunicarse.