La Noche del Eclipse La calma antes de la oscuridad
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La calma antes de la oscuridad

La calma antes de la oscuridad

Esa tarde, España era un inmenso patio de recreo bajo una cúpula de calor sahariano. A una hora del eclipse total, la península bullía con una energía festiva que ignoraba cualquier protocolo de emergencia.

En las playas, en las azoteas y en las plazas, la gente esperaba el fenómeno como si fuera una verbena: neveras portátiles, gafas de cartón, móviles preparados y terrazas hasta arriba.

En Madrid, los hoteles llevaban semanas completos y en los áticos de la Gran Vía se servían cenas temáticas para el evento del siglo.

A nivel institucional, los mecanismos de excepción seguían dormidos. Los protocolos de emergencia descansaban en carpetas digitales que nadie revisaba, mientras el Gobierno y la monarquía trataban el eclipse como un trámite de relaciones públicas.

La red eléctrica nacional operaba al 92 % de su capacidad. Todo el mundo miraba al cielo, pero nadie a los contadores. En las plazas de la meseta, los ancianos sacaban las sillas a la fresca y repetían que nunca se había visto nada igual.

Tenían razón, aunque ignoraban el motivo real, porque mientras el país entero seguía mirando hacia arriba, una única presencia lo observaba todo desde abajo.