Desconexión
Desconexión
Más tarde tenía un segundo objetivo para el día: ver a Mara. Ya habían concretado encontrarse en una terraza a mediodía.
Después de sus treinta minutos de protagonismo en el programa de radio, se quedó en el edificio protegiéndose de la flama exterior y limitándose a fingir normalidad.
Mantuvo el equipo guardado; no se atrevía a usarlo allí.
En su lugar, abrió la libreta y anotó ideas sueltas, posibles titulares y preguntas que todavía no era capaz de responder.
Cada vez que el impulso le subía a la garganta, apretaba el bolígrafo y seguía escribiendo cualquier cosa, como si eso pudiera contener lo que llevaba encima.
Ya en el vagón, se aferró a la barra metálica.
A su alrededor, los pasajeros compartían un silencio hostil, con los ojos clavados en un punto inexistente del túnel y abanicándose con folletos publicitarios.
Lucía apoyó la frente contra el cristal sucio de la puerta y su reflejo le devolvió la mirada de una extraña: el cabello pegado a la nuca, la raya de los ojos corrida por el sudor y esos ojos de su padre y de su hermano, los ojos de los Cifuentes.
Aunque ella se apellidara Rey en el DNI desde hacía más de cuatro años, la genética era una condena que no podía borrar.
—Oye, ¿has leído lo de esta noche? —dijo una chica a su lado, masticando chicle.
—¿Lo del eclipse? Sí, tía. ¡Se va a oscurecer a lo bestia!
—Qué guapo. Voy a subir mil stories en Insta. Ojalá refresque, porque me estoy muriendo.
Lucía cerró los ojos y pensó en la suerte que tenía el resto de la gente que solo esperaba el eclipse como un espectáculo.
Se bajó en La Latina y caminó hasta la terraza acordada, esquivando a turistas rojos como cangrejos.
Mara ya estaba allí, bajo un toldo que nebulizaba agua cada treinta segundos.
Mara era la antítesis de Lucía: organizada, pragmática y funcional.
Llevaba el pelo comprimido en una trenza que parecía desafiar al sudor.
—Si tardabas dos minutos más, llamaba a la morgue —dijo Mara al verla, empujando un botellín de cerveza bien fría hacia ella—. Tienes una pinta horrible, Lu, y te lo digo desde el cariño.
—Gracias por la sinceridad, Mara, es por el calor.
—No, no es el calor. —Mara se quitó las gafas de sol y la observó fijamente—. Es esa mirada de perro apaleado que se te pone cuando te obsesionas con el pasado. ¿Has vuelto a investigar lo del accidente?
Lucía se tensó; la palabra «accidente» era la versión «oficial».
—No —mintió y dio un sorbo largo a la cerveza, dejando que el frío le bajara por la garganta—. Solo estoy cansada.
—Lucía... —Mara bajó el tono de voz—. Escúchame, aquel artículo sobre el 14 de mayo casi te cuesta la carrera. Te cerraron todas las puertas, te echaron del periódico y tu padre... bueno, ya sabes cómo acabó todo. No vuelvas a abrir esa caja.
—No estoy abriendo nada. —Lucía apretó el botellín con mucha fuerza—. Pero a veces las cajas se abren solas, Mara.
Se despidieron media hora después. Mara la abrazó con fuerza, como si intuyera que Lucía estaba a punto de dar un paso en falso hacia el vacío.
—Te llamo para lo de esta noche. ¿Lo veremos en tu casa?
—Otra vez con el dichoso eclipse…
—Prométemelo, Lu.
—Te lo prometo.
El regreso a su piso fue rápido, se encontraba a menos de una manzana del bar donde había estado con Mara. Subió los cuatro pisos por las escaleras sin mirar atrás; en cada rellano el aire era más espeso y caliente que en el anterior.
Al llegar a la puerta, volvió a hacer el gesto automático: cuatro giros de llave y el golpe seco al abrir.
Una vez dentro, dejó el bolso en el sofá, se quitó las zapatillas y se quedó un segundo quieta y escuchando. Solo se oía el zumbido del ventilador y algún coche pasando abajo.
Sacó el portátil, lo colocó en la mesa de centro y entonces lo vio: el piloto de encendido parpadeando.
Se congeló porque recordaba el golpe seco con el que había cerrado el ordenador por la mañana huyendo del Café Galdós.
Recordaba el miedo en la garganta, la prisa y aun así…
ahí estaba activo. Se acercó despacio, como si el portátil pudiera morder, y levantó la tapa.
La pantalla se activó al instante. No le pidió contraseña.
Un frío rápido le cruzó la nuca. El escritorio estaba limpio, demasiado limpio: solo un icono en el centro, expediente_14_05.pdf , y debajo un archivo nuevo, colocado ahí como una firma.
DANIEL.log
El pecho se le cerró de golpe, y se llevó la mano a la muñeca izquierda, acariciando las muescas del reloj de Daniel. Notó la correa fría y arañada bajo la yema del dedo. Eran cosas pequeñas para un recuerdo enorme.
Daniel estaba muerto y esa era la única certeza absoluta que le quedaba desde hacía años: el informe oficial, el sello y la palabra «accidente». Murió en el acto.
Y aun así, alguien acababa de escribir su nombre dentro de su casa. El miedo se ordenó por dentro de Lucía y se volvió pesado, frío y lleno de rabia. Se levantó de golpe y fue a la ventana, abriendo la cortina lo justo para mirar a la calle a través de una rendija.
Abajo, en la calle, un coche negro de cristales tintados aguardaba en doble fila con el motor en marcha. No vio ni una cara, solo una silueta casi invisible, recortada por un brillo tenue en el salpicadero.
Lucía retrocedió hasta que su espalda tocó la parte trasera del sofá y fue entonces cuando la paranoia se materializó en una amenaza real. Miró el portátil otra vez y el archivo seguía ahí, inmóvil, como si supiera que lo estaba mirando.
—Muy bien —susurró, apenas un hilo de voz—, veamos qué tenéis sobre Daniel.