CAPÍTULO 3 #3
“Tal vez deberíamos dejarlo ir, ¿no crees?” sugirió Renata, levantando la vista hacia Gabriel con una expresión que transmitía comprensión. “Los saltamontes son libres, y en el jardín podrán encontrar más amigos. Además, siempre puedes venir a visitarlo de nuevo.”
Gabriel sintió cómo el peso de su decisión se intensificaba. “Sí, dejarlo ir es lo correcto”, admitió, tratando de sonar seguro, aunque su voz temblaba ligeramente. Clara asintió con entusiasmo, y juntos, lentamente, abrieron sus manos, dejando que el saltamontes saltara hacia la libertad.
Al verlo volar, Gabriel sintió una mezcla de emociones. La libertad del insecto simbolizaba todo lo que él anhelaba: la capacidad de dejar atrás el dolor, de abrirse a nuevas posibilidades. Pero, al mismo tiempo, una sombra de duda lo envolvía. ¿Podía permitirse ser feliz de nuevo?
“¿Puedo volver a jugar con Renata?” preguntó Clara, interrumpiendo sus pensamientos. La niña miraba a su padre con una mezcla de esperanza y anhelo.
“Por supuesto, cariño”, respondió Gabriel, sintiendo que su corazón se ablandaba más. “De hecho, creo que deberíamos todos jugar juntos un poco más.”
Clara saltó de alegría, y Gabriel sintió que una pequeña chispa de alegría comenzaba a encenderse en su interior. Renata sonrió, y en ese instante, él pudo ver la calidez genuina que emanaba de ella. Era un recordatorio de que quizás había espacio en su vida para más amor y más risas.
Mientras regresaban al juego, Gabriel se permitió observar a Renata con más atención. Ella se movía con gracia, su risa era contagiosa y su energía parecía llenar el aire. Era imposible no sentirse atraído por su luz, pero el miedo seguía acechando en su mente.
Después de un rato, los tres comenzaron a jugar a un juego de relevos, y Gabriel se sintió más relajado.
Clara corría entre risas, y él también comenzó a reír, sintiendo cómo la tensión se desvanecía.
Pero, en un momento, cuando Renata lo miró, la conexión entre ellos se volvió palpable.
Fue un instante en el que el mundo se detuvo, y la risa de Clara se desvaneció en el fondo.
“Gabriel…” empezó a decir Renata, pero él sintió que su corazón se aceleraba. La intensidad de su mirada lo desarmaba, y por un momento, se sintió expuesto. Sin embargo, también había algo en su voz que le decía que podría ser diferente, que ella podría entender su lucha.
“Lo siento”, murmuró, rompiendo el momento. “No sé por qué me estoy alejando.”
“No tienes que disculparte”, respondió Renata, su voz suave y comprensiva. “Solo… no estés tan duro contigo mismo. Permítete sentirlo.”
Las palabras de Renata resonaron en su interior. Ella estaba abriendo una puerta que él había mantenido cerrada por mucho tiempo, y aunque el miedo lo invadía, también había un destello de esperanza. Pero, ¿podía realmente abrir su corazón una vez más?
“Es solo que…” comenzó, sintiendo que su voz temblaba. “No sé si estoy listo para dejar ir el pasado.”
“¿Y si el pasado no tiene que ser una carga?” preguntó Renata, acercándose un poco más. “Podemos llevarlo con nosotros sin dejar que nos defina. La felicidad no significa olvidar, sino aprender a vivir con lo que somos.”
Las palabras de Renata lo hicieron reflexionar.
Quizás había una forma de honrar lo que había perdido sin estar atrapado en la tristeza.
En ese instante, sintió que un pequeño cambio estaba sucediendo en su interior.
Tal vez podría permitirse ser feliz de nuevo, aunque el camino aún estuviera lleno de obstáculos.
Clara, ajena a la conversación entre ellos, corrió hacia ellos con una sonrisa radiante. “¡Vamos a hacer una carrera!” gritó, interrumpiendo la tensión que había crecido en el aire. “El primero en llegar al árbol grande gana un premio!”
Gabriel se sintió liberado por la distracción, y sonrió ante la emoción de su hija. “Está bien, vamos a hacerlo”, dijo, sintiendo que una chispa de energía renovada comenzaba a fluir en él.
“¿Listos?” preguntó Renata, su mirada llena de determinación. “¡Tres, dos, uno!”
Y al gritar “¡Ahora!”, los tres salieron corriendo, riendo mientras la tarde se llenaba de alegría.
Mientras corría junto a Clara y Renata, Gabriel sintió que la distancia entre él y sus sentimientos comenzaba a desvanecerse, dejando espacio para una nueva posibilidad.
Una posibilidad donde el amor y la felicidad podían coexistir con su pasado.
Cuando alcanzaron el árbol, Clara, riendo, se lanzó a los brazos de Gabriel.
“¡Ganamos, papá!” exclamó, y en ese momento, él sintió que un peso se levantaba de su pecho.
La risa de su hija, junto con la mirada alentadora de Renata, le dio la certeza de que, tal vez, podía atreverse a abrir su corazón nuevamente.
En ese instante, Gabriel comprendió que, aunque el camino sería difícil, había una luz que lo guiaba hacia adelante.
Una luz que podría traer felicidad a su vida y a la de Clara.
Mientras contemplaba a Renata, sintió que quizás estaba listo para dar el primer paso hacia un nuevo comienzo, aunque el miedo aún persistiera en su interior.
Pero esa noche, mientras la oscuridad comenzaba a caer, la esperanza brillaba en su corazón.