La Niñera del Millonario Viudo CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

Clara, al ver la timidez de su padre, corrió hacia él, alzando la flor en su mano. “¡Papá, mira lo que encontré! ¿No es preciosa?” Su emoción era contagiosa, y Gabriel sonrió débilmente, pero su mente estaba en un torbellino. ¿Cómo podía ser que una simple flor lo hiciera sentir tan expuesto?

Renata se acercó a ellos, su presencia irradiaba una calidez que contrastaba con el frío que él sentía por dentro.

“Tal vez podríamos plantar estas flores en el jardín, ¿qué piensas, Gabriel?” Su pregunta era sencilla, pero la manera en que lo miraba le hizo sentir que estaba siendo evaluado, como si en ese momento se supiera que sus muros estaban comenzando a resquebrajarse.

“Sí, eso podría ser… interesante”, murmuró, sintiéndose atrapado entre la necesidad de mantener su distancia y el deseo de ceder a la conexión que Renata ofrecía.

Pero, al mismo tiempo, la idea de abrirse a esa posibilidad lo aterraba.

La culpa lo invadió nuevamente. No debía permitir que Clara se encariñara tanto con ella.

Mientras hablaban sobre el jardín, sus miradas se cruzaron una vez más.

En ese instante, el mundo alrededor de ellos desapareció.

La alegría de Clara se desvaneció en el fondo, y todo lo que existía era la intensidad de la conexión entre él y Renata.

Ella lo miraba con una mezcla de curiosidad y comprensión, como si pudiera ver más allá de su fachada, y eso lo hizo retroceder.

“Yo…” comenzó a decir, pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta. La vulnerabilidad que sintió lo abrumó, y en un impulso casi instintivo, se dio la vuelta y se alejó, buscando la seguridad de la distancia.

Renata lo observó con sorpresa y confusión, y él sintió su mirada en su espalda mientras se alejaba, incapaz de enfrentar lo que había comenzado a construir con su presencia.

Se dio cuenta de que no solo se estaba alejando de ella, sino también de la posibilidad de ser feliz nuevamente.

Clara llamó su atención con un grito alegre, pero todo lo que resonaba en su mente era el eco de su propia inseguridad.

La risa de su hija lo perseguía, pero en lugar de ser un recordatorio de alegría, se convirtió en un recordatorio de lo que podría perder si no se atrevía a abrirse.

La tensión entre él y Renata había alcanzado un nuevo nivel, y en ese segundo, se dio cuenta de que cada vez se estaba convirtiendo más en una lucha interna que un simple juego en el parque.

Pero, por primera vez en mucho tiempo, una parte de él anhelaba dejar de lado su miedo y abrazar la posibilidad que Renata representaba.

Mientras se alejaba, Clara y Renata continuaban jugando, ajenas a su lucha interna.

Gabriel necesitaba un momento para respirar, para procesar lo que acababa de suceder.

Se sentó en un banco del parque, su mirada fija en el horizonte, donde el sol comenzaba a ocultarse tras las colinas, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y morados.

La escena era hermosa, pero él no podía disfrutarla.

Su mente divagaba entre recuerdos de su esposa y la nueva realidad que empezaba a formarse a su alrededor.

Era como si cada rayo de sol que iluminaba el parque le recordara lo que había perdido y lo que, quizás, podría encontrar de nuevo.

Pero el miedo a traicionar la memoria de su esposa lo mantenía cautivo, como si su felicidad pudiera desvanecerse en un instante.

“Papá, ven a ver esto”, llamó Clara de repente, interrumpiendo sus pensamientos. La pequeña se acercaba corriendo con un pequeño insecto en la mano, su expresión llena de asombro. “¡Es un saltamontes! ¡Mira lo que puede hacer!”

Gabriel sonrió débilmente, sintiendo cómo su corazón se ablandaba ante el entusiasmo de su hija. Se levantó y se acercó, sintiendo que el peso de su tristeza se aligeraba un poco. “Es impresionante, Clara. ¿Dónde lo encontraste?” preguntó, intentando sumergirse en la alegría que ella irradiaba.

“Allí, entre las flores. ¡Es rápido!” Clara movía sus manitas gesticulando, y por un momento, Gabriel se permitió dejar de lado sus dudas. La magia de la niñez era un bálsamo para su alma herida.

Mientras Clara hablaba emocionada sobre el insecto, Renata se acercó, observando la escena con una sonrisa. “Los saltamontes son fascinantes, ¿no? Pueden saltar muy alto”, dijo, uniéndose a la conversación. Su voz era suave y cálida, y eso hizo que Gabriel sintiera una punzada de vulnerabilidad.

“¿Lo has visto saltar?” preguntó Clara, sus ojos brillando de emoción.

“Sí, he tenido la suerte de ver uno saltar muy lejos. Es como un pequeño acróbata”, respondió Renata, mientras se agachaba para mirar más de cerca al saltamontes.

Gabriel observó cómo la conexión entre Clara y Renata se fortalecía, y aunque una parte de él se sentía celosa de esa cercanía, otra parte sabía que era bueno para su hija.

Clara siempre había sido una niña alegre, pero la tristeza de su madre había dejado una marca.

Ahora, Renata parecía ser el rayo de luz que necesitaban.