16 LA MARCA EN EL PAPEL #2
El contraste entre esta esterilidad hospitalaria y la opulencia feromonal del ático acentuaba mi necesidad latente de protección.
Mi sistema nervioso, condicionado por la exposición continuada a su presencia, experimentaba una especie de abstinencia física, un temblor leve en las extremidades que solo se calmaba al evocar la seguridad biológica de su territorio.
Me odiaba por esa debilidad, por permitir que el monstruo corporativo se infiltrara bajo mi piel de tal manera que su ausencia se sentía como un vacío físico en mi pecho.
Sin embargo, detrás de esa fijación erótica latente se ocultaba un pánico sordo que helaba mi sangre.
Recordaba las conversaciones fragmentadas que había escuchado entre Luke Mercer y Ethan sobre las intrigas del consejo de administración.
Las amenazas de Garrett Sterling de forzar una votación para destituir al Alfa de la presidencia de Medica resonaban en mi cabeza con una claridad aterradora.
Si Sterling lograba su objetivo, si Ethan perdía el control real de la empresa, los fondos que sustentaban la vida de mi madre serían revocados de inmediato por la nueva dirección.
El ala médica preferencial se cerraría para nosotras, expulsándonos de regreso al abismo del sector sur sin contemplaciones.
Mi vulnerabilidad era total; la estabilidad de mi familia dependía por completo de la supervivencia política de un Alfa disfuncional que arriesgaba su imperio por mantener una fijación enfermiza conmigo.
El sonido metálico de una puerta al abrirse interrumpió de golpe mi monólogo interno, quebrando la pesadez de la sala de espera.
Un hombre alto, vestido con una bata de cirujano de un color verde oscuro que denotaba su rango dentro del personal médico de Medica, avanzó hacia mí con paso decidido.
Su rostro reflejaba la rigidez profesional propia de los científicos que gestionaban los procedimientos genéticos de la manada central.
—¿Señorita Madison Vance? —preguntó, deteniéndose a una distancia cortante y observándome con ojos analíticos.
—Sí, soy yo —respondí, poniéndome en pie de inmediato, sintiendo cómo la adrenalina borraba cualquier rastro de letargo sensorial.
—Soy el doctor Joshua Vance, jefe del equipo de cirugía reconstructiva del ala norte —se presentó, sosteniendo un panel de datos biológicos donde parpadeaban las constantes vitales de mi madre—.
El quirófano número cuatro ha sido completamente esterilizado y adaptado para los requerimientos específicos de la paciente.
Los fondos provistos por la tarjeta del señor Knight cubren los de última generación necesarios para evitar el rechazo de los de tejido.
Estamos listos para iniciar la preparación preoperatoria inmediata.
El anuncio del médico marcó el inicio del conteo regresivo para la intervención que decidiría la vida de mi madre. Sentí un vuelco en el estómago, una mezcla de terror y esperanza que aceleró los latidos de mi corazón.
—¿Puedo verla antes de que comience el procedimiento? —inquirí, dando un paso adelante con las manos entrelazadas en un gesto de súplica implícita.
—La paciente ya se encuentra bajo los efectos de la sedación preanestésica en la zona de transferencia blindada —explicó el cirujano, denegando mi petición con un movimiento firme de cabeza—.
La normativa biosegura del pabellón de alta casta prohíbe el acceso de personal externo una vez iniciado el protocolo de inducción molecular.
Sin embargo, hay un asunto de extrema urgencia que requiere su atención inmediata antes de que realicemos el primer corte físico.
La gravedad en el tono del doctor Vance hizo que una alarma se encendiera en mi mente. Su mirada se desvió por un segundo hacia el pasillo de acceso, como si temiera ser interrumpido por la presencia de algún supervisor del comité de bioética de la corporación.
—¿Qué ocurre? ¿Hay algún problema con la salud de mi madre? —pregunté, sintiendo que el pánico regresaba con renovada intensidad.
—Las constantes de su madre están estables dentro del rango crítico, pero los escáneres de inducción genética han detectado una anomalía biológica severa durante la monitorización de compatibilidad —declaró el médico, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo tenso—.
Al ingresar los datos de la paciente en el sistema central de Medica, el algoritmo de compatibilidad de castas ha arrojado una alerta roja de alta prioridad vinculada directamente a su perfil genético residual, señorita Vance.
El cirujano extendió el panel de datos hacia mí, permitiéndome observar los gráficos que flotaban en la pantalla.
Una serie de cadenas de ADN tridimensionales brillaban con un color dorado incandescente, un patrón idéntico al que la doctora Maya Lin había descubierto horas antes en los laboratorios de la planta ejecutiva.
—¿Qué significa esto? —inquirí, aunque la verdad comenzaba a intuirse en mi mente como una amenaza directa a mi integridad.
—Significa que el material biológico de su madre muestra que usted es portadora de un linaje reproductivo de casta pura, una estructura celular que la corporación considera propiedad de interés estratégico —sentenció el doctor Vance, mirándome con una fijeza implacable—.
Pero el peligro inmediato es otro: los sistemas automatizados de auditoría interna, gestionados por la facción del consejero Garrett Sterling, acaban de interceptar esta alerta en la red del hospital.
El nombre de Sterling cayó sobre mí como un impacto de plomo. El recuerdo de las advertencias de Ethan sobre el complot para destituirlo cobró un sentido terrorífico en este entorno clínico.
—Una unidad de seguridad privada vinculada al bloque de Sterling se encuentra en este momento ascendiendo por el ascensor de servicio del ala oeste —informó el cirujano, su voz acelerándose ante la inminencia del peligro—.
Tienen una orden de retención preventiva firmada por el comité de bioética inferior para confiscar todas las muestras genéticas de la paciente Alexis Vance y asegurar a su descendiente directa como material de investigación bajo custodia corporativa.
Sterling sabe lo que es usted, señorita Vance, y va a utilizar la cirugía de su madre para tomarla como rehén biológico antes de la sesión del consejo de mañana.
El mundo pareció derrumbarse a mi alrededor.
El punto de quiebre de mi existencia se presentaba ante mí con una crudeza brutal: atrapada en el corazón de la corporación enemiga, con mi madre sedada en una camilla de quirófano inaccesible y un equipo de mercenarios listos para reclamar mi cuerpo como botín de guerra, mi única opción de supervivencia dependía de un Alfa que se encontraba a kilómetros de distancia luchando por su propia corona.
El sonido de las alarmas de seguridad del ala oeste comenzó a resonar en el pasillo, anunciando que el tiempo de la diplomacia de oficina había terminado y que la cacería de la Omega pura acababa de comenzar.