CAPÍTULO CINCUENTA Y DOS
Con el asesino en masa de la ciudad muerto, no vi razón para que los niños faltaran a clase y les comuniqué la noticia mientras desayunábamos en la suite.
—Ohh, vaya. ¿Por qué tan rápido? —Lucy clavó el tenedor en los gofres—. Ni siquiera he tenido tiempo de relajarme.
—¿Por qué necesitas relajarte? —pregunté.
—Tengo muchas cosas en la cabeza. Todos los días es un no parar.
Me eché a reír.
—Hablo en serio —dijo.
Y se veía que lo decía en serio, pero la idea de una niña de ocho años quejándose de sus decisiones diarias... bueno, era demasiado.
—Vale, vale. Así que tienes muchas cosas en la cabeza. Pues ¿sabes qué? La cosa empeora con la edad.
—¿En serio? ¿Esto es lo que me espera? ¿Más decisiones? Dios mío.
No hacía mucho, Lucy había descubierto a Shirley Temple durante una maratón en uno de los canales por cable y había empezado a imitar a la cantante de pelo rizado.
«Dios mío» se había convertido enseguida en su muletilla favorita.
También había empezado a hablar más a menudo con las manos en las caderas.
Incluso me preguntó si podía hacerse la permanente.
Ryan y yo habíamos apostado sobre cuánto duraría esta fase.
Yo decía que menos de un mes; él, que más.
Nos acercábamos al mes. Ryan, sentado frente a mí, arqueó las cejas dos veces y señaló el reloj. Ganaría la apuesta y conseguiría lo que quería. Desde que se enteró del programa de prácticas del FBI para adolescentes, no había parado de insistirme para que le dejara apuntarse cuando tuviera edad.
Tenía mis dudas sobre su interés en las fuerzas del orden.
Sabía lo peligroso e implacable que podía ser el trabajo; no era algo que quisiera para él.
Prefería algo seguro y estable, como dentista o banquero, o incluso promotor inmobiliario como su padre.
Pero después de lo que me había revelado la noche anterior, quizás estaba hecho para dedicarse a eso.
Hay muchos tipos de trabajos en ese campo que no implican que te disparen los malos.
Sin duda tenía inteligencia de sobra para ser analista o quizás investigador de escenas del crimen.
Después de dejar el hotel, llevé a los niños a la escuela y luego a Po Po a casa. Me puse ropa limpia y me fui a la oficina.
Me crucé con Kang en el vestíbulo. —Hola, vaquero.
—Buenos días —dijo. Llevaba una bolsa de papel en la mano—. ¿Dormiste bien anoche?
—Bien. Podría haber dormido más. ¿Qué llevas en la bolsa? —pregunté, sabiendo de sobra que era algo de comer.
—Bao.
Metió la mano en la bolsa, sacó un panecillo esponjoso y blanco y me lo dio. Le di un mordisco enseguida. El panecillo, tibio y dulce, estaba relleno de cerdo estofado bien sazonado.
—Mmmm.
Mientras subíamos en el ascensor a nuestra planta, mordíamos, masticábamos y tragábamos sin dejar de gruñir como un par de cavernícolas trajeados disfrutando del botín de una cacería.
Salimos del ascensor a una planta que normalmente bullía de actividad, con el trajín constante de agentes trabajando en sus investigaciones.
Esa mañana era diferente. Todos se habían enterado de la muerte de Pratt, y era un recordatorio de que éramos vulnerables y de que podíamos acabar siendo los perdedores.
Se acercaba el primer aniversario de Kang en la Oficina.
Probablemente no era el mejor momento para organizar una cena de celebración con los agentes con los que trabajábamos a diario.
Hansen y Pratt eran dos de ellos. Aun así, no quería olvidarme.
Había sido un gran paso para Kang dejar la Policía de San Francisco, y quería que sintiera que había tomado la decisión correcta.
Vale, le había dado la tabarra sobre lo maravilloso que sería trabajar con moi , su agente favorita, pero en el fondo sabía que eso no había sido un factor decisivo.
Kang tomaba sus propias decisiones. Nunca me contó qué le había convencido.
Solo dijo que lo había pensado y que le parecía un buen cambio.
Si no lo menciono ahora, el día llegará y pasará. —Así que estaba pensando...
—No me interesa una cena de celebración por mi primer aniversario en la Oficina —dijo.
—¿Qué te hace pensar que iba a hablar de eso? Solo he dicho que estaba pensando.
—Te conozco, Abby. Mira, te lo agradezco, pero ahora no es el momento —dijo, poniendo cara de asco mientras levantaba las palmas.
—Es el momento perfecto. Se trata de ti, no de lo que pasó anoche. Fue una desgracia y todos lo sentimos, pero eso no debería quitarte protagonismo a ti ni a tu año tan productivo aquí. Además, comer tenemos que comer de todos modos.
—No sé, Abby.
—Vale, ¿qué tal una cena en mi casa? Invito a House y a Reilly, y ya está. Algo íntimo e informal. Haremos una barbacoa en el jardín. De hecho, que cada uno traiga algo. Tú puedes hacer tu famosa ensalada de patata al estilo japonés.
Kang se lo pensó un momento. —Vale, me parece bien. Gracias, compañera.
—No hay de qué, hombre-que-siempre-me-da-comida-rica —metí la mano en la bolsa y cogí otro bao—. Cuando trabajabas con Sokolov, ¿también le dabas de comer?
Kang se encogió de hombros. —A veces. Le encanta la comida rusa. Es muy particular, y o te la haces tú mismo o compras en alguna de las tiendas rusas del Inner Richmond.
—¿Invitamos a él y a Bennie? No hay problema.
—¿Por qué no? Le gusta la carne.
—Vale, decidido. Este fin de semana en mi casa.